Y así Paula volvió a nacer

Ene 26, 2018

El 14 de mayo de 2017, Paula Imbriano subió al Ávila junto a un amigo. El reto era llegar a pie, por primera vez, hasta la estación del teleférico ubicada en lo alto del cerro. Para evitar que el tiempo jugara en contra, Paula aceleró el paso dejando rezagado a su amigo. Allí comenzó su odisea. Siete días duró una búsqueda que culminó con su rescate, cuando ya se perdían las esperanzas de encontrarla con vida. Esta es la historia de su renacimiento.

Fotos: Grupo de Rescate Caracas

 

El pantalón floreado de Paula se movía más rápido que las fatigadas piernas de Jorge.

—¡Aguántate! –gemía él.

El hombre se apoyaba en sus muslos. Sobaba sus propias pantorrillas, los cuádriceps y secaba el abundante sudor de la frente.

—¡Apúrate! –respondía Paula.

Ella nunca había llegado al Hotel Humboldt caminando. La posibilidad de hacerlo la hacía salivar. Jorge era su pana de El Ávila: juntos habían subido un par de veces hasta Sabas Nieves, adonde cientos de personas van a cumplir con el ritual de todo caraqueño: relacionarse con la montaña que cuida la ciudad. Pero ahora Paula quería hacer las entre seis y ocho horas de caminata desde Altamira hasta la zona comercial de El Ávila, adonde el 99 por ciento de las personas llega en teleférico. Por eso aceleró el paso creyendo que eso obligaría a Jorge a subir la velocidad.

Era el domingo 14 de mayo de 2017 y ella, como si fuese un calendario, solo quería avanzar, avanzar, avanzar…

El camino se fue haciendo más estrecho, lleno de vegetación. Llegó un momento en que tuvo que agacharse, en el que la vía era muy inclinada, en el que acabó —por momentos— casi arrastrándose. Pedazos de sus zapatos rosados fueron quedando en el camino. El pulso se le aceleró, el corazón gritaba algo que su boca no se atrevía a pronunciar. Siguió bajando. Se resbaló. Se lastimó un tobillo. Notó que ya no había nadie a su espalda, nadie la seguía. Gritó.

Jorge subió lo más rápido que le fue posible: se había quedado atrás y desde hacía rato que no veía ni oía a Paula. Él tampoco había llegado nunca al Humboldt, pero supo distinguir la ruta correcta. Avanzó, gritó el nombre de Paula. La montaña le devolvió la indiferencia de su eco. Escurriendo sudor, llegó al hotel. Buscó frenéticamente a su amiga.

Paula, con punzadas en su pie, notó que no podía seguir bajando. Y subir por donde vino era imposible: no veía ni cómo ni por dónde. Casi no entendía cómo había llegado allí. Estando a kilómetros de distancia, es probable que tanto Jorge como ella hayan sentido golpeteos en sus sienes. Paula vio al cielo. Jorge se llevó las manos a la cabeza. Las pupilas de ambos se tornaron suplicantes. Supieron que estaban en problemas.

Paula se había extraviado.

Escasas horas después, la sede de los bomberos forestales de Inparques, llamada Pajaritos, era un revolú.

Los familiares, amigos y conocidos de Paula comenzaron a llegar cuando el sol se desperezaba. Al final del día, estaban todos reunidos en una sala para que el mayor Germán Gutiérrez les diera el resumen de la jornada: qué rutas de búsqueda habían implementado, cuáles harían al día siguiente, cuáles eran las expectativas.

Escenas y diálogos que se repitieron más veces de las que se hubiese querido.

El Ávila se puede observar desde casi cualquier sitio. Quizá por eso los caraqueños crecen habituados a atravesar con la mirada a una deidad. Quizá por eso la subestiman. Eso dicen los bomberos y también los grupos de rescate. Opinan que son muchos los que se aventuran a penetrar El Ávila como si atravesar la divinidad fuese una experiencia del montón. No todos ponderan peligros, no todos conocen las rutas, no todos saben que morir aplastado por la inmensidad de una diosa natural es más fácil que (re)nacer.

En Pajaritos, Jorge recibía miradas reprobatorias. Un cuchicheo lo perseguía: más de uno sospechaba que podía haberle hecho algo a Paula. Dudaban de la palabra accidente. La policía lo interrogó, el mayor Gutiérrez lo probó a su modo: lo llevó a recorrer la ruta que había hecho junto a Paula. Jorge, con estoicismo, no faltó un solo día a Inparques.

