Esa burbuja de aspecto inocente

Abr 01, 2017

Cuando Alberto fue a buscar a su hijo al colegio, un día aparentemente normal, no podía sospechar que ese ensimismamiento detrás del cual se escondía el niño, era la cara visible de un problema que iba más allá de un caso de acoso escolar. Debajo habitaban elementos como machismo, homofobia y una autoridad que prefiere echar tierra a lo que incomoda. 

Ilustraciones: Kabir Rojas

 

Ese día Jesús salió de la escuela extrañamente callado. Su papá, esperándolo en la puerta como acostumbra, pensó por un momento que el niño estaba raro, pero no quiso darle más vueltas al asunto. A los ocho años, pensó Alberto, es normal que un día más que otro el chamo salga medio tristón del colegio. Lo tomó de la mano y caminó con él las dos cuadras que lo separaban del sitio donde había conseguido espacio para el carro. La usual y agitada conversación de todos los días fue sustituida por un silencio incómodo que el padre quiso arreglar ofreciéndole un helado, que el niño no aceptó. Alberto encogió los hombros,  dándose por vencido. Fue en el camino a casa cuando su hijo soltó la primera noticia.

—Hoy me llevaron a la dirección por un problema que tuve.

Su padre, desacostumbrado a enfrentar los problemas de conducta de su hijo, replicó muy por encima.

—Ajá… ¿y en qué lío te metiste?

—Nada… no pasó nada. O sea, yo no hice nada, papá.

—Ah, bueno, si tú dices que no hiciste nada, yo te creo…

El silencio incómodo del principio les acompañó todo el trayecto. Seguía allí al llegar a casa y se mantuvo en la mesa mientras almorzaban, alcanzando a la madre, pero ella no dijo nada para evitarse disgustos.

Los jueves Jesús tiene práctica de fútbol, el deporte por excelencia de los colegios de Mérida. Es el día más loco de la semana, pues el niño aún no logra superar la emoción de saberse miembro del equipo colegial. Apenas si almuerza. Prefiere dedicar sus energías a poner todas sus cosas a punto para la práctica. Y a alborotar. Y lo hace de tal modo que, tanto en la casa, como en el edificio, todos se enteran de los goles que está dispuesto a detener en la práctica del día.

Aunque la cita es a las cuatro de la tarde, no ha pasado un día en que alguien lo haga llegar en el horario exacto. Su mamá, espoleada por la excitación del hijo portero, suele llegar al campo de entrenamiento media hora antes de la cita. Ese jueves, sin embargo, Jesús pretextó un súbito dolor de estómago para librarse de su encuentro con el equipo del colegio. Su papá no se dio cuenta, pero a la madre se le metió una cosa rara en la cabeza.

Al levantarse de la mesa, Jesús se encerró en su habitación sin dar explicación alguna. El silencio incómodo que su papá había sentido, empezó a asfixiar a Cecilia, la madre. No esperó mucho rato para irrumpir en la habitación donde su hijo se fingía enfermo. Lo hizo justo después de llamar a su marido.

—Alberto, ¿el niño te comentó si había pasado algo en el colegio?

—Ahora que lo preguntas, creo que lo llevaron a la dirección… quién sabe en qué se habrá metido.

—¿Lo llevaron a la dirección? ¿Y tú por qué no me dijiste nada?

—Pues, no sé, porque no será nada, digo yo… él me dijo que no había hecho nada.

—Ajá… ¿y tú te quedas tan tranquilo con eso?

—Pues sí… no voy a hacer un escándalo por esa tontería, ¿o es que a ti nunca te llevaron a la dirección de tu colegio?

Cecilia colgó el teléfono francamente molesta con aquel arranque de macho, el rasgo de su marido que menos le gustaba. A Alberto (como a todos los hombres del mundo, según su propia opinión) le encanta omitir información cuando no la considera relevante; es decir, siempre. Por eso ella decidió investigar a su manera.

Cuando entró a la habitación de su hijo, el niño ardía en fiebre. Tiritando bajo las colchas, Jesús parecía estar verdaderamente enfermo; su madre se alarmó, apeló al botiquín de la casa y llamó al pediatra para tenerlo advertido. Fue cuando regresó de hablar por teléfono que Jesús la abrazó llorando, pidiéndole que le creyera su versión de los hechos.

“¡Su versión de los hechos!”. Cecilia presintió que estaba a punto de revelarse algo que iba a trastocar de forma irrevocable la cotidianidad de sus días.

Al terminar de contarle, Cecilia necesitó echar mano de toda su fuerza para no desfallecer.

 

Todo había comenzado la semana anterior, precisamente en la práctica de fútbol. Uno de los alumnos de los años superiores, un niño de 11 años, había llegado a la cancha con un par de vídeos prohibidos en su teléfono inteligente, un par de vídeos (nadie ha podido verlos, además de los niños involucrados) de corte abiertamente homosexual. Jesús, a pesar de su madurez y de su extenso vocabulario, se quebraba a la hora de explicar los detalles de las imágenes.

