Mis conversaciones literarias con Francisco

Mar 31, 2018

Krina Ber es una escritora venezolana que vive en la urbanización Sans Souci, de Caracas. Un día de 2004 encontró al vigilante de su edificio leyendo un libro de Franz Kafka. Su curiosidad por conocer acerca de sus intereses literarios dio inicio a una época de conversaciones con libros que ella le prestaba y él devoraba con interés. Bruscamente, la omnipresente crisis de nuestros días acabó con ese amable período. La historia, catalogada por la autora como su “primera historia verdadera”, la cuenta aquí para La vida de nos.

Ilustraciones: Ivette Díaz

 

Esta historia tuvo lugar en Sans Souci, un conjunto residencial al norte del Centro Comercial Chacaíto, en Caracas, en los primeros años del siglo —2004 y 2005—, cuando ya se gestaba nuestro presente de colas, basura y pobreza, aunque entonces todavía nadie lo habría creído. En esa época, el árbol llamado mari-mari que da su nombre a mi edificio todavía extendía su generosa sombra por las escaleras y la terraza frontal. Mis vecinos estaban menos flacos y sus sonrisas no se veían tan forzadas cuando nos saludábamos en el ascensor. Aún no había portones eléctricos en los dos accesos a la Avenida Solano y varios edificios incluían en sus gastos comunes la nómina de vigilantes nocturnos. Para evitar el costo de una compañía profesional, los contratados eran hombres sin formación, que pasaban la noche, de 7:00 a 7:00, en los estacionamientos. Desde luego, nadie esperaba que pudiesen lidiar con ladrones armados, pero servían para disuadir a los rateros (externos y sobre todo internos) de robar cauchos y reproductores. Por lo general no duraban mucho. Varios se habían sucedido hasta que llegó Francisco, quien alteró las estadísticas al permanecer en el cargo por casi dos años.

No recuerdo, o nunca supe, su apellido. Tampoco su edad. No parecía viejo, al menos al principio de esta historia, pero tampoco era un chamo. Aún puedo verlo con su bien cuidado bigote y la camiseta limpia tendida sobre una respetable barriga cervecera: un hombre alto y fuerte, de voz gruesa y presencia imponente. No sé cómo se las arreglaba para llegar cada noche a las 7:00 en punto desde el lejano barrio donde vivía, al costado de la autopista Caracas—La Guaira. Pero también vivía en el semisótano del Mari-mari, en aquella sillita de plástico al lado del estrecho mesón improvisado con una tabla, a los que se reducían nuestras instalaciones de vigilancia.

En pocos meses ya conocía a los habitantes de los 60 apartamentos del edificio con sus vehículos, hijos, perros, costumbres y horarios de trabajo. Era un buen vigilante. Impidió varios intentos de robo, identificó la ventana desde la cual arrojaban basura y botellas al patio, y su presencia infundía tranquilidad a los que volvían de sus salidas nocturnas, ya que entonces la gente aún no solía recluirse en su casa apenas llegaba la puesta del sol. Su talante sociable y respetuoso, sin rebajarse, logró desarmar hasta a las doñas más fieras del edificio, siempre enguerrilladas contra los conserjes.

En ese tiempo yo solía escribir hasta muy tarde. Perdida en mis textos, olvidaba bajar a Kafka hasta que él mismo me traía la correa con esa mirada cargada de reproche que tan bien manejan los perros. A esas horas daba miedo la solitaria calle del conjunto abierta a la avenida, y Francisco solía acompañarme sin perder de vista el portón del edificio Mari-mari. Dicen que los perros no se equivocan acerca de las personas, y Kafka, tan desconfiado con extraños, saludaba al vigilante como si fuera uno de la familia. Su afecto era plenamente compartido por el hombre que no conocía la raza schnauser y nunca había visto (decía) un perro tan bonito como ese.

