Un temor que no acaba
Un temor que no acaba
Eloísa Barrios tiene 15 años luchando para que se haga justicia por el asesinato de 4 hermanos y 7 sobrinos. Aquí, posa para un retrato en su hogar, en Maracay, el 2 de noviembre de 2017.
Un temor que no acaba

ELOÍSA BARRIOS

52 años

Hermana de Benito, Narciso, Luis y Juan Barrios. Tía de Rigoberto, Oscar, Wilmer, Víctor, Jorge, Roni y Edison Barrios

Maracay (Aragua) Ene 30, 2018

El viernes 28 de agosto de 1998, mi papá, Brígido Solórzano, se encontraba en el hospital de San Sebastián de los Reyes. Tenía 11 días hospitalizado. Esa noche, el médico de guardia habló con mi hermana Oneida y conmigo, y nos informó que él había entrado en coma y debíamos avisar al resto de la familia que no amanecería con vida.

Al día siguiente, a las 8:00 de la mañana, llegó mi mamá, Justina, y nos dijo que unos funcionarios de la policía del estado Aragua habían ido a la casa de mi hermano Benito Antonio, como a las 2:00 de la mañana, y se lo habían llevado detenido. Entonces, mi hermano Pablo se trasladó junto a mis otras hermanas a Guanayén, en el sector Las Casitas, donde vivían todos ellos. Yo vivía en Cagua. Guanayén es un lugar en el que no hay empresas ni otras fuentes de trabajo, solo la agricultura. Mi familia se dedicaba al trabajo del campo.

Al llegar allá, mis hermanos se encontraron con un señor que manejaba una carroza fúnebre. Andaba preguntando de casa en casa por la familia Barrios para que fueran a reconocer el cuerpo de Benito, que al parecer estaba en el ambulatorio de Barbacoas. Mis hermanas menores, Maritza y Lilia, se trasladaron hasta allá y efectivamente estaba muerto.

Esa noche, mi hermano se había quedado cuidando a sus dos hijos, Jorge Antonio y Carlos Alberto, de 9 y 5 años. Los funcionarios llegaron golpeando a mi hermano con las armas de reglamento, causándole heridas graves en la cabeza. Jorge presenció todas estas cosas y luego nos contó lo ocurrido. Al ver que golpeaban a su papá, se levantó de donde dormía y se asustó tanto que quiso salir corriendo para avisarle a mi mamá, pero los funcionarios no lo dejaban salir, hasta que de tanto forcejear se les soltó y pudo avisar.

Cuando mi mamá y mis hijos llegaron, ya los funcionarios estaban montando a Benito en la patrulla y no dejaron que se acercaran a él. Luego nos enteramos de que no lo llevaron a la comisaría. Lo llevaron a un matorral, ahí lo torturaron y casi agonizando le dieron los tiros. De ahí lo llevaron hasta el ambulatorio de Barbacoas. A los cinco minutos murió y los funcionarios se retiraron del lugar.

Benito había hecho un rancho de bahareque cerca de la casa de mi mamá, y esa noche precisamente decidió ir a dormir allí.

  • Benito, el mayor de los hermanos Barrios y el primero en ser asesinado por policías del estado Aragua, el 28 agosto de 1998. Tenía 28 años.

Luego del reconocimiento del cuerpo lo trajeron para la morgue de Caña de Azúcar, en Maracay. Mi hermana Elvira fue la que vino a buscarlo, lo habían dejado podrir y tuvimos que velarlo totalmente descompuesto, hasta gusanos le salieron. Después del entierro volvimos al hospital y a los dos días murió mi papá.

Con la muerte de Benito mi mamá se volvió como loca y yo me la tuve que llevar a Cagua. A ella se le han muerto todos esos hijos y nietos, y nunca ha querido verlos después de muertos porque dice que prefiere recordarlos vivos. La tuvimos bastante tiempo en tratamiento con psicólogos. Actualmente tiene 72 años, pero a pesar de todo es una mujer muy fuerte, muy dura.

Le han matado 4 hijos y 7 nietos.

A raíz de la lucha que he mantenido en todos estos años logramos que, por las medidas de protección de la Corte Interamericana, nos otorgaran cinco viviendas, dos en Maracay y tres en La Victoria, que es donde ahora vive mi mamá. Eso es prácticamente lo único que ha hecho el Estado por nosotros.

