Ezequiel nunca se había sentido tan vivo

Oct 11, 2017

Ezequiel Abdala es un periodista de cultura que un día decidió cubrir una manifestación provisto apenas de una libreta, su credencial de prensa, agua y vinagre. En tanto se iba involucrando con la dinámica e iba entendiendo las claves de la supervivencia, fue apasionándose por cubrir cada uno de esos intensos días que vivimos los venezolanos entre abril y julio de 2017. Visto a la distancia siente que jamás se había sentido tan vivo. 

Fotos: Helena Carpio

 

Eran más de las 5:00 de la tarde y Ezequiel Abdala —casco blanco, máscara de gas, jeans, franela, chaleco antibalas y, sobre todo eso, una camisa abierta— caminaba por Chacaíto, en Caracas. Era el día número 50 de protestas contra Nicolás Maduro, en mayo de 2017. Sobre su casco blanco y sobre el chaleco antibalas se leía, en mayúsculas sostenidas, la palabra periodista.

Solo por esos detalles alguien podría haberlo distinguido. Por esos y por una credencial que colgaba de su cuello. Su físico menudo era devorado por el cúmulo de marchantes que caminaban en desorden, tras un par de horas esquivando las bombas lacrimógenas y perdigones de la Policía Nacional Bolivariana y la Guardia Nacional Bolivariana.

Ezequiel practicaba natación desde adolescente. Pero ni bajo el agua llegó a sentirse tan empapado: capas de sudor envolvían su cuerpo, la dureza del asfalto penetraba la blanda suela de su calzado. La sensación le resultaba insólita, pero la apartó de su mente cuando a su lado pasó un grupo de encapuchados con escudos y sin franela, en desbandada.

—¡Motos! —gritaron.

Sintió que la capa de sudor se le secaba. Esa palabra maldita, motos, era sinónimo de emboscadas; es decir, de ataques por cualquier lado. Atrás, y bien atrás, habían quedado los primeros días de protesta, cuando los guardias reprimían las marchas de forma frontal, agrediendo a quienes estuvieran en primera fila. Ahora, cuando la GNB y la PNB se cansaban de luchar porque luchaban activaban la operación arrase: motos disparando a mansalva, bombas lloviendo desde cualquier lado.

Era en esos momentos cuando los grupos de choque, y manifestantes que respondían a las agresiones con piedras y bombas molotov, se veían como lo que eran: civiles jugando a la guerra.

—Si ellos son terroristas, ¿qué éramos, entonces, nosotros? le dijo horas atrás un marchante a Ezequiel, en alusión a la insistencia del gobierno de Maduro de llamar “terrorista” a los grupos de choque. Si quieren hablar de guerra que hablen. Pero esto no es una guerra, en todo caso es una guerra asimétrica: ellos están desarmados, los otros no.

¿Y las piedras, las molotov, los cohetones, las bombas de pintura, qué son? preguntó Ezequiel.

El hombre, que participó en la guerrillas de los 60 esa que se autodefinía de izquierda, al igual que el gobierno actual, rió antes de responder:

—Con una tanqueta en frente eso no es nada. Es que mira: armas tuvimos nosotros, que nos las mandaban de Cuba, de la Unión Soviética. A nosotros sí nos armaron. Y teníamos montadas redes en los barrios, con los malandros. Guillermo García Ponce fue el que ideó todo eso. A mí no me van a venir con cuentos: estos muchachos lo que están es dejando la vida.

Esa última frase retumbaba en la mente de Ezequiel cuando, ahora, aceleraba el paso para evitar que una bomba o un perdigón ignoraran sus identificaciones de periodista. Esos muchachos lo que están es dejando la vida. Y a Ezequiel no se le ocurrió que él, con sus casi 29 años, podía encajar también en ella.

Sacó el teléfono, para tuitear desde la cuenta de la Revista OJO, de la cual es editor en jefe. Escribió: “#20M – 5:20 PM: Oficiales de la PNB, en moto, dispersan a manifestantes de la Francisco de Miranda”. Antes de presionar el botón de enviar, alzó la vista. Una masa de gente trataba de entrar a un edificio, cuya pequeña reja se encontraba abierta. Oyó el ruido de las motos acrecentarse. Se acercó, veloz, hasta el refugio improvisado. Sintió que alguien jalaba el teléfono de su mano. Volteó. Un oficial de la PNB trataba de robarlo.

—¡¿Estás loco, pana?, ¿no ves que soy prensa?! —gritó Ezequiel. Aunque más adelante pensaría que debió gritar: “¡¿Estás loco?, ¿no ves que eres policía?!”

Apurándose a cruzar la reja, se aferró al teléfono. Cuando el PNB asumió que no se lo podría quitar, dio dos golpes al periodista. El primero le partió los filtros de la máscara y la movió. El segundo le dejó el ojo morado.

