De esos momentos que marcan un antes y un después

Ago 15, 2020

La doctora Karina Navarro cubría guardias en la emergencia del Hospital Chiquinquirá, cerca del mercado Las Pulgas de Maracaibo, en el extremo occidental de Venezuela. Con fiebre, dolor de cabeza, tos y dificultad respiratoria, fue internada en el Hospital Universitario de Maracaibo: tenía covid-19.

Fotografías: Álbum Familiar

 

Recostada sobre una fría camilla metálica recién sacada de la morgue, la doctora Karina Navarro no dejaba de pensar en Victoria, su hija, quien el mes próximo cumpliría 7 años. Deseaba recuperarse pronto para celebrar la vida junto a ella. Acababan de llevarla a la emergencia del Hospital Universitario de Maracaibo. Ese 12 de junio de 2020, el centro médico centinela de la capital del estado Zulia, en el extremo occidental de Venezuela, ya era un epicentro del horror. Cuatro pisos estaban repletos de personas quejándose, pidiendo auxilio, asfixiándose. Algunos se morían. Solo esa noche, casi frente a los ojos de la doctora Navarro, fallecieron cuatro personas con los mismos síntomas de infección respiratoria.

Junto a ella, en la emergencia, en la planta baja, estaban otros ocho pacientes. Unos, sentados en sillas plásticas; otros, acostados en esos latones de metal que habían traído de la morgue, porque en el hospital ya no quedaban camas ni camillas disponibles. De pronto, alguien ingresó a un décimo paciente: estaba muerto; intentaron reanimarlo, pero no lo lograron.

La doctora Navarro, una mujer fuerte de 45 años, sentía —como todos a su alrededor— que le faltaba el aire. Aunque estaba acostumbrada al ritmo frenético de las emergencias porque llevaba 18 años ejerciendo como médica general, esa noche sentía miedo. Volvía a pensar, una y otra vez, en su pequeña. En lo frágiles que somos. En la vida. En el mundo paralizado de pronto. Y oraba, en silencio. Le pedía a Dios, le rogaba a la Chinita, le imploraba al beato José Gregorio Hernández. En esas horas, que sentía pasar muy lentas, reparaba en lo que estaba viviendo, y todo le parecía absurdo. Como quien rebobina una película, repasó mentalmente los días previos. Los días en los que ella, la doctora, se convirtió en paciente.  

  

Una vez a la semana, la doctora Navarro cubría guardias de 24 horas en la emergencia de adultos del Hospital Chiquinquirá, cerca de Las Pulgas, el mercado a cielo abierto más grande de Maracaibo. Incluso luego de la aparición de la pandemia de covid-19, allí trabajaban, hacinados, miles de comerciantes lidiando con la escasez de agua corriente y con el calor de una ciudad que hierve a toda hora. No podían quedarse en casa y salían a atender sus negocios para ganarse el pan.

El 24 de mayo, el gobernador Omar Prieto ordenó el cierre indefinido del mercado porque, según dijo, ahí se había detectado un foco de contagio: al menos 10 personas que habían dado positivo para la enfermedad estaban vinculadas con Las Pulgas. Zulia se convirtió pronto en el estado del que más casos diarios se reportaban. Por ello, el 29 de mayo, Nicolás Maduro decretó “emergencia sanitaria en la entidad”, y Jorge Rodríguez anunció que se iniciaría un “peinado epidemiológico” y un “despistaje masivo” alrededor del mercado Las Pulgas.

El lunes 1ro de junio, la doctora Navarro comenzó a sentir fiebre, escalofríos, dolor de cabeza y malestar general. No se preocupó, porque pensó que eran síntomas asociados a la vacuna contra la influenza que le habían puesto tres días antes. En algún momento de esa semana, sin embargo, perdió el olfato, el gusto, el apetito. Y comenzó la tos. Fue entonces cuando sospechó que tenía covid-19.

Le extrañaba un poco, porque días antes, en el Hospital Chiquinquirá le habían practicado por rutina, como a otros compañeros, una prueba rápida, el examen que a través de una muestra sanguínea detecta la presencia de anticuerpos contra el coronavirus. En 15 minutos supo el resultado: negativo. Pero la doctora Navarro sabía que el margen de error era amplio: quizá tenía el virus y el test había reportado lo contrario, lo cual era muy frecuente, dada su baja sensibilidad para detectarlo.  

Como el 12 de junio sus malestares continuaban, decidió ir al hospital. La acompañaron su esposo y su hermana. Al llegar, explicó los síntomas y le repitieron una prueba rápida que, de nuevo, dio negativo. El jefe de la emergencia le indicó unos rayos X y una hematología completa para descartar cualquier otro padecimiento. Pero no tuvo tiempo de hacerse esos exámenes: estando todavía en el hospital comenzó a sentir que se ahogaba.

Le pusieron oxígeno, pero la asfixia persistía.

