Toda la vida en una maleta

Ago 05, 2017

Verónica Benavides se negaba a abandonar Venezuela, pero un rumor sobre su inclusión en una lista de futuros detenidos, por su participación en las protestas, fue el argumento contundente para que la familia la mandara en bus a Colombia con el fin de viajar a España. Fue una de las miles de venezolanas que atravesó la frontera en los días previos a las elecciones para la Constituyente.

Fotos: Gustavo Vera

“La nostalgia del paraíso es el paraíso”
Kahlil Gibran

 

Cuando los padres de Verónica Benavides se separaron, él se fue a Estados Unidos y, apenas adquirida la nacionalidad, trató de llevarse a su hija. Ella, de 11 años, vivía con su mamá en Maturín y rechazó la oferta. Similar actitud adoptó cuando unos amigos de su madre le dijeron que podían enviarla a Canadá a que viviera con ellos. Aunque toda la familia veía la consolidación del chavismo como un cáncer que se extendía por el país, ella sentía que llevaba a Venezuela tatuada en la piel. Y la única forma de que migrara era que la arrancaran de su tierra de un tajo.

Bajita, de cachetes redondos y cabello a la altura de los hombros, dedicó su energía al desarrollo de una vocación que descubrió trabajando en el parque La Guaricha. Verónica entró a la Alcaldía de Maturín en 2013, el mismo año que Warner Jiménez fue electo como alcalde. Primero estuvo en el Instituto de Deporte y luego pasó al parque zoológico. Ella se sentía dichosa.

Pero el 25 de agosto de 2016, tras abrírsele un expediente por los cargos de evasión de procedimiento de licitación y asociación para delinquir, se ordenó la detención preventiva de Warner Jiménez, aunque no encontraran pruebas que lo culpabilizaran. Se exilió en Miami y toda su gestión en la alcaldía, incluyendo a Verónica, se vino abajo.

Los animales necesitan del contexto adecuado para aparearse. Con el equipo al que perteneció Verónica, la pareja de jaguares del parque parió crías dos años seguidos. Con la nueva gestión, no volvió a reproducirse. Esa, para ella, era la metáfora que explicaba a un país rehén de un gobierno que impedía el nacimiento de las riquezas y destruía las que ya había.

Por eso, y por tantas razones más, en abril de 2017 empezó a protestar en las calles. Por eso, y por tantas otras razones, se unió a los grupos de choque que trancaban avenidas y se enfrentaban a los cuerpos de seguridad del Estado y a los grupos paramilitares aliados. Por eso, y quién sabe si por otras razones más, el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional la sumó a una lista de personas que había que detener. No era una lista oficial, no había una orden de captura: solo se trataba de abuso de poder.

A Verónica le pasaron el dato. ¿Había llegado la hora de emprender el camino que se negó a tomar 16 años antes? Su familia le compró el pasaje por tierra para Caracas el 19 de julio de este año. Iniciaría una travesía para llegar a Colombia por tierra, y de ahí tomar un avión para Madrid. Ese era el plan. Mientras lo repasaba, el 21 de julio, en el autobús que la llevaría a Caracas, se enteró de que tres vecinos de su comunidad, compañeros de los grupos de choque, habían caído presos.

Un abrazo finito en el tiempo, pero infinito en el espacio emocional. Verónica fundida con su madre. Lágrimas en los ojos, músculos tensos: manos que se aferraban al cuerpo que no querían dejar ir. La escena encontraba variantes parecidas a escasos metros de distancia. Estaban en el terminal de Bello Campo, en Caracas.

Una vez dentro del autobús que la llevaría a San Cristóbal, se sentó al lado de un chamo que olfateó las emociones de la muchacha. Resultó ser un fotógrafo, Gustavo Vera, que iba a cubrir el éxodo masivo de venezolanos por temor a lo que fuera a suceder en las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente.

Era martes 25 de julio. El domingo 30, se realizarían los comicios.

Verónica le comentó a Gustavo su impotencia: el modelo político del chavismo fracasó y aun así sus dirigentes querían perpetuarse en el poder. Quienes estaban tratando de migrar era por miedo a ir preso o para encontrar la forma de ayudar a su familia enviándole dinero desde afuera.

