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Él le dijo que no lo visitara nunca

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Oct 19, 2022

El Servicio Bolivariano de Inteligencia se llevó a José Eloy Rivas de su casa. La Fiscalía le imputó ocho delitos por su presunta participación en el magnicidio frustrado del 4 de agosto de 2018. Luego de las audiencias preliminares y de las pruebas consignadas, fue exculpado por ellos. Y sin embargo, 4 años después, el 4 de agosto de 2022, fue condenado a 20 años de prisión. 

Él le dijo que no lo visitara nunca
FOTOGRAFÍAS: KAORU YONEKURA

En la madrugada del jueves 4 de agosto de 2022, Oyuki Vicentelli entró al juicio de su esposo, José Eloy Rivas. Se sentó diagonal a El Negro, como lo llama; a la derecha de la esposa del general Alejandro Pérez Gámez; detrás del abogado Joel García y delante de la mamá del diputado Juan Requesens. Allí estaba cuando escuchó las sentencias de la juez Hennit Carolina López para el diputado, 3 militares y 13 civiles imputados por el magnicidio frustrado del 4 de agosto de 2018, conocido como “el caso de los drones”: uno que estalló en la avenida Bolívar de Caracas durante la celebración de aniversario de la Guardia Nacional Bolivariana y otro que perdió el control en un edificio cercano.

“Primero condenó a los 12 que quedaron con pena máxima de 30 años de prisión —recuerda Oyuki—. Después nombró a Requesens, con 8 años. Entonces, me emocioné creyendo que quedaban condenas mínimas y que mi Negro salía. Pero después de Requesens, condenó al general Héctor Hernández Da Costa a 16 años y a Ángela Expósito a 24 años. Entonces, perdí la lógica, pero me mentalicé en que al Negro lo iban a nombrar de último, porque lo iban a liberar”.

A José Eloy Díaz Rivas —de 64 años católico, esposo de Oyuki, papá de Edicson, Elvis, Yordany, José Eloy Junior, Stephania, Yeffemberg El Gordo y de la cocker spaniel Sascha; abuelo de siete nietos; hacedor de sopas espesas; jubilado de la Policía Metropolitana y único ciudadano de tercera edad en el caso— lo condenaron a 20 años de prisión.

Él le dijo que no lo visitara nunca

“El Negro se había sentado de lado y nos veíamos mientras hablaba la juez. De repente, cuando escuchó la condena, se puso rojo, comenzó a golpearse fuerte y con desespero en la frente, respiraba duro y rápido. Estaba como asombrado e ido… Yo no reaccionaba. Estaba en blanco, impresionada. Todos estábamos sorprendidos. Nunca me imaginé que lo fueran a condenar y menos a tantos años”.

Ninguno de sus hijos tampoco. Cuando Oyuki envió la nota de voz al grupo familiar de WhatsApp, Stephania sintió que se le paralizó el tiempo unos segundos y que no parecía real lo que estaba pasando. Elvis cuenta que le dio “un dolor raro” en el pecho. Junior salió a caminar sin rumbo. Ninguno hablaba, aunque, quizá, pensaban lo mismo que Elvis: “¿Por qué van a dejar preso a un pajúo como papi, si no es amenaza para el gobierno? ¿Qué verga es esta?”. Y quizá, cada uno entendió lo mismo que Elvis: “No hubo juicio. Todo fue un show”.

“Hay gente que me dice que no lo vea desde el punto de vista negativo, pero ¿dónde está el punto de vista positivo?”, se pregunta ahora Oyuki. “Afectaron a toda la familia. Ya José Eloy tiene 64 años, 4 años preso, le faltan 6 para que le den el beneficio de casa por cárcel. Y si es que se lo dan, porque en las visitas yo he visto que hay señores enfermos de más de 70 años que todavía están presos”, dice.

A José Eloy se lo llevó el Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) el domingo 5 de agosto de 2018. Como casi todos los domingos, ese día había hecho sopa y, como tantas noches, tenía restos de pasapalos en la mesa, la reja sin llave, la puerta abierta y el CD de Reynaldo Armas sonando bajito. 

Aparecieron los policías de negro, uno de ellos vio a José Eloy y dijo: 

—Ese es el hombre. 

De inmediato, unos 10 funcionarios entraron al apartamento, otros se quedaron en el pasillo, otros cerca del ascensor y otros más en la planta baja.

—¿Qué celebran? —preguntó el jefe de la comisión. 

—El cumpleaños de mi esposa —respondió José Eloy .

Él le dijo que no lo visitara nunca

Entonces, el tipo soltó medio riéndose: ‘¡Feliz cumpleaños, señora!’ y nos sacaron a todos… Cuando me dijeron que a El Negro se lo iban a llevar detenido, pregunté el motivo y me respondieron que él sabía”, recuerda Oyuki.

