Una Tierra prometida franqueada por armas largas

Abr 15, 2017

En abril de 2016, la periodista Fabiola Ferrero estuvo en los alrededores de la represa de Guri, donde fue recibida por un grupo de pistoleros, atentos a cualquiera que no fuera de la zona. Eran los hombres comandados por el Hermano Ramón, padre y señor de un campamento minero con iglesia, bodegas y hasta una escuela en construcción. Aquí cuenta lo que vio.

Ilustraciones: Mario D. Gimenez

 

Mientras nos acercábamos, el Hermano Ramón estaba de espaldas. Ese mediodía el sudor le resbalaba hasta quedar atrapado en los pliegues de su nuca. Nunca está solo. De frente, tres mujeres con los brazos abiertos, las palmas hacia el cielo y los ojos cerrados rezaban al unísono: “Señor Jesús protege esta mina. Señor Jesús protege al Hermano Ramón”.

La mina de oro La Arenosa, en los alrededores de la Reserva del Guri, en el estado Bolívar, se paraliza por unos minutos para que el jefe almuerce. En el plato rebosa arroz, algún tipo de carne guisada y frijoles. A su lado, una Biblia.

A pesar de estar siempre rodeado de sus pistoleros, él no se confía. Entre la ingle y su short playero guarda una pistola. Encima de la Biblia, quién sabe si para protegerla o para pedirle protección, reposa otra arma más pequeña. A pesar de tener cerca de 30 años, su mirada es más bien aniñada, igual que su tono de voz. Es de movimientos lentos y tímidos. Dice que no tiene problema en soltar las armas con las que custodian el oro, si alguien se lo llegase a pedir. Pero mientras no sea así debe estar listo para defender a su gente. Mujeres, mineros y niños enfermos están a su cuidado. No les puede fallar.

Nadie habla durante los rezos. Tampoco se mueven. Pero mantienen las pupilas bailando de derecha a izquierda repasando el área. Cuando el jefe de El Sindicato abre los ojos, toma el tenedor y se dispone a comer. La pausa termina. La Arenosa retoma su ritmo.

La mina parece estar oxidada. El desierto con tierra de color cobre rojizo, como una tubería vencida, no conoce la brisa. Los enormes huecos de donde extraen el oro con la técnica de cielo abierto están rodeados de árboles secos y esqueléticos. Los mineros chorrean sudor, pero no dejan de trabajar. No pueden. Un ir y venir constante de motos con custodios vigila que todo esté en orden. Que nadie robe ni una gramita de oro, porque en La Arenosa ese delito puede salir muy caro.

Tampoco querrían hacerlo. Quienes toman el bote, que tarda dos horas desde la orilla del lago de Guri hasta la mina, lo hacen porque quieren, o porque “el hambre puede más que el miedo”, como dice el mandamás. Porque en Caracas o alguna otra ciudad oyeron de un paraíso en el que hacen dinero, no escasean los alimentos y consiguen a un hermano que los cuida. Ramón los acoge luego de que pasan la “garita de seguridad” donde sus hombres, con armas largas, los revisan. Les da una pala a los que pueden trabajar como mineros y, a los que no, les busca otro oficio.

En Venezuela hay unas 15 mil personas que se dedican a la minería. Desde el decreto de creación del controvertido Arco Minero del Orinoco, en febrero de 2016, el presidente Nicolás Maduro ha invitado sobre todo a firmas internacionales a explotar las reservas de oro de un país que, acostumbrado a 100 dólares por barril de petróleo, vio el colapso de su economía. Pero la región –y el oro– está hoy en manos de otros, como Ramón, con quienes supuestamente el gobierno no ha conversado.

 

Para llegar a La Arenosa hay que manejar cerca de una hora en un camino de arena lleno de desvíos que pueden perder al conductor. Donde salen los botes, en las orillas de la reserva hidrológica del Guri, hay un grupo de pistoleros atentos a cualquiera que no sea de la zona. En un papel escrito a mano pedimos permiso para que Ramón autorizara nuestra visita luego de una extensa sesión de preguntas y advertencias sobre los riesgos del lugar. “El que no se porta bien, ¡bum!”, dice una niña mientras se apunta en la sien con una mano que hace las veces de revólver. “Usted no sabe, usted nunca ha estado ahí”, le recuerda uno de los hombres a la niña, invitándola a callarse.

“Él es un pan de Dios”, repite a cada tanto su mano derecha, un joven de unos 20 años que se encarga de leerle a Ramón los recados que llegan de la civilización y de ponerlo al tanto de todo lo que escucha y ve. A veces, dice, lo tiene de ambulancia: le toca llevar a los mal portados en la lancha luego de su castigo. Algunos llegan a la orilla. Otros se quedan antes.

El día de nuestra visita –5 de abril de 2016–, el joven tenía algo importante que decirle. Alguien había intentado estafar a dos personas especialmente invitadas por él. Dudaba. No sabía cómo contarle. Tal vez por eso decidió hacerlo en voz baja, casi inaudible. Ramón no respondió. Ni siquiera levantó la cabeza: no es de mirar a los ojos. Solo asintió y dijo “luego lo hablamos” viendo su plato, y pidió que trajeran otros dos como el suyo para los extranjeros.