Mucha gente se sumó al caso. Cuando Leidy, amiga de Vicente —el hermano de Paula—, se enteró de lo sucedido, decidió convertir su Instagram en un canal de difusión de novedades y de captación de voluntarios. Asimismo, le escribió al Grupo de Rescate Caracas, el cual se sumó a la búsqueda. Grupo de Rescate Humboldt hizo lo propio. Protección Civil tampoco tardaría en entrar en acción. Y los grupos de maratonistas, atletas fibrosos capaces de corretear la montaña, constituyeron la novedad: la falta de experiencia en rescates la compensaron siendo unas verdaderas máquinas que trasladaban insumos. Todo se coordinó desde un grupo de WhatsApp en el que el mayor Gutiérrez era la batuta que hacía sonar los instrumentos. 

Vicente era el familiar más activo en lo referido a coordinar lo que estuviera en sus manos. La vida fabrica momentos en los que toca graduarse de hombre. El sábado 20 de mayo, llevaba seis días sin saber de su hermana. No es habitual que los familiares se involucren en la búsqueda, no obstante se permitió que subiera —por el teleférico, puesto al servicio de la urgencia— al campamento que se había montado en Lagunazo, desde el que salían todas la mañana las comisiones mixtas (bomberos, grupos de rescate, maratonistas) a cumplir las rutas establecidas. Habló con las personas a quienes les encomendaba la vida de su hermana, bromeó un poco y constató que hacían todo lo posible. Aunque en las redes, a veces, se dijera otra cosa.

No solo fueron una herramienta para coordinar voluntarios, las redes sociales fueron una espada de doble filo. Los rumores llenaron de smog el aire puro de la buena voluntad. Se dijo que habían visto a Paula a decenas de kilómetros de donde se había perdido, se dijo que habían encontrado su cadáver, se dijo que ya los bomberos no estaban buscando. Se dijo eso y muchas barbaridades más. Pero en el fondo todo eso era secundario. Era lo menos importante si se ponía el foco sobre lo urgente: Paula llevaba una semana desaparecida. No habían conseguido ni un rastro. Un escenario apareció cerca como una posibilidad: ¿Y si la encontraban muerta?

 

Los días eran un chicle que se alargaba de forma ambigua. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?, ¿tres o cuatro días? Las noches eran un boxeador inyectado de esteroides que golpeaba de forma frenética con brisas heladas. La hipotermia es uno de los peligros de la montaña. El otro es la mapanare: una de las serpientes venenosas que más muertes causa en el norte de Sudamérica. Y en el caso de Paula, había otra complicación: no tenía comida ni agua.

Algunos excursionistas hablan de la regla de tres. Se pueden pasar tres semanas sin comer y tres días sin tomar agua. Ella bebió un poquito de agua cuando llovió. No había comido nada luego de extraviarse. Sentía un cansancio aplastante, punzadas de dolor en el tobillo. Ansiedad. Mucha ansiedad, cuando a través de las ramas le llegaban gritos que parecían sogas:

—¡Paula!, ¡Paula! ¿¡Dónde estás!? ¡Paula!

Ella trataba de aferrarse a esos llamados, a esas sogas que la podían sacar de esa película en la que se había convertido su vida.

—¡Aquí estoy, aquí estoy! —gritaba, con voz débil.

Pero no la oían. Estaba casi en el vientre de la montaña: parecía un bebé hablando entre el líquido amniótico a las voces que le llegaban desde el exterior. La escena se repitió varias veces. Y cada vez tenía menos fuerza para responder. Rezaba, tenía fe. No lo sabía, pero en El Ávila casi a diario se pierden personas. Los extraviados llaman a Inparques y en un par de horas son rescatados. Los problemas ocurren cuando la persona no tiene teléfono. Ese era su caso, que dejó el celular en casa para no arriesgare a ser víctima del hampa. Qué iba a pensar que sería víctima de otra cosa.

Son muchas las historias que hablan de montañas sagradas. Ascender por ellas es una experiencia renovadora: el héroe se fortalece cuando está solo frente a la naturaleza. El Ávila ahora estaba embarazada: Paula era un feto viviendo su experiencia más dramática. ¿Podría (re)nacer? ¿Cuánto duraba el embarazo, el parto? ¿Cuántos días llevaba en esa película? ¿Tres, cuatro?

