Dani de Oliveira, el técnico incomprendido

Jun 30, 2018

Desde niño se codeó con amigos de su papá, como el gran Pelé. Jugó como profesional en Venezuela y Estados Unidos y estudió para convertirse en entrenador, dirigiendo a las selecciones nacionales sub 15 y sub 17. En 2017, Metropolitanos lo anunció como su director técnico. Llegó rompiendo esquemas y dándole libertad a los jugadores, pero su sistema de trabajo no fue comprendido. Luego de una desastrosa temporada, Dani de Oliveira abandonaba el equipo, derrotado por la mentalidad de los jugadores profesionales venezolanos.

Fotografías: Archivo personal

 

“El problema de muchos entrenadores venezolanos es que se preparan para dirigir al Real Madrid. Después les toca darse cuenta de que el fútbol venezolano es particular.”
Lino Alonso

 

Es viernes y el sol acaricia la cancha de la Universidad Santa María. Contrarresta el efecto gélido que produce la brisa al transportar los ecos de fútbol. Lamentos, voces pidiendo la pelota, fanfarronería, festejos. Es el último entrenamiento de Metropolitanos, antes de enfrentar, el domingo 29 de abril, a Estudiantes de Caracas.

Los jugadores hacen ejercicios de definición con la misma precisión con la que un niño arroja cotufas a los aviones. Las bolsas en los ojos del entrenador, Dani de Oliveira, se fatigan viendo errores tantas veces corregidos. Está parado cerca de la grada, oyendo los comentarios, medio en broma medio en serio, que hace un gordo en bermudas:

—Por Dios, ¡está robando al equipo! ¡Dile que no sea ladrón! —suelta el gordo.

—Solo le falta la capucha y la pistola —acota Dani.

Ambos se refieren a un negro alto y musculoso, que parece salido de una película griega pero que tiene menos tino de cara al arco que los pronosticadores políticos. El negro ríe sin vergüenza y hace un comentario “chistoso”. Más que concentrado en mejorar, parece focalizado en seguirle la rochela al gordo.

Dani se decide a dirigir el ejercicio.

La voz del DT pone orden. Pero los fallos continúan. Mientras tanto, otro grupo de la plantilla termina de entrenar y enfila directo al vestuario. Dani les grita:

—¡Hey!, ¡estiren!, ¡estiren! ¿¡Ya estiraron!?

—¡Está listo, profe! —responde uno, haciendo gestos con las manos.

—¿¡Con quién estiraron!?

—¡Está listo, profe! —vuelve el jugador, que da media vuelta y camina hacia el camerino.

Los rumores circulan con timidez por la Santa María, donde hace vida Metropolitanos. Con una racha de dos victorias, cinco empates y seis derrotas, el equipo está lejos de clasificar a los Playoff. Si no gana los cuatro partidos que le quedan, adiós al torneo Apertura. Peor aún: si no gana frente a Estudiantes de Caracas, los murmullos apuntan que Dani puede acabar fuera de la institución.

 

Las fotos explican la fortuna de Daniel de Oliveira. Nació en 1970 y desde que era un bebé conoció lo único que le interesaba en la vida.

Su papá, el brasileño Celso de Oliveira, llegó a Venezuela para tejer con dedicación de artesano el adjetivo de eminencia con el que sería recordado. Trabajó en casi todos los roles del fútbol en un país que se dispuso a patear balones con 50 años de retraso en comparación a sus pares del continente.

Dani creció en un hogar en el que lo normal era pasar el día en una cancha y conversar de tanto en tanto con Pelé: uno de los grandes amigos de su papá.

Jugó como profesional en Venezuela y Estados Unidos. Colgó los tacos e hizo lo único que podía: seguir ligado a su pasión. Se preparó para convertirse en entrenador. Hizo una licenciatura en Estados Unidos y ha pasado buena parte de sus años entre aeropuertos: Holanda, Croacia, Serbia, España, Alemania, Estados Unidos, son algunos de los países en los que ha hecho pasantías. Instructor FIFA, sus fotos dan fe de sus conversaciones con Vicente del Bosque, Jupp Heynckes, Zinedine Zidane o Marcelo Bielsa.

