Un simple reflejo en el espejo
Un simple reflejo en el espejo
Un simple reflejo en el espejo

JENNIFER ROTUNDO

44 años

Madre de Luis Ángelo Martínez Rotundo

Charallave (Miranda) Ene 30, 2018

El lunes 3 de julio de 2017 llegué a la casa y cené un arroz con frijoles y salchichas que habían preparado a mediodía mi hijo Ángelo y su novia Andrea. Al rato llegaron ellos y cenaron eso también.

—¿Cómo me quedó ese arroz? ¿Verdad que me quedó de rechupete? —me preguntó Ángelo. Yo siempre le echaba broma porque él no sabía cocinar hasta que llegó Andrea a vivir con nosotros. Antes yo le hacía todo.

Nosotros teníamos la costumbre de fumar un cigarro y tomar café en la sala antes de dormir. Ángelo y yo fumamos y Andrea tomó café. Me fui para mi cuarto y él se vino conmigo, se acostó a mi lado y lo que hice fue decirle: “Ángelo, tú sí eres fastidioso”. Me volteé y no le hice mucho caso. Si yo, Jennifer Rotundo, hubiera sabido que esa iba a ser la última noche que vería con vida a mi hijo, nunca le habría dicho eso.

 

El de Ángelo fue un embarazo tranquilo. Apenas supe que estaba en estado, a los 18 años, me compré una bata de maternidad; estaba mona con mi barriga. Lo pasé todo en Ocumare del Tuy. Gasté un realero en ecos y nunca se dejó ver el sexo, siempre estaba de espalda o con las piernas cruzadas. Tanto su padre —Luis Augusto— como yo queríamos una niña. Cuando nació, el 3 de diciembre de 1992, no teníamos nombre para varón. Como tenía planeado que se llamara Lis Ángeli, lo que hice fue cambiarle las letras y lo llamé Luis Ángelo Martínez Rotundo.

El bebé estaba atravesado al momento del nacimiento y tuvieron que hacerme cesárea. Una señora que se encontraba por allí comentó: “Ese niño va a ser atravesado”. Ciertamente, tenía un carácter fuerte. En los primeros meses de nacido tuvimos que cambiarle el cereal infinidad de veces porque no aceptaba tomar el mismo tres días seguidos; si le picaba un zancudo agarraba una rabieta increíble, si se ponía bravo sangraba por la nariz y con eso me manipulaba.

En estos momentos viene a mi memoria un día en la casa de su abuela Yolanda. Él, que era chiquito, estaba sentado en el piso con un libro de cuentos que yo le había comprado. Agarró su libro, cruzó las piernas y empezó: “En la espesura de un inmenso bosque vivía un leñador con sus dos hijos, Hansel y Gretel…”. Una vecina que se encontraba ahí no salía de su asombro:

—¡No puedo creer que ese niño esté leyendo! Ángelo, ¿qué lees? —le preguntó.

—El cuento de Hansel y Gretel —le respondió él.

Ella se echó a reír porque creyó que de verdad estaba leyendo, pero Ángelo tenía el libro al revés. Todos reímos muchísimo. Yo le comenté que se lo sabía de memoria porque yo le leía cuentos antes de dormir y él siempre pedía ese.

  • Jennifer Rotundo en su habitación el 11 de noviembre de 2017. Después del asesinato de Ángelo, se mudó con sus hermanas, sobrinos y con su abuela, a unos veinte minutos de su antiguo hogar.

De niño era inquieto, astuto, curioso. De joven fue bello, precioso, no porque sea mi hijo; sus amigos le decían Cara de Niña. Era como muchos, ¡rebelde sin causa! ¡Enamorado! Era el alma de las fiestas o reuniones, de todo sacaba un chiste. Noble y desprendido con las cosas materiales, siempre le decía: “Pero, Ángelo, cómo vas a regalar tus zapatos o tu ropa”. Y siempre respondía: “Tal o cual los necesita más que yo”. Era amigo de sus amigos. Las personas que nos conocían decían que parecíamos hermanos porque me tuteaba y me llamaba “mamá” solo cuando quería algo. Lo recuerdo como si fuera ayer.

Su papá y yo nos separamos cuando él tenía como 3 años. Era muy pegado a él, decía que era Batman. También decía que su papá era su mamá y su mamá su papá, porque él lo vestía aún dormido, lo cargaba y lo llevaba al baño; en cambio yo lo despertaba y le ponía la ropa en la cama para que se vistiera solo. Entre los dos siempre nos encargamos económicamente del niño.

