Diez horas y media atrapados en el Sebin

Mar 07, 2018

La detención de Jesús Urbina y María José Túa, activistas de Transparencia Venezuela en Zulia, y de dos reporteros brasileños, se suma a la lista de arbitrariedades cometidas por el Estado. Los venezolanos colaboraban para una investigación sobre las obras inconclusas de Odebrecht en Venezuela. Ambos relatan su incertidumbre en aquella sala de espera de paredes blancas, cuando iban a ficharlos.

Fotos: Vladimir Marcano

 

Un fiscal del Ministerio Público iba en camino a la sede regional del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), al norte de Maracaibo. Una mujer, funcionaria del Sebin, les fue franca: “Probablemente, los dejen detenidos”. Jesús Urbina, coordinador en Zulia de Transparencia Venezuela, y María José Túa, activista de la misma ONG, se miraron las caras. Asumieron que les atribuirían cargos y que, al amanecer, los trasladarían a un tribunal.

Los funcionarios les insistían en que no estaban detenidos, sino retenidos o en “visita cordial” al Sebin. Les decían que ellos solo estaban interesados en saber cuál era la razón por la cual unos periodistas brasileños estaban en la zona, y ellos, como eran sus acompañantes, debían aportar información que pudiera dilucidar qué estaban haciendo los colegas extranjeros. Siempre les dijeron que sería una visita muy breve. No les daban señas de que la situación pudiera agravarse.

Los del Sebin se referían a Leandro Stoliar y Gilson Souza de Oliveira, reporteros de la televisora Record TV –de Sao Paulo, Brasil–, quienes habían venido a Venezuela a investigar sobre obras inconclusas de Odebrecht, la gigantesca empresa brasileña acusada de cuantiosos y masivos sobornos en todo el continente. Por eso, Jesús y María José los acompañaban. El objetivo de Transparencia Venezuela es la lucha contra la corrupción y una de sus líneas de trabajo es el periodismo de investigación.

Stoliar y Sousa solo observaban el escenario y comentaban entre sí, en voz baja, acerca de lo que sucedía en la sede del Sebin. Ya llevaban atrapados casi cinco horas en una delegación policial del Estado venezolano, sin justificación lógica.

Eran las 5:00 de la tarde del sábado 11 de febrero de 2017.

Antes de las 9:00 de la mañana habían salido al municipio Mara –subregión Guajira–, donde están los pilotes o “piedra fundacional” del puente Nigale, segunda conexión sobre el agua entre las costas occidental y oriental del Lago de Maracaibo, cuyo proyecto financiaba Odebrecht. El propósito de los periodistas era registrar en fotografía y video las evidencias de que no hubo tal construcción: otro caso que se sumaría a la lista de escándalos por corrupción de la trasnacional brasileña en Latinoamérica. Jesús y María José eran sus enlaces en Zulia; los orientadores en espacios, tiempos y contextos.

Tras asomarles la posibilidad de encontrarse detenidos, los periodistas se imaginaron cualquier escenario. Incluso, hasta que los trasladarían a El Helicoide, sede principal del organismo de inteligencia en Caracas. “Del Sebin puede esperarse cualquier cosa. Ellos tienen el poder”, pensaba María José.

Desde las 2:00 de la tarde no tenían sus teléfonos celulares, se los habían decomisado, junto a sus bolsos y documentos personales. No tenían comunicación con los abogados de la Comisión de Derechos Humanos del Estado Zulia (Codhez); ni con Leonardo Pérez, secretario regional del Colegio Nacional de Periodistas (CNP); ni con David Gómez, coordinador de Aula Abierta.

—Solo pensaba en mis padres —relata María José—, ellos viven en Churuguara (Falcón), y en mi hermana, Esperanza, que está en Medellín. Sentía que les estaba causando el mayor susto y quizás, a la larga, el más profundo dolor que pueda causársele a la familia. También sentí que hasta allí llegaba mi vida, no porque me moriría, sino porque estaría encerrada, presa, por quizás cuánto tiempo… Bueno, otra manera de morirse en Venezuela.

