Un homenaje a mi hermano
Un homenaje a mi hermano
Un homenaje a mi hermano

YARELIS GUERRERO

34 años

Hermana de Jimmy Guerrero

Coro (Falcón) Ene 30, 2018

Me hubiese gustado decirte en vida lo mucho que te amo, “manito”. Pero hoy, con estas líneas, espero que desde donde estés puedas entender lo inmenso de mi amor. Son muchos los momentos que recuerdo con tristeza, y aunque me causaran risa también me llenan algunos de nostalgia. Hubiese querido miles de momentos más contigo. Por eso hoy quiero compartir tu historia.

 

Jimmy, el cuarto de ocho hijos, fue un niño tímido, retraído y con mucha dificultad para aprender, pero con deseo del conocimiento. De joven se tornó rebelde, pero con un corazón muy noble. Como hermano, protector, siempre cuidó de todos, eso lo aprendió de nuestra mamá, que tenía que salir a trabajar y nos dejaba a Jean Carlos y a mí bajo el cuidado de Franklin y Jimmy. Lavando y planchando casas, nuestra madre nos levantó a todos con mucho sacrificio, entre la carencia y la pobreza, pero diciendo que la pobreza estaba solamente en la mente, algo que a todos nos quedó y nos ha ayudado a superarnos. Jimmy, con tanto sufrimiento guardado, tuvo muchos tropiezos que lo hicieron tomar malas decisiones en su vida.

Su niñez no fue como todos los niños quisieran. Teniendo tan solo 6 años sufrió la pérdida de nuestro hermano Eliezer, a quien él era muy apegado. Tan pequeño tuvo que ver a su hermano casi moribundo debajo de una buseta. Vivir ese momento para él fue trágico, oír cómo gritaba nuestra madre para que se detuviera el conductor que, sin saberlo, llevaba debajo a nuestro hermano; ver cómo un vecino logró sacarlo y nuestra madre se lo arranca de los brazos y corriendo se lo lleva al hospital que quedaba a unas pocas cuadras, sin lograr hacer algo para poder ayudarlo.

Esa tragedia marcó mucho a Jimmy. Aunque yo no logré conocer a Eliezer, crecí con la tristeza de su muerte, y cuando tuve que vivir la tragedia de la muerte de Jimmy entendí lo grande de su sufrimiento.

Eliezer no fue el único hermano que perdimos. Antes, nuestra hermana Yanet, quien era la mayor de todos, de tan solo 6 meses, murió por diarrea y fiebre. Luego Milagro, quien no se sabe si de verdad murió o no, ya que nació en otro estado. Mi madre estaba sola con nuestro padre, eran muy jóvenes, hubo complicaciones con el parto y engañaron a mi padre diciéndole que había tenido un varón que había fallecido, cuando en realidad había nacido una niña prematura que estaba con vida y muy sana.

Estas historias siempre nos las contaron. Recuerdo que Jimmy decía que él iba a buscar a nuestra hermana porque ella estaba viva. Sueños que le arrebataron cuando le quitaron la vida.

 

Ese 29 de marzo comenzó como un día común. Me levanté con la novedad de que era la última noche del novenario del hijo del tío Ramón. Estaba esperando que Jimmy pasara por la casa, como acostumbraba a diario, para decirle que fuéramos. Ya mi mamá y mi papá estaban alistándose para irse a Punto Fijo, donde iba a ser la última noche, y así lo hicieron como a las 11:00 de la mañana. Casi a la 1:00 pm llega Jimmy, le digo lo de la última noche y él me contestó: “Yo dije que iba, así que vamos”.

Me preguntó si le había pedido permiso a mi mamá y le dije que sí, algo que no era cierto. Luego me preguntó que dónde estaba mamá y le contesté que ya iba hacia Punto Fijo. Recogí mi ropa y me fui con él. Camino a su casa pasamos buscando a dos de sus hijos, Jimmy Eliezer y Jannibeth; luego fuimos donde vivían sus dos hijos mayores, María y Francisco, a quienes no nos permitieron ver porque su mamá no estaba.

Seguimos nuestro camino y, casi llegando a la casa de Jimmy, un vecino le dice que por el barrio andaban unos policías en moto, a lo que él responde: “Yo no le debo a ellos y por mí no será que andan por la zona”.

