Un diccionario y 5 bolívares para volver a comenzar

May 15, 2018

1949. Luego de padecer la invasión nazi y la segunda guerra, un joven checo llegó a Caracas huyendo del comunismo. Tenía 24 años, cinco idiomas en su haber (que no incluían el español) y 5 bolívares en su bolsillo. Aquí conseguiría trabajo de oficinista y el amor de su “maestra de español”, como llamaba a una compañera de trabajo que lo ayudaba a entenderse. La historia la cuenta su hija, Gisela Kozak, para La vida de nos.

Fotos: Archivo familiar

 

A mi abuela, Alena  Zemanova
A mi padre, Jiri  Kozak  Zemanova

 

Me pregunto si alguna vez mi padre logró superar ese desasosiego, ese pesar del inmigrante que se pregunta por qué la vida lo arrojó lejos del camino previamente elegido.

Se fue de su país dejando atrás Praga, capital de la otrora Checoslovaquia, una ciudad estimada entre las más bellas del planeta. Su llegada, en 1949, a una Caracas que apenas salía de su condición de pueblo grande, teniendo 24 años de edad, distó de ser una elección a conciencia. Mi padre huía de los rusos, mentores del comunismo checo, después de haber soportado la invasión nazi y la guerra. Las tragedias históricas templan los caracteres; desde esta perspectiva, Jiri Kozak Zemanova se probó a sí mismo al enfilar el rumbo a un país que debía decirle muy poco: Venezuela.

¿Por qué este y no otro? Lo ignoro: sobre el pasado de algunos hombres duros y errantes provenientes de las ruinas del imperio austrohúngaro nada debe afirmarse. Llegó supuestamente en avión, a esperar a una supuesta novia que no llegó porque, según, su avión voló en pedazos. En todo caso, del aeropuerto pasó al Trompillo, una suerte de campo de inmigrantes en el estado Carabobo, que hoy en día es un erial y en aquella época también lo era. Desconozco todo lo que ocurrió entre la llegada a Maiquetía y El Trompillo, y entre El Trompillo y Caracas.

Lo que sí sé es que, con solo 5 bolívares en el bolsillo, además del checo, el francés, el inglés, el alemán y algo de yiddish, pero sin una sola palabra de español, llegó a Caracas a hospedarse en alguna pensión. Tengo entendido que lavó carros en la calle. Debió ser todo un espectáculo aquel galán de ojos verdes con un hoyuelo en la barbilla entendiéndose por señas para procurarse unos bolívares. En todo caso, un judío también recién llegado habló con él, en quién sabe cuál de las lenguas que él entendía, y se lo llevó a trabajar de oficinista al Banco Holandés —posteriormente La Guaira Internacional, hoy extinto—, provisto de un diccionario español–francés (me resulta curiosísimo que le dieran este tipo de trabajo, pero así fue).

Ahí, en esa oficina, conoció a una joven de 19 años llamada Gisela, quien intentó ayudarlo a hablar español, también con apoyo del diccionario; y se compadeció de él pues, al intentar comprar una caja de bombones para obsequiarle, papá le soltó al portugués de la panadería:

—Dame una caja del coño de tu madre.

El portugués inmediatamente se dio cuenta de que aquel joven había sido víctima de una broma pesada. Al enseñarle a sus compañeros de trabajo un dibujo de los bombones, recibió la instrucción ya dicha. Por fortuna, la comprensión de otro inmigrante lo sacó del atolladero galante. Pero como papá era un bromista de primera, durante las próximas cuatro décadas se vengó gozosamente de aquel ridículo primigenio del que fue víctima.

 

Cuando pude conocer Praga, en 1999, el muro del idioma y la cultura me separaban de ella de un modo absoluto a pesar de un hecho incontestable: es la única ciudad del mundo en la que pude haber nacido, en lugar de Caracas, dado el origen de mis progenitores.

Si Gisela hubiera ido a Praga en lugar de Jiri a Caracas… Su hija, Gisela Kozak Rovero, en vez de vivir el comunismo unos años en la Venezuela tiranizada por Nicolás Maduro, hubiera vivido 26 en Praga. El comunismo cayó en la hoy República Checa en 1989.

No tengo claro en qué fecha, pero sé que mi padre dejó el empleo de oficinista para dedicarse al comercio. Un día, tiempo después, se presentó en el Banco Holandés y le propuso matrimonio a la “maestra de español”, Gisela Rovero, quien trabajaba en archivo. Papá la había visto por primera vez mientras archivaba montada en una escalera; su jefe —otro inmigrante— le profetizó a mamá matrimonio con el musiú (así se llamaba antiguamente a los europeos en Venezuela), lo cual ella negó con vehemencia.

—Zape, yo con un musiú no me caso.

Pero luego de ayudarlo en la adaptación lingüística a Venezuela no lo vio con malos ojos. Le he preguntado descaradamente si pensó en “mejorar la raza”, consigna espantosamente racista de Marcos Pérez Jiménez, dictador militar que gobernaba Venezuela en esa época, y ella solo ríe escandalosamente.

Pero nunca responde.