A Luis Augusto lo conocí en el Banco Unión, cuando fui a buscar un recibo del pago de mi escuela que se me había perdido. Yo tenía 16 años y él como 18. Desde que nos separamos hasta que Ángelo estaba en 6to grado, él se quedaba un año con el papá y un año conmigo. Luego se fastidió y quedó viviendo solo conmigo. Hasta que Andrea llegó a su vida, él siempre durmió en mi cama. Yo no tuve más hijos.

Ángelo estudió en colegios privados y la universidad también era privada. Todo lo pagábamos entre el papá y yo. No me puedo quejar del papá. En la universidad estudiaba mercadotecnia y le gustaba el ambiente, pero a los 18 años la que era su novia salió en estado y él dejó los estudios. Empezó a trabajar y a agarrarle el gusto al dinero. Vendió de todo para cubrir los gastos de la barriga. Ángelo no pudo disfrutar de Eliangel Iván, mi nieto, como él quiso, porque tuvo muchos desacuerdos con la madre del niño, en fin, miles de cosas. Trabajó en varias empresas y siempre decía que eso no era lo de él y renunciaba. Duraba muy poco. Hasta que encontró un cupo en la línea de mototaxis de Plaza Vieja, en el centro de Charallave. Le iba bien, me ayudaba con los gastos. Estaba pendiente de hacer dinero para ayudarme con una colonoscopia que yo necesitaba.

Un retrato de Luis Ángelo Martínez Rotundo en una de las sillas de la casa de su madre.

Yo he trabajado en muchas cosas a lo largo de mi vida: fui secretaria en una bloquera, en una cauchera, obrera en una fábrica, atendí la bodega de un tío en Maracay y al mismo tiempo aprendí de contabilidad con unos videos. Volví a trabajar en una fábrica, pero trataban muy mal a la gente, contrataban a las personas más humildes y las ponían a manejar químicos sin cuidado; después me puse a trabajar con mi tía transcribiendo y haciendo tesis a los alumnos flojos. De ahí trabajé con mi cuñado reparando televisores, luego de supervisora en una fábrica de cosméticos; también en la Facultad de Odontología de la Universidad Central de Venezuela como obrera, porque tenía la oportunidad de evolucionar ahí y conseguirle un cupo al niño, pero me dio chikunguya y dengue muy fuertes, y lo tuve que dejar. Cada vez que me quedaba sin trabajo volvía con lo de las tesis.

Este año me quedé sin trabajo porque me enfermé del colon y del útero. Pero como hay bastantes estudiantes flojos yo les cobraba por hacerles los trabajos de la universidad. Cuando pasó lo de Ángelo yo trabajaba en una ferretería que vendía un poquito de todo. Paré y hace poco lo retomé.

¿Quién era yo, Jennifer Rotundo, antes de que todo esto sucediera? Una mujer súper alegre que, al igual que mi hijo, era bromista, divertida. Siempre buscando algo que inventar. No digo que mi vida fue color de rosas, pero no me quejaba. Me gustaba la playa, el cine, lloraba viendo hasta Inteligencia Artificial. Cuando Ángelo era pequeño me lo llevaba con sus juguetes a las rumbas.

¿Quién soy ahora? La sombra de lo que fui, un simple reflejo en el espejo. Hay días en los que ni siquiera recuerdo si he comido o no y tengo que obligarme a comer. Cada momento siento que mi vida se fue detrás de él, preguntándome constantemente con quién puedo compartir un logro si llega a mi vida, preguntándome constantemente, ¿y ahora qué?

 

Ese día empezó normal: Ángelo salió temprano en la moto con Andrea y yo me desperté, me bañé, salí de la casa en Las Brisas para el trabajo y compré en el camino algo para desayunar, como hacía siempre. Uno de los muchachos de la ferretería me comentó que habían matado a dos mototaxistas de Plaza Vieja, donde trabajaba Ángelo. Pensé que era raro que el niño no me hubiera llamado para contarme.

Media hora después estaba sentada en la computadora y vi a una de mis hermanas parada en la reja. Me dijo que Ángelo había tenido un accidente. Lo primero que me vino a la cabeza fue: “¡Se volvió a estrellar!”, porque ya le había pasado y había quedado inconsciente y todo. Estaba nerviosa, pero no como esa vez del choque.

En ese momento había gente comprando, yo traté de despachar lo más rápido posible y me monté en el carro. Adentro estaba mi otra hermana. A ella la noté muy conversadora, hablando del clima, del calor. No encontraba qué decirme.

  • Jennifer remueve la lona de plástico que sellaba las ventanas del cuarto de Ángelo. Estas ventanas son la única fuente de luz de la habitación. La lámpara no funciona; tiene demasiado tiempo apagada.

Deduje lo que había pasado cuando estábamos llegando al trailer de Pronto Socorro, el puesto de salud de la Gobernación de Miranda. Metí la vista y vi a mi sobrina, a Andrea, primos, amigos, todos con una mala cara. Estaba hasta mi primo Sándeli, al que le decimos “Viejo”, que siempre anda ocupado. Se me quedó mirando de esa manera y lo supe.

