Carlos se ha ido acostumbrando a vivir el presente

Mar 02, 2022

Tenía 6 años cuando salió de Carúpano, el pueblo del estado Sucre donde nació, para encontrarse con Caracas, una ciudad que lo dejó maravillado. Descubrió que había heredado la cualidad de recordar: gracias a su asombrosa memoria, se ganó el respeto de sus compañeros de clases. Esta es la historia de Carlos Acosta, quien se considera a sí mismo un personaje errante. 

FOTOGRAFÍAS: ÁLBUM FAMILIAR

Cuando Carlos Acosta abordó el camión de la mudanza, vino a su mente un viaje que hizo mucho tiempo atrás. Entonces era un niño de 6 años y, sentado en la cabina de un camión más pequeño, al lado de su hermana Deisa, veía el paisaje con ojos muy abiertos. Su familia abandonaba Carúpano, el pueblo pesquero del estado Sucre donde hasta entonces habían vivido, para ir a buscar una mejor vida en Caracas. Ahora, en junio de 2019, a los 63 años, Carlos abandonaba su amada Cumaná —la ciudad que lo vio madurar, ser padre y enamorarse— para regresar a Carúpano. Pronto, pondrían en marcha el plan migratorio que habían trazado: obligados por la mala situación económica, él se iría a Chile. 

Cuando era un niño, Moba, la madre de Carlos, había impulsado la mudanza a Caracas, con miedo pero con determinación, urgida de darles oportunidades de educación a sus hijos. Víctor, su esposo, padre de Carlos y Deisa, zapatero de oficio, pero decimista y artista de corazón, no se opuso a la idea. 

En aquella ocasión, llegaron a Caracas bien montado el sol, y desde la Plaza Miranda empezaron a preguntar por el barrio que su papá llamaba “Cleopatra”, única referencia de la dirección donde se alojarían, en la casa de una tía. Las vueltas fueron infinitas. Ya en la noche, a punto de darse por vencidos, el chofer hizo la pregunta que les arregló el día: 

—¿Ustedes no estarán buscando el barrio Propatria?

—Puede ser —dijo el señor Víctor. 

Claro, se trataba de Propatria, en el oeste de Caracas.

Para Carlos, el mundo era nuevo. Ni siquiera sabía el nombre de muchas de las cosas que veía. Sin salir de su asombro, maravillado, vio por primera vez la alumbrada noche caraqueña, tan distinta a las de Carúpano, cuyas calles apenas eran iluminadas por modestas farolas. Las bombillas en la oscuridad parecían flotar como estrellas esféricas. Y los padres de Carlos también se sentían extraños en este nuevo espacio. Sin embargo, esa noche, apaleados por el enorme trajín, durmieron profundamente sobre las colchonetas improvisadas en el porche de la casa de la tía.

Luego de vivir una infancia difícil en el colegio, donde como él mismo decía “llevó coñazo parejo” de los demás niños, pues era tímido y asustadizo, descubrió el deporte. Carlos se convirtió en un niño físicamente fuerte, se encontró con el teatro y comenzó a escribir literatura. 

Caracas es para él la razón por la que se convirtió en el narrador que es: publicó un libro de cuentos (Me estoy tranquilo) y una novela (Chacho, el cuento de una novela prometida).

En la época difícil, cuando estudiaba 5to grado, su maestra se dio cuenta de que tenía esa facultad de memorizar relatos, y le pidió que le hablara de lo que había aprendido en el libro de historia: recitó el libro completo. 

Esa pequeña hazaña le ganó el respeto del salón y de sus maestros.

Y nunca dejaría de poner a prueba su memoria. Una facultad que, en una familia como la suya, varios tenían. Como un tío suyo, que murió súbitamente mientras dormía, y quien tenía la cualidad extraordinaria de memorizar todo lo que oía: cuando la gente del caserío partía a las labores del campo, se quedaba escuchando la radio toda la mañana. Por la tarde, la gente se reunía en el terreno de la casa y él repetía noticieros, radionovelas, incluso publicidad. Así de prodigiosa era su memoria.  De él, Carlos heredó esa capacidad. De adulto, por ejemplo, se propuso aprenderse Cien años de soledad: llegaba a recitar hasta seis páginas sin equivocarse. 

Recién graduado de entrenador deportivo en la Escuela de Entrenadores Deportivos de Venezuela, en 1974, Carlos se mudó de Caracas a Cumaná. A sus 19 años, consiguió trabajo en el Instituto Nacional del Deporte y lo asignaron para desarrollar la gimnasia en el estado Sucre. Comenzó a entrenar a niños. Más adelante, fue entrenador de la Selección de Gimnasia de Venezuela, y se jubiló luego de una exitosa trayectoria y de haber posicionado a la selección nacional en el medallero deportivo latinoamericano, entre los años 80 y 90.

Ahora, mientras avanzaba por la carretera que lo llevaba a Carúpano, Carlos repasaba cada una de las pertenencias que él y Sol, su esposa, habían seleccionado cuidadosamente: la escultura del Quijote que talló con sus propias manos, también la del Sagrado Corazón de Jesús; los libros de lingüística y pedagogía de ella y los de literatura de ambos; los preciosos tapices en punto de cruz bordados por Sol; los cuadernos de décimas y cuentos de él; sus implementos deportivos, que necesita para trabajar como entrenador.

