Finales

Ene 28, 2017

La vida es una continua sucesión de ciclos que se encadenan y nos encadenan a la existencia. Cada nueva vuelta a esa rueda nos permite reeditar la ilusión de volver a intentarlo. Pero, también, cada fin de ese ciclo nos lleva a formular inevitables balances, que suelen arrojar cifras que marcan con fuego ciertos pasajes. De eso habla Finales, un texto de la periodista Gabbi Consuegra, perteneciente a su libro inédito «Sólo ida», en el que subraya la muerte de su padre como uno de esos sucesos que ningún ciclo futuro volverá a editar.

 

El 31 de diciembre llegó y con él la introspección, las reflexiones, los balances. Después de sentir durante meses el cosquilleo de su mirada en mi espalda, era hora de voltear y darle la cara a los vacíos.

No era necesario sacar muchas cuentas: saldo negativo. Los ecos hacían vibrar cada espacio de la casa que, casi un año después, aún no sentía mía. Las fotos ya no inmortalizaban recuerdos, ahora inmortalizaban ausencias. La cotidianidad se había llenado de espejismos. Así era la vida al otro lado. Una sentencia lapidaria: sólo ida.

¿Cómo ser el mismo después de la muerte? La respuesta es simple: no se puede; el viaje es, como cualquier otro, unidireccional. Nunca regresamos, el pasado está prohibido.

El pasado es nuestro verdadero escatón.

¿De cuántas maneras se puede morir un hombre?, me he preguntado cada mañana durante meses. Y cada día he descubierto otra forma, una que no conocía.

A veces un nombre, a veces una calle. Un paisaje. El rostro de un desconocido. La palabra dicha en un acento extraño. Una casa en silencio. El teléfono que no suena. Cocinar para uno. Lo que se echa de menos es lo que ayer parecía imperceptible.

La mente vacila entre espacios y tiempos que transcurren paralelamente. Todo se vuelve borroso, como la foto de la foto de una foto, y entonces cada vez es más difícil saber. Esa es la pequeña muerte de cada día: amanecer destemplado. La vida que no fue.

“¿Olvida usted algo? ¡Ojalá!”

Nos separa un cristal imaginario. Los espacios siguen tibios, todavía rondan voces conocidas. Rondan sonrisas y últimos abrazos. Ronda lo que me quedó pendiente. Y se siente como quedarse con la palabra en la boca, en mitad de una oración, con el pasaje de ida.

La despedida lo inunda todo. Cada día es otro adiós.

Recordar a veces también es dar por perdido. Saberte perdido. Recordar, quizás, es otra forma de olvido.

Muchas mañanas, cuando despierto, todavía siento que estoy en mi antigua casa, en mi antiguo cuarto. Puedo orientarme sin dificultad por un momento. Casi me convenzo de que estás a unos pasos, dormido. Y entonces el estómago me pesa, el corazón se acelera, cierro los ojos con fuerza y la vida me da vueltas, la distancia me marea.

Abro los ojos a 9.000 kilómetros de distancia. A 10 meses desde la última vez que te vi, que te escuché, que toqué tus manos. ¿Ha pasado casi un año? Este debe ser el limbo de los tiempos.

Pero aunque a veces no se note, cosas siguen pasando. El cambio es una brisa suave pero constante. Las piezas rotas comienzan a moverse, a reubicarse, y sin saber exactamente cómo hemos seguido viviendo, hemos sobrevivido a la muerte.

 

Mi hermana y yo estamos de nuevo juntas. Mi perro también emigró, está conmigo. Mi mamá nos visitará pronto. J. se graduó de médico cirujano. Nació la coneja. Vivo sola. Volví a la universidad. Hablé con mi madrina. Mi mejor amiga se casó. Murió Fidel Castro. Alex abrió una tienda. Trump ganó la presidencia de los Estados Unidos. Lucila cumplió 6 años de viaje. J. y yo cumplimos dos. Sobrevivimos a tu primer cumpleaños ausente y leí «Matar a un ruiseñor».

Así es como va esto.

12. Mi primera uva es para desear que estés bien. 11. Mi hermana: por permanecer unidas. 10. Que venga pronto mi mamá. 9. Por J. y su familia, que también es un poquito mía; por su compañía. Un bucle. Vuelvo al primer deseo. ¿Estás bien? ¿A dónde van los hombres buenos?

Cierro los ojos. Recuerdo una foto en blanco y negro. Ahí estás, pequeño y sonriente, el niño papá que jugaba feliz con mis abuelos. Ojala el cielo sea un recuerdo, una infancia feliz.

Abro los ojos.

La muerte, como la vida, separa a unos y une a otros. Brindemos a su salud.

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f. Del verbo recordar. Persona. Pequeña. Lectora. 23 años. Sumergida en los océanos del lenguaje. A veces, la curiosidad que mató al gato. Tengo tinta en las venas y mi papá me decía gaviota.

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