Ezequiel entró al edificio. Oyó rejas, de habitantes asustados, cerrarse. Corrió junto a todos los que huían hacia la parte más alta. Un herido era atendido por paramédicos. El chamo en cuestión prefería, dijo, morir ahí antes de que lo sacaran y lo capturaran los “oficiales de seguridad”. El miedo era una nube gris que hacía silencio y magnificaba los ruidos que llegaban desde el exterior. Ruidos que no tardarían en apagarse. Ezequiel se dio cuenta de que, por unos minutos, no sintió el sudor, ni el dolor en los pies, ni el peso agobiante de todos sus implementos de seguridad.

La adrenalina tiene sus ventajas.

Cual pesadas cortinas de metal, dos meses después, los ojos de Ezequiel se abrieron. Soñó que Diosdado Cabello lo nombraba en El mazo dando. Soñó que lo llevaban preso mientras cubría una protesta.

Las pesadillas se hicieron más frecuentes tras ver morir a sus pies a Neomar Lander: un adolescente que recibió el impacto de una bomba lacrimógena en el pecho. Fue la imagen más fuerte de su rosario particular, que incluía a un chamo tocando un violín entre una nube de humo, miembros de la resistencia secuestrando autobuses en represalia a los choferes por negarse a protestar, una jornada en la que pseudo-manifestantes saqueaban en Altamira, el color vivo de toda la sangre que dejaba la PNB y la GNB tras de sí…

Se levantó. 8:00 de la mañana, 26 de julio. Qué tarde, pensó. Su rutina había cambiado. Antes de las protestas, se despertaba a las 5:45 am, hacía ejercicio barras o trote, iba a misa, volvía a casa, se bañaba, leía media hora, desayunaba y partía a OJO. Ya a las 12:30 pm estaba almorzando, hacía sobremesa como hasta las 2:00 y luego trabajaba frente a la computadora hasta las 4:30 o 5:00. Dos días a la semana hacía natación después de la oficina; el resto salvo que hiciese vida social volvía a casa a cenar y leer.

Todo eso le pareció parte de un pasado demasiado lejano. ¿Qué necesidad tenía, ahora, de levantarse a las 8:00 a terminar de escribir la crónica de la marcha, salir a la manifestación a eso de las 11:00 y volver a casa en la noche a seguir escribiendo hasta caer rendido? Él, que llegó a leer 100 libros en un año, ya llevaba casi un mes tratando de terminar Nada y así sea, de Oriana Fallaci.

Su mamá, que lo vio salir del cuarto, puso esa expresión sombría que la acompañaba desde hacía semanas. A ella le sorprendió un poco la decisión de Ezequiel de dejar de lado su vida cómoda, para lanzarse a la calle. Al padre, mientras tanto, no le resultó extraño: recordaba a su hijo, con 11 años, leyendo cuanto periódico encontrase. A Ezequiel, durante el paro petrolero del 2002, jugando PlayStation mientras oía en la radio las noticias. A Ezequiel, estudiando en el colegio, despertándose a las 5:30 am de la mañana para escuchar a Marta Colomina en televisión.

Pero no menos cierta era la imagen del Ezequiel que se leía uno o dos libros por semana, el mismo que llevaba cuatro años dedicándose al periodismo cultural. Que publicaba reseñas de libros y que hacía sus entrevistas en algún café, cuestionario en mano.

Justo en esa imagen pensó Ezequiel cuando empezó a colocarse el chaleco antibalas. Qué vida tan buena tenía, se dijo. Se calzó el casco. Agarró la máscara de gas. Se despidió de sus padres y salió.

El equipo de protección se lo dieron en la revista. Nadie lo instó a cubrir las marchas. Él mismo lo propuso. Sus jefes no dijeron que no, menos aún teniendo en cuenta que ni siquiera pidió viáticos. A las primeras manifestaciones fue con su libreta, su credencial, agua y algo de vinagre que luego cambiaría por bicarbonato. Con la escalada de brutalidad, entendió que si no quería morir debía empezar a protegerse.

Ahora, con toda su armadura, caminaba por Bello Campo. A las 5:00 de la tarde, ya tenía tres horas presenciando una batalla campal. Se encontraba rodeado de fotógrafos, que cargaban aparatosas cámaras. Ezequiel era el ligero del grupo. Como su intención era escribir crónicas, lo único que debía hacer era observar. Y así, entre piedras que iban y venían, vio a un encapuchado que –arropado por el grito multitudinario de “¿Quiénes somos? / ¡Venezuela! / ¿Qué queremos? / ¡Libertad!”– encaró a un guardia:

¡A ver si me puedes dar, gafo! dijo ¡Cubanos mamagüevos! y ensayó unos pasitos caribeños de baile, provocadores.

Un par de descargas de perdigones fue lo que respondieron los GNB. El chamo cayó al suelo, se palpó la oreja, se levantó y echó a correr con menos gracia de la que usara para bailar.