Los vídeos pasaron de teléfono en teléfono y ocasionaron todo tipo de chistes y comentarios entre los más grandes, hasta que el portero de un equipo de otro colegio, también de 11 años, decidió mostrárselos a Jesús y a algunos de sus compañeros de equipo. Llorando, Jesús le contó a su madre que él se retiró del sitio sin haber visto detalles del vídeo, que a él eso no le gustaba y que no le dijo nada a nadie, pero que ellos lo vieron hablar con el profesor de fútbol minutos después de haberse negado a compartir las imágenes. Ahí empezaron sus problemas: el chico del otro equipo lo amenazó con matarlo si descubrían que le había contado algo a los maestros.

Los de su equipo fueron un poco más lejos: el niño que había introducido los vídeos al campo, esperó a Jesús a la salida del recreo del día siguiente para golpearlo, tanto ese viernes como los siguientes dos días de escuela. Golpearlo y obligarlo a tapar las huellas de esos golpes bajo el suéter del uniforme, así como a renunciar a las prácticas de fútbol, o lo matarían entre los más grandes del equipo visitante.

—Cualquiera puede tener un accidente en la portería —contó que le habían dicho.

 

Lo siguiente fue obra de la mala fortuna. El relato de la existencia de los vídeos llegó, no se sabe cómo, a oídos del profesor de fútbol, encendiendo las alarmas del pudor más homofóbico.

Lo cuenta Cecilia:

—El entrenador estaba como loco porque, según dicen, era un vídeo gay. Llegó a decirme que la pornografía era normal y buena para los chamos, pero que él no iba a tolerar mariqueras en su equipo.

Cecilia tampoco estaba dispuesta a tolerar nada, a decir verdad. Pero, para ella, la pornografía, las amenazas y los golpes a los que había estado expuesto su hijo durante toda la semana, eran un asunto más grave que el contenido de los videos.

Alberto, el padre, estaba fuera de sí por todas las razones imaginables. Horrorizado por la idea de que a su hijo pudieran haberlo “malogrado esos malandros”, estuvo a punto de organizar una revuelta de matones contra padres y familiares de los implicados en el tema. Incapaz de controlar la desesperación que le producía el escándalo, empezó a manejar la teoría de que todo eso pudo haberse solucionado sin tanto escarnio, de no haber sido porque a Jesús lo llamaron a la dirección aquel jueves para pedirle que contara su versión de los hechos, logrando con eso que al niño le brotaran unos miedos que en su familia jamás habían existido.

Cecilia lo escuchaba espantada. Ella solo podía sentir que estaba viviendo las horas más tristes de su existencia desde el día que había parido a su hijo, y que las causas de esa tristeza no tenían nada que ver con un asunto genético.

La decisión de echarle tierra al asunto la propuso, de forma autoritaria, el director del colegio. Según dijo, ese tipo de problemas eran poco frecuentes en los colegios merideños y al suyo no le haría bien el chisme que podía desencadenarse en esa pequeña ciudad amiga de rumores y conversaciones en voz baja. No permitió muchas réplicas. Puesto a tomar posición frente a lo que algunos pocos representantes consideraron un hecho de enorme gravedad, les aclaró que se ocuparía personalmente de resolverlo, siempre que todos tuvieran la boca cerrada; por lo pronto, se acababa el fútbol, las actividades fuera del colegio y la matricula de todos los niños involucrados en el escándalo, Jesús incluido.

Mirando hacia atrás, Cecilia casi desea que el dolor de estómago y la fiebre de su hijo hubiesen sido síntomas de una enfermedad de verdad y no de la catástrofe que arrasó con su matrimonio y con todo lo que ella daba por seguro en su vida, hasta los gustos deportivos del hijo. A Alberto y Cecilia, por mucho que lo intentaron, se les hizo imposible hacer de semejante escándalo una oportunidad para obtener ganancias. Sus opiniones sobre cada uno de los eventos de esos días eran tan distintas como opuestas y la crisis, que acechaba la convivencia desde hacía meses, les estalló en la cara. Decidieron “darse un tiempo” antes de tomar la difícil decisión de divorciarse, cosa que terminaron haciendo en relativos buenos términos, aunque Cecilia siempre culpará a su ex marido de no haber puesto suficiente empeño en evitarlo.

Jesús, por su parte, solo empezó a mejorar cuando supo que no volvería al colegio donde tanto su padre como el padre de su padre habían obtenido su título de bachiller. Además, para conmoción de la madre y desgracia del padre, aborreció el fútbol con el mismo brío con el que días antes lo consideraba un destino irrenunciable. Se convirtió en un niño temeroso al que le cuesta relacionarse fácilmente con compañeros del nuevo colegio, sus calificaciones han bajado de manera notable y el proceso de adaptación al nuevo instituto ha sido, por decir lo menos, complicado. Aun así, Cecilia no sabe si aprendieron alguna lección o si alguna estaba para ser aprendida. Lo único que sabe con toda certeza es que cada vez que ve el teléfono, siente que su enemigo duerme detrás de una burbuja verde de aspecto engañosamente inocente.

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Soy promotor cultural. Nací y vivo en Mérida. Allí hago espectáculos a partir de lo mejor de la música académica, tareas de producción para La vida de nos y llevo un blog. Escribo porque creo que lo que nos pasa se puede entender mejor si nos lo contamos.

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