Trasladaron a la doctora Navarro en ambulancia al Hospital Coromoto, a unos siete kilómetros de distancia, donde podrían tomarle la muestra para una Prueba de Reacción en Cadena por Polimerasa (PCR), un examen que es más confiable para precisar el diagnóstico de covid-19. Con un hisopo extrajeron secreción de su faringe, para mediante reacciones químicas determinar la presencia del virus. El resultado se iba a demorar entre 7 y 30 días, porque las muestras solo las procesan en el Instituto Nacional de Higiene Rafael Rangel, en Caracas, a casi 700 kilómetros de distancia.

Por eso decidieron hacerle una tercera prueba rápida: esta vez dio positivo.

—Que sea lo que Dios quiera —dijo la doctora al ver el resultado.

Los médicos le explicaron a la hermana y al esposo de la doctora Navarro que, por su severa dificultad respiratoria, el oxígeno que podían proporcionarle en el Hospital Coromoto quizá no sería suficiente; y que por eso debían trasladar a su colega en ambulancia al Hospital Universitario de Maracaibo, el centro de salud que podía recibir los casos más graves de covid-19 en Zulia.

Fue la primera vez que la doctora Navarro sintió miedo.

No quería que la llevaran para allá. Recordó que ocho días antes, el 4 de junio, de allí escaparon 19 pacientes contagiados debido a la precaria atención que recibían: no les daban ni agua. Aunque el Hospital Universitario estaba rebasado, con 121 pacientes distribuidos en cuatro pisos, los colegas de la doctora Navarro trataron de ubicarle un espacio en la emergencia; pero no lo encontraron, y por eso fue que sacaron las camillas de metal de la morgue para que ella y algunos otros pacientes no esperaran sentados o parados mientras los atendían.

  

La hermana y el esposo de la doctora Navarro pasaron la madrugada del 12 al 13 de junio a las afueras del Hospital Universitario de Maracaibo. No estaba permitido, pero ellos no querían dejarla sola. Estaban preocupados y así no se irían a casa. En algún momento, llevados por la angustia y la incertidumbre, burlaron la seguridad y entraron a ver cómo seguía. El esposo la consiguió en el piso: ella, desesperada ante la asfixia, se había lanzado de la camilla metálica. Los médicos lo hicieron salir y se ocuparon de atenderla. Le practicaron una prueba de PH en sangre, para monitorear su nivel de oxígeno en el torrente sanguíneo y el funcionamiento de sus pulmones. Solo le informaron que el resultado estaba por debajo de 7,3, que es el valor normal: eso podía explicar la dificultad para respirar.

Así, al amanecer, los médicos de guardia les informaron a los familiares que la doctora Navarro requeriría mayor observación porque podría sufrir una hipoxia, es decir, una severa reducción de oxígeno en su organismo, cosa que le ocurre a algunos pacientes con covid-19.

—Kari, te tienen que pasar a la Unidad de Cuidados Intensivos —le dijo su hermana, a quien le habían permitido entrar a verla.

—Que sea lo que Dios quiera —repitió Karina, entre resignada y esperanzada.

En la UCI finalmente se quedó dormida. Y al cabo de un rato, se despertó escuchando los sonidos típicos de las máquinas de cuidados intensivos que tantas veces había oído sin ser paciente. Esas horas de descanso habían sido reparadoras. Se sentía mejor. Estaba recibiendo suero y oxígeno. Bajo la vigilancia médica, le permitieron comer.

—Vas a poder salir de esta. Eres joven; no desesperes, piensa en tu hija —le decían sus colegas que la atendían.

Ella trataba de mantener la calma, hasta que le volvían el ahogo, la fiebre y la tos. Así pasaba los días en la UCI; días que parecían todos iguales. Lentos. Mañanas y noches eran lo mismo. El ahogo, la fiebre, la tos. El ahogo, la fiebre, la tos. El ahogo, la fiebre, la tos.

Poco a poco, comenzó a mejorar y la noche del 18 de junio, luego de seis días allí, le informaron que podían trasladarla a una habitación. El examen de PH en sangre que le hacían a diario indicaba que el valor estaba dentro del rango normal. La llevaron entonces al piso siete, donde seguiría recibiendo oxígeno, cefotaxima, un antibiótico usado para tratar infecciones respiratorias y evitar bacterias hospitalarias; hidroxicloroquina, para detener la duplicación del virus; e hidrocortisona, para aliviar la inflamación de sus vías respiratorias.

Y solo entonces pensó que lo peor había pasado.

  

La doctora Navarro ya respiraba sin esfuerzo. Días después, sin embargo, la asfixia volvió. Sus colegas corrieron a conectarla a un respirador, como también debieron hacer con otras tres pacientes de la misma habitación.

En medio de la crisis respiratoria, a la doctora Navarro le sobrevino una crisis de pánico. El psiquiatra del Hospital Universitario le indicó un fluoxetina (antidepresivo) y ativan (ansiolítico). Fue así que lograron estabilizarla. Y al cabo de dos días, la dificultad respiratoria cesó.