Entre tanto, Twitter ardía con las denuncias de periodistas, profesores universitarios, representantes de organizaciones no gubernamentales, familiares y amigos de Jesús y de María José. El almuerzo tardío y las hamburguesas, de cena, apenas los probaron.

Las 6:00. Las 7:00. Las 8:00 y tantos minutos de la noche. Tres horas, sentados en unos sofás pequeños o caminando de un lado a otro, poniéndose las manos en la cabeza, negándose a sí mismos lo que sucedía… A la espera de que todo cambiara por una “decisión de Caracas”, como se acostumbra en Venezuela.

La incertidumbre ya le pasaba factura a Jesús. Se le disparó la tensión arterial. Un familiar debió buscarle el medicamento para que se lo tomara.

Sabían que su sábado tenía dos finales: o en su casa o en un calabozo.

Representantes de la Fiscalía 45 (Derechos Fundamentales) del Ministerio Público llegaron al Sebin. Los abogados de Codhez buscaron a Adriana González, defensora del pueblo en guardia, porque no tenía habilitado el traslado.

La funcionaria del Sebin que se les había acercado antes les asomó a los periodistas una vaga posibilidad de liberación, pero con la advertencia de que, para tal eventualidad, debían esperar a que el comisario jefe encargado recibiera instrucciones de sus superiores.

Ya eran las 9:00 de la noche.

 

De pronto, trasladaron a los cuatro periodistas a otra oficina. Los esperaban una mujer y un hombre, además de la misma funcionaria que ya, a esas alturas, les resultaba cercana porque quizás, al verlos tan tensos, les daba información, datos, para que se calmaran.

Los periodistas no sabían cuál era el siguiente paso, pero los funcionarios sí. A Jesús y a María José les tomaron las huellas dactilares y les preguntaron los datos personales: cédula, dirección, teléfonos; los datos filiales… Cuando les tocaba el turno a los brasileños, le dijeron a Jesús que se alistara para la foto.

—De espalda a la pared, por favor —le ordenó el funcionario.

Una cosa entre terrorífica y patética para Jesús, porque, en medio del susto, podía observar cómo improvisaban: el fondo que le ponen a las fotografías, para el momento en que fichan a los detenidos, era un aviso con el logotipo del Sebin, impreso en vinil, con una regla a un lado que él duda que fuera completamente fiel a la medida a la que debía corresponder.

Fue también un momento ridículo, claro, visto ya en la distancia del tiempo y sin sobresaltos.

—El funcionario que tomó el lado izquierdo del vinil era un hombre muy bajito y la funcionaria que tomó el otro extremo era mucho más alta que él. Y aquella cosa que estaba detrás de mí, estaba completamente torcida.

La funcionaria “amiga” era la encargada de hacer la foto. Tenía el cuerpo rígido. Su mal pulso la delataba: no podía sostener su celular, con forro rosado y estampado de flores, para fotografiar de perfil a Jesús.

Sentada frente a él estaba María José.

—Sentí una impotencia que no puedo describir. A mi profesor de Ética lo estaban reseñando como a un delincuente solo por colaborar en la investigación de un hecho de corrupción. Sentí un calor que me subía de pies a cabeza. Recuerdo que me miré las manos y las tenía enrojecidas. No sé si fue solo una percepción o ciertamente me hervían. Tenía mucha, muchísima rabia.

La siguiente era ella. Estaba convencida de que ya iba a un calabozo.

—Epa, epa, ¿qué están haciendo ustedes? A ellos no los vamos a fichar si ellos se van —les dijo, con tono imperativo, un funcionario a los compañeros que hacían las reseñas.

La “orden de Caracas” había llegado. Tarde, pero llegó.

Hubo silencio en la sala. Los funcionarios se miraron entre sí. Igual Jesús y María José. La escena se congeló por unos segundos.

