Donde él se encuentre, va a ejercer la medicina

Carmelo Gallardo es uno de los 11 médicos que fueron detenidos en las protestas ciudadanas del 30 de abril de 2019. Hematólogo y jefe del Banco de Sangre del Hospital Central de Maracay, en el estado Aragua, le imputaron los delitos de resistencia a la autoridad, obstrucción de la vía pública e instigación pública, y ordenaron su reclusión en el Centro de Detención de Alayón, donde todavía se encuentra. Este es el testimonio de su esposa, María Pérez de Gallardo

Fotografías: Álbum familiar

 

Angélica Valentina lloró mucho en su cumpleaños. El 6 de mayo de 2019, ni su papá ni yo estuvimos para celebrar que ya tiene 12 años. Desde que a su papá lo detuvieron el 30 de abril, no he tenido tiempo de atenderla a ella ni a su hermano menor. La detención de Carmelo ha sido un trago muy amargo para todos, pero particularmente para los niños que necesitan ver a su papá y preguntan todos los días por él.

Mi hija se enteró por las redes sociales. Cuando una de sus profesoras comentó sobre las detenciones de varios médicos y mostró algunas fotografías, Angélica Valentina identificó enseguida a Carmelo. Mi esposo es médico hematólogo e internista, jefe del Banco de Sangre de Maracay, en el estado Aragua.

Ese 30 de abril salió a protestar, como mucha gente, acatando el llamado a las calles que había hecho el presidente encargado Juan Guaidó, junto a Leopoldo López y rodeado de militares, desde el distribuidor Altamira, en Caracas.

Había salido de la casa de sus padres en Santa Rita. En bicicleta, que es como mi esposo se moviliza, son casi 10 kilómetros de distancia, pero ese día, ya rodando, se le desinfló un caucho. Decidió montar la bicicleta en el camión de un vecino y seguir la marcha a pie hasta llegar a la Avenida Bermúdez de Maracay, armado con su pito y sus carteles.

En pleno fragor de la protesta, una señora se desmayó y Carmelo fue en su auxilio. Y en ese instante, unos sujetos de civil —incluyendo una mujer— que se presume que eran funcionarios de inteligencia del Sebin, lo sometieron y, luego de robarle sus zapatos y el teléfono celular, se lo llevaron.

Extrañada por lo que había leído en las redes, Angélica Valentina llegó a casa y me preguntó:

—¿Qué pasó con mi papá?

No pude ocultarle la verdad, ya no es una bebé, y así me lo hizo saber cuando intentaba explicarle lo ocurrido. Soltó el llanto. No entendía por qué a su papá, ese que muchas veces la llevaba a pintar murales con campañas para donación de sangre, estaba preso.

—Dile que no está solito y que lo amo.

 

La noche en que me avisaron, mi niño más pequeño dormía conmigo. Carmelo Andrés, de 3 años, aunque es más apegado a mí, se despertó molesto y me pidió hablar por teléfono con su padre.

—¡Pásame a mi papá! —me exigió. Eran como las 9:00 de la noche cuando me avisaron de la detención de Carmelo.

Tuve que decirle que su papá estaba ocupado atendiendo a unos niños enfermitos: él se ha dedicado 16 años de su vida a salvar vidas, especialmente la de niños con leucemia y con cáncer. Su dedicación es reconocida por todos sus colegas y los amigos que ha cultivado desde la Universidad de Carabobo.

Entré en pánico y lloré a más no poder. No sabía qué hacer, me lancé al suelo hasta que mi mamá me pidió que me calmara. El bebé estaba cerca y me vio en ese estado. Habían pasado unas 14 horas desde la última vez que hablamos por teléfono, a eso de las 7:00 de la mañana.

—Me voy para la calle —me dijo.

—Cuídate, sé prudente, recuerda a los niños —le respondí.

Uno nunca sabe cómo va a reaccionar y, aunque para nadie es un secreto la situación que estamos viviendo, siempre está presente el temor de no saber qué le pueden hacer a las personas. Las desaparecen, las matan. Me preocupaba que le hubieran hecho algo, pues no es la primera vez que Carmelo se exponía. Siempre ofrecía ruedas de prensa denunciando la crisis sanitaria que se padece en el Hospital Central. Solía participar en protestas pacíficas exigiendo insumos, medicamentos y reactivos para atender a sus pacientes y para dotar al principal banco de sangre de la región, que él dirigía.

Comencé a contactar a nuestros amigos y colegas, necesitaba saber en ese momento cómo estaba, en dónde lo tenían. Pero nadie sabía nada.

Fue a las 11:00 de la mañana del 1 de mayo cuando supimos que Carmelo estaba vivo. Lo habían llevado al cuartel Páez, una institución militar en pleno centro de Maracay. Es por eso que ningún activista de derechos humanos o abogado del Foro Penal en Aragua lo localizaba. El cuartel Páez nunca ha sido lugar de reclusión para detenidos en protestas. Allí permaneció por tres días, hasta la noche del 2 de mayo, cuando lo trasladaron esposado al Palacio de Justicia para la audiencia de presentación. La juez Yasdeise del Valle Herrera, del Tribunal Séptimo de Control, le imputó los delitos de resistencia a la autoridad, obstrucción de la vía pública e instigación pública, y ordenó su reclusión en el Centro de Detención de Alayón.

