Descubrió que en su mundo todavía hay color

Durante 47 años, en el Valle de Mocotíes, a 81 kilómetros de la ciudad de Mérida, Luis Antonio Molina mantuvo un taller de herrería. Soldando rejas, faroles y puertas, encontró el sustento para su familia y a la vez una forma de vida. Una vida que ahora, a sus 63 años, luego de recibir un diagnóstico de cáncer, siente que pende de un hilo.

ILUSTRACIONES: ROBERT DUGARTE

¿Quién no conoce a Luis? A lo largo de los años, su oficio le dio cierta fama, y le añadió una coletilla a su nombre: “Luis, el herrero”. Así lo conocen todos en ese rincón de calles angostas e inclinadas llamado Valle de Mocotíes, a 81 kilómetros de Mérida, la capital del estado Mérida, en Los Andes venezolanos. Un valle intrincado habitado por gente con vocación por las faenas del campo. Gente amable y solidaria que siempre saluda con una sonrisa.

Allí muy pocos saben que su nombre completo es Luis Antonio Molina. “Luis, el herrero” aprendió la herrería de su padre. A sus 19 años, con su ayuda, hizo su primer portón. Fue un hito. Descubrió el camino que seguiría en su vida. El recuerdo de aquella experiencia se quedó por siempre en su memoria. A partir de entonces, perfeccionó la soldadura y se hizo un experto moldeando portones y rejas. Personas de todo el pueblo, incluso de otras aldeas, llegaban a su casa para que les hiciera trabajos: una simple varilla de acero podía ser el punto de partida para crear un hermoso farol o una enorme reja protectora para puertas.

Compartió un taller con su papá. Fue su centro de operaciones durante 47 años. Feliz, halló en el oficio un modo de vida y el sustento de su esposa y sus dos hijos. Una vida construida a pulso que ahora, a sus 63 años, siente que pende de un hilo.

Siempre afanado en el taller, Luis no se tomaba tiempo para ir al médico. Le incomodaba, pensaba que era una pérdida de tiempo, porque se sentía bien, vigoroso, sano. Pero en algún momento notó que le costaba orinar: sentía un dolor muy fuerte, era más bien un ardor insoportable. Pensó que se trataba de una infección, seguramente leve, pero al cabo de unas semanas supo que estaba equivocado porque los síntomas no solo persistieron, sino que se hicieron más intensos.

Un día de enero de 2021 fue al baño y se dio cuenta de que expulsaba sangre en la orina.

Entonces, angustiado, decidió buscar ayuda.

El 2 de febrero asistió a una consulta con un médico general, quien lo refirió a un urólogo. A partir de entonces comenzaron unos días azarosos, de consulta en consulta, de exámenes en exámenes, hasta que le dieron un diagnóstico: el motivo de sus molestias era un cáncer de próstata.

Salió del consultorio abrumado, preocupado por lo que le esperaba. El doctor le habló de varios ciclos de quimioterapias para atacar las células cancerosas y aumentar su esperanza de vida, le dijo que sería un tratamiento largo y costoso, que necesitaría unos 500 dólares para cada ciclo de quimioterapia, que requería una cirugía. Luis no comprendía muy bien todo aquello. Su cabeza era un torbellino. La palabra cáncer se repetía una y otra vez, como un eco, en su pensamiento. Si tenía alguna certeza era que no tenía dinero para costear ese tratamiento.

Y, sin embargo, no fue sino hasta meses después, el jueves 5 de agosto de 2021, cuando por primera vez se sintió sentenciado.

Desde que supo de su enfermedad, Luis debía viajar con frecuencia del Valle de Mocotíes a la ciudad de Mérida, donde estaba siendo tratado en la Sociedad Anticancerosa. Había intentado que lo atendieran en el Hospital II San José de Tovar, en el pueblo, pero ese centro médico no contaba con los equipos ni especialistas necesarios para tratarlo.

Aquel jueves se levantó muy temprano, dejó a un lado la braga manchada que por tantos años usó a diario, y vistió casual. Guardó los exámenes que días antes le habían hecho, entre ellos una biopsia que ayudaría a precisar el diagnóstico. Después salió de su casa. Sabía que le esperaba un largo día. A las 4:00 de la mañana estaba en el terminal. Su cita era a la 1:00 de la tarde, pero debía salir desde muy temprano para poder llegar a tiempo. Pese a que son solo dos horas de camino, cada vez se hace más tortuoso viajar porque las vías están maltrechas y circulan pocos buses. De hecho, tuvo que esperar unas cuatro horas en el terminal hasta que saliera el primero.

Llegó a Mérida antes del mediodía. Tuvo tiempo de recorrer el centro de la ciudad. En algún momento entró a la catedral. Luis siempre ha sido muy devoto. Ese día no entró al templo para elevar una plegaria desesperada, sino para intentar hallar algo de paz, de sosiego. Encomendó su salud a Dios. “Es el único que puede salvarme”, se dijo. Y arrodillado ante el Santísimo Sacramento del Altar, si bien lo invadía la incertidumbre, logró sentirse sereno.

