Niñez dejada atrás

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Adriano, Mariana, Manuel Alejandro y Carla son los nombres de cuatro niños que debieron enfrentar la separación de algunos de sus seres queridos, en medio del proceso migratorio que ha debido enfrentar una importante cantidad de familias venezolanas. Niñez dejada atrás busca mostrar el duelo, usualmente invisible para los adultos, que suponen para los niños estos procesos.

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Las despedidas generan una forma de duelo.
Y los niños son los que menos recursos tienen para enfrentarlas. Usualmente se enteran tarde.
Usualmente deben asimilarlo cuando están en proceso.
En la larga lista de preparativos previos al cambio de residencia, informarles, prepararlos, suele ser de esas tareas que se hacen tarde y sin asesoría.

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Despedidas

Adriano / 8 años
Migrantes:
su padre y sus tíos

Adriano tiene dos años que no ve a su padre. Su tío, quien se convirtió para él en su figura paterna, también emigró, al igual que su tía. Mientras tanto, juega en la categoría sub-10 de fútbol y sueña con el día en que participará en un mundial con la Vinotinto

Varios cambios a la vez

—Juan se fue un viernes de octubre, a finales de 2016. Me llamó con la noticia de que se iba del país, rumbo a Suramérica, y quería despedirse del niño. Fui a buscarlo al colegio y lo llevé al centro comercial donde lo esperaba. Allí se quedaron a solas, y Adriano me dijo que compraron unos dulces y estuvo un poco más de una hora con él. Lo abrazó y se dio la vuelta. Le dijo que en un año se verían de nuevo. Y ya en el carro, de regreso a la casa, estalló en llanto.

Es lo que cuenta su madre, pero Adriano no puede precisar cuándo vio a su papá por última vez. Tampoco sabe dónde está, no puede imaginarlo, no lo puede dibujar.

Tenía 6 años cuando todo cambió rápidamente para él.

Su papá se acababa de ir. Su mamá y él comenzaron a vivir solos, como nunca antes en sus vidas. Dejaban atrás la casa de su familia materna en Guarenas, donde él había crecido rodeado del amor de sus dos tíos y sus abuelos, luego de que sus padres se separaron. A esto se sumó que comenzaba el 1er grado en un colegio con un ambiente hostil; tanto así que por primera vez se fue a los golpes con otro niño y su mamá tuvo que  buscar otra escuela.

Fue el inicio de una nueva vida a marcha forzada.

Las dos despedidas

Los papás de Adriano se separaron cuando él tenía 1 año y medio. Las visitas al comienzo eran las de un padre pendiente de su hijito, pero luego los encuentros se fueron volviendo más distantes. Cada 15 días y a veces más.

La segunda despedida fue cuando el padre se marchó por tierra rumbo a Uruguay, y en el camino se quedó en Manaos, Brasil. Él es ingeniero de sistemas y allí trabaja, al parecer, en una ensambladora de teléfonos. Es el lugar que Adriano no puede imaginar. Ni siquiera quiere pensar en ello.

—La última vez que hablé con él fue por Skype, creo que hace unos días. Él me pregunta cómo estoy, cómo está el colegio y el fútbol. A él le va bien, no sé en qué trabaja, eso sí no lo sé. Los dos cumplimos en agosto y dijo que venía en vacaciones… ¿Sabes que a mi papá no le gustan los helados?

Adriano mantuvo el entusiasmo y la ilusión de que su padre vendría al año siguiente de su partida, pero esto no sucedió ni ese año ni los cuatro que han pasado desde entonces.

El año pasado la maestra llamó a su mamá para decirle que el niño no quería hacer la tarjeta del Día del Padre. No entendía cómo siendo tan cariñoso y respetuoso se mostraba tan molesto ante la invitación. La maestra le insistió y le dijo que podía enviarle la tarjeta por Whatsaap.

Tenía un traje y una corbata, que armó al revés y de mala gana:

Bendición papá, cuando te vi por primera sentí que ibas a estar con mi mamá para siempre y por qué no viniste hace un año.