 

Al séptimo día, el alba mostraba un cielo tan despejado como de costumbre. A las 5:00, ya había mucha actividad en el campamento de Lagunazo. Era el domingo 21 de mayo.

—Vámonos, que hoy vamos a conseguir a Paula. En el nombre de Dios, hoy la vamos a conseguir con vida. Ya está bueno ya: ha pasado una semana. ¡Hoy la conseguimos! —dijo uno de los bomberos y, de inmediato, decenas de compañeros secundaron sus gritos.

La arenga retumbó en el cerro, como si el eco de la decisión afectara el vientre mismo de El Ávila para ponerla en trabajo de parto. Inició una nueva jornada de búsqueda.

En Pajaritos, mientras tanto, la ansiedad se movía a sus anchas. El mayor Germán Gutiérrez y el resto de los bomberos lo notaban. Por eso, el día anterior contactaron a Gustavo Orta. Un hombre que, aunque ella no lo sabía, era hermano mayor de Paula.

En el 2016 estuvo cinco días perdido en la montaña. Se extravió sin celular y sin la app que ya existe para casos como ese. Vivió en el vientre de El Ávila hasta que esta lo parió y los bomberos lo rescataron. Orta renació ese día. Y justo eso fue a contarle a los familiares de sangre de Paula Imbriano: que tuvieran esperanza, que los bomberos sabían hacer su trabajo. Que lo más probable era que la consiguieran.

Las búsquedas continuaban. Las comisiones regaban gritos por doquier. Los pensamientos de cada rescatista variaban desde los más optimistas hasta los que ya buscaban patrones silvestres que indicaran la proximidad de un cadáver. Una de las comisiones, recorriendo los lados del Pico Occidental en la parte que da hacia Caracas, avistó a lo lejos un grupo de zamuros volando en círculos. Para unos era una señal de la montaña: El Ávila decía a través de sus mensajeros que ese sería el día. Para otros era un claro indicio de que allí podía yacer un cuerpo sin vida. Ambas teorías eran válidas y tenían argumentos en contra. La primera por esotérica. La segunda, porque quizá los tiempos de descomposición en clima frío no cuadraban.

El grupo se acercó al sitio. Vio un campamento, un rancherío: una estación de paso. ¿Armada por quién? La “construcción” estaba fuera del camino. En ella hallaron bolsos, carteras, documentos personales varios, tarjetas. La obviedad los golpeó: era una guarida del hampa. Los zamuros daban vueltas sobre desperdicios de comida dejados allí.

La comisión llamó a la Guardia Nacional Bolivariana para que se encargara de esa cara sucia y cotidiana de la ciudad. Ellos tenían otra cosa que hacer. Paula seguía desaparecida.

Pasado el mediodía, la comisión en la que se encontraba el cabo primero Eduardo Prado y el bombero Omar Rondón decidió buscar en la naciente de la Quebrada Quintero. Por ahí ya se había hecho un patrón de búsqueda, pero en su momento no se profundizó debido a que en ese entonces la noche apareció para velar el camino. Esa es una zona de difícil acceso. Aunque muchos se equivocan y se meten por ahí, pronto desisten de seguir avanzando: la vegetación, que es bambucillo, resulta muy tupida.

Pero Eduardo y Omar decidieron echar otro vistazo: hacía casi un año, un tal Gustavo Orta se había extraviado en esa área.

—Mi cabo, por favor, acérquese hasta acá donde estoy yo. Aquí hay un rastro que no creo que sea de un animal. Es probable que sea de alguien que pasó por acá, de una persona —llamó Omar a Eduardo, cuando este último venía saliendo de recorrer la parte de arriba de la entrada.

La huella era muy pequeña. Podía ser de cualquier cosa. Pero a esas alturas, cada señal merecía ser seguida. Omar y Eduardo descendieron, acompañados de dos maratonistas. Poco a poco, fueron encontrando más huellas.

En algunas zonas había que bordear el camino. En otras, tocaba ramplear. Costaba pensar que alguien hubiese atravesado todo eso. Pero las señales seguían apareciendo: resbalones, huellas, hojas y ramas fuera de lugar. Hasta que llegaron al tacón de una suela. Una suela color rosado.