El autobús estaba lleno de una gran mayoría de personas con destino a Cúcuta. La convocatoria a la Constituyente solo dio el último empujoncito para que aumentara la hemorragia migratoria. La gente tenía miedo de quedarse, pero también miedo de irse. Los primeros porque no sabían si se terminarían de ahogar. Y los segundos porque cuando quisieran repatriarse podrían encontrar a Venezuela hundida como Atlantis en el fondo del océano.

Una vez en el terminal público de San Cristóbal, Verónica se vio rodeada de centenas de personas que intentaban dirigirse a la frontera. No era ella la única. Los taxistas parecían moscas en una dulcería.

 

El pasaje por puesto para San Antonio costaba 4 mil bolívares. Ese miércoles 26 de julio los asientos se vendían entre 20 mil y 60 mil bolívares. El sobreprecio se debía al aumento de demanda. Según las cifras de Migración Colombia, 26 mil venezolanos entran a ese país cada día, y por esos finales de julio, la cifra creció en un 5%.

Jorge López, un colombiano que trabaja como asesor de viajes en la frontera, le comentó a Gustavo, ya en plena faena de reportería, que estaban pasando la línea unas 5 mil personas diarias con destino a Colombia (Cali, Medellín, Bogotá). O a Ecuador, Perú, Chile y hasta Argentina. Y que, a veces, la gente llegaba a Cúcuta, tras dos días de viaje, sin haber almorzado.

—A quienes traspasan el puente, que no tienen cómo almorzar, se les da comida. Unas 300 personas almuerzan gratis diariamente. Y hay unidades de auxilio médico, en caso de emergencias.

Solo el lunes 24 de julio, entraron a Colombia por tierra unos 33 mil venezolanos, de los cuales 26 mil cruzaron por Cúcuta. Miles de ellos regresaron el mismo día tras comprar alimentos y productos básicos. Según autoridades colombianas, alrededor de 2 mil ingresaron con intención de viajar a Ecuador, Perú y Chile. Asimismo, los residentes en Venezuela que para esa fecha habían solicitado la tarjeta de movilidad fronteriza —un permiso para acceder a Colombia— eran unos 560 mil.

Suficientes para llenar 287 veces el Poliedro de Caracas.

Mientras Jorge atendía decenas de solicitudes, a varios metros de distancia, el taxista colombiano Javier Villán Carrilo hacía un recuento: “Lunes, martes y miércoles, demasiada salida de venezolanos. Muchísimo. Para distintos destinos. El más apetecido es Ipiales, en la frontera con Ecuador. Huyendo, lógico, del régimen de Maduro”.

Para Ipiales, justamente, iba la familia Flores Morán. La intención era cruzar esa frontera para dirigirse a Guayaquil. Emmanuel Flores, de 26 años, estudiaba administración de aduanas y trabajaba en un callcenter. Su esposa, Francis Morán, de 23, abandonó la carrera de comercio en los primeros semestres y trabajó un tiempo como buhonera en El Cementerio, hasta que se cansó de que la policía la corriera a patadas. Mantenerse con un salario mínimo demandaba más inteligencia financiera que la del gurú estadounidense Robert Kiyosaki. Pero el problema no era mantenerse ellos, sino a sus tres hijos: uno de 6 años, otro de 5 y el menor de 1 año.

—Por ellos estamos migrando —dijo Francis, y se tocó la barriga: aparte de sus tres retoños, tenía siete meses de embarazo.

Los cinco viajaban junto a Rocío de la Ese, la mamá de Francis. El detonante definitivo, más allá de no poder cubrir las necesidades básicas, fue un ataque de asma que sufrió Emmanuel semanas antes. En todos los hospitales de Caracas, se consiguió con que no había lo requerido para nebulizarlo. Hasta que llegó al Hospital Militar. Estuvieron a punto de rebotarlo, como reza el protocolo, pero lo vieron cerca de morir: le advirtieron que por eso lo atenderían, pero que ya sabía que ahí solo entraban los militares y quienes estuvieran afiliados.

Emmanuel comentó que estaba alejado de la política. Francis no sabía qué era la Constituyente. Y Rocío se declaró chavista, al menos mientras Chávez vivió. Y aunque dijo que no se arrepentía de haber votado por Nicolás Maduro, aseguró que ya no lo volvería a hacer. Tampoco votaría en la Constituyente.

En Ipiales, en las instalaciones de migración para entrar a Ecuador, centenas de venezolanos dormían en las calles, hacían largas filas y tramitaban papeles. Venían de atravesar Colombia procedentes desde Venezuela. En un día normal, el flujo de personas no superaba las 800 diarias. En los días previos a la Constituyente, ascendió a 2 mil.