Yarelis Guerrero tiene 34 años y estudia enfermería en la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, donde también trabaja como obrera.

Una prima esperaba a Jimmy para pedirle que la llevara a la última noche. Él le dijo que sí y que saldríamos a las 5:00 de la tarde. Comimos y nos relajamos viendo tele hasta las 4:00 pm, cuando nos alistamos y fuimos a buscar a mi prima. Ella estaba con un amigo en común que preguntó si podía ir y Jimmy le dijo que sí.

Partimos ya casi a las 6:00 pm. Cuando íbamos pasando la alcabala de la vía Coro-Punto Fijo se apagó el carro. Jimmy se bajó, el guardia se acercó, le preguntó qué le pasaba al carro y él le contestó que lo iba a revisar. Luego le pidió la cédula y observó a los que íbamos en el carro. Yo pregunté si pasaba algo, pero no me respondió.

Jimmy logró que el carro encendiera, el guardia le entregó su cédula y seguimos nuestro camino. Pasando el peaje vimos a un hombre que nos observaba mucho, pero no le hicimos caso. Cuando íbamos un poco más allá de Tacuato (un caserío situado en el camino a Punto Fijo), el carro se volvió a apagar. Yo comencé a clamar a Dios para que se arreglara y pudiéramos salir de donde estábamos varados, ya que era de noche y esa zona es muy peligrosa. Mi prima temblando de miedo le dijo a Jimmy que llamáramos a una grúa y él dijo que no. Al rato vuelve a revivir el carro y seguimos.

A esas alturas ya yo tenía como un presentimiento de que nos venían siguiendo porque había observado un carro pasar varias veces mientras estábamos varados y por el camino iba como aguantándose para no pasarnos. Ya en Punto Fijo nos costó conseguir la dirección de la casa del tío, pero preguntando por fin llegamos.

En la puerta de la casa conseguimos a tío Ramón, lo abrazamos, le dimos el pésame, entramos y saludamos a la familia. En el solar estaba nuestra madre, quien se sorprendió al vernos. Nos sentamos Jimmy, mi prima, mi madre y yo a conversar.

Luego de dos horas, ya casi a las 10:30 pm, mi tío Ramón le dijo a Jimmy que lo llevara a comprar unas galletas que faltaban y un ron. Yo me entretuve hablando con mi prima y mi mamá cuando sentí el ruido del carro y le digo a mi mamá: “Ese es Jimmy”. Ella me dice: “Corre, vete con él”. Yo llegué al carro y observé a mi tío Ramón de copiloto con un amigo de mi hermano en la parte de atrás, y le pregunté a Jimmy que a dónde iban. Él me respondió: “Ya vengo”. Yo le dije: “Voy contigo”, pero mi tío me respondió: “Ya venimos, espérenos que ya venimos”.

Jimmy me dijo lo mismo que tío Ramón. Sin saber que era la última vez que lo vería con vida, me quedé observando cómo se alejaba el carro hasta que lo perdí de vista, con tristeza, sin saber por qué.

 

Volví a sentarme con mi mamá y mi prima hasta que hicimos el último rezo a las 12:00 pm. Ya casi a las 2:00 de la madrugada todos nos preguntábamos dónde estaban Jimmy y tío Ramón. Mi mamá comenzó a temblar y me dice: “Tengo frío, ¿qué es esto?”. Yo la veía extrañada, pero con el corazón a mil. En eso se despidió un primo y se fue, pero no pasaron ni 20 minutos cuando regresó gritando: “Soleida, Soleida, mataron a Ramón”.

Al escuchar aquello, lo tomé por la camisa y le pregunté por mi hermano. Y él, en su dolor, me respondió que estaba herido.

Mi familia, mi mamá, todos gritaban, lloraban. Varios vecinos de tío Ramón corrieron hacia la avenida que hay que atravesar para llegar al hospital Calles Sierra. Yo me uní a todos sin saber a dónde iba. Al llegar al hospital, algunos causaron destrozos a las instalaciones, pero yo lo único que buscaba era la sala de emergencia para ver dónde estaba Jimmy, ya que creía que estaba herido y hubiera dado todo porque así fuera.