 

Negados a informar del hallazgo hasta no estar seguros de que podía ser de Paula, siguieron avanzando. Consiguieron otro pedazo de suela. Y más adelante otro. Ahora sí. Por radio, Eduardo preguntó el color del calzado de Paula. Cuando le dijeron que era rosado, ya no hubo dudas: ella estaba ahí.

Siguieron bajando. Llegaron a una pendiente: una pared en la que había una quebrada. Lo que se veía era un descenso pronunciado. Era un área despejada, pero no se podía seguir.

—Mi cabo, si la muchacha está aquí, lo más probable es que la consigamos sin signos vitales —dijo Omar.

Siguieron bordeando para ver mejor la parte interna de la pared.

—¡Paula, Paula! —gritó.

—¡Paula, Paula! —insistió otro.

—¡Paula, Paula! —se sumó un tercero.

—¡Aquí estoy!

Un grito. Una respuesta. La primera que oían en siete días de búsqueda. La voz llegó desgarrada a través de la vegetación. Los rostros de los bomberos y los maratonistas se llenaron de la luz de los que saben que van a ver (re)nacer a alguien. De los que saben que serán testigos del milagro de la vida.

Siguieron bajando, bordeando la pared.

—¿¡Cómo estás!? ¿¡Cómo te sientes!? ¿¡Estás bien!?

—Sí…

La respuesta fue suave, trabada. Paula había expulsado lo que le quedaba de energía en el grito anterior. Se apuraron. Y llegó el momento mágico: hicieron contacto visual. Paula estaba acostada: no tenía energía para levantarse. Los huesos se le marcaban, padecía un evidente cuadro de deshidratación. Temieron que estuviera peor de lo que más adelante comprobarían que estaba. Aunque solo tenía raspones y un esguince de primer grado, parecía herida a niveles insospechables. Moscas grandes y gordas llenaban el ambiente.

Lograron acercarse a ella. Le colocaron una manta térmica. Le dieron poca agua. Se pasó la información por radio al resto del personal. Eran alrededor de las 5:00 de la tarde: habían pasado hora y media descendiendo.

En 20 minutos llegó la comisión del sargento Quilimaco, quien, junto al sargento Moya –de los bomberos de Distrito Capital–, se ocupó de abrir la pica para hacer la extracción. La zona en la que estaban era de una topografía irregular. Las nacientes de las quebradas son zonas muy vírgenes donde no hay acceso fácil. Como era imposible subir a Paula por donde habían bajado los bomberos, se abrió una pica para extraerla en una camilla hasta el camino principal. Eso llevó cinco horas.

—Aquí estamos para ayudarte. Estás en buenas manos. Quédate tranquilita, no te esfuerces mucho. Trata de no hablar. Ya estamos contigo. Quiero que mantengas la calma: lo malo ya pasó. La extracción va a ser un poco lenta, porque el sitio en el que nos encontramos es un poco difícil. Pero estás en buenas manos y queremos que colabores con nosotros. De esta vamos a salir lo más pronto posible para que estés con tus familiares –le explicó uno de los bomberos.

Paula habló con su mamá por un celular que le prestaron: pidió la bendición, dijo que estaba bien, balbuceó. Al otro lado de la línea, su mamá fue más emotividad que verbo. Pajaritos era una fiesta. Los semblantes serios que llenaron la sede de Inparques durante siete días ahora eran como los de una selección que acaba de ganar un Mundial.

A las 11:00 de la noche, Paula llegó al camino principal. A la 1:00 de la mañana, la subieron a la ambulancia que la esperaba a los pies de la montaña. Pasaría unos días hospitalizada, con las semanas recuperaría peso y vería la vida con otros ojos: los de una mujer que volvió a nacer.

—¿Cómo hiciste para encontrarla? —le preguntaron a Omar.

—Yo no la encontré. Dios me llevó donde estaba ella.

Quizá eso fue el mejor partero: eso que algunos llaman Dios.

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Me formé leyendo en una cancha. El fútbol me enseña a vivir y la literatura a entender la vida. Nunca salgo sin un libro y, en pro de dormir en paz, prefiero no prestarlos. Militante de la cultura del esfuerzo. Entiendo el mundo a través de historias. Escribo para vivir.

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