Le llevaba a Francisco un termo de café con un emparedado que él guardaba para el desayuno. Era nuestra hora de conversaciones nocturnas, superficiales y amables; así me enteré del barrio Nueva Esparta en Gramoven, de su esposa y del hijo que cursaba bachillerato, de que ese era el único trabajo que había logrado encontrar, por recomendación del primo de un vecino del edificio Tamarindo. Estaba acostumbrada a su presencia, a su figura demasiado grande para la sillita que la sostenía, a preguntarme sin mucha curiosidad cómo no se aburría sentado allí, cabeceando, saludando a la gente, hojeando a veces una manoseada revista.

No me esperaba nada diferente.

 

Hasta que un día, al volver tarde del trabajo, vi a Francisco, con las piernas extendidas, la sillita inclinada hacia la pared para aprovechar la poca luz del aplique y un libro apoyado en la barriga. Intrigada, me acerqué para ver qué estaba leyendo y me enseñó un ejemplar, bastante maltrecho, de los cuentos de Franz Kafka.

Era insólito.

Un libro no cuadraba por ninguna parte con nuestro vigilante nocturno, y mucho menos, ese libro.

—Ah… —dije, por decir algo. No podía preguntar qué hacía Franz Kafka en sus grandes manos callosas, no quería que se fijara en mi asombro y que mi asombro lo ofendiese. Solo se me ocurrió indagar —como si fuera normal que Francisco leyera libros como ese— cuál de los cuentos le gustaba más. Por suerte, no sintió que mi pregunta fuera incómoda o forzada. Simplemente reflexionó un momento y contestó:

—El del médico que llaman de noche y no tiene caballo… —buscó en el libro para recordar el título—. Un médico rural. Ese.

Vaya. No me atreví a preguntar por qué; recordaba vagamente un cuento oscuro, cargado de malestares oníricos. El vigilante se adelantó. Mencionó la escena con los familiares del enfermo y el imposible regreso, se rascó la cabeza y añadió:

—Es así como se siente.

Más tarde me abalanzaría, incrédula, sobre el libro para volver a leer “Un médico rural”. Después de haber pasado la mayor parte de mi vida en oficinas de arquitectura propias y ajenas, sin duda sabía cómo se siente cuando tu trabajo profesional es subvalorado; también reconocí esa angustia (que a todos nos acomete alguna vez) del peligro que acecha a un ser querido mientras te estás alejando de él. ¿Qué habrá sentido Francisco? En aquel momento solo quise averiguar con sutileza si, de verdad, había leído todos esos cuentos.

Y, en efecto, sabía de qué trataban.

Pregunté por qué nunca había traído un libro para amenizar sus largas noches en la sillita.

—Pero, doña Krina, este libro no es mío, yo no tengo libros. Me lo prestó su hijo. El menor.

Definitivamente, era el día de las sorpresas. Que uno de mis hijos leyera a Kafka también era noticia para mí. Francisco debió de haberse percatado de mi expresión, porque aclaró:

—Verá, es por el perro. Un día le pregunté a su hijo por qué se llamaba tan raro, y me dijo que por un escritor. Y ayer vio este libro en Sabana Grande y lo compró para mostrármelo.

Ajá. El anticlímax tenía ribetes cómicos, pero al menos devolvía el mundo a su marco verosímil, en el que mi hijo solo había comprado un libro usado en la calle y nuestro vigilante no era lector de Kafka; tampoco era un lector, él no tenía libros ni tiempo para leerlos. Pero quedaba el hecho —sorprendente en quien no había culminado la primaria— de que hubiera leído ese con una velocidad envidiable y que aquí, en su sillita en el Mari-mari, lo que más le sobraba era tiempo. Así que asomé con cautela la posibilidad de prestarle más libros.

Él asintió, contento.

