Cuando los personajes cobran vida

Jun 06, 2018

Un cronista recogió testimonios para escribir un texto sobre la vida de los taxistas nocturnos en Caracas. Entre los entrevistados se encontraban Jorge Daboín y su hijo, Carlos. Tiempo después, el cronista se sube al taxi del segundo y se entera del aciago destino del veterano taxista al que había entrevistado meses antes.

Ilustraciones: Douglas Doquenci Torres

 

Carlos hunde el acelerador. Luce tranquilo. Ver sus ojos reflejados en el espejo retrovisor me hace pensar en un confesionario. Se me ocurre que por eso el oficio de los taxistas se parece al de los curas. ¿A quién no le ha provocado contarle sus desdichas a un desconocido que, en cuestión de minutos, será tragado para siempre por la carretera de la vida?

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? —pregunto.

—Coño, mi pana, tanta gente que se sube aquí.

Me presento. La memoria de Carlos se ilumina. Me saluda, ahora sí, con afecto. Sus ojos van del frente al espejo retrovisor a cada tanto. Pregunta por la crónica que yo estaba haciendo cuando lo conocí. Sonríe cuando le digo que sus anécdotas gustaron bastante.

—¿Tú te acuerdas de Jorge Daboín, mi papá? —pregunta.

Por supuesto que me acuerdo. Todo un personaje, le digo.

 

Era una noche de febrero de 2017. Jorge Daboín Hidalgo me aconsejaba como si yo fuese su nieto. Aunque acababa de conocerlo, hablaba a escasos centímetros de mi rostro, vulnerando eso que se conoce como “espacio personal”.

—A las mujeres no se les puede decir nada. Si tú tienes un secreto, no se lo digas nunca. Si te cogiste un culo por la calle, no le digas nunca que tú lo hiciste; porque si usted le dice, usted se jodió: eso no se le olvida a ella nunca.

Yo estaba haciendo el trabajo de campo para una crónica sobre la vida de los taxistas nocturnos. Escuchaba a Jorge con atención mientras inhalaba su aliento a café. La conversación se alargaba. Un par de taxistas prestaban atención disimuladamente, mientras los demás se entretenían cada uno en lo suyo. A mí el brazo se me empezaba a cansar, pero trataba de mantener el teléfono, que servía de grabadora, cerca de la boca de Jorge. Usé su retahíla sobre las mujeres, la memoria y los secretos como puente hacia nuevas anécdotas.

—Aquí las mujeres te dan un besito y por otro lado se van con otro —continuó, mientras sostenía su abultado vientre con una mano y se subía los diminutos pantalones con la otra—. Eso no es desde ahorita, sino de toda la vida. Igual que los hombres. Eso es mentira que hay fidelidad: en el mundo no existe eso. Yo he visto tantas cosas en la calle… como para escribir un libro.

El 2017 sería un año largo, pero entonces ni Jorge ni yo lo sabíamos. Tampoco los otros cinco o seis taxistas de Taxi Móvil Plaza Venezuela, que parecían estatuas a la espera de clientes que les hicieran cobrar vida.

—Tú tienes que hablar con la gente, pasarles el escáner. Si el corazón te dice a ti que no lo lleves, no lo lleves porque sino te van a joder, ¿me entiendes? Hay gente que viene con carita de ovejita y son tremendos delincuentes —continuó Jorge.

Mi tío abuelo llevaba casi toda su vida en ese oficio. Se llama Julio. Fue él quien me hizo el lobby con sus compañeros de línea: una sarta de veteranos entre los que tener 15 años de experiencia era equivalente a ser un bebé de teta.

Me hablaron de lesbianas que se comían a besos en el asiento de atrás, de un respetado doctor que le montaba cachos a su esposa con un tipo, de mujeres que le decían al taxista que no tenían dinero pero que podían pagar con sexo oral. También me hablaron de robos, asesinatos, disparos: de una ciudad podrida en la que tu vida podía depender del lado de la cama por el que se despertó ese día el psicópata de turno. Todos tenían anécdotas con el hampa. Un taxista al que nunca le han robado un carro es como un político que nunca haya mentido.

Cuando el reloj marcó las 9:30 de la noche, Julio me miró con ojos de “mosca por ahí”. Era momento de irme: me esperaba hora y media de viaje hacia Los Teques. Los dos mejores testimonios de ese día me los regalaron Jorge y su hijo, Carlos Villarroel.

Jorge era el único miembro fundador de la línea que aún seguía ahí, estoico. Un testarudo al que su esposa le rogaba que abandonara las calles. Un testarudo que siempre encontraba una nueva excusa para no dejarlas: que si estaba enfermo y necesitaba costearse los tratamientos; que si el país estaba en crisis, ¿quién podía vivir en Venezuela sin trabajar?; o simplemente, aunque no lo dijera en voz alta, había que reconocer que la adrenalina es una droga: ¿a qué podía dedicarse un viejo de su estirpe si no a lo único que había hecho siempre?

La crónica fue un éxito. De esas que compartes en redes y genera interacciones con personas de las que tenías años sin saber, con gente que ni sabías que existía y con gente que respetas y admiras. Se posicionó como una de las más vistas en el portal donde la publiqué.

En general, valoro cualquier cosa que esté bien escrita. La buena literatura, para mí, es más un asunto del cómo que del qué. Eso sí: creo que la cotidianidad es tan absurda que no me veo construyendo historias fantásticas. La “realidad”, si es que eso existe, me parece una buena base tanto para la ficción como para la no ficción. En el primero de los casos, creo que es importante construir personajes con la profundidad de personas. Y en el segundo, esforzarse porque las personas sean personajes bien logrados y no fuentes. Pero la no ficción, en ese sentido, resulta más mágica que su hermana. Como quienes dieron vida a la historia existen, el relato sigue contándose aun sin la supervisión del narrador.