 

No me sorprendió del todo su detención. En este país todos corremos riesgos. Además, son 12 años viviendo con Carmelo y sé que es un acérrimo defensor de los derechos humanos. Es pacifista, respetuoso. Dos días después pude visitarlo.

Cuando me vio, lloró. Pero estaba tranquilo, sabía que afuera estábamos luchando por su libertad. Confiaba en que pronto saldría, aunque hasta ahora no ha sido así. Allí sigue. Y mientras permanezca encerrado, hará cosas para ayudar.

—Donde me encuentre, voy a ejercer la medicina y aquí tengo que seguir haciendo algo por mi país –me aseguró.

Ese día que pude verlo, me entregó una lista de cosas para que se las llevara. Me pidió un estetoscopio, pelotas de básquetbol, escobas, pinturas, brochas y libros. Carmelo ya había examinado a los reclusos del penal, los había desparasitado y les ofreció charlas sobre el lavado de las manos, les pidió sacar las colchonetas al sol para evitar los ácaros, los puso a hacer actividades físicas. Dice que los mantendrá ocupados mientras dure su reclusión.

La pintura que pidió era para pintar las paredes, para que ese lugar no luciera tan sucio como ahora está. Y los libros, para enseñar a leer y escribir a los presos. Carmelo estudia 6to semestre de educación en la Universidad Nacional Abierta, así que no desaprovechará su permanencia en la cárcel para ejercer la docencia. Quizá es una vocación que heredó de sus padres, Olga y Carmelo, ambos docentes jubilados e hipertensos. Ella tiene problemas auditivos severos y desde hace dos años aproximadamente ya no pudimos seguir cubriendo el costo de las prótesis que necesita para escuchar.

Están sufriendo mucho con la detención de su único hijo, su sostén, su apoyo, su todo. Su papá, aunque es un roble, sufre callado. No tendrán consuelo hasta que no vean a su hijo libre. Ella quiere verlo todos los días, pero las visitas solo son los miércoles y los sábados. No deja de llorar ni un instante, tanto, que cuando fue a visitarlo la primera vez, los reclusos también lloraron con ella, conmovidos.

 

Mientras lo sacan de allí, solo nos queda esperar, sin bajar la presión, sin dejar de exigir su libertad, sin dejar de estar en la calle a pesar de tener claro lo que nos puede pasar por protestar. Mi esposo sabe que estamos luchando por él y que, con el favor de Dios, pronto, saldrá en libertad. Solo después de que esté libre, la decisión de irnos del país, esa que años atrás habíamos discutido por el bien de nuestros dos hijos, no tendrá vuelta atrás.

No es fácil. Es inmensamente injusto que un hombre, que lo único que ha hecho es salvar la vida de otros, esté preso. Carmelo ama su profesión, a ella se dedica sin descanso. No lo digo yo. Lo dicen sus colegas, sus compañeros de trabajo.

Mientras él permanecía horas y horas en el hospital atendiendo a niños y adolescentes con leucemia y otras enfermedades de la sangre, yo, además de mi trabajo como nutricionista en la Unidad de Diálisis del Hospital Central de Maracay, también pasaba consultas en La Victoria y en Cagua. Así que debía moverme mucho.

Varias veces fuimos víctimas de la inseguridad que se vive en Venezuela. Una vez nos atracaron; en otra oportunidad, me persiguieron para robarme el carro. Fue en una tercera ocasión, cuando nos exigieron pagar “vacuna” por tener carro y por vivir en una urbanización en La Morita, que Carmelo decidió moverse en bicicleta. Ya lo hacía desde que estudiaba en el postgrado de internista en el Hospital José María Vargas, en Caracas. Él era un hombre con sobrepeso y andar en bicicleta lo ayudó mucho a adelgazar. Son más de 20 kilómetros que recorría todos los días, ida y vuelta, desde nuestra casa hasta el hospital en Maracay.

Ese es mi esposo, el que cumple años el mismo mes que yo, el que tiene la misma edad que yo, con el que volvería a casarme una y otra vez. De sus 36 años, 12 los ha dedicado a sus hijos en cuerpo y alma. Es un padre y un hijo ejemplar.

Y hoy es un preso político.


Esta historia fue producida dentro del programa La vida de nos Itinerante, que se desarrolla a partir de talleres de narración de historias reales para periodistas, activistas de Derechos Humanos y fotógrafos de 16 estados de Venezuela.

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No me imagino ejerciendo otro oficio. Menos mal que soy periodista. Corresponsal de Crónica Uno y del Instituto Prensa y Sociedad, en Aragua. Defensora activa de DDHH.

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