 

Nuestra historia es tan larga que pasaría días para poder hacer el relato completo de todos.

Mi hermano Benito tenía 28 años cuando lo asesinaron. Era el quinto de 12 hermanos. Estaba dedicado a la agricultura y aspiraba ser dueño de su propia parcela y vivir de su trabajo. Era un hombre atractivo y llamativo para las mujeres, era muy enamorado. Le gustaban mucho las fiestas.

Benito se parecía a mi papá. Y cuando tomaba, se ponía bravo, pero era sano. Una vez tuvo una riña en un negocio con un hombre que le dijo un poco de groserías. Él se molestó, se paró y lo cortó. A él lo denunciaron por eso y estuvo preso dos años.

Pienso que todo comenzó a raíz del problema que tuvo Benito cuando fue a prisión. En Guanayén los funcionarios policiales, después de que una persona caía en la cárcel, la catalogaban de delincuente y había que matarla. A partir de ese problema fue que comenzaron las agresiones, las persecuciones y todo el acoso que los funcionarios tuvieron hacia él. En dos oportunidades lo hirieron. La primera vez le dieron un tiro en un pie y otro día, en presencia de mi mamá, le dieron un tiro en una mano. Fueron los mismos que lo asesinaron. Cuatro funcionarios de la policía de Aragua. Uno de ellos está muerto, dos fueron enjuiciados y condenados, el último estaba prófugo y fue capturado. Actualmente está en etapa de juicio.

Nuestro temor no acabó con la muerte de Benito. Después fueron matando, uno a uno, a todos los demás.

 

El jueves 11 de diciembre de 2003 se encontraban mis sobrinos Jorge y Oscar en el sector Las Casitas de Guanayén. Estaban en casa de una vecina cuando se presentaron tres funcionarios de la policía de Aragua, le ordenaron a la vecina que les abriera la puerta y sin orden de allanamiento sacaron a la señora y a mis sobrinos se los llevaron detenidos. Los funcionarios andaban uniformados, portando armas de fuego y a pie. Mi sobrino Caudi se encontraba cerca y, al ver que se llevaban a los primos, fue a casa de mi mamá a avisarle a mi hermano Narciso lo que estaba sucediendo.

Mi hermano salió detrás de los funcionarios y al estar cerca de ellos les dijo que soltaran a mis sobrinos porque eran menores de edad. En ese tiempo Jorge tenía 15 años y Oscar 16. Toda la vía estaba oscura, no había luz. Después de haber caminado aproximadamente 500 metros, había una licorería llamada Mi Refugio que tenía unos faros que iluminaban el lugar. Al llegar allí, los funcionarios le dispararon a Narciso hasta descargarle las tres armas que portaban. Mi hermano murió instantáneamente.

Días antes de que lo mataran tuvo una discusión con unos policías.

Narciso tenía un negocio arrendado en sociedad con mi hermano Luis; allí vendían comida. Los policías llegaron al local y después de comer y beber se negaron a pagar la cuenta amenazando de muerte a mi hermano. A los dos días hicieron un operativo y allanaron el negocio llevándole todo lo que allí vendían. También allanaron las casas de mi mamá y mis hermanas Oneida y Elvira, y por último la de Luis. Les robaron enseres, comida, ropa y a lo poco que quedó le prendieron fuego, quemando las casas en su totalidad. Después de eso pasaron 15 días y los policías cumplieron sus amenazas matando a Narciso.

Mi hermano había sido detenido, torturado y amenazado de muerte en muchas oportunidades por la policía del estado Aragua. Las detenciones siempre fueron sin justificación y el mismo día lo dejaban en libertad. En el caso de Narciso participaron tres policías del estado Aragua. Fueron enjuiciados y condenados dos de ellos y el último está en espera de juicio.

Narciso era pacífico, para él todo era jugaderas y chistes, como todos nosotros.