Pero no. Ni José Eloy ni su familia sabían. Lo supieron cuatro días después, el 9 de agosto, en la cadena televisiva en la que habló Néstor Reverol, entonces ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz. Según su versión, José Eloy, dueño de la empresa Stand Electronics 327, pagó y coordinó el hospedaje, la alimentación y el traslado de quienes operaron los drones, incluso hasta en Chinácota (Colombia). Reverol agregó que José Eloy entregó equipos electrónicos y colaboró con el traslado de las piezas de uno de los drones. De manera que, según esa versión, José Eloy era uno de “los financistas, terroristas y sicarios”.

Lo que todavía no ha dicho el exministro ni el gobierno venezolano es que Stand Electronics 327 era una empresa de venta de celulares que sobrevivía haciendo cambios de bolívares por dólares. José Eloy no era su dueño, sino su vicepresidente, pero en la práctica solo se dedicaba a despachar los escasos pedidos. José Eloy no firmaba cuentas, apenas estaba aprendiendo a usar un teléfono inteligente y todavía no sabe hacer transferencias bancarias.

Pero en los registros de la empresa había cuatro transferencias en bolívares, hechas en julio de 2018. Una al Hotel Tamanaco, otra a Eastcrest de Venezuela 2005, otra más a Inversiones Vistalparque y una a ACO Alquiler. Estas fueron solicitadas por Josser Eduardo López Valero como cambio de dólares a bolívares. Las cuatro transferencias sumaban 703,63 dólares (monto que fue redondeado a 704) y resulta que sirvieron para que, en efecto, los involucrados en el magnicidio frustrado se hospedaran en Caracas y alquilaran un vehículo.

Elvis fue solicitado por Reverol en cadena nacional. “Como yo era el presidente de la empresa, pero ya no vivía en Venezuela, se llevaron a mi papá. Cuando entendí la confusión que nos salpicó, le propuse a mi familia: ‘Yo voy para allá, hablo y se arregla todo’. Pero todos me pidieron que no lo hiciera, porque si iba, no habría un preso, sino dos”, dice ahora.

Casi también se llevan presa a su hermana Stephania, quien recuerda: “Cuando el Sebin vino a buscar a mi hermano Elvis, el funcionario que vio mi cédula, me dijo: ‘¡Cónchale, no te podemos llevar!’, porque yo tenía 17 años. Me asusté, porque no sabía qué había hecho para que también me quisieran llevar”.

En la audiencia de presentación en 2018, la Fiscalía le imputó ocho delitos a José Eloy: asociación para delinquir, terrorismo, daños a la propiedad, homicidio calificado frustrado, traición a la patria, homicidio intencional calificado ejecutado con alevosía, financiamiento al terrorismo y lanzamiento de artefactos explosivos. Al culminar las audiencias preliminares en 2019, el Tribunal Especial Primero de Juicio con competencia en casos vinculados con delitos asociados con terrorismo y la delincuencia organizada, le desestimó siete. Le quedaba el financiamiento al terrorismo “parcialmente” y fue exculpado de ello, también en 2019, cuando entregaron dos pruebas.

La abogada del Foro Penal, Stefania Migliorini, encargada de la defensa, no se cansa de decirle a la familia que este es un caso muy particular. “Las pruebas consignadas a la Fiscalía, representada por los fiscales Dinora Bustamante y Farik Mora, fueron promovidas al Tribunal como pruebas complementarias y las admitieron. La inocencia del señor José Eloy pudo demostrarse, pero en el acto conclusivo, en agosto de 2022, la Fiscalía ni siquiera mencionó esas pruebas. Solo dijo que era financista y por eso lo condenaron”.

El caso de José Eloy espera respuesta de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y del Grupo de Trabajo sobre Detención Arbitraria de la Organización de Naciones Unidas. “Pero mientras esperamos respuesta, me da miedo que mi papá no logre salir vivo”, dice su hija Stephania.

Son pocos los vecinos que saludan a los Rivas, porque dicen que Oyuki, Stephania y Yeffemberg El Gordo también son terroristas. Pero de la puerta —que ahora sí cierran con llave— hacia adentro, los Rivas tratan de vivir como siempre. Claro que ya no tienen tranquilidad, porque Oyuki tuvo que dejar su trabajo en la Alcaldía Metropolitana para que sus 23 años de servicio le valieran para su jubilación. No ha podido cobrar completa la pensión de José Eloy, porque está bloqueada desde su detención. Ella guardó la olla sopera, porque ya no se usa. Y aprendió a encargarse de esos arreglos menores del hogar que hacía su esposo. 