Una familia diferente

Ariana es comunicadora social. Corre de su trabajo para cumplir, de la mejor manera que puede, con las actividades de su hijo. La principal es el fútbol. El niño es parte del Sub-10 nacional y eso le permite cada sábado pensar en grande, en el día en que participará en un mundial con la Vinotinto.

Se divierten jugando wii y se distribuyen pequeñas tareas en el hogar. Adriano se encarga de guardar la ropa, una vez seca, y acompaña a su mamá mientras le cocina su pasta favorita, la de carne con salsa rosada.

—Siempre insisto para que se comuniquen. Le explico que su papá a lo mejor lo extraña, que quiere hablar con él. Aunque no le dejó ningún recuerdo, él se llevó su franelita de la Vinotinto. Adriano se volvió loco buscándola. Sorpresivamente, el año pasado, él le envió una franela de su equipo favorito, el Barsa.

El papá paga las mensualidades del colegio desde que el niño empezó 3er grado. Pero a Ariana siempre le queda el temor de que un día diga que no podrá seguir haciéndolo.

—Mi papá es el mayor, qué casualidad, mi mamá es la mayor también. Yo jugaba fútbol con mi papá, en el mismo pasillo que jugaba con mi tío. Todos vivíamos en Guarenas. Había una carretera donde no pasaban autos. Pusimos unas piedras y construimos una cancha larguísima. Un día le gané 20 a 19. Un gol, que creo que era el 18, me lo metió totalmente en la esquina.

Mi tía se fue por la situación.
Mi tío se fue con el mismo trabajo
pero en Chile.
Mi papá no sé por qué se fue.
Adriano
Un nuevo vacío

La de su padre no ha sido la única despedida.

—Yo soy igualito a mi tío. Siempre jugaba conmigo en la computadora. Él me enseñó muchos juegos. Me acuerdo de uno en el que él pichaba y yo bateaba. Yo dormía con él cuando vivíamos en casa de los abuelos.

Ese tío, con 31 años recién cumplidos, partió a Chile en agosto de 2017. Y tres meses antes, su tía menor había hecho lo mismo a República Dominicana.

—Mi tío me hace más falta. Nos encanta comer. Mi mamá pregunta dónde se nos va la comida a mi tío y a mí, somos así de flacos.

En su cuarto, Adriano muestra sus álbumes de los mundiales de fútbol y comienza a jugar con una pelotita de plástico amarillo que pateaba con ese tío que hoy extraña. Trata de jugar con el futbolito que le regaló su mamá, pero ahora le hace falta el contrincante.

Salta y dice que mejor hace un árbol genealógico de su familia. Al rato baja la cabeza como si siguiera sus recuerdos con una mirada triste. Vuelve al dibujo y deja claro que su mamá y su tío son las personas más importantes para él. Decide colocarles sus colores favoritos en los retratos.

—De mi tío es el azul oscuro y, el del abuelo, azul claro. De mi papá es el verde… Aquí voy a hacer… mis abuelos por parte de papá tuvieron tres hijos… esta va a ser mi mamá y aquí va mi papá. Mi tío tiene barba pero no sé cómo hacerla.

En diciembre de 2017, Adriano dejó escrito su deseo en un sobre al pie del arbolito. Le pidió al Niño Jesús un celular para hablar todos los días con su tío. Su mamá no podía comprárselo, así que tuvo que revelarle quién en realidad traía los regalos de Navidad. Y él tuvo que conformarse con el teléfono viejito de su mamá.

Adriano sabe algunas cosas de Chile. Lo primero es que hace frío y mucho. Sabe también que allá está un youtuber, que es uno de sus favoritos: Germán Garmendia. De pronto corre a buscar su diccionario para señalar los países a donde se fue su familia. La mejor forma que encuentra es dibujar las banderas en el orden en que se fueron: primero su papá, luego su tía y, por último, su tío.

—Se fueron por cómo está el país. Bueno, mi tía se fue por la situación. Mi tío se fue con el mismo trabajo pero en Chile. Mi papá no sé por qué se fue.

Termina su árbol familiar colocando una línea delgada al borde del tronco con unos puntitos imperceptibles.