Dirigió a las selecciones nacionales sub 15 y sub 17. Fue director deportivo del Deportivo Italia. Ejerció como docente principal del Colegio de Entrenador de la FVF y hasta se puso el traje de comentarista. Siguió formándose por el mundo dejando tras de sí una duda: ¿cuándo volvería a dirigir? Lo hizo en Yaracuyanos, por poco tiempo, pero no fue hasta el inicio de la temporada 2018 que un foco se sembró sobre él: Metropolitanos lo anunció como su nuevo entrenador.

Una de las cosas que sorprendió fue que no llegara con su propio cuerpo técnico. Se trajo solo al analista de video y contó con la suerte de que Alberto Fros, quien era de su gusto, ya trabajaba en la institución. Del resto, confió en quienes ya estaban en Metropolitanos. Un personal que, por ejemplo, no dominaba la periodización táctica: una de las metodologías más en boga en Europa, bajo la que trabaja Dani.

Es en el Viejo Continente donde se desarrolla el mejor fútbol y eran esas las brisas que surcaban los pulmones del DT. Pero no así de, por ejemplo, el preparador físico. Múltiples veces campeón en Segunda División, Luis Morales tuvo que sentarse a tratar de aprender en semanas lo que Dani estudiaba desde hacía años.

En la pretemporada en Puerto Azul, los jugadores se sorprendieron: la pelota fue la protagonista. Ningún equipo grande en Europa hace eso que en Venezuela se sigue entendiendo como “preparación física”: periodos de largas carreras y entrenamientos sin balones más propios del atletismo. Los futbolistas eran todo ánimo y buenas caras, ¡qué divertido entenderse con el balón desde el principio! Pero también acababan fatigados: los componentes tácticos de cada sesión los enfrentaban ante situaciones novedosas para ellos. Estaban reaprendiendo a jugar.

Cuando el equipo volvió a Caracas, la ansiedad latía en forma de sensaciones positivas. El modelo de juego, dominante y contracultural, había sido internalizado: se esperaba un Apertura de ensueño.

Pero jugar amistosos nunca es lo mismo que entrar en fase de competición.

Cero a cero acabó el primer partido, contra Puerto Cabello: la ansiedad se dibujó en cada rostro. Contra Mineros de Guayana llegó una derrota lógica: 2-1. Lo que le valió aplausos a Metropolitanos fue el cómo. El equipo de Dani alternó minutos de dominio frente a una de las plantillas más caras del país. En el viaje de vuelta hubo tanta frustración por el presente como ansiedad por un mañana que podía ser más digno. El equipo jugaba bien.

Y eso se volvió a palpar contra el Deportivo Anzoátegui, rival que desde el minuto uno fue sometido. La anhelada victoria parecía cerca cuando el marcador estaba 2-0. Entonces, una tarjeta roja dejó a Metropolitanos con diez jugadores. El resultado final fue 2-2. Los focos seguían sobre Dani y las caras de los jugadores empezaban a ensombrecerse.

La siguiente semana empezó con intensidad. Si había un momento para demostrar la madera del equipo, era ese. El miércoles, apenas acabó la práctica, nadie supo de Dani. Hubo quien preguntó por él y se extrañó de su ausencia. Alguien explicó que su papá había sufrido un ataque al corazón.

Dante Panzeri dice en Fútbol: dinámica de lo impensado que los libros que más le enseñan de fútbol son los que hablan de cualquier otra cosa y, sin saberlo, están explicando el fútbol. Al revés, el libro de Panzeri ayuda a entender los azares cotidianos: la vida es dinámica de lo impensado.

Pero todo salió bien, en apariencia. El jueves Dani estaba dirigiendo el entrenamiento y de su boca salían las bromas que ayudaban a digerir el estrés. Contó que a don Celso le hicieron un procedimiento de cateterismo y que estaría en terapia intensiva por al menos 24 horas. Hubo que colocarle un stent coronario.

Acabó el entrenamiento y Dani se despidió. No habían pasado ni cinco minutos, cuando el analista de video, mientras guardaba su equipo de filmación, sacó su teléfono del bolso y vio una llamada perdida de Dani. A pocos metros de él, con una coordinación macabra, el delegado del equipo hablaba por su celular. Colgó, bajó la cara, se llevó las manos al rostro. Anunció que quien lo llamó era un Dani ahogado en llanto: su papá había fallecido.

