¡Este pana se está muriendo!

Ago 30, 2017

El padre de Willian Díaz tenía un mal presentimiento la noche del jueves 4 de mayo de 2017. Habían pasado demasiados minutos desde que su hijo, de 22 años, le informó que trataría de rescatar a unos amigos. A esa misma hora, al muchacho lo estaban golpeando brutalmente en una calle de la ciudad de El Tigre, en una jornada de represión contra una protesta opositora que concluyó con 41 detenidos.

Fotos: Nilsa Varela / El Vistazo

 

Todavía con sus manos sobre el volante inútil, Willian pensó en abrir la puerta para bajarse del carro y subir los brazos en señal de rendición. Pero una patada que vino de afuera la cerró demasiado rápido. Solo le dio tiempo para voltear medianamente la cara y esquivar los vidrios que esparcía la culata de un fal.

Se había estrellado contra una casa.

Una casa de gente que él no conocía y que en segundos le salvaría la vida.

—Los guardias me agarraron por el cuello y me sacaron del carro. Uno me preguntó si el rosario dorado que tenía era de oro y, cuando le dije que no, lo lanzó lejos mientras decía que era mejor que no le viera la cara.

Allí empezó una nueva, la tercera ronda de patadas, cascazos e insultos.

Willian gritaba que no le pegaran. No tenía cómo defenderse. Solo alcanzaba a taparse el rostro con el brazo que los funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana le habían dejado libre. Mientras unos lo sujetaban por el cuello, otros le daban con sus botas pulidas. Su cuerpo brincaba. Él les pedía que pararan. Varias personas gritaban a su alrededor, pero él no entendía más que los insultos de los militares.

Eran las 8:00 de la noche. Willian alcanzó a ver cómo se robaban el reproductor, las cornetas, un bajo, el caucho de repuesto, las luces LED y la batería de su Hyundai Getz, hasta que le bajaron la cabeza con un nuevo golpe.

¡Déjenlo, que lo van a matar! gritó la dueña de la casa, que había salido al escuchar el impacto de un carro contra su muro.

Gritó y los guardias la apuntaron como si estuvieran dispuestos a fusilarla.

La hija voló a su lado y los retó:

—Nos van a tener que matar a las dos.

Y santa palabra. Se acabó la golpiza.

 

Se trataba de muchachos que ese día decidieron protestar en la Universidad Gran Mariscal de Ayacucho, de El Tigre. De allí caminaron hasta el Centro Comercial Petrucci, símbolo de las protestas antigubernamentales en esta apática ciudad del suroriente del país. Pero la GNB no les permitió avanzar sino unos pocos metros. Montados en sus motos, les lanzaron bombas lacrimógenas y perdigones. Y en su regreso a la UGMA, tratando de resguardarse, 20 manifestantes fueron detenidos.

Molestos por la noticia de una segunda ola de detenciones ese día, los vecinos sacaron basura de sus casas y trancaron la calle, en la esquina del Centro Comercial Silvana, justo entre el Petrucci y la universidad. Muchos, como Willian, se acercaron. Y de repente, más de 30 uniformados de la GNB y de Polianzoátegui, sin mediar palabras, comenzaron a requisar, abrir carros, robar celulares, anillos de graduación, y se llevaron a otros detenidos.

No podía saberlo, pero en ese instante en que el padre de Willian contaba los minutos, su hijo, que había logrado escapar, era perseguido por una docena de guardias motorizados. Había cometido el delito de asustarse, hasta que, huyendo, perdió el control del carro en la calle 17 sur, a unas cuadras del Silvana.

Me dejaron verlo a las 5 de la mañana y me dijo: “Papá, no me siento bien, ayúdame”. ¿Te imaginas lo que significa que un hijo te diga eso?

Aunque es famoso por ser el señor del camión cisterna, conocí a Willian Díaz en uno de los pasillos de la clínica donde estaba su hijo cuando, ya pasada la medianoche del viernes 5 de mayo, estaba a punto de poner fin a un intenso día en el portal de noticias donde trabajo. No esperaba escuchar semejante relato cuando ya tenía escrita en el celular y, a punto de difundir, la noticia sobre un joven brutalmente golpeado por la GNB. Solo sabía que se trataba de un estudiante de diseño gráfico, del Iutirla de Puerto La Cruz, que habían detenido en El Tigre. Y ahora tenía frente a mí los ojos de un hombre que no podía aguantar las lágrimas, hablando casi ahogado, temeroso de que su hijo se le fuera para siempre.

Me disculpa, no me he bañado en todo el día me dijo respetuosamente en voz baja, cuando tuve el impulso de darle un abrazo. A su muchacho lo habían tratado no como sospechoso sino como un peligroso delincuente. La gravedad de los golpes que había recibido 25 horas antes aquel cuerpo atlético, de piel morena, de 1.82 de altura, significaba para los Díaz el contacto más amargo con la muerte.

