En la calle no se duerme

Oct 10, 2018

Zaida quedó viuda en 2013 y, desde entonces, ella y su hijo Brayan viven en la calle. Cada tanto los policías los persiguen y el muchacho huye para que no lo lleven a un albergue. Luego le toca buscar a su mamá en la próxima plaza que haya escogido como hogar. Es la vida de dos seres cuyo único sueño es no ser separados. 

Ilustraciones: Carmen Helena García

 

Brayan tenía 10 años, y ellos 14 y 16. No sabe sus nombres; ellos nunca se presentaron. Lo sujetaban. ¿Qué querían? Lo inmovilizaban. Intentaban tocarlo, bajar sus pantaloncitos sucios. Ahora sabía a qué peligros se refería mamá.

Quizá por impulso, o puro instinto, Brayan apretó una navaja que llevaba en el bolsillo, y de un manotazo hirió a uno de los adolescentes en un ojo. Ese día sintió por primera vez el calor de la sangre ajena. Y corrió. Brayan corrió, mientras el ojo de su joven victimario se vaciaba. Brayan pudo huir con su ropa puesta. Corrió tan rápido que su inocencia no lo volvió a alcanzar.

Tenía algunas semanas intentando comprender que papá había muerto, que ahora no tenían casa, que esa gente lo había separado de mamá “porque en el albergue estaría mejor, protegido”. Tenía las mismas semanas llorando. “¿Hasta cuándo estaré aquí?”, se preguntaba, y les preguntaba. Extrañaba a su mamá. Habían dicho que estaría 15 días ahí; y luego otros 15, y otros 15… Pero, pronto dejaría de llorar. Lo había decidido.

Una fractura en el cráneo, que sufrió un año antes, había sido la causa de la instalación de una placa metálica en su cabeza. Por ello, desde que el Consejo de Protección se lo quitó a su mamá, porque ambos vivían en la calle, los encargados del albergue debían asegurarse de que contara con una evaluación médica regular, así que una mañana Brayan fingió un insoportable dolor de cabeza y lo llevaron al hospital. Fuera de esa “cárcel”, en el consultorio, pudo ejecutar su plan de escape desde la ventana de un baño. Los rasguños de la caída eran solo un trámite burocrático de aquel boleto a la libertad.

¿Dónde conseguir a mamá? Ya lo sabía. Antes de su separación, tres meses antes, dormían en la Plaza Juan Pedro López, en el casco histórico de Caracas. No sabe cómo llegó, no recuerda. Pero llegó. Y sí, ahí estaba mamá.

La calle, para un niño de 10 años, puede significar sosiego.

 

Zaida quedó viuda el 29 de enero de 2013. Esa tosecita que tenía el esposo resultó ser tuberculosis. Fue en el Hospital Dr. José Gregorio Hernández, de Los Magallanes de Catia. A Zaida se le vino el mundo encima.

“¿Qué pasaría con Brayan? ¿Qué pasaría con ella?”, se preguntaba. Su muchachito estudiaba, reía, comía. Sin lujos, claro, pero techo y amor no le faltaban. Murió el padre, y con él también lo hizo el sustento, pues Zaida fue despedida justo después. La pensión de papá en el Ministerio de Cultura, donde había sido supervisor de vigilantes, no se depositó más. Y una deuda del organismo quedó también pendiente. Irregularidades, alegaron. Que iban a intentar solucionarlo, dijeron. ¡Qué lástima que con excusas y buenas intenciones no se compra comida ni se paga pensión!

 

—¿Me prestas esa bicicleta? —le preguntó Brayan al hijo de los árabes.

—Pero me la traes rápido.

Y Brayan la regresó, sí. Pero rápido no fue. El niño amaba la sensación de rodar a toda velocidad. Pedaleaba por una subida, y dejaba que la gravedad lo bajara por la siguiente calle. Esquivaba a la gente, y la desgracia. Se perdía riendo entre la brisa.

Pero a los papás del prestamista de bicicletas no les hizo gracia. Mientras Brayan jugaba a ser un niño sin carencias, ante su mamá lo acusaron de haber robado. Pero, ¿cómo podría pensar eso Zaida? Ella sabía que su muchachito soñaba con ser ciclista, no ladrón.

No era lo que ella le había enseñado. Desde la muerte de su esposo, Zaida barría en la calle, en negocios. Con una escoba y una pala ganaba el dinero que necesitaban para comer, y los ahorros alcanzaban todavía para pagar una habitación en una pensión sencilla. Ninguno de los dos quería que los separaran de nuevo.

 

Gritos, confusión, silencio. Resistencia, forcejeo. Muerte. Ladrones, o eso dijeron, entraron a la pensión donde dormían y ahorcaron a la dueña del sitio.

Desalojo.

“Pero, ¿qué ocurrió?”, “¿Por qué le hicieron eso?”, “¿Qué pasará con nosotros ahora?”. Todos los inquilinos tuvieron que irse del lugar que ofrecía habitaciones con olor a hogar. Y no fue momentáneo. Al menos no para Brayan y su mamá. Esa pensión era el único lugar que podían costear para dormir. Y ocurrió de nuevo. Esa noche, un par de cartones más reposaron en la Plaza de la Moneda.

—¡Váyase, mijo! Váyase, váyase.

