No hay feriados para el terror en La Sábila

Sep 13, 2017

Al norte de Barquisimeto, en el estado Lara, un urbanismo de 20 manzanas es sometido por una banda criminal. Los hombres, comandados por un joven de 18 años, obligan a los pobladores a abandonar sus casas para desvalijarlas y revender los materiales. Anny Suárez vio cómo le hicieron esto a su vecina de enfrente.

Fotos: Alcides Gutiérrez

Fotos intervenidas: Lucho Martínez

 

Tienes tres horas para que te vayas de esta mierda. Si no, te matamos.

Era domingo de resurrección y todo transcurría con normalidad en La Sábila, pero al escuchar esto, Anny Suárez supo que la ruleta del terror se había detenido en su calle, en la manzana L. Esta vez, le había tocado a su vecina de enfrente.

Cinco hombres se movían de un lado a otro, rodeando a la pobre mujer. Uno tomó el control, se puso frente a ella y le insistió: “Tres horas. Si regreso y estás aquí todavía, te mato a ti y a tu familia”.

—Son unos desgraciados. La están corriendo a la fuerza —pensó Anny cuando entendió desde su ventana que a su vecina le estaban ordenando que desocupara su vivienda. Uno de los hombres se había levantado la franela para dejar ver la pistola que llevaba en la pretina del pantalón.

—No me mires a la cara —gritó cuando la vecina, paralizada por aquel gesto, le subió la mirada.

—¡Ay, carga una pistola! La va a matar. ¡Dios mío! —dijo Anny, haciéndose a un lado de la ventana y mirando hacia la mesa del comedor, donde estaba su esposo.

—Ni se te ocurra meterte, o los muertos vamos a ser nosotros. Quédate quieta, mujer. Vente para acá.

Pero Anny es terca y siguió observándolo todo. El hombre de la pistola se acomodó la franela y caminaba, balanceándose de un lado a otro, con actitud desafiante.

 

“Bienvenidos a La Sábila, tierra de bendiciones”, dice un letrero artesanal colgado en un arco hecho de tubos finos, en la entrada de este urbanismo, al norte de Barquisimeto. Cuando un carro desconocido entra al barrio, todos los vecinos corren a sus casas. Sienten temor porque con frecuencia dentro de ellos se trasladan hombres armados, y muchas veces los transeúntes han quedado atrapados en la línea de fuego durante los enfrentamientos entre bandas.

A La Sábila se llega por una única carretera que va en dirección hacia unas montañas con un sembradío de piñas. Pero antes hay que pasar por sus 20 manzanas identificadas con casi todas las letras del abecedario. Las paredes de las casas tienen colores pálidos y se nota que no han sido pintadas desde hace varios años. Esas aún tienen las estructuras completas.

De la manzana D a la M comienza la destrucción. Hay casas que han sido desvalijadas enteramente. Otras solo tienen media pared con un marco de ventana sin vidrios. En la manzana M hay un terreno de unos 800 metros cuadrados con pedazos de bloques de cemento y cabillas picadas. El monte sale entre los escombros. Ese sector ha sido prácticamente arrasado. No más de 10 casas mantienen las estructuras completas.

Al menos 1.900 familias han sido desalojadas de La Sábila desde 2015, bajo amenazas como la que Anny acababa de ver. Los malandros corren a sus dueños y extraen los materiales de las casas deshabitadas para revenderlos y obtener dinero para drogas y armas. Algunas las dejan en pie y las usan como guarida. Esto ocurre sobre todo en Las Terrazas. En ese sector, que está al final de la carretera, las casas tienen un acabado más fino y algunas tienen cocina empotradas y baldosas en los pisos.

Antes de que la ruleta del terror iniciara su movimiento, algunas viviendas fueron abandonadas voluntariamente por sus propietarios. En 2012, cuando el barrio dejó de ser tierra de bendiciones, la gente comenzó a desarmarlas para poder llevarse los materiales y construir en otros sectores. Otros las vendieron por un escaso millón de bolívares. El dinero no les importaba. Lo que querían era salir vivos de ahí.