La misma noche de la detención y, antes de complicarse su estado de salud, Willian vio a su mamá luego de que varios familiares de los 41 detenidos en aquella jornada de represión rogaron para entrar al comando de La Guarapera. A una distancia de 10 metros, se levantó la camisa y se movió a los lados para enseñarle los hematomas. También se quejó de un fuerte dolor en las costillas del lado izquierdo.

“Léeme los labios”, le decía con señas a su mamá. Si alguien hablaba, un guardia se ponía a gritar para impedir que los familiares escucharan.

—Cuando sacaron a mi mamá, se me derrumbó el mundo encima. No lloró, pero su expresión era de mucha tristeza. Me dolió que me viera así.

El señor Willian conocía bien la dirección del comando de La Guarapera, a unos 10 minutos de El Tigre en la vía que lleva a Ciudad Bolívar. Eran muchas las veces que, cordial, había llevado en su cisterna los litros de agua suficientes para los hombres del mayor Villarreal. También había llenado el tanque del destacamento de San Tomé cuando era llamado por el jefe de todos los verdes, González Casamayor. Cuando supo que a su hijo lo habían arrestado guardias nacionales, sintió alivio. No se imaginó que lo tratarían con distancia, fingiendo que no lo conocían. Que le dirían NO en todas sus formas.

—Me cansé de pedirles, de rogarles, y no, no, que no. Yo les decía: “Vamos a llevarlo a la clínica y así todos estamos tranquilos, el muchacho está muy golpeado”. Y la respuesta era no.

El señor del camión cisterna se veía atormentado en los pasillos de la clínica por la caprichosa negativa de los militares. Todavía le costaba digerir que las preocupaciones de un padre cayeran en un saco roto delante de esos hombres de uniforme.

Las manos de Willian contorsionadas como dos caracoles, sus pies encogidos también en forma extraña, y su mirada perdida, no eran un presagio. Eran ya el colapso, un día después de la golpiza y sin que hubiera recibido atención médica.

—¡Este pana se está muriendo! —gritó uno de los detenidos en La Guarapera. Antes, los guardias habían desatendido todas las alarmas, las que encendieron los padres y el médico que evaluó a los muchachos presos en el comando. Todos notaban a simple vista su mal estado.

Ya moribundo, fue que decidieron llevarlo a emergencias. Pero antes, pararon a recargar gasolina.

 

Lo primero que hicieron los médicos después de verle los hematomas en el abdomen, piernas, espalda y cara, fue suministrarle de forma urgente una solución con calcio, dexametasona, profenid y omeprazol para sacarlo de la crisis. Una hipocalcemia estaba matándolo, la misma que le provocó las contorsiones.

Después de superada la emergencia, vinieron noches de mucha fiebre, sábanas bañadas en sudor, tomografías, ecos abdominales y exámenes de laboratorio. Noches con un guardia nacional plantado en la entrada de la habitación, o con otros tocando a medianoche la puerta para verificar que todo estuviera “en orden”.

El daño de la golpiza fue documentado por los médicos. Sangre en el estómago, la costilla 7 del lado izquierdo fracturada, sangre en la orina por la contusión en un riñón. Solo ocho días después, la infección empezó a ceder. Los médicos no se confiaron y, antes de decidirse a operarlo, optaron por cambiar de antibióticos y ahora veían que había dado resultados.

Ya mi hijo no se me muere me dijo unos días después el señor Willian, agotado, apoyando sus codos en la barra y poniéndose las manos en la cara mientras su camión cisterna surtía de agua el restaurant de un buen amigo.

Y era cierto. La salud de Willian mejoraba, pero aún no sabía si sería imputado por razones políticas, si le darían la boleta de excarcelación. Podía ocurrir que, al salir de la clínica, tuviera que volver a La Guarapera con el resto de detenidos. Y la cobertura del seguro médico estaba a punto de agotarse.

Después de 11 días, el tribunal se pronunció y le otorgó medidas cautelares. Durante ocho largos meses, Willian tiene que presentarse cada 15 días en los tribunales. Retomó sus clases en Puerto La Cruz y las mezclas de música con su consola, haciéndose llamar DJ Cïtru.

Hasta ese 4 de mayo, era de los que decía: “No me voy de aquí, esto va a mejorar”. Pero sus planes cambiaron y, en 2018, piensa dejar el país. Ese día casi lo mató la represión. La misma que se veía en El Tigre solo a través de las redes sociales.

 


Esta historia fue escrita en el Seminario de Periodismo Narrativo “El pulso y alma de la crónica”, de Cigarrera Bigott, en 2017.

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Fundadora de Diarioelvistazo.com, periodismo hiperlocal al sur de Anzoátegui. Embajadora de SembraMedia.org en Venezuela. Periodista UCV.

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