El largo camino a casa de Iván Simonovis

Nov 24, 2018

Tras 225 audiencias, en las que recorrió 39.000 kilómetros esposado, nunca se pudo demostrar la culpabilidad de Iván Simonovis en la acusación de “complicidad correspectiva” en la muerte de dos personas durante los sucesos del 11 de abril de 2002. Pese a eso, fue condenado a 30 años de prisión. Luego de cumplir 10 de ellos, volvió a un hogar que no reconocía, en el que ya no estaban los niños que crecieron en su ausencia.

Fotografías: Álbum familiar

 

Iván Simonovis pidió hacer una llamada. De memoria recitó un número y marcó. “Voy camino a la casa”, alcanzó a decirle a su hija de 18 años. Esta vez la noticia se la dio él mismo porque era una buena. Esta vez quiso darle primero a ella una alegría. Nueve años y 229 días atrás, cuando apenas tenía 8 años, recibió la peor que le han dado: a su papá lo habían condenado a 30 años de prisión.

A la 1:20 de la madrugada de ese sábado 20 de septiembre de 2014, cuando las protestas contra Nicolás Maduro en Venezuela habían dejado 43 muertos, el mismo director de la cárcel militar de Ramo Verde subió al piso 5, entró a la segunda celda a la izquierda y le dijo al preso más emblemático de Hugo Chávez:

—Se va para su casa.

No le creyó. No le cree a nadie del Gobierno. Llegaron un fiscal del Ministerio Publico y unos representantes del tribunal que llevaban su caso. Habían acordado darle casa por cárcel, pero se lo avisaron en la madrugada, cuando se supone que no se toman decisiones de este tipo. No lo creyó hasta que llegó a su casa, en Caracas. Aún era de madrugada, en esas horas en las que la oscuridad es espesa.

Tenía puesto un mono deportivo y le permitieron cambiarse de ropa. Se puso un jean y una franela blanca. Esta vez no lo trataron con violencia; esta vez, los funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional fueron amables. Esa madrugada, hasta le pidieron tomarse fotos con él.

 

Antes, Simonovis había estado en El Helicoide, la sede de la policía política de Venezuela, en Caracas. En una celda de cuatro metros cuadrados, en el sótano, sin ventilación ni luz natural. Los fines de semana podía recibir la visita de su esposa y de sus hijos en un área común en el que casi no cabían.

Los sábados y los domingos, su esposa Bony y sus hijos Iván Andrés e Ivana sentían cómo cuatro candados grandes se cerraban detrás de ellos y entraban a una sala donde acomodaban, apretadas, cuatro mesas.

En la que estaba pegada al baño, al olor a orine seco, al tonel con agua para echarle a la poceta, la que estaba del lado donde más revoloteaban las moscas porque estaba el pote de la basura; en esa, cada fin de semana y por siete años, es en la que se tenía que sentar la familia Simonovis.

Había cuatro sillas. En una se sentaba Bony, en la otra Ivana y, con los pies montados sobre la cuarta silla, se sentaba Iván Andrés, el hijo mayor del matrimonio.

Uno de esos días, como una alegoría, Iván Andrés estaba leyendo Cien años de soledad.

Su papá entró a la sala. Ivana corrió y se le lanzó encima. Bony lo besó. Iván Andrés se quedó sentado, lo abrazó desde la silla. No hablaba. No interactuaba. Tenía los ojos pegados en el libro.

Cuando faltaba media hora para que se cumplieran las cinco que duraba la visita, el hijo mayor se levantó y se sentó aparte con su papá. Desde que tenía 12 años, a la fuerza, se había convertido en el hombre de la casa. Conversaron como amigos, se notaba la camaradería, planearon sobre los días sucesivos en los que no se verían, ni podrían hablar, ni siquiera por teléfono.

Porque en El Helicoide, a Iván Simonovis no le permitían la llamada diaria, no lo dejaban ir al baño cuando lo necesitaba, no lo dejaban que comiera caliente, ni que saliera a tomar sol. Solo tenía acceso a la luz del sol dos horas cada dos fines de semana. Nunca le apagaban la luz de su celda y por eso, a veces, perdía la noción del tiempo y no sabía si era de día o de noche. Y fue esa misma luz la que le comió la vista.

Terminó la visita. Cuando la familia regresaba a la casa y Simonovis a su celda, ya nadie decía nada.

Ese domingo en la tarde, Iván Andrés resopló con dolor: “¿Cómo no voy a tener rabia?”. Recordó la tarde en la que estaba en la cancha de su colegio jugando fútbol y un amigo le gritó en la cancha: “Simonovis, a tu papá le metieron 30 años”. En esa retrospección, Iván Andrés se fue hasta el 3 de abril de 2009, el día en que se cumplió en Venezuela el juicio más largo de la historia del país.