—Las hormigas suben por el azúcar. Para nosotros sería como piedras dificilisimas de subir. Las hormigas no son como nosotros, nosotros nos pegamos de una a la pared, ellas se pegan y suben.

Las despedidas suponen rupturas. De las formas cotidianas. De las tradiciones familiares. De los afectos. De todo lo que va haciendo el sentido de estabilidad y pertenencia. Un cambio abrupto. Una distancia de cientos o miles de kilómetros. Una ausencia física. El derrumbe de la vida conocida.

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Ruptura

Mariana / 4 años
Migrante:
su hermano Juan, de 7 años

Juan se fue de vacaciones con su mamá. Mariana, su hermanita por parte de papá, lo esperaba de regreso en unas semanas. Pero no fue así. Sin que hubiera una despedida, ese vínculo quedó convertido en vacío y nostalgia.

Despedidas sin voz

Nadie les pregunta a los niños qué opinan.

Documentos, dinero, hospedaje, colegio, pasajes, visas, maletas, permisos; todo es parte de las diligencias contrarreloj del adulto que decide marcharse del país.

Pero a los niños nada les preguntan; mucho menos cuando la decisión, lejos de ser planificada, responde a una oportunidad que surge en vacaciones. Y no hay regreso.

Por eso, tampoco esta vez nadie les preguntó a Mariana y a Juan.

No hacía falta.

Mariana tiene 4 años, Juan 7.

Son hermanos por parte de papá. Medio hermanos, como dicen.

—Mi hermanito —dice Mariana.

Para ella es un todo.

—Íbamos a los Estados Unidos con el carro, nos estacionamos, después nos soltamos los cinturones, después papi se quitó el cinturón y fuimos al aeropuerto para saludar a mi hermanito.

Pero eso nunca pasó. Mariana lo inventó jugando con un carro de plastilina que pintó para Juan. Para recordar los paseos en familia al Museo del Transporte, en Caracas. En su imaginación creó esa despedida que no tuvo.

En julio de 2017, apenas terminó el año escolar, Juan se fue de vacaciones con su mamá. Eso era lo que sabía la familia. Mariana lo esperaba de regreso en unas semanas para seguir jugando.

Y no volvió.

Se fue. Sin ver a papá. Sin ver a Mariana.

Sin saber que no volvía.

Sin decir adiós.

Los espacios vacíos

Mamá la mira. La conmueve ver a su niña, tan pequeña, tan frágil, sobrellevando esta separación que ya es dura para los adultos. Busca las palabras para responder cada vez que Mariana pregunta cuándo vuelve Juan. Va reuniendo fuerzas para cuidarla: a Mariana acaban de diagnosticarle una miocarditis. Pequeño corazón abrumado.

—Me gusta jugar con mi hermanito cuando saltamos en el trampolín. Yo salto durísimo. Juan hace muchas cosas muy divertidísimas. ¡A veces saltamos en la cama!

Mariana se ríe. Su voz celebra cada salto recordado en la cama de mamá, “¡pum, pum pum!”. De pronto, se calla y mira los muñecos de papel con los que estaba jugando, donde se dibujó a ella y a Juan. Entonces los hermanos dejan de saltar en sus manos.

—Hace años que no salto en la cama. Tengo que estar de reposo porque mi corazón me latiaba rápido. Muy rápido. Hacía como un remolino —su garganta copia el ruido del tornado tricolor que dibuja ahora sobre la hoja de papel.

Mariana descubre que el tornado que dibujó se parece a la portada de uno de los libros que están sobre la mesa y pide que se lo lean. Ella convierte el libro en un juego para aliviar penas, en un escenario para tomar una fotografía: ordena a la familia de muñecos de papel sobre los colores del libro, organiza los creyones y dispara.

—Ahora Juan vive en los Estados Unidos y a mí siempre me hace falta. Cuando él se va me siento sola. Me siento sola.

Entonces aparecen los recuerdos bonitos: cepillarse los dientes juntos en el banquito, porque ella no alcanzaba y él sí porque es más alto. Cuando jugaban al escondite con mamá; a la ere con Valentina, la prima más grande.