—Viejo, no.

—Sí.

Fue lo único que me respondió y me abrazó. Le pedí que quería verlo, pero me dijo que no me iban a dejar entrar.

 

En la madrugada del domingo 2 de julio mataron en nuestro sector a un escolta del que en ese momento era un diputado del oficialismo. Aparentemente, a raíz de este asesinato, al día siguiente policías de Charallave comenzaron una persecución contra los jóvenes de la comunidad. Primero, asesinan a Ángel Daniel, a las 9:00 pm. Él estaba en compañía de su novia cuando lo detienen, lo someten y lo montan en la patrulla. La versión de los testigos es que no muy lejos del lugar se escucharon varias detonaciones. Al muchacho lo matan y la policía alega que hubo enfrentamiento, lo que nos deja la siguiente interrogante: ¿Cómo pudo haber enfrentamiento entre Ángel Daniel y los policías si a él lo habían metido vivo dentro de la patrulla?

El día 4, temprano, Jean Carlos Poleo Blanco, otro joven de la misma línea de mototaxi de Plaza Vieja en la que trabajaban Ángel Daniel y mi hijo Ángelo, se negó a hacerle una carrera a un funcionario del Cicpc de Santa Teresa. El funcionario insistió y Jean Carlos accedió a hacerla. Minutos más tarde, dicho funcionario apareció con la moto de Jean Carlos. Su esposa, al verlo llegar con la moto de Jean, le pregunta que dónde está su esposo y el funcionario le contestó que está muerto porque acababa de tener un enfrentamiento con funcionarios del Cicpc de Santa Teresa.

¿Cómo una persona que podía ser sospechosa del asesinato del escolta se dirige a hacer una carrera de moto al Eje de Homicidios de Santa Teresa? ¿Cómo pudo haber enfrentamiento con funcionarios del Cicpc de Santa Teresa del Tuy si Jean Carlos llevaba a un funcionario de parrillero?

—No estés trabajando, que andan matando a los mototaxistas —le dijo mi mamá a Ángelo esa mañana cuando él fue a buscar unas llaves a la iglesia Pare de Sufrir donde ella estaba.

—Solo han matado a uno, la gente sí es exagerada. El que no la debe no la teme. Yo voy a hacer esta última carrera y guardo la moto —le respondió Ángelo.

Y en realidad fue su última carrera. Mi mamá lo que ha hecho es llorar desde ese momento.

Ese mismo 4 de julio, a las 11:40 de la mañana, en el sector de Plaza Paéz de Las Quintas de Charallave, del estado Miranda, funcionarios del Cicpc de Santa Teresa que hacían labores de patrullaje interceptaron a mi hijo Luis Ángelo Martínez Rotundo, de 24 años, que venía de hacer una carrera. Lo apuntaron y le dispararon frente a la mirada de los vecinos que gritaban: “¿Por qué le disparan?”. Pero los funcionarios los apuntaron a ellos también, los mandaron a callar y les dijeron que se metieran a sus casas. Uno de los vecinos comenzó a pelear con los policías y le avisó a mi tía que vive al final de esa calle.

A mí me contaron que, después de hacer la carrera, Ángelo compró un cigarro en una bodeguita y venía bajando por esa calle, que es bien empinada, cuando la policía le atravesó la camioneta. Él comenzó a frenar con una mano y levantó la otra. Tenía el cigarro en la boca. Así le dispararon. Dicen los vecinos que en menos de un minuto los policías lo montaron a él y la moto en la patrulla.

¿Cómo pudo haber enfrentamiento entre el Cicpc y mi hijo si él paró su moto, levantó la mano y ellos le dispararon en presencia de los vecinos? Hay testigos que vieron todo esto. Mi caso era uno de los que más testigos tenía: seis, pero solo dos fueron a declarar. A una de las que no fue la amenazaron diciéndole que no olvidara que ella tenía dos hijos que estaban empezando a estudiar medicina.

Andrea, la novia de Luis Ángelo Martínez, en la calle donde trabajaba su novio como mototaxista, en la Línea Cooperativa Plaza Vieja de Charallave, estado Miranda.

Las comunidades de Plaza Páez y el Cementerio manifestaron, recogieron firmas, cerraron calles por dos días consecutivos en rechazo a los asesinatos de estos tres jóvenes. Y cinco comunidades más de Las Brisas del Tuy recogieron firmas para avalar la conducta de mi hijo. Lo que me lleva a dejar esta pregunta para la reflexión: ¿Será que los habitantes de este país debemos temerle a los funcionarios del Estado, quienes deberían velar y ser garantes de nuestra seguridad?