Como el caracol que carga su casa a cuestas, Carlos y Sol llevaban en ese camión el techo de la casa de Cumaná, la estructura metálica del segundo piso, paneles de madera, estanterías y electrodomésticos. La valiosa carga les permitiría reconstruir la casa en un terreno familiar en Carúpano.

Para Carlos parecía increíble que, a esas alturas, luego de una carrera profesional exitosa, entre su sueldo y el de su esposa, profesora universitaria titular, no pudieran garantizar una manutención decente. Las reparaciones de la casa y los vehículos comenzaron a ser una dura carga que, en poco tiempo, fue imposible de sostener. Ya no podían ni cubrir las medicinas.

Entre los dos tomaron decisiones prácticas para resolver la situación económica y avanzar: Carlos partiría a Chile a trabajar al lado de su hijo Víctor, también entrenador deportivo, quien había migrado un año antes. Sol continuaría con su trabajo en la Universidad de Oriente en Carúpano, de donde es oriunda. Los padres de Carlos, luego de 40 años viviendo en Cumaná, irían a vivir con Deisa, la hija mayor, quien además desde hacía mucho añoraba su compañía. Decisiones prácticas y duras, pero que garantizarían la subsistencia de todos. 

Carlos se quedó poco tiempo en Carúpano. Tuvo que viajar pronto a Caracas para tramitar su viaje a Chile, y aprovechar de atenderse la dolencia de una vieja lesión de la cadera en la Unidad de Gimnasia Correctiva. El dueño del centro de terapias era un amigo de años, y testigo de su exitosa carrera al frente de la Selección Venezolana de Gimnasia. Carrera profesional que le dio la oportunidad de viajar por Estados Unidos, Latinoamérica y Europa. 

Se conocieron en la antigua Unión Soviética y los unió el deporte y el interés común por la rehabilitación física. A pocos días de llegar, Carlos le contó sus planes de migración y su amigo le habló de la necesidad urgente que tenían de un masajista y preparador físico profesional. Le ofrecieron un sueldo muy bueno, mucho más de lo que aspiraba ganar en Chile. Ni siquiera tuvo que pensarlo: si no tenía que migrar e iba a tener suficientes ingresos, podría estar más cerca de su esposa y sus padres. 

Y así el plan de irse se desvaneció y decidió quedarse en Caracas.

Con el nuevo empleo las cosas comenzaron a ir mejor para él. Tenía un buen sueldo y un trabajo que le gustabaEn paralelo, en sus horas libres, comenzó a hacerse cargo de un grupo de deportistas que entrenaban en el Parque del Este. Les cobraba una mensualidad por prestarles sus servicios como entrenador físico. Comenzó a darle forma a la idea de un emprendimiento con el que pudiese atender a personas de manera particular.

Pero entonces vino la pandemia de covid-19. La Unidad de Gimnasia Correctiva cerró sus puertas por el confinamiento. Y Carlos tuvo que volver a Carúpano. Durante meses, la incertidumbre regresó, pero Carlos trató de sobrellevar la carga junto a su compañera.

Cuando la Unidad abrió sus puertas tiempo después, volvió a Caracas y retomó el trabajo. Continuó, sin más dilación, su emprendimiento como preparador físico de atletas independientes y deportistas. 

A principios de octubre de 2021, contrajo covid-19. El proceso fue duro para él, y en más de una ocasión sus familiares y amigos llegaron a sentir desesperación. Muchas veces pensó que podía morir asfixiado. 

En noviembre de 2021, Carlos había superado la covid-19. Retomó sus clases como preparador físico en el Parque del Este y en la Unidad. Empleaba sus terapias físicas en sí mismo y ayudaba a recuperar la condición física postcovid de algunos de sus alumnos.

Carlos procura hablar frecuentemente con sus padres. Desde su habitación en Caracas recita al teléfono el inicio de una décima que su padre le enseñó cuando era un niño:

En un viejo manantial
Donde el sol su red anclaba
Ni una gota quedaba
Siquiera para tomar.

Del otro lado se escucha la voz vibrante del señor Víctor Acosta:

De pronto se oye el trinar
De una preciosa churura,
Y el campesino se apura
Y le dice a su paisano
Estrechándole la mano:
¡Vale, la lluvia es segura!

Carlos sonríe y respira. Su padre sigue allí, con el fondo de la memoria fundamental intacto. Le preocupa no tenerlos cerca, aun sabiendo que con Deisa están muy bien atendidos. Pero es algo de lo que se olvida momentáneamente cuando escucha la voz de su padre, serena y clara todavía. 

En mayo de 2022 espera otro viaje que le alegra el corazón: su hijo Víctor regresará de Chile para asociarse en el emprendimiento que Carlos está levantando. Como su padre, Carlos también se ha ido acostumbrando a vivir el presente. No hace planes a largo plazo y se conforma con vivir un día a la vez.

Estando en Carúpano, uno de sus amigos, que conoce muy bien su culto por la memoria, le preguntó si todavía se sabía Cien años de soledad. Sonrió y comenzó a recitar: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”.

Quizá adivinando su respuesta, el mismo amigo también le preguntó cuál era su personaje favorito de Cien años de soledad

—¡Melquíades, el gitano, el errante, el que regresó de la muerte! —y se rió con picardía.

Esta historia fue desarrollada en el taller “Comenzar a contar(Nos)”, impartido por nuestro editor senior Erick Lezama, a través de la plataforma El Aula e-nos, en el 4to año del programa formativo La Vida de Nos Itinerante.

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Soy profesora y escritora. Resido en Cumaná, donde nací en 1969. Creo en el asombro que causa el mundo.

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