—Pero ya no puedo jugar a la ere, porque no me sé las reglas. Solo Juan las sabe.

Juan, el hermano mayor; el que la salvaba de las hormigas.

—Cuando yo gritaba por las hormigas, él las mataba. Mi hermanito me cuidaba mucho. Ahora que no está, grito por él y él me escucha de los gritos tan altos y corre desde allá. Nos abrazamos y me siento feliz.

Y es que los seres humanos completamos la ausencia. Llenamos el espacio vacío. Las llamadas que no llegan. Las fotos mudas en el celular. Las cosas que no hicimos con quienes amamos.

Los muñecos de papel cobran vida nuevamente en las manitos de Mariana y bailan una canción de moda que ella tararea, Happy.

—Cuando Juan no está me gusta jugar solita. Pienso en mi hermanito…

A Mariana se le escapan las palabras. Busca lo que quiere decir en el diccionario de su experiencia. Solo son 4 años. Sus ojitos se iluminan cuando lo encuentra. Entonces continúa en voz baja, revelando un secreto cómplice:

—…con el sol yo le veo su sonrisa.

El espacio vacío se llena de poesía.

—Cuando el sol brilla más, yo siento que está mi hermanito.

Cuando Juan no está
me gusta jugar solita.
Pienso en mi hermanito...
Con el sol yo le veo su sonrisa.
Mariana
El que no está

Juan no habla. Juan no dice.

—Yo no lo vi con sus dientes nuevos que le trajo el Ratón Pérez. Y tampoco me contó cómo era la nieve —Mariana desliza este reclamo entre las acuarelas.

Cuando llaman de Estados Unidos Juan no quiere hablar. O no puede. Luce incómodo. Serio. Sus respuestas son siempre las mismas. Casi se han convertido en monosílabos. Pero a veces, cuando su mamá no está y lo llaman de Venezuela, Juan vuelve a ser el hermano resplandeciente como el sol. Y cuenta que está solito. Que Mariana le hace falta.

Allá, Juan también se acuerda de Mariana. De las fotos de cuando ella nació y él se puso una franela que decía “hermano mayor”. De cuando le operaron la pierna y ella gateaba detrás de él arrastrando su yeso. De cuando la enseñó a caminar. Del susto de Mariana cuando mudó los dientes y ella se metió debajo de la mesa al ver la sangre. De las veces que se pintaban la cara y el cuerpo con los pintadedos y tenían que enjabonarse dos veces más. Del Museo del Transporte y la moto que le gustó porque iba más rápido. De todas las veces que lo encontraron de último cuando jugaban a las escondidas. Del cepillo de dientes que dejó en la casa de su hermana.

Y de cuando se inventaron ese saludo que es único de ellos:

—¡Hola, cara de tetero!

Hoy Juan es una ausencia.

Un hermano mayor que ya no puede jugar con Mariana.

Sanar con lo bonito

La mesa está repleta: helados, acuarelas, pinceles, plastilinas, creyones de cera, hojas de papel, cartón, cartulina, títeres, figurines en blanco, una cámara fotográfica y cuentos. Pocas cosas más se necesitan para pintar, para crear en otra dimensión lo que modifica el ritmo de la vida y aprieta en el pecho hasta cambiar la velocidad del corazón. Para contar lo que se va dibujando.

Mariana escoge un libro: Coco y Pío.

Entonces salió el sol.

—Ese pajarito es como la sonrisa de mi hermanito.

Coco y Pío crecieron juntos.

—Como nosotros.

Supongo que debemos decirnos adiós dijo Pío.

¡Adiós! dijo Coco.

—¿Y se están extrañando mucho? —ella baja la voz, susurra despacio—. Yo extraño a Juan. Mucho. ¡Muchísimo!

El cuento termina. Coco y Pío se reencuentran.

—Buenas noches, que sueñes bonito —cierra quien lee el cuento.

—Bonito…

Las manos otra vez dan vida a los muñecos de papel. Mariana y Juan se mueven entre los dedos de Mariana. Se acercan. Se abrazan.