—Ya llévense el oxígeno. Con el favor de Dios, ahora sí no lo voy a necesitar más —le dijo la doctora a una enfermera.

Era el 19 de junio. Afuera, el alcalde de Maracaibo, Willy Casanova, informaba que el coronavirus se había diseminado por toda la ciudad. “No hay parroquia que no tenga casos”, dijo y anunció que en la ciudad 600 casos habían dado positivo en la prueba rápida y otros 300 confirmados con PCR. Ahora el Hospital Chiquinquirá y el Hospital Adolfo Pons serían también centros para atender casos de covid-19.

Y el Hospital Universitario, con cuatro pisos todavía repletos, continuaría recibiendo los casos más graves. Allí, los médicos entraban y salían de los cuartos atendiendo a los enfermos, pero no se daban abasto. Eran pocos: apenas un médico y una o dos enfermeras para atender a 30 personas por piso. Por eso una noche de principios de julio, la doctora Navarro, recién saliendo de la convalecencia, se dispuso a apoyarlos.

Horas antes había llegado a su habitación una señora con dificultad respiratoria: escupía sangre, le dolía el pecho y estaba inquieta. Se acostaba, se sentaba, decía que se estaba asfixiando, se acostaba de nuevo y se volvía a sentar. De pronto le sobrevino un paro respiratorio. Y, como no había otro médico cerca, Karina corrió a darle reanimación cardiopulmonar.

El esfuerzo fue inútil. La señora falleció. No había medicamentos para salvarle la vida.

En el hospital había tanto miedo que algunos doctores comenzaron a pasar revista desde la puerta de las habitaciones: no entraban para evitar el contacto directo con los pacientes contagiados. Es que no estaban protegidos, no contaban con trajes de seguridad nuclear, biológica y química. Vestían mono quirúrgico, usaban guantes y mascarillas quirúrgicas, no las N95 que brindan mayor protección. 

Los pacientes recibían el desayuno, el almuerzo y la cena a la 1:00 de la tarde. Todo a la misma hora. Casi siempre arroz con granos o arepas. La espera, para quienes no contaban con otros medios para recibir los alimentos, era larga. A Karina su esposo le dejaba comida por las mañanas y alguien se la acercaba al cuarto.

Por las noches, quienes estaban hospitalizados, oraban. Uno de ellos era pastor cristiano evangélico y junto a su hija, también con covid-19, dirigía un culto en el piso siete. A veces los enfermeros no permitían esa reunión nocturna. Pero cuando los dejaban, salían de sus cuartos y se concentraban en medio de los amplios pasillos. Leían versículos de la Biblia. Cantaban alabanzas a Dios. Hacían peticiones por su salud y la del mundo. Fue la forma como lograron espantar el miedo.

La doctora Navarro dejó de tener fiebre y dificultad para respirar. La saturación de oxígeno —cantidad de oxígeno en el torrente sanguíneo— se mantenía en 95, 96 o 97 %, que son los valores normales. Ante su mejoría, le practicaron otra prueba rápida, que dio negativo; le tomaron una segunda muestra para una nueva PCR (todavía el resultado de la que le hicieron el 12 de junio no había llegado de Caracas); y la dieron de alta. Era el 21 de julio.

La doctora Navarro rezó. Le dio gracias a Dios por la vida, porque iba a poder celebrar con Victoria su cumpleaños.

Se despidió de los amigos que había hecho en el piso siete. Salió del hospital, sintió el calor de la calle y respiró.

En lugar de llegar a su casa con su esposo e hija, se aisló en casa de su hermana, quien también se había contagiado de covid-19, pero de forma asintomática.

Y allí, el jueves 30 de julio, hubo una torta. La doctora Navarro le consultó a su epidemióloga qué podía hacer para cantarle cumpleaños a su hija. Siguió las pautas de seguridad que le marcó y junto a su esposo, su hermana y cuñado, luego de un mes y medio, la vio.

Fue un momento muy feliz, de esos que marcan un antes y un después en la vida.

A los días de haber llegado a casa de su hermana, supo el resultado de su primera PCR: el diagnóstico de la enfermedad le llegó cuando ya la había superado.

Ahora la doctora Navarro no deja de pensar en sus colegas, en todo lo que están viviendo en medio de esta pandemia. La médica que le tomó la última muestra para PCR ahora tiene covid-19. Ya son 25 médicos y 3 enfermeros muertos en el estado Zulia por covid-19, una cifra que estremece y que aumenta todas las semanas. Y a pesar de eso —o quizá a propósito de ello— añora volver a ponerse la bata y regresar al hospital: sabe que se necesitan manos, sabe que lo que se vive puertas adentro es un horror.

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A los 20 años me gradué de periodista en la Unica, mientras estudiaba Derecho en LUZ. En ambas carreras encuentro algo en común: alzar la voz contra las injusticias y trabajar por causas. “Pateando calle” para medios impresos desde los 19 años. Escribir es vivir.

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