Más tranquilo, se fue a la consulta.

—¿Cuál es mi diagnóstico y qué puedo esperar del tratamiento? —le preguntó Luis al médico que ya tenía la respuesta y que intentaba decirle de la manera más empática posible todo lo que debía enfrentar.

Al ver los exámenes, el especialista le dijo que el cáncer había avanzado: el tumor se había extendido hacia el exterior de la próstata y había hecho metástasis. Fue en ese momento que se sintió sin esperanzas. El doctor le explicó que había muchos tratamientos, que no todo estaba perdido, pero Luis ya se sentía devastado, abatido, como si el mundo se le hubiese desvanecido de pronto. Sabía que en los centros públicos de salud era complicado que lo atendieran, y que él no contaba con recursos para ir a una clínica privada.

Además, no quería ser una carga para su familia. Uno de sus hijos migró a Perú hace algunos años. Allá no le ha ido muy bien. A veces manda algo de dinero, que solo alcanza para comprar comida. Su otro hijo siempre ha sido muy distante. Y su esposa desde hace años se ha dedicado exclusivamente a los quehaceres del hogar. El taller de herrería con el que pudo sustentar a su familia dejó de ser rentable. Cada vez le hacían menos encargos grandes, como portones o rejas, y cuando apareció la pandemia de covid-19 en marzo de 2020, el negocio se vino a la quiebra, porque fueron pocos, muy pocos, los trabajos de soldadura. A pesar de estar necesitando dinero, casi siempre les decía a sus clientes:

—Deme alguito por ahí. Lo que sea será bien recibido.

Porque era mejor “alguito” que nada, decía. De modo que en casa de Luis los ahorros fueron menguando. Ahora solo cuentan con los ingresos flacos que obtiene con los trabajos menores que de tanto en tanto hace en el taller, y con lo que le manda su hijo del extranjero.

Al salir de aquella consulta, casi a las 3:00 de la tarde, Luis no pudo regresar al pueblo, porque el transporte trabaja hasta la 1:00 de la tarde. Un vecino que tiene un apartamento en la ciudad le ofreció posada. Allí, finalmente, lloró. Lloró porque no tenía dinero. Porque se sentía solo y frágil. No se reconocía a sí mismo. El hombre fuerte que todos conocían, “Luis, el herrero”, se había desmoronado.

Sintiéndose vulnerable, no pudo dormir. Durante esa noche larga, reflexionó sobre lo que estaba atravesando; se preguntó cuánto tiempo le quedaba de vida, se preguntó si realmente valía la pena someterse a las quimioterapias, si tenía sentido tratar de encontrar el dinero para costearlas. Al día siguiente, apesadumbrado y trasnochado, regresó a su pueblo.

Se sentía, sobre todo, muy solo.

El rumor de que “Luis, el herrero” tenía un cáncer muy avanzado corrió rápidamente entre las calles del pueblo. Y entonces ocurrió algo que no había pensado que pasaría: muchas personas del Valle comenzaron a brindarle apoyo. Un vecino sobreviviente de cáncer de próstata le donó algunos insumos, y comenzó a orientarlo según su experiencia. Otros se dispusieron a organizar rifas, a vender comida para recaudar fondos. Los que un día fueron sus clientes, se acercaban, con sutileza y discreción, a preguntarle cómo estaba, cómo se sentía. Se hicieron sus amigos.

Así, esa soledad que lo embriagaba, fue allanada por tantas demostraciones de afecto.

Es algo que agradece, que lo reconforta. Que apacigua tanta ansiedad, porque desde que recibió la noticia de que el cáncer hizo metástasis no siempre está de buen ánimo. Todavía no han comenzado a aplicarle las quimios. Está en una lista de espera en la Sociedad Anticancerosa, pero esta organización recibe demasiadas solicitudes y es un proceso lento, muy lento. Después de mucha espera, lo llamaron del Hospital Universitario de Mérida para darle la noticia de que le harán una cirugía para extirparle el tumor.

A veces se le ve disminuido, demacrado. Pasa sus días pensativo, aislado, con la mirada perdida, sentado en el porche de su casa, en una silla de mimbre tan desgastada como sus manos agrietadas en cuyas uñas aún hay rastros de metal que por años forjó.

Es entonces cuando por el frente de su casa pasan los vecinos, los antiguos clientes, los amigos:

—¡Señor Luis! ¿Cómo está?

Él levanta la mirada, muestra una sonrisa tímida y contempla la inmensidad de una montaña que ha sido testigo de sus noches desoladas. Y en esos momentos, una vez más, siente que no está solo, que en su mundo todavía hay color. Y vida.

Esta historia fue desarrollada en el taller “Comenzar a contar(Nos)”, impartido por nuestro editor senior Erick Lezama, a través de la plataforma El Aula e-nos, en el 4to año del programa formativo La Vida de Nos Itinerante.

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Soy una mujer apasionada por la vida que encuentra la belleza en las cosas simples. Licenciada en letras, mención lengua y literatura hispanoamericana y venezolana. Fiel creyente de que el amor puede transformar el mundo.

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