—Hola, hermanito. Cara de tetero. Te quiero.

Las rupturas generan dolores, angustias, temores. Sin saber cómo, los niños necesitan recomponer su equilibrio. Las distancias generan ausencias. Y así como la presencia va haciendo sus hábitos, la ausencia también va configurando una nueva cotidianidad. Una cotidianidad donde terminan por llenarse los vacíos. Allí aparece el olvido.

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Olvido

Manuel Alejandro / 5 años
Migrante:
su madre

Manuel Alejandro tenía poco más de 2 años cuando su mamá emigró a España. Sus dos hijos mayores se quedaron con la abuela, y Manuel, el más pequeño, se quedó con su papá. En casa, y en su memoria, es poco lo que queda de ella.

Aprendiendo a leer

La cama de Manuel Alejandro mide tres cuartas de altura. Cuando quiere subirse, apoya ambas manos en el borde y se impulsa con un brinquito. Sube la rodilla izquierda y luego el resto del cuerpo. Lo hace para tomar su morral y mostrar que lleva adentro su karategui. Practica karate y natación desde los 3 años. Comenzó a hacerlo seis meses después de que su mamá emigró a España.

Ahora tiene 5 años, le gusta el color rojo y es fanático de Rayo McQueen. Le gustan las chupetas de fresa, no tanto el chocolate. Disfruta los videojuegos en el celular de su papá. Está aprendiendo a leer.

Y casi no recuerda a su mamá.

—Yo tenía una perrita, se llamaba Luna. A mi mamá no le gustaba. La quería, pero no la quería mucho —dice, y la nombra por primera vez sin quitar los ojos del teléfono, después de 10 minutos adaptándose a la visita.

En el celular se desarrolla una batalla campal, que sus ágiles dedos manejan muy bien. Se acaba la partida.

—Juegos de pasteles —grita al buscador por voz de Google, para descargar un nuevo juego, pues no sabe escribir aún—. Juegos de pasteles —de nuevo.

No ocurre nada, llora, se acuesta en el mueble con el rostro hacia un cojín. Papá lo llama. Manuel corre y se abraza a sus piernas. El llanto se convierte en sollozo. Exhala. Olvida y se aleja risueño.

 

Una larga búsqueda

La primera media hora sus frases son poco fluidas. Piensa, comienza a pronunciar, se detiene en una sílaba, luego en la siguiente. Olvida la palabra, le pregunta a papá. Todo se lo pregunta a papá.

—Papá, ¿te acuerdas cuando estaba chiquito y tenía hambre y mi mamá preparaba un tetero? Yo halé un trapo y se me cayó el tetero encima —la nombra por segunda vez, después de unos 45 minutos.

Tenía poco más de 1 año cuando ocurrió, y le ocasionó quemaduras de segundo grado que no dejaron secuelas.

—Él no recuerda eso, pero se lo he contado tantas veces, que ya se lo sabe de memoria —dice su padre.

—Y tú me cuidaste —agrega Manuel desde el mueble.

Con cada frase, con cada gesto, papá suelta una sonrisa dulce.

—Yo busqué a mi hijo por 20 años. Inseminaciones, tratamientos, dos esposas. Nada ocurrió, hasta que conocí a su mamá.

—Y yo estaba en Valencia —dice Manuel mientras ríe y escucha atento, sin quitar la mirada de la televisión. Ahí nació, en Valencia.

—Y si lo hubiese sabido te buscaba antes —dice papá.

El rostro difuso de mamá

A Manuel le gusta colorear. Tiene dos cartucheras. Sus obras de arte están por toda la casa. Siete dibujos pegados detrás de la puerta principal: tres de ellos los pintó en el maternal y cuatro en el preescolar donde estudia ahora. Así los clasifica. Hay un Spiderman que ocupa dos hojas. Los demás son intentos de seres humanos. Hay otro dibujo en la entrada del cuarto de papá: es abstracto, pero se lee su nombre claramente.