—¿Cómo hago yo para denunciar a los funcionarios? —pregunté en la delegación de Santa Teresa.

—No se preocupe, nosotros mismos somos los que nos vamos a encargar del caso —me respondió un inspector.

Cuando estaba ahí una funcionaria me preguntó si mi hijo tenía algún apodo. Yo le dije que sí, que le decían Cara de Niña o Fresita. Ella me dijo: “Ese es un malandro de primera categoría”. Le pedí que me respetara, que ella no conocía a mi hijo. Se quedó callada y después dijo: “Todas las madres son iguales, creen que sus hijos son unos santos y son tremendos asesinos”.

Hice la denuncia, agarré mi papelito para sacar el cadáver y me fui sin saber que de esa delegación del Cicpc eran los policías que le habían disparado al niño.

Como el 5 de julio fue feriado, no pude ver el cadáver de mi hijo hasta el jueves 6 de julio. Cuando entré, lo que hice fue abrazarlo y besarlo. Los testigos cuentan que le dieron dos tiros, pero en la funeraria me mostraron tres. Eso quiere decir que el tercero pudo haber sido el de gracia, que tal vez mi hijo aún estaba con vida cuando se lo llevaron. ¿Habrá sentido miedo? ¿Cuáles serían sus últimos pensamientos? Esas preguntas me matan lentamente así como pensar que yo no estuve allí en su último aliento.

A todos los muertos de la casa soy yo quien los ha vestido. Mi familia no quería que lo hiciera con Ángelo, pero ya yo le tenía todo listo: una camisa manga corta de rayas que él adoraba, le decía la “nipa”, y un pantalón de vestir.

Su abuela paterna me ofreció que lo velaran en su casa, en Las Brisas. Y al día siguiente, a los tres muchachos los enterramos en el cementerio de Charallave. Mis hermanas no quisieron que yo volviera a vivir sola y desde entonces estoy en casa de mi mamá. Ellas han sido un gran apoyo para mí.

Como 15 días después de que mueren los muchachos fui a la oficina de Derechos Fundamentales de Ocumare a denunciar a los funcionarios y después, gracias a la recomendación de la mamá de un mototaxista de la línea, decidí llevar mi caso a Cofavic, organización sin fines de lucro que ayuda y asesora a víctimas en casos de asesinatos extrajudiciales.

Yo pedí en la Fiscalía la copia del expediente. No lo he vuelto a leer desde la primera vez que lo hice. Necesitaba saber los nombres de los funcionarios involucrados, pero no los memoricé. Que yo diga quiénes son, no sé. Son de Santa Teresa, ni idea de quiénes son. Puede ser que no quiera saberlo por alguna forma inconsciente de protección. Si están mirándome, observándome, ni pendiente. No voy a estar con ese complejo de que me están persiguiendo.

 

No sé cuál será mi propósito en esta vida, pero lo que me levanta todos los días de la cama es la esperanza de que pueda limpiar el nombre de mi hijo, de creer que los culpables pagarán tarde o temprano por la justicia de los hombres y de que Dios sabrá cuándo él les pasara factura.

No falta quien me diga en la calle que para qué hago lo que hago, si nada de lo que haga me lo va a devolver. Quizás en una sola cosa tengan razón: nada de lo que haga o diga lo traerá de regreso, pero en lo que no tienen razón es en que no vale la pena buscar la justicia. Yo me aferro a esa esperanza como si mi vida dependiera de ello.

En una charla realizada en Cofavic hablaron de cuando se pierden los roles. Guaooo, sentí que me clavaban un puñal al entender que mi rol de madre ya no existía, ya no soy la madre de nadie. El vínculo va a estar por siempre, pero el rol no. Fue tan duro para mí eso.

Como madre fui muy permisiva, quizá me faltó un poco de mano dura para que Ángelo hiciera de su vida algo mejor. ¿Que le fallé en múltiples ocasiones?, ¿que lo decepcioné en otras más?, ¿que quizá no fui la mejor madre? No lo sé. Lo que sí sé es que él por mí daba la vida. En mis tantos desaciertos, en mis interminables luchas, él siempre estuvo allí diciendo “Somos dos contra el mundo”.

De manera obligatoria, no me queda más que despedirme, dejarte partir, mi bebé. Te extrañare full full y te amaré el resto de lo que me queda por vivir. Adiós, bebé; mi querido bebé, adiós.

Jennifer Rotundo escribió esta historia con el acompañamiento de la periodista Laura Helena Castillo. Las fotografías y videos son de Helena Carpio. La participación de Jennifer Rotundo en este proyecto fue posible gracias al apoyo del Comité de Familiares de las Víctimas (Cofavic).

Notas explicativas

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