Así comenzó la época de lecturas de Francisco. Mi propia experiencia de leer libros en español no pasaba entonces de tres o cuatro años, no obstante ya había acumulado una nutrida biblioteca y me entusiasmaba compartirla con él. Cada una o dos noches le prestaba otro libro de cuentos, alternando a García Márquez, Edgar Allan Poe y Quiroga con publicaciones colectivas de cuentos de parejas, de navidad o de terror; La antología del cuento venezolano, 17 narradoras latinoamericanas, los primeros concursos de Sacven. Me atreví con Cortázar, con Uslar Pietri y con Rosa Montero, en fin, con cuentos de todo tipo, mejores y peores, y las lecturas que le proporcionaba eran tan desordenadas como las mías propias.

Francisco era un extranjero en ese mundo —más extranjero de lo que yo había sido en ninguno— y era difícil estimar qué efecto le hacía adentrarse en él y cuánto entendía en el camino, porque carecía de vocabulario para expresarlo. Le costaba hablar. Sin embargo sus ojos brillaban, demostraba un genuino aprecio por la buena narrativa y, al señalar sus relatos favoritos, sus preferencias coincidían con las mías. Cuando se me agotaron los cuentos y comencé a prestarle novelas, ya no me quedaba duda de que estaba en presencia de un lector nato, un lector en estado puro, si tal cosa existe. No sabía nada de literatura, solo leía y, en nuestras conversaciones nocturnas, solía calificar cada libro con una cautelosa economía de palabras. Devoró la primera novela que le pasé: El round del olvido, de Eduardo Liendo.

—Ese nos conoce —afirmó. Supuso que parte del libro había sido escrito por una chica que decía las cosas tan bien como el propio autor: error que le habría encantado a Liendo, porque confirmaba la verosimilitud de la voz femenina que usaba en algunos capítulos.

Para Francisco, Bryce Echenique era un narrador seriamente enrollado, Muñoz Molina hablaba mucho pero daba gusto escucharlo; y no, desde luego que él no entendía todas las palabras en todos esos libros, pero podía adivinar su significado.

Era un año loco para mí, un año en que trabajaba a ritmo acelerado en la oficina, cursaba la maestría en literatura comparada y, por las noches, escribía con entusiasmo de principiante y bajaba a mi pequeño Kafka sin olvidar el termo de café y un libro para nuestro vigilante. Cuando le pasé, no sin timidez, el manuscrito de mis propios cuentos, ya había perdido cualquier rastro de prejuicio, esnobismo intelectual y hasta del asombro por la percepción lectora de Francisco. Respiré cuando vi que le gustaban. Señaló sus relatos preferidos y me ayudó a elegir “Cuentos con agujeros” como el título del conjunto.

También tenía algunas observaciones:

—Doña Krina, esa recogelatas suya no tiene ni idea de dónde se venden.

—¿Y tú, tienes idea?

Sí, la tenía. Me habló de un centro de acopio en Sarría con el patio lleno de latas en el suelo, de la balanza para pesar ganado: descripciones que incorporé al cuento. Festejamos cuando el libro ganó el concurso de Monte Ávila para Autores Inéditos y también cuando salió publicado en diciembre. Esa misma noche le regalé un ejemplar de Cuentos con Agujeros.

—Eres mi primer lector— dije, emocionada.

La respuesta no se hizo esperar:

—Y usted, mi primera escritora.

Brindamos por eso: yo con una copa de vino; Francisco prefería cerveza.

 

Pretendía, o pretendíamos los dos, que tras más de un año de lecturas nocturnas las cosas habían mejorado para él y continuarían mejorando. Pero no era así. Meses y libros pasaban y su entusiasmo estaba menguando a la par con la vista: cada vez le costaba más leer letras pequeñas. También estaba menguando su humanidad, desapareció la barriga, y sus camisetas, ya no tan limpias, colgaban con descuidada tristeza, así como el bigote. Mi marido se fijó en ello un día cuando lo vimos al volver tarde del trabajo.

—Tu amigo no tiene buen aspecto —comentó.

Las vecinas en el ascensor conocían la razón.