Vacía las cartucheras y hace un reguero de colores sobre la mesa del comedor. Comienza a dibujar a su familia. Primero pinta el cielo en un bloque remarcado. Luego hace el suelo, y sobre él la primera figura es mamá. Tiene un vestido amarillo y cabello negro. Cuenta los dedos con cuidado. La pinta sin bordes. No dibuja su rostro.

Ahora, se dibuja a sí mismo. Su autorretrato le causa risa. Está vestido de su color favorito, de la mano izquierda de mamá. A su lado, dibuja a su hermano mayor, Diego. Exagera sus rasgos, hace una mano gigante, se burla, pero luego pide ayuda para borrarla. Quiere dibujar a “mami”, como le dice a su abuela materna, a sus tíos, a su abuelo paterno, pero la hoja no alcanza. Dibuja a Daniel, su otro hermano mayor, al lado derecho de mamá, y al lado de Daniel pinta a su papá.

Mientras, canta. Ella, mamá, es la última en ganarse un rostro en el dibujo familiar.

Han pasado dos horas desde que empezó su día, y ya ha exhibido todos sus lentes de natación, su tabla, sus tres cintas de karate, el orden de su closet (muestra las pijamas, las dobla y guarda de nuevo), las fotos que le ha tomado papá, las fotos de la novia de papá, las fotos del cumpleaños de su mejor amigo, sus diplomas, la lámina de su última exposición (sobre fútbol). Ríe mucho. Se levanta, se sienta, se acuesta en el piso. “Mira” es la palabra que más repite dentro de su cuarto, con la que muestra una toalla de Pokemón, una pared con fotos escolares y el recuerdo de su quinto cumpleaños.

Terapia una vez por semana

Mamá está en España. Se fue con la promesa de enviar dinero y, quizás, un día volver por los niños. Diego y Daniel —de otros padres— se quedaron en casa de “mami”, en Tocuyito. Manuel se quedó con papá en Caracas. El padre cuenta que separarse de sus hermanos fue confuso y doloroso para el niño. Un día eran cinco en esta casa y, al siguiente, eran solo dos.

Era pequeño, inquieto y necesitaba distracción. Papá comenzó a trabajar desde casa y se dedicó al niño. La rutina comienza a las 5:15 am, cuando se despierta a preparar el desayuno. Ya la noche anterior ha dejado listo el uniforme y ha revisado las tareas. A las 6:00 am despierta a Manuel. Lo prepara, lo lleva, hace lo que puede mientras no están juntos. Lo busca al mediodía, van a casa a almorzar, luego a natación, luego a karate, a veces el mismo día. Manuel siempre pide ir después al parque. También ve a su terapeuta una vez por semana.

No, no me imagino en España.
No, no quiero dibujar otra vez.
No, no sé qué colores le gustan.
Manuel Alejandro
Papá dice que la madre llama a Manuel con regularidad. Pero el niño lo niega. Cuando se le pregunta por mamá siempre niega. En tres horas la ha mencionado tres veces por voluntad propia. Pero ante las preguntas, su rostro se torna serio.

—No, no me imagino España. No, no quiero dibujar otra vez. No, no sé qué colores le gustan. No, no me ha comprado juguetes —responde sin gestos, aunque papá le recordó media hora antes que su juguete de Batman lo envió mamá, y que al día siguiente buscarán en casa de “mami” una tablet que le envió de regalo. Manuel insiste en que Batman es un regalo de un primo, luego de un tío, luego de Santa Claus. “No, no tengo nada que me recuerde a ella”, asegura.

—Ve como juego en la computadora. ¿Qué juego quieres?

—Este.

—No, ese no está. Ese se acabó. Se fue del país.

Manuel es grande y es pequeño a la vez. Asume con tranquilidad que papá es su familia, y su novia le parece linda. También que su mamá está lejos. Pero cuando sube a su bicicleta roja y se cae, no duda en regresar llorando para que le soben el tobillo. Es dulce, abraza constantemente. Abraza fuerte. Ríe mucho. Es amable, educado y comparte hasta su vaso de agua. Es responsable y en menos de cinco minutos todos sus juguetes regresan a su cuarto, y se arma de su bolso, sus lentes y el traje de baño para ir a su práctica de natación de los martes.