 

Ni el asistente técnico, Alberto Fros; ni el analista de video, Reinaldo Gallegos, estaban satisfechos con lo que veían. Lo que le habían explicado a los jugadores, video de por medio, que podría suceder en el choque contra el Deportivo La Guaira estaba pasando de forma perniciosa para ellos. Dani, que se encontraba atendiendo lo concerniente al funeral de don Celso, llamó a Reinaldo.

—No aguanto, no aguanto, ¡tengo que ver el partido! —dijo.

A través de una videollamada por Facebook logró ver algo. Empezó, entonces, a dar indicaciones a Reinaldo, que se encontraba en la parte alta del estadio filmando, para que este se las transmitiera a Alberto. Reinaldo debía grabar, analizar las imágenes in situ, hacer los cortes, mantener la videollamada con Dani y comunicarle las indicaciones de este a Alberto. Una serie de malabares que no impidieron que La Guaira ganara 1-0.

Dani explotó: el hombre que no dice groserías cuando dirige, era todo gritos. El caldo de emociones que acumulaba hizo ebullición.

Dos días después, el DT estaba en el entrenamiento. Los jugadores disimulaban sus caras de estar en un funeral al que no sabían cómo llegaron. “¿Acaba de morir su papá y está aquí? Es un bárbaro”, mascullaban.

El fin de semana, el equipo logró su primer triunfo. Venció 3-1 a Portuguesa. Los jugadores nunca mostraron una actitud tan decidida a hacer las cosas bien. Dedicaron la victoria al DT.

—A partir de aquí, ningún partido más con las caras abajo. Ya vas a ver —comentó Dani, en el viaje de regreso.

Se equivocó. Empate a  cero contra Trujillanos. Estudiantes de Mérida los bailó en su casa 3-1. Caracas les ganó 1-2 y Aragua, 2-0.

Entre los jugadores aparecieron las malas caras, las patadas entre ellos en los partidos de entrenamiento y las respuestas fuertes a los entrenadores. Casi todos los partidos tenían un guion similar: Metropolitanos dominaba, pero fallaba muchos goles. En contraposición, cometía errores técnicos que propiciaban los tantos rivales. ¿La plantilla estaba siendo superada por las exigencias de un modelo de juego demasiado contracultural en Venezuela?

Antes de que hubiese tiempo de atender esa duda, otras urgencias aparecieron.

Se detectó que había jugadores subiendo de peso. Entre estos, más de uno confesó sus desfachateces: vivía solo y le daba flojera cocinar, no creía que su forma de comer afectara su rendimiento, se estaba “cayendo a palos” con cierta frecuencia. Algunos de los que vivían en el hotel ignoraban los menús elaborados por el cuerpo técnico y salían a comer afuera. Además, eran varios los que se negaban a tomar los suplementos alimenticios y las proteínas.

Dani repetía que con los jugadores no había que ser un policía sino orientarlos y darles espacio para que retribuyeran la confianza. En la práctica, no faltó el que usó el espacio para hacer gala de la mala fama que tilda al futbolista venezolano de impuntual, mujeriego, bebedor, entre otras características. ¿De verdad a  jugadores de ese nivel hay que insistirles para que estiren, duerman ocho horas y vigilen lo que comen? Dani voló por el mundo para prepararse. Al llegar a Venezuela, tuvo que poner los pies en la tierra.

En San Cristóbal, Táchira los goleó 3-1. La mayoría de los futbolistas eran tipos que no habían leído más de tres libros en su vida y que, en contra de lo que les recomendaba el DT –que los instaba a hacer cursos, aprender idiomas, etc.–, pasaban su diez horas libres por día practicando el arte de no hacer nada. A ellos les resultaba raro que Dani evitara las groserías en el campo, pero más raro les resultó verlo explotar. El partido acabó y el mesurado DT pateó potes de agua, tiró materiales, golpeó la pared y enarboló palabras altisonantes.

Las cosas se le habían salido de las manos. Dani regresó a Caracas con la intención de ir en contra de sus ideales: era momento de sacar el látigo.