Los testimonios sobre colegas asesinados en Taxi Móvil Plaza Venezuela dieron cuenta de un oficio peligroso en un país en el que vivir es un deporte de alto riesgo. Eran los más veteranos los encargados de mantener vivas las crónicas de sus compañeros caídos en guerra. Jorge Daboín ejercía su rol con pericia y orgullo: ni un gesto de melancolía atravesaba su rostro cuando recordaba a los amigos que asesinaron en sus casi cinco décadas en la línea. Sí se le dibujaba un gesto de rabia cuando hablaba de la delincuencia. “Al ladrón hay que joderlo. No hay que tenerle compasión. Al que te va a hacer daño a ti hay que joderlo, ¿me entiendes?”, repetía.

Su decálogo para zigzaguear peligros era amplio. La regla principal: “Yo no recojo a nadie en la calle. ¡A nadie! ¿Tú sabes qué es a nadie?: ¡a nadie! Puede venir una mujer preñada, puede andar con un poco de chamitos. Nada. Yo agarro, llevo mi pasajero y después me devuelvo a mi parada. Y por eso es que estoy vivo, si no me hubiesen matado hace tiempo”.

 

—¿Tú te acuerdas de Jorge Daboín, mi papá? —preguntó Carlos.

A continuación, me contó que, cuatro o cinco meses después de que publicara la crónica, estaba sentado frente a su carro en Plaza Venezuela, a la espera de clientes. Una patrulla se estacionó cerca de él. Dos oficiales se bajaron, se le acercaron.

Su instinto de taxista se encendió: En esta dura ciudad nunca es bueno tratar con policías. Nunca.

—…nas noches —arrancó a hablar uno, con ese acento rancio y ese recortar de palabras de los que viven aburridos de la muerte—. Tamos buscando a alguien que conozca a Jorge Daboín Hidalgo. Usté me tiende. Un familiar, alguien.

Carlos midió al oficial con la vista. Vio al otro de reojo. Su papá ya antes había estado en líos por atropellar a alguien sin querer. Una vez hasta estuvo preso ocho días en el Retén de Catia. Y los funcionarios, esa rara especie que abarca a todo el que porte armas legalmente y se aproveche de un uniforme para abusar de ellas, tampoco le caían muy bien a Jorge: uno asesinó a varios colegas hacía años por pura malcriadez, y más adelante un trío de militares le robaron un carro. La calle solo deja heridas o deudas.

—Pero, ¿por qué? ¿Qué pasó? —indagó Carlos, tímidamente—.  Yo soy su hijo.

Los policías intercambiaron miradas. El de más edad, que había permanecido callado, suspiró antes de decir:

—Bueno, compadre —puso una mano sobre el hombro de Carlos—, lo lamento mucho. Su papá fue encontrado dentro de un vehículo hallado en el hombrillo de la Autopista Regional del Centro, en dirección a Caracas. Fue asesinado a punta de golpes. Mi sentido pésame.

Carlos se mareó. El mundo —su mundo— giró frente a sus ojos. Sintió que se acercaba al piso. Sintió que cuatro brazos lo sostuvieron y lo metieron a su carro. Sintió que la vida era una mierda en la que no valía la pena estresarse por un repuesto que no se conseguía ni por un carro accidentado.

—Pues, sí. Me lo mataron hace poco —remata ahora Carlos, mientras yo me hundo en el asiento.

De mi boca salen lugares comunes. Un golpe invisible se encaja en mi hígado. Me parece improbable que tantas cosas cambien en tan poco tiempo. Basta un segundo para que una vida no vuelva a ser la misma.

Carlos me dice que su madre y su esposa le insisten en que deje las calles. A ambas les pregunta si ellas planean mantenerlo. Habla de trabajar con cuidado, poquito a poco. Sus hombros son menos altaneros que los de su padre. Él no se cree el rey del pavimento, solo un testigo avezado.

Le sigo la conversación sin saber con precisión cómo me siento: uno de mis personajes murió sin pedirme permiso.

Llegamos a mi parada. Le digo que ahora vivo aquí, que se aprenda la dirección que cualquier cosa lo llamo. La realidad es que no recurriré a él sino hasta dentro de cinco meses, y por una emergencia. Será en una de las últimas semanas que pasé en esa casa y él me contará que acaba de salir de reposo: medio cuerpo se le prendió en fuego hace un mes. Yo pensaré que el oficio de taxista se parece al de doble de acción: tienes demasiado tiempo para fantasear con lo que podrías ser, pero lo que es siempre te reserva un nuevo golpe al final del día.

Por lo pronto, solo le doy el pésame y me bajo del carro.

Lo veo avanzar por la avenida. Me pregunto si ese personaje rodará hacia un destino similar al de su padre. Alzo la vista al cielo. No sé qué esperar del narrador de esta historia. No sé, ni siquiera, si hay un narrador. Bajo la cabeza. Meto la llave en la puerta y vuelvo a mi realidad: a mi propio relato.

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Me formé leyendo en una cancha. El fútbol me enseña a vivir y la literatura a entender la vida. Nunca salgo sin un libro y, en pro de dormir en paz, prefiero no prestarlos. Militante de la cultura del esfuerzo. Entiendo el mundo a través de historias. Escribo para vivir.

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