—Es porque él ya no come, fíjense: mete todo en unas bolsas.

Aparentemente el vigilante guardaba toda la comida que le regalaban para su hijo y corría la voz de que el muchacho estaba en la cárcel.

—¿Qué está pasando? —pregunté esa noche—. Tú no estás bien.

Francisco puso sobre el mesón el libro que leía y se agachó para acariciar a Kafka, evitando mirarme a los ojos. En efecto, su hijo estaba preso. Según él, el chamo no tenía la culpa, se había entusiasmado con una moto que le prestó un amigo, andaba con ella p’arriba y p’abajo, y resulta que era robada.

Me esforzaba por creerle a Francisco, como tal vez él mismo se hubiera esforzado por creerle a su hijo. Desde luego, el amigo había desaparecido; lo estaban buscando. Y mientras tanto el chamo ya cumplía dos meses detenido a la espera del juicio. No en una cárcel: en la propia comisaría, junto con muchos otros.

—Usted no se imagina lo hacinados que están allí dentro. Y no tienen comida. Si mi mujer no le lleva, el chamo no come.

Era la misma miserable historia a menudo denunciada en los medios. Presos en espera del juicio durante meses, años… Si el chico aún no era un delincuente, tras esa experiencia no tendría vuelta atrás.

Su comida no era problema, aclaró Francisco, el problema eran los otros que le caían a coñazos si su vieja no los alimentaba también a ellos y amenazaban con matarlo; no todos ellos, claro, solo los que eran sus panas y lo protegían de los demás. Era la miserable historia de siempre pero no debía ocurrir al hijo —menor de edad, al fin— de ese padre que leía hasta a Cortázar y guardaba toda la comida que le proporcionaban las buenas almas del edificio para alimentar a unos reos.

El ejemplar de Cuentos con Agujeros que yo le había regalado terminó en aquella comisaría donde (según me contó) circulaba entre los privados de libertad que se aburrían hasta el punto de leerlo. Fuera de ese detalle Francisco no hablaba del asunto. El hijo seguía detenido. Al cabo de unos meses me hizo saber que el chamo se hizo respetar por sus panas, y ya parecía acostumbrado a la situación.

Su época de lector terminó a la mitad del año. Y no fue por la ojeriza de la gente, siempre presta a desconfiar del prójimo que destaca en algo, ni porque su condición de lector hubiera precipitado su despido por parte de la Junta de Condominio (la que probablemente lo despediría de todos modos antes de que se disparara el monto de sus prestaciones). Nada de eso sucedió. La mayoría de los vecinos del Mari-mari simpatizaba con el vigilante que leía libros. Le regalaban ropa, objetos. Incluso un alma caritativa donó un viejo televisor de ocho pulgadas, que pasó a formar parte del equipo de vigilancia junto con la sillita, el cojín y la linterna de patrullaje.

Eso ocurrió durante el mes de mi ausencia en vacaciones de verano. Al regreso encontré a Francisco en su sitio, manipulando la antena en busca de mejor señal. Al principio seguí prestándole libros, creyendo que ambas actividades podían convivir, pero se revelaron excluyentes. Y cuando bajaba a Kafka por las noches el cariño era el mismo, el del perrito y el mío, así como el termo de café que le llevaba, salvo que ahora el vigilante estaba enfrascado en los programas del gobierno y telenovelas repetidas en horario nocturno. No ayudaron los lentes de lectura que le había regalado. Dejó de leer, y fue por algo más que su problema de la vista.

En vano he tratado de averiguar su apellido con los que aún lo recuerdan, y dudo que existan recibos de los gastos comunes del edificio anteriores a diez años. Ojalá pudiera afirmar que su extraordinaria aptitud lectora tuviera alguna incidencia favorable en la vida de nuestro vigilante. La lectura puede salvar —lo sabemos— sobre todo cuando la descubres temprano, pero Francisco debía de saber con total resignación que para él ya era tarde mientras se entretenía con mis libros durante sus largas noches en el Mari-mari. Tal vez (pienso ahora) eso fue lo que reconoció en “Un médico rural” cuando dijo Así es como se siente. La impotencia. Esos maravillosos caballos que no te llevan a ninguna parte, ese abrigo que arrastras enganchado en las ruedas y no lo puedes alcanzar.