Preguntaba dónde estaba el herido que llegó con el muerto, pero nadie me sabía decir. Hasta que un hombre que estaba parado en el pasillo que da a la morgue me dijo: “No, él está muerto”. Le insistí que estaba herido y él me dijo: “Búscalo allí” y me señaló la morgue. Caminé por el pasillo, pero con cada paso se me ponían las piernas más y más grandes. Cuando llegué a la puerta y miré adentro, allí estaba él, Jimmy, tendido en una mesa, al lado de mi tío Ramón, ambos desnudos, y otro hombre que había tenido un accidente. Me llamó la atención que éste todavía estaba vestido.

Abracé a mi hermano llorando. Cuando le agarré la cabeza, mis dedos tocaron un hueco que tenía cerca de la oreja. Allí lloré por casi 20 minutos hasta que reaccioné y me dediqué a detallar cada parte de su cuerpo. Pude observar que tenía un tiro o un hueco cerca de la muñeca derecha, otro cerca de la ingle y los demás en la cabeza. Observé que no tenía la piel del pecho, que tenía raspadas las rodillas, que le faltaba parte de una oreja, que parte de su cara estaba quemada y que su expresión era como si estaba dormido.

Intenté tocar a mi tío, pero algo me estremeció y no pude. También intenté ver al hombre que estaba al lado, pero no pude, quedé como tiesa después de detallar y grabar en mi mente todo el cuerpo de mi hermano. Entonces, respiré profundo y salí de la morgue.

 

En la emergencia ya había llegado la policía y quienes habían causado los destrozos se habían dado a la fuga. Afuera estaba mi familia, algunos lloraban, otros gritaban, aquello era una locura. Entre ellos vi a mi sobrina Frayli, quien para entonces tenía 7 años de edad, y me preguntaba: “¿Por qué Jimmy nos hizo esto?”, sin entender que no era él quien hizo algo sino que le habían hecho algo a él. Yo solo la miré. Frente a ella estaba mi mamá, quien me preguntó que dónde estaba Jimmy. Yo solo moví la cabeza de un lado a otro y mi mamá entendió lo que con palabras no pude decir, que Jimmy estaba muerto.

La prima que había viajado con nosotros me abrazó y le dije: “Me voy a Coro”, y ella me dijo: “Me voy contigo”. Comenzamos a atravesar el llano que está antes de llegar a la avenida Alí Primera cuando vimos un carro de cuatro puertas con los vidrios abajo, en el que iban varios hombres que nos pudieron ver entre la maleza y nos apuntaron con la mano.

Mi prima y yo nos detuvimos para esperar que el carro pasara la avenida. Cuando lo vimos lejos, corrimos, pero de pronto los hombres se regresaron. Entonces pasó un taxi y le dije: “Llévenos a Coro rápido que me acaban de matar a un hermano y hay un carro sospechoso que nos sigue”. Gracias a Dios el hombre aceptó.

En el trayecto no sentía nada, no pensaba en nada, solo veía las luces de los carros. Ya en Coro, pasé primero por casa de mi abuela. Me abrió mi prima Levi, quien se sorprendió al verme y me preguntó que qué pasaba. Le dije: “Mataron a Jimmy y a tío Ramón, avísenle a la familia y vayan a casa de mamá a arreglar todo para cuando lo traigan para acá”. Luego fui a la casa de Jimmy. Al llegar, un frío recorrió todo mi cuerpo. La puerta la abrió la mujer de mi hermano, quien sorprendida me preguntó por él. La miré y le dije: “Me lo mataron”. Ella gritó. “¿Cómo va a ser?, yo le dije que no fuera”, me dijo.

Los vecinos se acercaron al escuchar los gritos y el llanto. Yo pasé al cuarto de Jimmy y me acosté en la cama donde horas antes habíamos estado y reído. Comencé a pensar por qué no me había quedado con él, por qué no había insistido en ir con ellos para haber estado pendiente, tal vez no lo hubieran matado.

Eran mil pensamientos, pero ninguno cambiaba la realidad de lo que estaba sucediendo.

Después de un rato, sus amigos llegaron y dijeron que iban a Punto Fijo a ver por qué habían asesinado a Jimmy, si él no tenía enemigos allá. Entonces, me fui con ellos en el otro carro de Jimmy, el azul. En el hospital estaba todavía mi familia a la espera de la entrega de los cuerpos. Entré para saber de Goyo, el amigo que estaba con Jimmy y tío Ramón en el momento del crimen. Él se llama José Gregorio Laconcha. Una enfermera me dijo que estaba en el área de Recuperación pues tenía una herida de bala en el brazo.