Se casaron en enero de 1951 después de un corto noviazgo de meses, contando con  la curiosa aceptación familiar hacia un extranjero que hasta compró la partida de bautismo para cumplir el requisito del matrimonio eclesiástico. Era muy trabajador y nada parrandero, dos valores muy apreciados en ese momento. Un inmigrante que ni su nombre era una certeza pero que pudo nacionalizarse posteriormente sin problemas. Era otra época, con una dictadura con un dígito de inflación, vocación por las grandes obras públicas, enorme crecimiento económico y seguridad personal.

Para 1954, luego del nacimiento de sus primeras dos hijas, Jeanette y Alena, Jiri Kozak Zemanova ya vivía en un apartamento alquilado y nuevecito en Las Acacias, muy cerca de la Universidad Central de Venezuela. Hablaba fluidamente el castellano, se había dedicado al comercio de objetos finos de cuero y se mezclaba con inmigrantes europeos y con venezolanos sin el menor inconveniente. El rápido progreso obedecía a algo conocido: cuando te vas de un país devastado en el que has trabajado duro, al laborar en otro lugar en mejores condiciones la vida toma un buen rumbo.

 

Papá decía haber estudiado economía en Praga, pero la guerra se llevó demasiadas cosas por delante como para pensar en lo logrado en el pasado. Era muy joven cuando llegó a Venezuela, así que ese pasado, por más significativo que fuese, no lo era tanto como para guiar el camino de un comerciante que en sus primeros años de actividad recorrió el país y contrajo fiebres tropicales de diversos tipos. Con una voluntad férrea por sobrevivir, el lugar de adopción no le daba temor ni él se concedió tiempo para la queja. Detrás había dejado una ciudad bella pero famélica, un gobierno comunista incipiente, un padre, una madre y un hermano. Había quemado sus naves hasta el punto de que no quedó un papel para testificar su origen. Por esta razón me corresponde un pasaporte de la Unión Europea que nunca tendré. Los estados nacionales, un invento infernal que algún día pasará a la historia, nos reducen a jirones de papel. La verdad es que mi padre era checo; la realidad es que no hay un jirón de papel sellado que lo certifique.

Fotos en blanco y negro atestiguan la existencia de una lejana familia que nunca conocí y con la que nunca tuvimos contacto sin la intermediación epistolar de papá. Una abuela, Alena; un tío que se llamaba como el abuelo, Víctor; un primo, Jan. Papá adoptó a los parientes de mi madre como suyos, una extensa tribu de nueve hermanos, y cultivó amistades masculinas de negocio y de hablar en alemán. Conocía a mucha gente, era chismoso y ácido. Una de sus anécdotas que solía contar y que atestiguan su visión del mundo, habla de un político acción-democratista dado al trago que jamás pagó la camisa que le concedió a crédito un comerciante judío, quien muy amablemente se la “fio” porque el borracho había vomitado la que cargaba puesta durante la juerga. Mi papá se carcajeaba y decía: a que llega a presidente…

 

Aunque tenía derecho a votar, y lo hacía, mi padre pasaba de largo respecto a temas de gobierno. La política había destruido su vida una vez y no lo haría otra. Le gustaba el orden, la seguridad y el buen desempeño económico por encima de cualquier otra cosa. Aunque jamás salió de Venezuela y moriría en su país de adopción, nunca le tuvo peculiar afecto a la democracia venezolana; no obstante, sufragaba. A veces lo hacía de modo bufo por un tal Germán Borregales, un nacionalista furibundo, y otras por Acción Democrática.

Jiri Kozak falleció en 1986, en los días en que su hija menor, nacida en 1963, es decir, yo, me gradué de licenciada en letras en la Universidad Central de Venezuela. Me llevaba 39 años de edad, por lo que es improbable que estuviera vivo en estos momentos.

Me alegra que papá no haya conocido la revolución. Huir del comunismo en la juventud para terminar la vida en otro país con el mismo régimen es pesadillesco, una tragedia griega. Basta y sobra con que su hija menor haya tenido que emigrar en su mediana edad a México por causa de un régimen rojo. Basta y sobra con que su madre, mi abuela Alena Zemanova, haya muerto de un tiro durante la invasión rusa a raíz de la Primavera de Praga, en 1968. Me resisto a creer en el destino, es irracional, pero a veces dudo por instantes. Tal vez deba desplazar mi irracionalidad a otro lugar común cuestionado por los historiadores: la historia se repite.

No sé si mi padre logró superar ese desasosiego, ese pesar del inmigrante que se pregunta por qué la vida lo arrojó lejos del camino previamente elegido. Su descendiente espanta tal desasosiego, tal pesar, desde la curiosidad por la nueva vida, desde la lectura y la escritura, desde la atención por las exigencias cotidianas, desde el amor.

Soy hija de mi padre. Ambos afirmamos nuestra índole terca y altiva: primero sin patria que pisoteados por el Estado. Prefiero país que patria. Es la bandera común que ambos ondeamos.

 

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Soy escritora y profesora universitaria porque de joven caí en cuenta de mi falta de talento para la ciencia, la dirección orquestal y el piano. He experimentado, por ende, los hechos, los deseos y los sueños de varias mujeres y vivo para contarlos. Por fortuna, vivo también para quien amo y para oponerme a todo autoritarismo.

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