Al inicio de diciembre de 2005 otra desgracia se abatió sobre Francisco: su barrio, Nueva Esparta, fue objeto de un brutal desalojo debido a los deslizamientos en las laderas de Gramoven. A nosotros no nos toca, decía al principio, confiado: su casa estaba en la parte exenta de tal peligro. Muy pronto descubrió su error. El decreto presidencial no hacía distinción alguna entre una zona y otra, y precisamente las casas estables, como la suya, fueron tomadas primero por los militares (para quedárselas ellos, añadía indignado). Su mujer hacía cola todos los días para las listas de entrega de una vivienda digna y quedaba siempre detrás de personas que nadie conocía en el barrio, pero a las que anotaban con prioridad, pese a las protestas (reprimidas) de los vecinos.

Para nuestro vigilante fue un golpe fatal. Algunas veces lo encontraba dormido con la cabeza apoyada sobre la mesita delante del pequeño televisor que seguía escupiendo graznidos e imágenes arenosas. Las ojeras violáceas y el caminar cansado demostraban sin palabras que Francisco también hacía, día tras día, esas colas. A pesar de que por fin consiguieron anotarse, dudo de que él y su mujer hubieran logrado el milagro de una nueva vivienda: los desalojados terminaban en un refugio, a menudo para largos años.

Nunca supe dónde los llevaron ni qué pasó con su hijo, porque el vigilante dejó de venir al edificio sin siquiera esperar los aguinaldos navideños. Y sin despedirse. Simplemente cobró su liquidación y desapareció de nuestro horizonte.

Solo una vez he vuelto a ver a Francisco, cuando unos años más tarde tocó mi intercomunicador. Había envejecido mucho. Estaba flaco y desgarbado, tenía el cabello gris, el bluyín sucio y la mirada opaca. La lectura no salva de nada y yo no había sabido ayudarle. Con la garganta apretada por una impotente amargura le pedí que subiera, le ofrecí café, le enseñé mi segundo libro recién publicado por Mondadori.

—Usted es muy buena, doña Krina —dijo—. Se merece mucho éxito con su literatura.

Tomó el café; me contestó con evasivas. Luego bajó la vista y preguntó si podía regalarle unos 100 o 200 bolívares.

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Autora de “Cuentos con Agujeros”, “Para no perder el hilo”, “La hora Perdida” y “Nube de polvo”. Español es mi amor tardío y lengua adoptada. Construyo ficciones porque la inmediatez me abruma.

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8 Comentario sobre “Mis conversaciones literarias con Francisco

  1. Krina, recuerdo que me contaste esa historia mientra ocurría; leerla me conmueve profundamente. la lectura si salva y la prueba es que Francisco encontró el camino de vuelta a tu casa a pedir auxilio. Un gran abrazo.

  2. Querido José: sí esta historia tuvo lugar en la época del taller Celarg y de nuestro grupo Tapara. Me conmovió mucho que la recordaras. Un abrazo

  3. Todos conocemos un Francisco, recuerdo un vigilante de la empresa donde yo trabajaba, al compartir con el note que podía dar más dentro de la empresa que como vigilante, sugerí y ayude a llenar una oferta de empleo (así se les llamaba en ese entonces) y recuerdo que afortunadamente ingreso y no me defraudo, ni a mi como recomen dador, ni a él por su progreso; Hoy no sé dónde anda, pero fue un amigo de alto aprecio… Al leer su escrito me vino a la mente, se llamaba Peniche, tampoco recuerdo su apellido.
    Me gusto su historia

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