Al verme, Goyo me dijo: “Fueron los azules”. Le dije que se callara porque había mucha gente. Me pidió que lo sacara del hospital y así lo hice. Lo llevé a casa de su familia en Coro y de allí a casa de mi mamá porque no tardaba en llegar el cuerpo de Jimmy.

Jean Carlos, el segundo de los hijos de la señora Emilia, se convirtió en activista de derechos humanos en el estado Falcón buscando justicia por el asesinato de su hermano. Se graduó de abogado nueve años después del suceso.

Después del entierro la familia se separó. Cada uno lidió con su dolor de forma diferente.

Mi mamá lloraba y lloraba, Franklin no dormía, lloraba, pero no hablaba de lo que estaba sintiendo. Jean Carlos comenzó su lucha por esclarecer el asesinato y denunciar las violaciones a los derechos humanos por parte de los cuerpos policiales. Se unió a familiares que habían pasado por igual situación y crearon un comité que posteriormente logró el apoyo de organizaciones como Cofavic, lo cual permitió que el caso llegara hasta la Corte Interamericana de los Derechos Humanos.

Yo me alejé de la familia, tal vez culpándolos de lo que pasó, aun sabiendo que, al igual que yo, amaban a Jimmy y les dolía no solo su muerte sino la forma tan trágica y brutal como fue asesinado.

El tiempo no se detuvo, el reloj siguió avanzando. A 15 años de su muerte, veo a la familia, veo a sus hijos que han necesitado tanto de su padre. A Jean Carlos y a Franklin cómo de cierta forma no se han perdonado, no han hecho las paces con Jimmy.

Veo a mi mamá que, con tristeza, recuerda las locuras de Jimmy y se ha aferrado a su hija Jannibeth, que solo tenía tres meses de nacida para el momento del homicidio.

  • Franklin Guerrero, hermano mayor de Jimmy, con Jannibeth, la hija menor del joven asesinado.

Les he contado a mis hijos sobre su tío, lo unidos que éramos y el dolor que todavía siento por su muerte. Superar la muerte de un hermano es demasiado difícil, pero he aprendido a vivir con eso.

Muchas personas se nos han acercado para decirnos que era Jimmy quien les daba de comer, que él los ayudaba. También habrá personas que dirán cómo Jimmy los dañó en el tiempo que delinquió, pero jamás será como lo quisieron poner los medios de comunicación y el cuerpo policial, como un antisocial de alta peligrosidad, porque Jimmy jamás tuvo un expediente judicial y su expediente policial solo estuvo lleno de presunciones sin base.

Es verdad, Jimmy en su pasado tomó malas decisiones, pero él enderezó su camino. Su condena la puso una rencilla con un policía que no lo perdonó y lo sentenció porque no se le calló y lo enfrentó, no le temió a su fama de policía malo. Esa fue la sentencia de mi hermano, su valentía para solicitar protección al Ministerio Público frente al acoso y maltrato policial, aunque su función consista en mantener el orden y resguardar la integridad de los ciudadanos. Todo esto fue olvidado, no solo con la muerte de mi hermano, sino con la de muchos que fueron asesinados y torturados por la policía.

 

Jimmy: para mi fuiste mi gran hermano, mi loco, mi guía. Ya no volvieron a tocarme la pared del cuarto anunciando tu llegada, ya no hubo con quien sentarme en la esquina, con quién escaparme. Nada después de ti volvió a ser igual.

A 15 años de tu partida tu ausencia duele todavía. Aunque he aprendido a vivir con este dolor, aún espero verte llegar y que todo lo que pasó sea mentira. Nunca podré superar tu muerte y siempre, por siempre, te amaré, Jimmy. Espero que, cuando me toque partir, estés allí esperándome y volvamos a ser los mismos, manito. Te extraño mucho.

Yarelis Guerrero escribió esta historia con el acompañamiento de la periodista Eva Riera. Las fotografías y videos son de Francisco Colina. La participación de Yarelis Guerrero en este proyecto fue posible gracias al apoyo del Comité de Familiares de las Víctimas (Cofavic).

Notas explicativas

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