 

El viernes 20 de agosto de 2004 mi hermano Luis pasó toda la tarde en casa de mi mamá. Como a las 7:00 de la noche se fue a su casa. De pronto, escucharon algo que cayó en el techo. Luis y Orismar, su mujer, se levantaron a ver de qué se trataba. Él pensó que le iban a robar un caballo que tenía amarrado en el solar. Salieron, no vieron nada y entraron nuevamente. Ya estaban dormidos cuando volvieron a escuchar el mismo ruido. Luis se levantó para salir otra vez y le dijo a Orismar “quédate acostada”. Ella tenía seis meses de embarazo.

Al llegar a la parte de atrás, le dispararon con armas de distintos calibres. Murió al instante. Cuando Orismar escuchó los disparos salió y ya mi hermano estaba muerto. Antes de que lo mataran, fue detenido, amenazado de muerte y torturado.

Esa misma situación se repitió con todos los miembros de la familia que hasta la fecha han sido asesinados por funcionarios policiales. En el caso de Luis no hay enjuiciados ni condenados. El Ministerio Público no investigó y el caso quedó engavetado y en impunidad.

A mi hermano Luis lo mataron tres hombres vestidos de negro. Eso nos contaron los vecinos.

Luego de este asesinato, al darse cuenta de que las denuncias arreciaron y los fiscales comenzaron a imputar funcionarios, los policías fueron bajando la guardia. Fue cuando empezaron a sacar a los que estaban involucrados en todos los atropellos, hasta que eliminaron la comisaría.

Todos mis hermanos y sobrinos me han dolido bastante, todos. Los quise y los quiero, pero con Luis ha sido más doloroso. No sé si fue porque él tuvo un accidente y yo salí adelante con todo. Yo era la que daba las carreras y era la que hablaba con los médicos para que lo operaran. Es el que más me ha dolido. Él me demostraba tanto amor y siempre me buscaba para todo. Después que se le partió la pierna se aferró más a mí. Conmigo no se comportaba como un hermano sino como un hijo.

El miércoles 12 de enero de 2005, mataron a mi sobrino Rigoberto. Era el segundo hijo de mi hermana Maritza, tenía 16 años y vivía en Cagua. Él estudiaba y trabajaba. Era el hermano de Wilmer y Víctor Tomás, quienes fueron asesinados también. Había regresado para pasar la época navideña con su mamá, que vivía en Guanayén. Antes de morir, tuvo la oportunidad de declarar y dijo que quienes le dispararon parecían funcionarios policiales porque estaban vestidos de negro y las botas que cargaban eran de policía.

Para ese momento ya yo estaba en la lucha con la Organización de Derechos Humanos y Justicia y Paz del estado Aragua, y rápidamente pusimos la denuncia. El abogado Luis Aguilera se encargó de todas las diligencias. Tuvimos que luchar para que operaran a Rigoberto. El médico que lo operó nos hizo como una guerra psicológica. “Va a quedar inválido, él no va a caminar más nunca”, nos decía.

El doctor dio la orden para hacerle una transfusión y las enfermeras que estaban de guardia se dieron el postín que ellas quisieron. Cuando por fin trajeron la sangre, a Rigoberto le había subido la fiebre bien alta y no podían hacer la transfusión. Mi hermana Maritza y yo empezamos a ponerle pañitos y nos sentamos al lado de él esperando que llegaran las enfermeras. Yo estaba pegadita de él y vi cuando hizo como dos respiraciones profundas y se quedó quietico. Lo toqué y ya Rigoberto no estaba respirando. Llamamos a los médicos y ellos, después de que ya había fallecido, vinieron corriendo con la sangre, tratando de hacerle la transfusión después de muerto e intentando revivirlo con una bomba.

Mi hermana y yo nos volvimos como locas, queríamos acabar con los médicos, con enfermeras y todos los que estaban ahí. Maritza le brincó encima al doctor y yo a dos enfermeros porque nos dimos cuenta de que ellos fueron los que lo dejaron morir. Ellos lo dejaron desangrar. Rigoberto permaneció hospitalizado ocho días, entre el 12 y el 20 de ese mes.

A Rigoberto me lo entregó mi hermana Maritza cuando él tenía dos meses para que lo cuidara porque ella tenía que trabajar y estuvo conmigo hasta los 5 años. Yo lo amaba mucho.