En el carro, invita a sentarse en el asiento trasero con él. Canta Happy, de Nacho, y regresa a los videojuegos en el celular.

Termina el día.

Es difícil descifrar si las despedidas le cuestan mucho o poco. Manuel entiende y acepta. Para eso va a terapia, para intentar entender y aceptar.

Alza la mirada, sonríe y se despide.

Los adultos buscan resolver las necesidades de los niños. Las necesidades materiales, porque de todo cuanto va quedando con las despedidas y las rupturas de su mundo cotidiano, nadie parece detenerse a pensar. Pero cuando la vida es tan joven siempre se llena de esperanzas. Esperar es una forma de creer.

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Esperanzas

Carla / 7 años
Migrante:
su padre

Su papá se fue a Ecuador con la promesa de que, en poco tiempo, la llevará consigo. Hija de padres divorciados, Carla cuenta los meses para que eso ocurra. Mayo, junio y julio son los que faltan.

Muchos kilómetros más

Uno, dos, tres. Mayo, junio y julio. Cuenta y repite Carla. Son los meses que faltan para terminar su 1er grado. “¡Tres meses!”, exclama y enseña los dientes; dos se le cayeron hace poco.

—Mi papá dice que cuando termine el año escolar mi mamá y yo nos vamos para allá —dice mientras mueve la cabeza de un lado a otro y luce el unicornio que lleva en su cabello.

Para allá es Quito, Ecuador, el país en el que se encuentra desde hace ocho meses su papá, un diseñador gráfico de 35 años.

Carla ya comienza a pensar qué llevará en su viaje. No quiere dejar las muñecas, tampoco la cocinita. Del equipaje de juguetes solo ha descartado el hulahula.

En sus 7 años de vida, Carla se acostumbró que para ver a su papá solo eran necesarios 123,3 kilómetros, de Caracas a Maracay. Para llegar a Quito en avión tendrá que recorrer, en cambio, 1.629 kilómetros.

—Creo que es cerquita. Mi mamá dice que Ecuador está al lado de Perú.

La primera vez que se separó de su papá no lo supo. Tenía 6 meses de nacida cuando sus padres se divorciaron. La segunda vez fue en septiembre de 2017 y, al parecer, tampoco se dio cuenta.

—Creo que su papá no le dijo que se iba para que no sintiera una despedida muy literal —cuenta la mamá de Carla, una publicista de 37 años—. Le explicó que él estaría en Ecuador y que en un tiempito ella podría ir con él.

¿Cuándo nos vamos?

De “pórtate bien”, “haz caso a tu mamá” y “sigue comiendo” lo que más recuerda Carla es que pronto ella también estará en Quito.

—Yo le digo “hola, papi, ¿cómo estás?”. Y él me dice que está bien y me pregunta lo mismo. Después le digo que cuándo nos vamos a Ecuador. Entonces él dice que cuando termine yo el año escolar.

También se lo pregunta a su mamá. Sabe que ambos “están reuniendo platica” para que eso sea posible. Para ella no hay duda de que en su 2do grado tendrá nuevos amigos, unos ecuatorianos.

Pero Carla tendrá que sacar nuevas cuentas. Una más difícil que sumar 21 más 30. Para estas cifras ella recomienda usar palitos. Para su espera de 3 meses y los 1.629 kilómetros de distancia tendrá que multiplicar.

Insiste con las preguntas: “¿cuándo nos vamos?” o “¿cuándo vamos a empacar?”. Su madre no sabe qué responder.

—Le doy esperanzas, pero tampoco quiero desilusionarla. Aunque su papá dijo que sería cuando terminara el año escolar, lo veo muy difícil. Tengo mi familia allá y ambas tenemos la nacionalidad, pero no puedo contar con ellos en cuanto a recursos económicos. Mi papá me ofreció la casa, pero no solo es eso. Tengo que irme por lo menos con un trabajo y con algo de dinero. Creo que esto se va a alargar. Ahí tenemos que ver cómo manejamos eso con la niña. Ella está muy confiada en que nos vamos. Le haré entender que no es tan rápido irse a otro país.