Hacia allá, sin saber lo que les esperaba, se dirigía la familia Flores Morán.

 

Aunque pareciera apresurado, el plan de Verónica Benavides era uno de los más sólidos. La mayoría de los que migraba lo hacía tal como estaba viviendo en Venezuela: a la deriva.

—En San Antonio me quedé donde unos familiares, que también me metieron la mano para ayudarme a cruzar la frontera —contó, ya desde Cúcuta, el domingo 30 de julio—. Para sellar el pasaporte, personas que venían con nosotros en el autobús duraron más de 24 horas. Yo tuve la suerte de que el tío de una amiga tiene sus amigos en la aduana y me sellaron el pasaporte rápido. Al cruzar tomé un taxi hasta el sitio en el que me estoy quedando: un hotel que me consiguió una amiga, que me ha ayudado con la comida desde que llegué. Tengo vuelo mañana en la noche a Medellín. De Medellín tengo que hacer una escala de 23 horas para el vuelo a Madrid. Y en Medellín sí, como buen venezolano, me tocará dormir en el aeropuerto, mientras espero a que salga mi vuelo.

Toda esa travesía le salía en unos mil dólares. De haber ido en avión habría tenido que gastar el doble. Y, aunque no lo sabía, bien podría haberse quedado varada: por la delicada situación política, varias aerolíneas cancelaron sus vuelos desde Caracas hasta Madrid, ciudad en la que Verónica aspira pedir el asilo político.

Tal como, según ella, ya hicieron 2 mil 400 venezolanos en lo que va de año.

 

El día que tomó la decisión de migrar, Verónica se hizo un tatuaje en el antebrazo: el nombre de Venezuela con la bandera de fondo. Y, al final del extremo derecho de la V, un avión volando en dirección al resto de la palabra. Mientras la tinta caía sobre su piel, pensaba en que debería estar con sus amigos en las protestas. Pero era imposible: en la mañana debió buscar su partida de nacimiento y luego se tatuaría. En ese momento, simultáneamente, tres de sus compañeros en el grupo de choque fueron apresados.

Ella se enteraría después. Imbuida entre despedidas de seres queridos, con la preocupación de dejar a su mamá, desempleada y con problemas visuales, encerrada en una dictadura.

Caminando por las calles de San Antonio de Táchira, se entremezcló con historias personales como la de la familia Flores Morán, o como la de un chamo en silla de ruedas al que robaron mientras estaba en el baño: dos hampones entraron al cubículo en el que estaba sentado sobre el excusado y le quitaron toda la plata. También la de Marbella Martínez, quien cruzó a Cúcuta para comprar los medicamentos para sus hijos enfermos en el estado Lara. Allá la robaron y le tocó dormir detrás de un quiosco hasta que un señor le dio alojamiento en una residencia. Nació en ella, entonces, la determinación de rebuscarse para poder llegar a Lara y migrar definitivamente con sus dos bebés de menos de 3 años.

Casas abandonadas, personas a las que extorsionaban para conseguir los permisos para entrar a Colombia, familias enteras durmiendo en la calle. El sol quemando las nostalgias.

A Verónica las imágenes la arropaban. El no saber si volvería a su país le daba jabs continuos. Los pensamientos sobre su familia le salían por los ojos. Eran las 3:00 de la tarde y estaba en San Antonio, sacando la tarjeta de movilidad fronteriza. Se preguntó: “¿Y si me quedo?”. Y la fantasía pareció viable: no porque era lo mejor, sino porque era lo menos doloroso.

Entonces, oyó una moto que se estacionaba. Piloto y parrillero entraron al local colindante a donde estaba ella. Sacaron a empujones a un muchacho. Desenfundaron dos pistolas y las accionaron suficientes veces como para que las detonaciones parecieran argumentos. Se subieron a la moto y arrancaron. El cadáver quedó sobre la acera, lleno de sangre. Con un rojo más intenso que el del tatuaje de Verónica, cuyo rostro parecía apuntar hacia el avión dibujado sobre su piel.

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Me formé leyendo en una cancha. El fútbol me enseña a vivir y la literatura a entender la vida. Nunca salgo sin un libro y, en pro de dormir en paz, prefiero no prestarlos. Militante de la cultura del esfuerzo. Entiendo el mundo a través de historias. Escribo para vivir.

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