Eloísa sostiene una fotografía de su sobrino Rigoberto Barrios, asesinado a los 16 años de un disparo, en el año 2005. Su hermana Maritza, la madre, se lo entregó cuando él tenía dos meses de edad para que se lo cuidara porque ella tenía que trabajar. Vivió con ella hasta los 5 años.

Luego mataron a Oscar, el hijo de mi hermana Elvira, quien se había mudado de Guanayén por todos los asesinatos ocurridos en la familia. Al igual que todos, había sido amenazado de muerte por funcionarios policiales. El día del asesinato, el 29 de noviembre de 2009, Mariana, su mujer, estaba cumpliendo años y se empeñó en celebrarlo con sus familiares en Guanayén. Oscar no quería, pero fue tanta la insistencia de ella, que él decidió acompañarla porque los niños estaban muy pequeños. La niña tenía 1 año y el niño 2.

Habían pasado cuatro años de cuando mataron a Rigoberto y fue como vivir todo nuevamente. Mi hermana estaba destrozada. Uno nunca olvida, pero poco a poco va sanando las heridas, aunque cualquier cosa hace que los recuerde; una canción, una comida, un comentario, incluso uno ve una persona en la calle y se le parece y piensa: “Ese se parece a mi sobrino”, y así, cualquier cosa.

Después mataron a Wilmer, el tercer hijo de mi hermana Maritza, el 1 de septiembre de 2010. Tenía 19 años y no tenía hijos. Todavía no se cumplía ni un año de la muerte de Oscar, todavía intentábamos recuperarnos de ese dolor.

Luego mataron a mi hermano Juan, el 28 de mayo de 2011. Él trabajaba en Cagua en una cochinera y había ido a pasar unos días con sus hijas Arianna y Oriana. Se había mudado de Guanayén porque había recibido amenazas de muerte por parte de funcionarios de la policía de Aragua. Ya estábamos bajo medidas de protección, porque nosotros recibimos esas medidas de la Corte Interamericana desde el año 2004.

Juan era mi hermano más pequeño.

 

Un año después, el 9 de junio de 2012, mataron a Víctor Tomás, el hijo menor de mi hermana Maritza. Era hermano de Rigoberto y Wilmer. Vivía y estudiaba 4to año de bachillerato en Charallave, estado Miranda. Cuando le dieron las vacaciones en el liceo fue a Cagua a pasar unos días con su abuela Justina y ahí lo mataron. Yo no sé si fueron funcionarios de Guanayén o no, pero cuando asesinaron a Jorge, mi otro sobrino, a quien también mataron en Cagua, a nosotros nos avisaron, fuimos al hospital y en la puerta estaban unos funcionarios.

Yo me les acerqué. No veía bien porque estaba oscuro y pensé que eran funcionarios de la policía municipal que tenían el comando ahí cerquita y resulta que no. Me acerqué y les dije: “Miren, por favor, vayan, investiguen quién fue el que le disparó”. Ellos respondieron en tono despectivo: “Ah, ustedes son los Barrios de Guanayén”. Fue lo que me dijeron y no hicieron absolutamente nada. No se movieron, no investigaron, no fueron al lugar de los hechos, nada. Eran funcionarios de la policía de Aragua, no eran municipales.

Víctor Tomás era un muchacho cariñoso, tenía 17 años. Y Jorge, a quien mataron el sábado 15 de diciembre de 2012, trabajaba en Valencia y vivía en casa de mi hermana Elvira. Tenía 24 años.

Fue terrible, Jorge era como hijo mío. Era el hijo mayor de Benito y lo tuve desde pequeño, desde que mataron a su papá. Él vivió conmigo tres años. Se lo devolví a su mamá cuando iba a empezar 1er año. Era un adolescente y yo sentí que ya no podría controlarlo. Un día se me fue para un cañaveral y no me pidió permiso. Ese día me asusté mucho y dije: “Mejor se lo llevo a su mamá”. Pero Jorge, después que creció y ya era un hombre, nunca estaba con ella. Cuando no estaba en mi casa, estaba con mi mamá o con alguna de mis hermanas.

 

Luego mataron a Roni, el hijo mayor de mi hermano Luis, el 16 de mayo de 2013. Él sí vivía en Guanayén. No le dieron tiros, lo mataron con un arma blanca. A nosotros nos llamaron para decirnos y fue otra vez el dolor y la pesadilla. El caso lo tomó la Fiscalía, pero nosotros nunca llegamos a saber qué fue lo que pasó con él. Acababa de cumplir 18 años y no tenía hijos.

