La pregunta que no me abandona

Abr 28, 2017

El pasado 19 de abril la oposición convocó a una concentración que denominó “La madre de todas las marchas”. De esa masiva protesta, y de la feroz represión por parte de la Guardia Nacional Bolivariana, salieron muchas imágenes que se divulgaron, tanto por medios locales como por agencias internacionales. Pero hubo una en particular que le dio la vuelta al mundo. Fue comparada con la icónica escena de las protestas en la Plaza de Tiananmén, en Pekín (China), el 5 de junio de 1989. En la imagen, una señora se planta frente a una tanqueta (conocida como rinoceronte) sin más armas que una gorra, una bandera como capa y un pañuelo, para protegerse de las nubes de gas lacrimógeno que recibió. Su identidad nunca llegó a conocerse –solo se sabe que es de origen portugués–, pero se convirtió en una figura icónica de las protestas de abril. Régulo Gómez, uno de los fotógrafos que capturó el momento, comparte el testimonio que escribió acerca de ese momento, y algunas de las imágenes que tomó ese día.

Pienso en que esa imagen le dio la vuelta al mundo, como símbolo de las protestas contra el gobierno de Venezuela, y trato de conseguir en mi mente cada detalle de ese momento. Del momento exacto en que esta señora pasó de ser una opositora más y se convirtió en heroína, en un cuerpo vulnerable cargado de significado, en una mujer sin miedo. Un periodista que cubría la llegada del hombre a la Luna, exclamó en la sala de prensa de la NASA: “No sé escribir esto. No es una historia de periodistas; haría falta un Homero”. Lo mismo siento cuando advierto que hay cosas que no podré explicar con palabras.

El 19 de abril era la primera vez que, como fotógrafo oficial de un medio de comunicación, me encontraba cubriendo un hecho justo en el punto donde todo sucedía y donde todo habría de trascender. La adrenalina avivó mis sentidos, pero no fue sino hasta que llegué a casa que pude caer en cuenta de lo que había ocurrido.

La oposición pretendía marchar hasta la Defensoría del Pueblo. La Guardia Nacional Bolivariana había logrado hacer retroceder la marcha considerablemente. Los activistas y políticos que asistieron ya se habían alejado de la gigantesca pared de humo que los uniformados habían creado con los gases. De los piquetes de la guardia, levantados como una muralla blanca que se abre en dos como si fueran compuertas, salieron dos “rinocerontes”, esas pesadas tanquetas que se desplazan lentamente en los disturbios. Estábamos en la autopista Francisco Fajardo, a la altura del desvío hacia la Valle–Coche.

Vi cómo de inmediato todos comenzaron a correr y, justo en ese momento, de la nada, apareció la señora. Sin gritar, sin agresividad, la vi avanzar de frente hacia uno de los rinocerontes. Si lo llevamos a palabras, la reacción de todos los fotógrafos, periodistas y camarógrafos que estábamos refugiados a un lado del Guaire, debajo del segundo piso de la autopista, sería algo así como: “Mierda, ¿qué está pasando?”.

El primero en reaccionar fue el fotógrafo y documentalista independiente Horacio Siciliano, quien recuerdo que se acercó e intentó hablar con ella. La señora seguía ahí, parada, de espaldas a la tanqueta que, a su vez, comenzó a empujarla poco a poco. Ella intentaba poner algo de resistencia con su cuerpo, pero su fuerza, delante de aquel monstruo, no representaba nada. Se veía diminuta. Aquello parecía un juego donde el único objetivo era hacerla caer.

No sé muy bien cómo pasó, creo que no hay mayores explicaciones al respecto. Solo pensé: “Esta es la foto. Esto hay que hacerlo. Arriésgate y lánzate”. Y seguí el impulso.

Lo hice.

No llevaba chaleco, ni casco. Solo cargaba una máscara antigas, un morral y mi cámara. Era mi primer día de trabajo en La Patilla y, mientras caminaba hacia esta mujer, que se me antojó como una aparición, recordé lo que me dijeron en la oficina antes de salir: “No queremos héroes”.

Y ahí estaba yo, haciendo todo lo contrario.