El grupo de periodistas con el que estaba Ezequiel, mientras tanto, se encontraba en aprietos. Desde todas partes disparaban perdigones. Varios de los reporteros, en fila india, se pararon detrás de un tronco de unos pocos centímetros de ancho. Los balines se estrellaban contra la madera, arrancándole pedazos, y los periodistas agachaban la cabeza rezando porque el tronco no terminara de ceder.

Una escena de comiquita, si se quiere.

Pero era la vida real. No las ficciones que a Ezequiel le encantaba leer (La ciudad y los perros, solía decir, le cambió la vida) y gracias a las cuales aprendió a narrar de un modo que resultaría demasiado literario para la mayoría de los medios venezolanos. Por eso, buena parte de sus conocidos lo veían más como un escritor que como un periodista.

Aunque ya él conocía los brotes de adrenalina que significaban vivir en Venezuela: creció oyendo a periodistas beligerantes que luchaban contra injusticias, marchó contra el cierre de RCTV en el 2007, colaboró con el movimiento estudiantil del que salieron varios de los jóvenes políticos que ahora dirigían las protestas que él cubría, y fue miembro del comando de Henrique Capriles para las elecciones presidenciales del 2013.

Superado el percance del árbol, se dispuso a realizar un pase en vivo. Era una modalidad que habían empezado a implementar en OJO: Ezequiel se conectaba al Instagram de la revista y narraba en video lo que iba sucediendo. A la altura del Rucio Moro, decenas de manifestantes acorralaron a guardias a los que se les habrían acabado las municiones: solo devolvían las piedras y, tras retroceder varios metros, lograron armar una barrera de escudos, algunos de los cuales se prendieron en llamas tras recibir el impacto de bombas molotov. Todo esto lo contaba Ezequiel, quien ciego por la pasión trataba de acercarse a las escenas. Tal era el caso que un fotógrafo tuvo que jalarlo por la espalda para evitar que una bomba le cayera encima.

Nosotros vamos a ponerle fin, fin a esta transmisión. Ustedes han visto todo lo que ha sucedido en directo y prácticamente en exclusiva… ¡ya va!, ¡atención, atención, que se ha vuelto a prender otro escudo de la Guardia! Este enfrentamiento… no cabe duda, no cabe duda, estando desde acá, que la Guardia se está viendo sobrepasada, absolutamente sobrepasada por los manifestantes y su acción. Nosotros vamos a tratar de ponernos a buen resguardo e iniciaremos otra transmisión en directo cerró su pase en vivo.

Ese día hubo récord de visitas en las transmisiones: 300 personas. Y Ezequiel lo supo porque eran datos que le proporcionaban al instante, dado que ni siquiera estaba al tanto de cuántas visitas recibía la Revista OJO ni de si alguien, más allá de sus conocidos, leía lo que escribía. Lo cierto es que Ezequiel y el grupo de periodistas fueron a resguardarse, justo cuando el ronroneo y las luces amarillas de las motos de la PNB aparecieron para disparar a todo lo que se moviera.

En las primeras marchas, Ezequiel se mezclaba entre la gente. Con la escalada de peligro, se empezaron a formar grupos de periodistas que se cuidaban entre sí. Así fue como se alió con unos panas tan peculiares como él: en su mayoría fotógrafos, casi ninguno trabajaba para algún medio ni tenía esperanza de generar ingresos retratando las protestas.

La mayoría de ellos, como ya era costumbre, tras acabar la jornada se fue a unos chinos en Los Palos Grandes para tomarse unas birras. Para algunos era la celebración de que estaban vivos, para otros era un modo de ahogar el horror. Todos, eso sí, lucían exultantes: como atletas que, agotados, consiguieron un triunfo. El triunfo de ejercer su vocación.

Las protestas se apagarían. Ezequiel empezaría a recordar cómo era su vida antes de abril de 2017, luego de esos intensos meses, cuando se daba el lujo de ser maniático para comer y no adolecía de una gastritis producto del desorden alimenticio de esos días, aunque probablemente también de la tensión. Fue momento, entonces, de reunir al grupo de panas periodistas.

La excusa era que uno de ellos se iba del país. Con birras en la mano, se dieron cuenta de que era la primera vez que se veían sin tanto sudor, sin estar despeinados ni oliendo a calle. Y todos, adictos en abstinencia, compartieron una sensación: extrañaban cubrir manifestaciones. Incluso Ezequiel, quien pocas veces se había sentido tan pleno, se había divertido tanto de un modo retorcido y había mezclado tantas emociones intensas. Pese al horror, o gracias a él, la experiencia lo hizo sentirse más vivo que nunca.

Se había vuelto adicto a la adrenalina.

 

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Me formé leyendo en una cancha. El fútbol me enseña a vivir y la literatura a entender la vida. Nunca salgo sin un libro y, en pro de dormir en paz, prefiero no prestarlos. Militante de la cultura del esfuerzo. Entiendo el mundo a través de historias. Escribo para vivir.

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