Dos años después mataron al último de mis sobrinos, Edison, el segundo hijo de mi hermana Inés. Vivía en Valencia y allí conoció a la muchacha con la que estaba viviendo. Me cuenta mi hermana Elvira que el día del asesinato, él salió de la casa de la suegra a visitar a una amiga. Era mediodía.

Cuando estaba despidiéndose de la amiga, venían pasando tres muchachos y un camión del aseo urbano. Como en la calle había bastantes huecos en el pavimento, el camión cayó en uno de esos huecos. Del camión salieron varios hombres con armas de fuego y sin mediar palabras ni nada les dispararon a los tres muchachos que estaban pasando y a Edison. Luego de darle los tiros, los montaron en una camioneta y se los llevaron heridos. Después nos enteramos que esos hombres eran funcionarios del Cicpc. Todo esto lo contó la amiga de Edison.

A nosotros nos avisaron a las 4:00 de la tarde. Pero ese mismo día, como a las 9:00 de la mañana, Elvira me llamó y me dijo: “Elo, mira, anoche se metieron aquí. Todo el mundo está encerrado porque anoche saquearon el Hiper Líder y el gobierno anda alborotado buscando para ver si encuentran a la gente que saqueó y la mercancía”. Al rato volvió a llamarme, me repitió lo mismo y me dijo: “Estoy preocupada porque Edison está para allá arriba visitando a una amiga”.

Cuando mi hermana fue a retirar el cuerpo de mi sobrino y pidió explicación de lo ocurrido, los funcionarios le dijeron: “Era la vida de él o la de nosotros, porque él andaba armado”. Eso es completamente falso y hay testigos porque eso ocurrió delante de la dueña de la casa en la que Edison estaba de visita.

Fue en el sector Parque Valencia, el 25 de mayo de 2016. Edison fue ajusticiado por cuerpos de seguridad del Estado y murió en el hospital. Su mujer dio a luz a un niño a los dos días de su muerte. Él tenía 20 años.

Eloísa muestra un diario donde lleva registro de cada asesinato de sus familiares con las fechas, que van desde 1998 hasta el año 2016.

Caudi, otro de mis sobrinos, está vivo de milagro. Él quedó lisiado de una pierna. Intentaron matarlo más de una vez. Ha sido víctima de permanentes amenazas de muerte por funcionarios policiales; todo desde que él fue testigo presencial de la ejecución de su tío Narciso. Gracias a Dios que por lo menos salió de Guanayén y más nunca regresó. Las autoridades no han puesto en marcha ninguna medida para protegerlo.

 

Nosotros tuvimos un papá aventurero, nunca quiso estar en un mismo sitio. Era como los gitanos. No duraba más de cinco años en un mismo lugar. Si alguien lo entusiasmaba y le decían: “Mira Brígido, en tal parte están dando unas parcelas y van a dar crédito”, cuando regresaba a la casa le decía a mi mamá: “Justina, anda preparando todo porque nos vamos”. Mi papá llegaba con el camión y a subir muchachos, corotos, animales y todos a mudarnos.

Así vivimos siempre.

Mi papá no nos dejó estudiar. Y quien nos presentó y nos dio el apellido Barrios fue mi mamá. Cada vez que estábamos estudiando, él hacía una mudanza y nos llevaba, y si no conseguía el cupo en ese sitio al que llegábamos entonces nos quedábamos sin estudios bastante tiempo.

Nosotros somos del estado Miranda, de Ocumare del Tuy. Primero vivimos en San Casimiro, después cerca de Chaguarama, y luego nos fuimos a Guanayén. Volvimos a San Casimiro, y otra vez mi papá nos volvió a llevar a Guanayén. Mi hermano mayor tenía 15 años y yo 14. Allí terminamos de crecer y nos dedicamos a la agricultura. Cosechábamos tomates, ají, pimentón… trabajábamos y trabajábamos y no estudiamos más.

Mi mamá nunca protestó por estos cambios, era una mujer del campo y fue criada para seguir al marido sin decir nada. Recuerdo que tantas mudanzas hacían que nosotros nos enfermáramos emocionalmente y pasáramos tiempo prendidos en fiebre.