Su padre quiere darle a Carla una mejor calidad de vida y educación; su madre quiere que estudie otro idioma y complacerla en que practique ballet, actividades que por el momento, en Caracas, no puede pagarle.

—Él le dio en Venezuela lo que pudo, dentro de sus posibilidades. Creo que se frustraba a veces por eso, quería darle más cosas y no podía. Entonces simplemente agarró y se fue.

En ocasiones la niña se entristece y le hace saber que ya no quiere estar en Venezuela, porque hay cosas que desea y no hay dinero para eso.

Carla quiere llegar a Quito.

Yo te pinto, tú me pintas

La niña busca entre sus cuadernos un dibujo que hizo en la escuela el 25 de septiembre de 2017. Están papá, mamá y ella. En cada pasada de hoja explica de qué se trató la clase. “Eres chiquito, creces, te reproduces y mueres. Es un ser vivo”. Termina el primer cuaderno y aún no consigue lo que busca. En el segundo cuaderno tampoco hay nada. Pero en el tercero ya da con la hoja donde aparece ella con el cabello amarillo, aunque realmente lo tiene negro. Se ríe. Lo mira una vez más y dice:

—Me gusta este dibujo porque yo extraño a mi papá y él me extraña a mí. Lo pinté sin salirme de la línea.
Los trazos, las hojas blancas y la pintura unían a Carla y a su papá. Aunque se frecuentaban una vez por mes, en las visitas siempre había color. La frase de inicio: “Yo te pinto a ti y tú me pintas a mí”. Le seguían las muñecas.

Carla se queda en silencio por un instante para hablar de Andrea, su compañera del colegio.

—Un día mi amiguita dijo que su papá se fue a Perú y mi papá se fue a Ecuador. Entonces mi amiga lloró y yo también. Porque ella extraña a su papá y yo extraño a mi papá —lo dice y trata de esconderse tras del dibujo.

Me gusta este dibujo
por que yo extraño a mi papá
y él me extraña a mí.
Lo pinté sin salirme de la línea.
Carla
La conducta de Carla no ha cambiado tras la ida de su papá, piensa su madre. Desde niña creció viéndolos en momentos diferentes y supo adaptarse. Pero, a la hora de jugar, sí debe sentir el vacío.

—Me siento mal porque yo no soy de jugar; en cambio, el papá, era como un niño con ella. En ese sentido ha sido un poquito difícil su partida.

Los abrazos de Carla para su papá podían terminar en juego de ahorcados. “Carrr-la”, trataba de pronunciar cuando tenía a su hija entre brazos.

—Mi papá era feliz cuando yo estaba con él —pronuncia entre dientes.

 

Verse en la distancia

Carla coloca sobre la mesa los colores violeta, amarillo, rosado y azul. Piensa en voz alta que el primero será para el vestido de mamá, el segundo para el sol, el tercero su vestido y el cuarto las nubes y la ropa de papá.

Comienza dibujándolo a él. Hace unos primeros trazos y borra. Vuelve a dibujar el cuerpo. Coloca dos pelotitas negras en medio de los ojos; apuntan hacia abajo. En esa dirección se dibuja a ella misma. El brazo del papá está extendido, la mano de Carla también. Pareciera querer alcanzarlo.

A la mamá la dibuja a una altura que sobrepasa a la del papá. Y le plasma una sonrisa que abarca gran parte de sus mejillas.

Carla cree saber por qué su papá la observa.

—Está viéndome a mí porque tal vez por ahí un perrito viene y él no se da cuenta. Tal vez yo le vaya a meter la mano sin que yo sepa que es malo y me vaya a morder.

Y recuerda.

—Una vez un perrito que era de una vecina me mordió en este dedo. Entonces mi papá no dejó que ningún perro se me acercara, a menos que yo tenga un perrito que yo conozca. Mi mamá dice que yo me quiero defender sola y mi papá no me deja.

Por el momento, se miran en fotos y, en ocasiones, por Skype. Hasta que Carla pueda llegar a Ecuador, y todo vuelva a ser como era antes.

Un especial de:

Con el apoyo de

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