Corrió Brayan, calle abajo, lo más rápido que sus piernas le permitieron. Ya no tenía 10 años, sino 12. Ya no lo podían atrapar. Al menos no esta vez.

Corrieron también, tras de él, los funcionarios del Consejo de Protección de los que había escapado en dos oportunidades distintas, los últimos dos años, y de los que escaparía una tercera vez. Corrió mientras escuchaba los gritos desesperados de su madre, mientras oía las pisadas rápidas de quienes los seguían.

Y, como las otras veces, sabría dónde encontrarla luego.

Ahora vivían en la Plaza Bolívar.

 

Lo golpean, lo acusan. Lo siguen golpeando, le gritan. “Eso que estás vendiendo es robado”, aseguran. Él lo niega.

A su alrededor, quienes lo conocen lo defienden. Y aquella señora que lo ha visto tantas veces comerciando en la avenida Baralt, se aferra a su ropa como fiera. Lo hala hacia ella. Se lo arranca de los brazos, de las botas, de la furia, a los policías que lo acusan de ladrón. Ya tenía 15 años.

Se van. Pero los golpes quedan. Queda también la sangre brotando por su espalda. Un día más. Un día como muchos otros desde hace más de tres años.

Brayan prefiere ignorarlos esta vez. Para él, primero está Dios y luego su mamá. Y su mamá tiene hambre. Si te detienes, no vendes; y si no vendes, no tienes dinero. La rabia no da de comer.

A veces, la calle requiere calma, o sensatez. ¿O resignación?

Mamá no estaba para defenderlo esta vez. No podía. Hace un año padece un prolapso uterino, que no le permite estar de pie más de media hora, sin que su útero comience a asomarse por su vagina. Ahora, quien protegía es protegida. Quien mantenía, es mantenida. Brayan es el único sustento de su familia de dos.

La calle te pide, también, crecer muy rápido.

Zaida espera a su hijo sentada en un escalón de la Plaza La Concordia. Bajo una cobija pequeña, guarda una bolsa plástica con pasta y lentejas que le regalaron, sin envase. Es la cena de ese día, al que le faltan 14 horas para terminar. La comida y el peine que guarda entre su cabello son sus únicas posesiones. Dos días antes le robaron una cobija y una almohada que tenía guardadas dentro de un agujero en la pared.

Llega Brayan, y los negros dientes de su madre, carcomidos por caries, se asoman en una sonrisa. Luego un abrazo, un beso.

Brayan viene de jugar videojuegos en un local cercano, donde se permite ser un niño de vez en cuando. Pide la bendición. La besa. Se sienta a su lado. Si el día marcha bien, y administran bien la comida, podrán comer mejor al día siguiente, pues alguien acaba de regalarles una bolsa de pan.

En la calle, la gula es un verdadero pecado capital.

También es un pecado ser visible.

Brayan y Zaida han sido desplazados en cuatro oportunidades. Desde que viven en la calle, la policía y vecinos los han echado de cuatro sitios: las plazas Juan Pedro López, Bolívar y Diego Ibarra, y las calles de San Agustín. Cada tantos meses, las autoridades deciden “mover a esos indigentes” que afean la ciudad.

Están atentos, siempre atentos, ante la posible llegada de un funcionario. Policía, Negra Hipólita, Lopna… El uniforme no importa. Con todos, la única opción para ellos es correr. Correr para no ser trasladados, correr para no sentirse presos, correr para que no los separen.

—Porque los albergues son horribles, madre. Porque ahí tienes cama, sí. Pero la comida es horrible y te pegan. Eso solo lo ponen bonito si saben que va a ir alguien de afuera. Y no lo arreglan ellos, lo ponen a uno a limpiar. Yo prefiero estar en la calle. A uno le toca resolverse, revisar la basura para ver si hay comida o algo que vender. Es verdad. Pero aquí puedo trabajar para que comamos mi mamá y yo. Y si trabajo mucho, y un día se soluciona lo de la pensión de mi papá, voy a poder estudiar. Y tener una casa, donde llegar a bañarme y dormir. Y tener un negocio, para que mi mamá siempre tenga lo que quiera.

Lo que quiera mamá, dice Brayan. Y lo que más quiere mamá es, precisamente, a él.

—Mi muchacho me cuida. Todo el tiempo anda soñando que un día estaremos mejor, que estudiará, que viviremos felices. Y yo le creo. Quiero creer que un día dejarán de llamarnos indigentes. Porque no somos indigentes. Nos quedamos sin casa, pero no somos de la calle. Porque somos buenos. Porque vivir aquí no nos hace menos personas que otros. Un día tendremos una casa y volveremos a vivir tranquilos, sin preocupaciones. Volveremos a dormir.

—Porque es duro dormir en la calle…

—No, mija. Porque uno no se debe dormir. En la calle no se duerme.


Historia elaborada en el XII Seminario de Periodismo Narrativo “El pulso y alma de la crónica”, de Cigarrera Bigott, en 2018.

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Jugaba a ser reportera desde que aprendí a leer. Luego, coqueteé en mi imaginación con cinco profesiones más. Pero la vida me quería periodista. Lo supe a los 12 años. Nací el día que empecé a cubrir deporte menor y las comunidades me enamoraron. Ahora aprendo a contar sus historias.

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