Nosotros éramos 12 hermanos, 5 varones y 7 hembras. Quedamos vivos todas las hembras, y Pablo, el mayor. Todos vivíamos en el mismo sector, todos los días nos veíamos y siempre nos reuníamos, pero a raíz de las amenazas y muertes de los hermanos nos fuimos alejando. Vivíamos con mucha zozobra y hasta cuando íbamos a velar o a enterrar a mis hermanos y sobrinos estábamos asustados, pendientes de que fueran a llegar los funcionarios.

Jorge y Rigoberto fueron testigos de cómo los policías, cuando los encontraban por ahí, amenazaban a los hermanos. Creo que parte de las muertes fue porque ellos habían sido testigos presenciales de los atropellos y de los asesinatos.

Tuvimos que salir de Guanayén prácticamente huyendo, cada quien se fue mudando a estados diferentes. Unos se fueron a Valencia, a Miranda y para todas partes nos mudamos. Ahora nos reunimos, pero no como antes. Hemos tratado de sobrellevar todo por mi mamá. Hay que tener fuerzas y voluntad por ella, porque si decaemos nosotros, ella también.

Mi hermana Maritza tuvo seis hijos, dos hembras y cuatro varones. Le mataron tres. A raíz de esa tragedia se ha enfermado; sufre de artritis reumatoide. Casi no habla de lo ocurrido y cualquier mención del caso le hace doler la cabeza. Después de lo sucedido ella lo que ha hecho es encerrarse.

Para nosotros todo esto ha sido muy fuerte, nos ha costado mucho, pero poco a poco y con el pasar de los años hemos logrado superar un poco el dolor. Recordar todas estas cosas es duro, muy duro.

Yo he asumido las riendas de esta lucha. A veces para uno que otro evento, alguna de mis hermanas me acompaña. Y mis hijas me apoyan. Ya van 15 años en los que he logrado algunas cosas, como la sentencia de la Corte Interamericana. Ha sido muy difícil, el tener que llegar incluso hasta las instancias internacionales por no encontrar respuestas aquí en Venezuela.

  • Eloísa en la sala de su hogar, el 2 de noviembre de 2017.

Ha sido difícil porque en solo dos casos han dictado sentencia y han enjuiciado a funcionarios, pero prácticamente eso no ha servido de nada, los han sentenciado a penas muy cortas y les dan el beneficio de reducción de las penas, entonces los funcionarios salen en libertad y no pagan nada.

Cuando Didalco Bolívar era gobernador de Aragua, fui a la gobernación luego de uno de los tantos atropellos; todavía no habían asesinado a esa cantidad de muchachos. Hablé con su asistente sobre lo que hacían los policías, y ella me dijo: “Lo que pasa es que esos funcionarios cuando les dicen que los van a enviar al sur de Aragua, como piensan que por allí lo que hay es puro monte y culebra, se frustran y pagan su frustración con todas las personas por ahí en esos montes”. Esa fue toda la respuesta y no pasó nada.

En este recorrido de tantos años he pasado a ser activista de los derechos humanos, pero hay momentos en que me provoca olvidarme de eso y matar gente. Hay gente a la que de verdad provoca matar. Esos policías son seres humanos tan despiadados que parece que vinieran de otro planeta, no parece que los hubiese parido una mujer, o tuvieran familia.

Por más que uno haga, no se puede revivir a la persona amada y ese es un dolor demasiado grande. Yo me siento frustrada. Pero no pienso quedarme de brazos cruzados. Todo lo que tenga que hacer lo seguiré haciendo mientras tenga vida y salud. Gracias a Dios tengo bastantes personas alrededor que me han ayudado mucho, muchas organizaciones de derechos humanos. Eso me da fuerza para seguir luchando.

Eloísa Barrios escribió parcialmente esta historia con el acompañamiento de la docente y escritora Yadira Pérez, quien agregó al texto fragmentos de sus conversaciones grabadas. Las fotografías y videos son de Martha Viaña. La participación de Eloísa Barrios en este proyecto fue posible gracias al apoyo del Comité de Familiares de las Víctimas (Cofavic).

Notas explicativas

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