Las medidas disciplinarias se cumplieron a regañadientes: multas, jugadores dejados fuera de las convocatorias, entre otras. El grupo se distanciaba del entrenador, al que de paso empezaba a notar cada vez más ansioso y menos dispuesto a compartir. Apenas acababan los entrenamientos, se iba.

En privado, Dani hacía malabares con bolas de fuego: la muerte de su padre, los malos resultados, su divorcio de la madre de sus dos hijas. Los entrenamientos seguían siendo vanguardistas y Dani exudaba conocimiento, pero la tensión crecía.

Dos empates seguidos: ante Zulia y ante Zamora. Carlos Maldonado, DT del Zulia, se acercó a Dani luego del partido y lo felicitó por la forma de jugar, lo instó a no rendirse: se veía la calidad del trabajo que hacía.

La victoria ante el Atlético Venezuela, la segunda del torneo, dio oxígeno. A falta de cuatro partidos, se necesitaba ganar los cuatro para acceder a los Playoff. Metropolitanos estaba de penúltimo.

Termina el último entrenamiento antes de enfrentar a Estudiantes de Caracas. Dani luce reflexivo.

—Yo vengo de un fútbol muy organizado, donde tú ves que los entrenadores tienen tiempo para trabajar. Aquí los entrenadores vivimos manejando crisis todo el tiempo: de un día para otro. Y eso nos desarrolla. La metodología que aprendo en el extranjero se puede adaptar sobre la cancha, pero psicológicamente habría que hacer un análisis. Este es un fútbol complicado. Aquí saber más no te garantiza ganar más, quizá te puede ayudar a ganar más a futuro, si te dan tiempo.

Dos días después, en esa misma cancha, los jugadores se plantan sobre el campo. Todos sienten que hay herramientas para lograr las cuatro victorias, para dejar de lado el sinfín de urgencias del semestre. Los problemas con fisioterapeutas, nutricionistas u otros miembros del cuerpo técnico que se encompichan con jugadores: les tapan lesiones, malos hábitos. La sorpresa que inspiran entre los estudiantes de la universidad que se acercan a verlos entrenar y se sorprenden por la desidia de futbolistas reconocidos: “Si yo tuviera las oportunidades que ellos tienen”, farfullan. E, incluso, un rumor de “partidos arreglados” (que no se confirmó y que por estos días son cotidianos en el fútbol local) que llevó a prohibir durante un par de fechas el uso de teléfonos dentro del vestuario.

Inicia el partido. El equipo se aferra a sus armas y, por un momento, parece que el guion es el de una película de Hollywood. Pero el destino no tarda en mostrar que no hay presupuesto para eso y que, al contrario, se filma un culebrón. Estudiantes gana 1-0.

El silencio cubre la cancha. Se oyen las respiraciones. Los jugadores entran al camerino casi en slowmotion. Ahí se encuentran con Dani, quien tiene los ojos rojos, brotados. Las venas del rostro se le marcan.

—¡No puede ser, no puede ser! ¡Dentro del área! ¡Tanto que practicamos la definición y otra vez fallamos en eso! ¿¡Por qué no podemos darle de primera, por qué tenemos que parar la pelota!?

Nadie le responde. Ni jugadores, ni cuerpo técnico: nadie. El único en hablar es el cuerpo directivo. Al día siguiente, en un breve comunicado, indica que “por mutuo acuerdo” Daniel de Oliveira ya no forma parte de la institución.

El venezolano que se codeó con Bielsa, Zidane, Tabárez, Del Bosque, entre otros, procuró absorber de ellos los modelos más exitosos, pero no previó que podía tropezar con dos paredes para las que no estaba preparado: la mentalidad del futbolista venezolano y los imprevistos de la vida. Mientras cabría preguntarse si a los jugadores del Real Madrid hay que insistirles que estiren, o si a los del Barcelona hay que explicarles la importancia de cuidar la alimentación, Dani de Oliveira ya no solo abre los libros, sino que también llena uno propio: el de su experiencia. El tiempo dirá cómo lo usa.

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Me formé leyendo en una cancha. El fútbol me enseña a vivir y la literatura a entender la vida. Nunca salgo sin un libro y, en pro de dormir en paz, prefiero no prestarlos. Militante de la cultura del esfuerzo. Entiendo el mundo a través de historias. Escribo para vivir.

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