Noté que era una mujer mayor, una señora. Vi las canas salir de su gorra tricolor. En las manos llevaba un pañuelo, con el que intentaba taparse la nariz y la boca para no ahogarse con los chorros de gas de las bombas lacrimógenas, y la bandera de Venezuela amarrada en el cuello, como si fuese una capa de superhéroe, o un manto protector. Por el megáfono de la tanqueta un guardia nacional le decía que se quitara de ahí, que no fuese parte del juego, pero ella seguía firme. Sin moverse. Con las manos en la cara.

En algún punto la segunda tanqueta logró avanzar, mientras que la primera seguía en el mismo lugar. De pronto ella quedó en medio de ambas. La proporción tanquetas–señora era absurda: se veía aún más pequeña, inofensiva, frágil.

Tomé las fotos desde varios ángulos y me devolví al refugio con el resto del grupo. Verifiqué que hubiesen salido bien pero, exaltado por la adrenalina, no me detuve en los detalles.

Ahora que repaso lo que vi, caigo en cuenta de varias cosas.

Lo primero es la inmensa diferencia entre ver la fotografía y recordarme ahí, dentro de la situación. Las fotos activan un solo sentido pero, en ese momento, suceden en simultáneo demasiados eventos: escuchas las detonaciones, notas el ardor del gas entrando por tu nariz e inflamándote los pulmones, sientes que algo te recorre el cuerpo a toda velocidad. Insisto: estar ahí es diferente y hace que todo cambie. ¿Cómo se puede medir la reacción de alguien en ese contexto? ¿Qué harían otros? ¿Por qué esa señora estaba ahí?

De pronto, quedó sola, como si todo a su alrededor hubiese desaparecido. Las tanquetas ya no estaban y unos 10 guardias llegaron en sus motos. Entre dos la tomaron por los brazos. Ella se resistió un poco, pero lograron montarla en una moto y la sacaron de ahí. Todos la vimos desaparecer en fracciones de segundos. Nosotros seguíamos sin entender qué estaba ocurriendo. ¿A dónde se la llevaron? ¿La metieron presa? Creo que esas son las preguntas que nos hicimos todos y que, en el ejercicio de documentar lo que sucede, no puedes evitar hacerte.

Más tarde, ese día, me enteré de que esta señora había ido a la marcha con un grupo de amigas y que, sin que nadie lo advirtiera, comenzó a separarse del grupo y a avanzar poco a poco. No sé qué la motivó a enfrentar a aquel rinoceronte. Tampoco sé qué pudo haber pasado por su mente cuando un guardia comenzó, desde la parte superior de la autopista, a arrojar bombas, no dirigidas directamente a ella, sino a la masa.

Varias no explotaron, no liberaron el gas.

En las fotos veo cómo la señora se esfuma en medio de la nube blanca. Si paso la imagen rápidamente es difícil captar que ahí hay alguien. La camisa blanca se mimetiza con la humareda y sus pantalones negros se mezclan con uno de los cauchos del rinoceronte. En varias de las tomas que hice, lo único que resalta son los colores de la gorra y de la bandera. Su gesto recurrente es el de sus manos tapándose la cara con un pañuelo. No dijo nada. Solo estaba ahí.

Desde el 19 de abril he pensado mucho en las marchas, en las protestas, en lo que hago. Entiendo que no soy periodista. Soy fotógrafo y solo intento documentar lo que pasa. No busco objetividad. La única forma que tengo para actuar y aportar en este momento del país es esta: tomar fotografías.

Sobre la señora, no sé cómo se llama, ni sé muy bien qué pasó después. Alguien me contó que esa misma tarde llegó a su casa y que está bien. De ese día hay muchas cosas que no sabré y que, probablemente, tampoco llegue a entender.

Pero hay una pregunta que no me abandona: ¿qué la hizo avanzar?

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1988. Fotógrafo caraqueño con una fijación por la luz. Un día recibí una nota con una frase que ya tenia ritmo en mi inconsciente, "que pa' cuidarte yo solo tengo esta vida mía". Yordano como preámbulo de un amigo, a la primera pagina de Caracas Muerde.

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