En casa de los Rivas, además, ahora se come en la mesa que da hacia la ventana de la calle para ver, oír y huir si toca, un cambio menos angustiante si se sabe que, desde aquella noche nada preciosa, la vida de Oyuki es la de José Eloy.

En estos cuatro años no ha faltado a ningún día de visita. Ni siquiera faltó cuando estuvo detenido en la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Digcim), en Boleíta, y él olía mal porque defecaba en bolsas plásticas y orinaba en botellas de plástico. A ella le seguía pareciendo guapo, aunque él había perdido más de 20 kilos y le habían afeitado el cabello y el bigote.

Él le dijo que no lo visitara nunca

Oyuki tampoco faltó cuando su esposo fue trasladado al Fuerte Tiuna sin previo aviso. Entonces, ella creyó que era una señal celestial de pronta liberación. Ahora tampoco falta a El Rodeo, aunque quede casi a 40 minutos de casa, porque quiere que su Negro tenga todo: medicamentos para su hipertensión, gastritis y glaucoma o para cualquier malestar por su fractura en la muñeca derecha tras una caída (de la que todavía no ha recibido atención médica); paquetería (artículos de aseo personal, alimentos) con lo necesario, lo permitido, los caprichos y los cariños que envían sus hijos; y comida casera que prepara justo antes de salir para que llegue calientica.

A José Eloy no le faltó ni la torta de chocolate que le hizo su hija para rogar a Dios porque pasara un cumpleaños feliz en la Dgcim, porque meses atrás, él le contó a su esposa que le agarraron la cabeza como un balón y se la repicaron contra la pared. “No me cuenta mucho de las torturas para que no nos sintamos mal. Esa vez, tratando de que los hombres pararan, les dijo del glaucoma, entonces ellos se afincaron más”, cuenta Oyuki.  

Pese a sus afecciones en la columna, Oyuki carga una paquetería de casi 10 kilos en las dos visitas al mes, si es que se dan. Dice que es lo de menos, porque lo que todavía le cuesta es que las funcionarias la metan en un cuartico con dos o tres mujeres desconocidas que también van de visita y a todas las mandan a desnudar, a agacharse, a pujar y a toser, para chequear que no llevan nada escondido en la ropa ni en sus partes: “A mí hasta me cuesta, me duele agacharme, pujar y pararme. La primera vez le dije a la funcionaria que yo no sabía qué era pujar, porque mis hijos nacieron por cesárea”.

Para esa primera vez, Oyuki no estaba segura de poder entrar por tanta vergüenza. Ya le habían advertido del procedimiento. José Eloy le pidió que no fuera, que no lo visitara nunca, que ese lugar era muy feo. Una de sus cuñadas le recomendó que imaginara que era un chequeo ginecológico. Nadie le dijo que, en realidad, un procedimiento como ese es cruel, inhumano y degradante, pero Oyuki sigue lo que cree es otra norma del penal, como la obligación de usar franela blanca y la prohibición de llevar maquillaje y accesorios.

Él le dijo que no lo visitara nunca

Sea como sea, no faltó a la visita ni siquiera el lunes 1ro de agosto de 2022, cuando a ella se le murió su papá y no le contó nada a José Eloy hasta que terminó la audiencia de ese día y le permitieron acercarse. La abogada Migliorini le oyó decir a Oyuki: “A mí no me pueden condenar al Negro, porque me terminan de matar”. Otros familiares de los detenidos vieron que la señora Oyuki aguantaba las ganas de llorar. Quizá porque cada encuentro entre la pareja supone redescubrir que, aunque se le haya despojado de todo, la gente tiene derecho a la felicidad, aunque sea por un instante.

Y a sus hijos cómo les hace falta José Eloy. “Después que los varones cumplimos 30 años, papi se volvió demasiado alcahueta. Por ejemplo, cuando estábamos en la empresa, nos llevaba ensalada para el almuerzo, pero como a mí no me gusta la remolacha, la mía era sin remolacha. A Elvis no le gusta la cebolla, entonces, era sin cebolla y como a Junior le gusta todo, le llevaba una con todo. Sé que lo que te digo es algo cotidiano, pero eso también me hace falta”, cuenta Edicson.

El 5 de agosto, un día después de que lo condenaron, José Eloy tampoco estuvo para cantarle el cumpleaños a Oyuki, para apagar las velas juntos. Ella, sin embargo, prendió una pidiendo que se hiciera realidad el deseo que mandó a decir: “Cuando yo esté libre, estaré limpiando y cocinando para mi familia que tiene tanto guáramo”.

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Oriental y orientar. Hablo con la sabrosura de La Orquesta de la LUZ. Tengo los ojos chiquitos, pero pelaos.

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