Sin embargo, María José pasó al frente y le hicieron la foto de perfil. Solo esa foto, mientras el funcionario intentaba explicarles a los brasileños que no los detendrían, que en un rato ya estarían de vuelta al hotel.

En un santiamén, los pasaron a la sala de espera. Les devolvieron sus pertenencias.

Un gentío esperaba afuera. Los periodistas salieron hacia el estacionamiento del cuerpo de seguridad del Estado. María José estaba desorientada. En medio de la oscuridad, no ubicaba a nadie. Le hablaban, la llamaban por su nombre y no reconocía a nadie. Solo veía cuerpos con caras sin definir.

—Llama a mi mamá, llama a mi mamá, por favor —le pidió a su amiga Nileanny Petit, también periodista. Fue a la primera persona que reconoció. Mientras, Jesús se despedía de los colegas brasileños, a quienes trasladaron escoltados, en la misma camioneta negra que los interceptó en el sector El Milagro, hasta el hotel Intercontinental donde estaban hospedados. Al día siguiente, los llevaron al aeroclub del Aeropuerto Internacional La Chinita con destino a La Carlota, en Caracas. A las 5:00 de la tarde, saldría el vuelo de Avianca en el que regresarían a Sao Paulo. Los funcionarios del Sebin los trataron con cordialidad hasta que hicieron el trasbordo para Maiquetía. Ahí les quitaron los equipos, sus celulares y sus equipajes. Los deportaron. Pasaron por Lima, Perú, y llegaron a Brasil con lo que llevaban puesto.

Jesús declaró a los medios, ahí, en el estacionamiento. Relató el asunto con brevedad, ecuánime, sin señalamientos; con los ojos enrojecidos. Lo respaldaban la credibilidad de su trayectoria profesional y académica, y los abogados de Codhez. Habían pasado 10 horas y media atrapados en las oficinas de paredes blancas del Sebin.

Los periodistas se embarcaron en la van azul de Fundaluz (asignada a Jesús por ser el director de Comunicaciones de la Universidad del Zulia), rumbo a sus casas. Estaban libres. Indignados y con las piernas temblorosas, pero libres.

Para Jesús, su detención, sin orden escrita ni justificación lógica, es un caso más de las arbitrariedades que comete el Estado contra la libertad de expresión. Y un motivo más para continuar ejerciendo el periodismo de investigación, para seguir luchando por la libertad de expresión como derecho inalienable.

Los reporteros brasileños difundieron un reportaje semanas después de la detención. Recurrieron a Skype para entrevistar de nuevo a sus fuentes en Zulia, porque todo el material fotográfico, audiovisual y las anotaciones lo perdieron en las memorias y en los equipajes que les incautó el Sebin.

A María José no se le ha pasado el mal sabor. En agosto de 2017, lanzaron un explosivo en el  diario Versión Final, donde ella trabaja. Volvió a ver a los mismos funcionarios. Sintió escalofríos en todo el cuerpo. Caminó rápido, tapándose la cara. No quería que la vieran o la reconocieran. Sabía que en cualquier momento se los encontraría, fuera del escenario traumático que era el Sebin. Sintió miedo otra vez.

María José cambió de número de teléfono. No contesta llamadas de números desconocidos. Cambia continuamente las contraseñas de su correo y redes sociales. No sale de noche. Escribe sobre cultura. Se tomó un receso en Transparencia, adonde volvió en octubre del mismo 2017.

Venezuela dejó de ser para ella un país sin límites.

 


Esta historia forma parte de Crónicas insumisas, un microsite del Instituto de Prensa y Sociedad Venezuela, en alianza con la Embajada de Canadá, La vida de nos, la ONG y El Anexo. Visite el proyecto completo en este enlace.
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Soy venezolana y periodista. Escucho a la gente, leo y escribo. Cubrí sucesos en La Verdad y promoví la cultura desde Versión Final. Ahora echo los cuentos de la «Gran Nación Wayuu» en Wayuunaiki. Represento a IPYS en Zulia y doy clases en la Unica.

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