 

Anny es una de las fundadoras de La Sábila. A su vecina la vio llegar al barrio 10 años atrás. Era una mujer amable, divorciada y madre de dos hijos, a los que cuidaba con celo.

Anny escuchó cuando rodaron una cama de madera y, minutos más tarde, vio al hijo mayor de la vecina poner las piezas en el porche. En un camión viejo montaron todo lo que pudieron cargar en las tres horas que le dieron de plazo: ropa, cama, colchones, nevera, cocina y televisores. Antes de las 4:00 de la tarde, la vio salir con un bolso. Vestía un pantalón jean claro, una franelilla y unas sandalias bajitas. Miró para todos los lados y se montó de copiloto en el camión.

No había pasado una hora, cuando comenzó a escuchar los martillazos; golpe tras golpe, como si se tratara de albañiles trabajando en una obra de construcción. Pero no, eran los hombres que estaban desvalijando la casa. Minutos más tarde un muchacho cargó una poceta y la dejó entre la acera y la puerta de la entrada. Luego, con una segueta, comenzó a cortar las bisagras de la puerta. Anny trató de llamar al celular de su vecina, pero caía la contestadora.

Al rato llegó un camión y montaron todo lo que pudieron. Aceleraron y se perdieron de vista. Al día siguiente volvieron por el resto de lo que pudieron desprender. La vivienda, de dos cuartos, sala y cocina, la desvalijaron en día y medio. Tres semanas después, Anny se enteró de que su vecina se había ido a vivir con la mamá, en el barrio Los Pocitos, al oeste de Barquisimeto.

 

Pueden ser hasta cinco casas en una semana. No hay día ni hora. Ni feriados. Los maleantes se apoderan de ellas cuando así lo deciden. Ese es su negocio. Por una lámina de zinc les pagan entre 20 y 25 mil bolívares. Se dice que el dueño del camión donde trasladan lo robado tiene una ferretería al norte de la capital larense.

Jairo Janiel Rivas Rivas, conocido como Janiel, es el líder de la principal banda delictiva de La Sábila. Tiene 18 años, el mismo tiempo que tiene la comunidad de fundada. En octubre de 2016 se fugó del Centro Socioeducativo Pablo Herrera Campíns, de Barquisimeto, y al volver impuso sus reglas. Llega a las veredas amedrentando a quien le plazca. Es de tez blanca, delgado, cabello castaño claro y ojos marrones. Tiene las cejas perfectamente depiladas y su cabello es de corte militar. Las autoridades lo buscan por varios expedientes de homicidio y es considerado el más peligroso de la zona norte.

Cuando ocurren los desalojos, los vecinos ni se preocupan en llamar a la policía. Saben que Janiel y los suyos están más armados que ellos. Al jovencito lo han visto con su ametralladora y cinco guardaespaldas. En Las Terrazas hay una comisaría de Polilara, donde los funcionarios no tienen ni una moto para trasladarse a las manzanas cuando requieren de presencia policial.

–Y si le avisamos al Cicpc van a saber que fue un vecino que sapeó, y ese mismo día regresarían, pero no cinco, sino más, y le caerán a tiros a las casas –dice el esposo de Anny.

Otra vecina, unas calles más allá, dijo lo mismo casi en un susurro, mirando en todas direcciones.

—Aquí uno no puede hablar. Mejor váyase. Si saben que usted es periodista, me voy a meter en problemas.

De cabello largo y liso, a Anny comienzan a vérsele las canas. Es de contextura delgada y piel morena. Las palabras se le escuchan entrecortadas.

—El sábado acompañé a mi vecina a la casa de una costurera. Y al día siguiente vi cómo la sacaron de su casa. Aquí estoy esperando que vengan por mí.

—¿No temes por tu vida?

—No tengo a donde ir. Si me quitan la casa, tendría que irme a vivir debajo de un puente con mis hijos y mi esposo. Así que antes tendrán que matarme.

 


Esta historia fue escrita en el Seminario de Periodismo Narrativo “El pulso y alma de la crónica”, de Cigarrera Bigott, en 2017.

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Guanareña viviendo en Barquisimeto. Estudié periodismo en la Universidad Fermín Toro, en Barquisimeto. Cubro sucesos en el diario La Prensa de Lara.

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