Fueron cuatro años de ir y venir a un tribunal que estaba a 100 kilómetros de Caracas, donde durante 225 audiencias se interrogaron a 198 testigos, a 48 expertos, se evaluaron 250 experticias y se analizaron 5.700 fotografías y videos. Ninguna de esas pruebas demostró su culpabilidad, pero de lo que sí hay pruebas es de que en la suma de los días que viajó a las audiencias, tuvo que recorrer 39.000 kilómetros esposado.

A Iván Simonovis, el ex jefe de seguridad de la Alcaldía Metropolitana de Caracas, le imputaron ese día el delito de “complicidad correspectiva” sin autores materiales. Lo acusaron de la muerte de 2 de los 19 fallecidos el 11 de abril de 2002, en lo que para él fue, como dijo un día en una entrevista, “una pena de muerte”. Y 10 años después, a Iván Simonovis lo devuelven a su casa el día que no se lo esperaba.

La lucha de su esposa Bony para que le dieran casa por cárcel tenía una carga de desesperación. Sabía que corría peligro porque una de sus 19 patologías es la osteoporosis degenerativa de columna y cervical, lo cual lo debilitaba, le impedía alzar peso o inclusive doblarse con fuerza o rapidez.

 

Cuarenta y cinco minutos duró el viaje. Desde Los Teques, donde queda Ramo Verde, hasta Caracas, hizo el recorrido por una ciudad que le era ajena. No era la que había conocido ni custodiado durante los 23 años en los que trabajó como investigador y experto en materia criminal. No era ni parecida a la del 11 de abril de 2002, la de los hechos por los que estaba detenido. Era una a la que había tenido una proximidad a través del libro Caracas muerde, de Héctor Torres. Una más hostil, quizás, una en la que aún hoy no ha podido volver a caminar.

Ese día, no solo la ciudad le pareció ajena, su casa también. Porque cuando se está 10 años fuera de su espacio, o dentro de uno ajeno, de esos en los que el ser humano no se reconoce, ya nada se parece a lo que era, ni siquiera lo que había en el cuarto de sus hijos. Tampoco estaban los muebles que había dejado en la sala la última vez que estuvo. No recuerda cómo eran. Había llegado a una casa nueva.

En ese espacio, todo había cambiado.

Los primeros: sus hijos.

Cuando cumplió cinco años de prisión, su sueño de libertad era abrazar a su familia lejos de las paredes de la cárcel, pero ese día que llegó a su casa, ya Iván Andrés no vivía allí. Estaba en Alemania, a 8.544 kilómetros de Caracas.

—Hija, al fin en la casa —le dijo a Ivana.

No hubo palabras. Solo un abrazo.

Esa noche nadie durmió en esa casa.

 

Levantarse, desayunar, hacer ejercicios, ver noticias, jugar con los dos perros que hay en la casa y pasar horas sumergido en un simulador de vuelo es lo que Iván Simonovis retomó como lo cotidiano. Sería el estado ideal, si no fuera porque cinco hombres armados con fusiles lo custodian desde la única puerta de entrada. Son los mismos que le toman fotografías tres veces al día y le recuerdan que hay libertades a medias y que hay otras formas de estar preso. Cuando suena el timbre es porque el Sebin llama, como lo hizo la mañana de este 21 de noviembre cuando, sin orden de un tribunal, se lo llevaron a su sede de Plaza Venezuela para interrogarlo sobre su salud.

Sus dos hijos ahora están estudiando en Alemania. Iván Andrés es comunicador social y hace un máster en cine, e Ivana estudia 2do año de trabajo social. Ahora el papá está en la casa y los hijos fuera. El destino, otra vez, jugando a la inversa.

Es rockero. Le gusta escuchar U2, en su casa suena Led Zeppelin, Pink Floyd y hasta El Canto del Loco, el grupo musical español que le recomendó su hijo. Lee y escribe un segundo libro, luego de haber hecho un primer ejercicio con una autobiografía que tituló El prisionero rojo.

En la cárcel siempre intentaba estar con una sonrisa y, ahora en la casa, su hija desde la distancia tiene la percepción de que él está más feliz. Después de que su papá volvió, Ivana pudo estar un año con él, antes de irse a estudiar, y ese tiempo lo aprovechó para hacer lo que quiso y no pudo cuando era niña: lavar el patio, arreglar cosas dañadas, cocinar. Ponerle rostro a sus momentos juntos en la casa, como decían que lo harían en cada visita a la cárcel.

Pese a ser un hombre enfermo, hace tres años no lo trasladan a un hospital. Un médico lo visita en la casa, y para calificar su diagnóstico solo dicen que tiene la salud comprometida, aunque Bony sabe que, si no le atienden la descalcificación de la cervical, con solo un estornudo podría quedar parapléjico.

Del hombre zurdo que aprendió a disparar con la derecha, que comandó operaciones de rescate, que fundó el primer equipo de policía científica en Venezuela, queda poco. Ya no es el mismo. Iván Andrés quizás tiene razón cuando dice: “La cárcel nunca ha estado más cerca y la libertad más lejos”.

 


Historia elaborada en el XII Seminario de Periodismo Narrativo “El pulso y alma de la crónica”, de Cigarrera Bigott, en 2018.

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