El estafador jamás volvería a pisar La Arenosa.

La mina existía gracias a la sequía en las cabeceras del río Caroní, que hizo descender la cota del embalse El Guri hasta su punto más bajo, en abril de 2016. El “Sindicato”, como se hacen llamar estos grupos comandados por un líder y regidos por sus leyes propias, había aprovechado un año antes que el oro empezaba a asomarse y se instaló con sus carpas improvisadas y sus armas a inicios de 2015. Desde entonces construyeron todo un pueblo: tienen iglesia, bodegas y hasta una escuela en construcción. Durante el día se reparten las actividades: algunos trabajan vendiendo, otros en las minas a cielo abierto, otros buscan el oro de la tierra recogida. Le agregan mercurio, unas bolas de metal y lo mezclan todo hasta que las pepitas empiezan a hacerse visibles. Una pequeña parte de las 133 millones de onzas de oro que hay en Venezuela.

Por la noche, cuentan, la vida es otra. El alcohol hace de las suyas hasta en el área de los pemones que comparten espacio con los foráneos. “Esos son los más borrachitos. En la noche lo que oyes es a puro indígena haciendo ‘jijiji’ y caminando doblaos”, dice un joven de 26 años, también cuidador del “Patrón”. Él no puede beber. Ninguno que porte un arma tiene permiso. Tampoco duermen mucho: deben estar siempre alertas. Cuando no están de guardia se acuestan en la hamaca con un ojo entreabierto y bien abrigados por las bajas temperaturas de la noche.

José, el pistolero que porta el arma más limpia y plateada, es otro de ellos. Luce unos dientes blanquísimos que contrastan con el café de su piel y una tez perfectamente afeitada. A todos los de Caracas, sus “parroquias”, los cuida con especial interés. Es uno de los encargados de custodiar a los visitantes de ese día.

Ricardo, un recién llegado, no para de halagarlo. Ha ido perdiendo el miedo a las armas que le hicieron dudar el primer día. El hombre cojea, camina lento, se cansa rápido. No sirve para ser minero.

—Pero eso no le importó al Patrón. Él me pagó el entierro de mi hijo que murió de dengue —dice con la voz entrecortada—. Y aquí me tiene: voy de aquí para allá, lo ayudo, le colaboro. Hasta que pueda ahorrar para operarme. Él es un santo. El Hermano Ramón es un santo.

Toma otra larga bocanada de aire, quién sabe si por el cansancio de su cuerpo o porque la emoción le cerró la garganta.
En el cielo sobrevuelan helicópteros verde oliva que inquietan a los habitantes de La Arenosa. “Los pájaros”, como los llaman. La visita ha terminado. Ese día se había instalado el Estado Mayor Eléctrico en la represa del Guri, según el presidente Nicolás Maduro, para “operar desde el lugar de los hechos”. Había informado, también, que a partir de ese día y por otros 60 no se trabajaría los viernes en todo el territorio nacional, para ver si la cota del embalse detenía su descenso, que para entonces estaba por debajo de los 244 metros sobre el nivel del mar y tenía al país bajo un severo racionamiento de energía eléctrica.

De ser así, El Patrón tendría que buscar otro espacio donde instalarse con sus protegidos. Son los nómadas del oro al Sur de Venezuela.

 

Ramón sugiere a sus hombres que regresen a los visitantes a la otra orilla, varios metros más recogida que el día anterior. Cada vez el lago se reduce más. Cada vez el oro se asoma otro poco. Los encargados de la faena no están contentos porque dicen que en esas aguas se ahogan demasiados luego de las 3 de la tarde. Y son las 5.

La marea antoja a las olas como si fuese un mar marrón. La única salvación en caso de que se voltee un bote es llegar a uno de los árboles raquíticos que los circundan, pero antes la corriente termina por hundir a las personas. La lancha para el viaje es más pequeña que el resto, empieza a oscurecer y los custodios no tienen linterna. No la necesitan para ver, sino para evitar que les disparen en la noche cuando regresen a la mina. Se anuncian prendiendo y apagando luces a lo lejos, para que el ruido del motor no sea su condena.

El vigilante de la garita devuelve las pertenencias intactas a los visitantes. Le guinda del hombro un arma larga y oxidada con un “AK 47” escrito como con una llave en el metal. Los minutos se extienden, el sol se esconde, y el conductor no logra encender el motor. Le falta gasolina y destreza. El vigilante se burla, canta, hace chistes. El motor finalmente prende y él se despide justo antes de que por fin arranque a medias el bote enclenque, casi de noche, sobre el agua con mercurio de donde sale la energía de gran parte del país.  Y atrás quedan los pistoleros, los protegidos de Ramón, las armas listas para la defensa del oro, y los árboles raquíticos de los alrededores del embalse del Guri.

 

Esta historia fue escrita en el Seminario de Periodismo Narrativo “El pulso y alma de la crónica”, de Cigarrera Bigott, en 2016.

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Soy periodista y fotógrafa. Estudié periodismo en la UCAB y tengo una especialización en periodismo de investigación. He trabajado con la Agencia Europea de Prensa y The Wall Street Journal, y actualmente soy colaboradora de El País y de otros medios.

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