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Era una estudiante de 4to año de bachillerato cuando, maravillada ante un concierto de grandes dimensiones al que asistió en el Poliedro de Caracas, se dijo que quería ser productora. Desde entonces no ha parado: Ana María Díaz lleva 25 años siendo “la titiritera que mueve los hilos invisibles para que todo salga bien”. 

FOTOGRAFÍAS: ÁLBUM FAMILIAR

Ha pasado más de un cuarto de siglo desde ese concierto en el Poliedro de Caracas donde, mientras ocupaba una de las 13 mil 500 sillas dispuestas para los espectadores, se dijo a sí misma que aquello (esa maquinaria invisible que hacía todo posible) era a lo que se dedicaría el resto de su vida: producir eventos musicales.

Ana María Díaz Amengual era entonces una adolescente, estudiaba 4to año de bachillerato, mención humanidades, y había asistido a la famosa cúpula de La Rinconada para ver a la banda argentina Los Pericos que, en aquel concierto, se presentó junto a la venezolana Desorden Público. Ambos grupos, junto con Café Tacvba, conforman la santísima trinidad musical de Ana María, eterna melómana desde niña.

Durante el evento estuvo mirando y analizando detalles logísticos, la ubicación de las puertas de acceso, la disposición de la tarima, la calidad del sonido. Sin tener mayor conciencia del peso de su evaluación, había comenzado a armar su propio ABC de la producción. 

Ana María se volvió hacia la amiga con la que había asistido, y le dijo, maravillada, que algún día ella organizaría un show así. O uno de mayor envergadura.

Varios meses después, cuando estaba en 5to año, vio un anuncio en el diario Urbe, que decía que la Fundación Nuevas Bandas dictaría un curso sobre producción de eventos musicales. Para Ana María era una oportunidad de oro: la Fundación era, y es, una de las más grandes organizaciones de creación de eventos en Caracas, y es la encargada del Festival Nuevas Bandas, uno de los espectáculos musicales más antiguos del patio, que da oportunidad a músicos emergentes de todo el país. Ana María le pidió a su mamá que la llevara y se inscribió en aquel taller.

Fueron dos días intensivos, y algunas de las cosas que allí se hablaron no las comprendió del todo. Pero eso no la asustó. 

Al año siguiente, empezó a estudiar sociología en la Universidad Central de Venezuela, con planes de cambiarse luego a comunicación social, que consideraba lo más afín a sus inquietudes. En la carrera, Ana María conoció a la que se convertiría en una de sus mejores amigas, amante como ella del ska, y le dijo: “¡Organicemos un concierto!”. Ya traía encima algunas clases de la Fundación. Sabrían defenderse, ¿qué podría salir mal?

Los patrocinantes del evento: sus padres. 

El lugar: el Ateneo de Caracas, cuando el edificio quedaba en el circuito cultural de Bellas Artes. 

Entraron 300 personas en un área para 150. El evento se llamó Gran Fiesta de Skape, con la participación de bandas como Somos Raza y Eskabiosis. Fue un éxito, pues no solo lograron recuperar la inversión sino que, a los meses, Félix Allueva, director de la Fundación Nuevas Bandas, las invitó a hacer pasantías y trabajar en el evento que tendrían poco después: los Premios Venezuelan Pop & Rock, un galardón creado por la misma fundación en el que se destacan a músicos, periodistas, locutores y personalidades del movimiento musical en Venezuela. Se ganaron 50 bolívares, de esos a los que aún no les habían quitado ningún cero.

Ana María estuvo 12 años ininterrumpidos trabajando en la Fundación. Allí aprendió de todos los cargos, pasando de asistente de producción a productora general, no solo del Festival Nuevas Bandas, la gala principal, sino que también estuvo al frente del Intercolegial Nuevas Bandas y el Alma Mater Rock. Durante esa etapa, pudo trabajar con artistas internacionales como Bunbury, Juanes —a quien le llevó su agenda de compromisos con los medios de comunicación y el show— y la banda chilena Los Tetas. 

Después de toda esta experiencia supo que era momento de iniciar su empresa. Se asoció con el director técnico Carlos Gutiérrez y comenzó una nueva etapa, más madura. Poco a poco se convirtió en esa suerte de titiritera que mueve los hilos invisibles para que todo salga como debe ser en el escenario. Empezó a organizar eventos como What Tha Fest y Desorden en Petare, muchos de los cuales eran saltos de fe para alcanzar su sueño.

Uno de esos saltos lo dio a mediados de 2007. Ana María estaba decidida a traer a Venezuela a Ely Guerra. Ya ella había trabajado con la cantautora mexicana un año antes, en una presentación que se hizo en La Guaira y en el que también había participado el músico jamaiquino Jimmy Cliff. Con la idea de traerla a Caracas, se reunió con su socio, tomó unos dólares que tenía ahorrados y, con la ayuda de un amigo cuya madre trabajaba en un banco, pidió un préstamo. Metió todo el dinero en un sobre, porque no tenía cuenta bancaria, y lo mandó a México con el entonces mánager de Los Amigos Invisibles para que se lo entregara al equipo de Ely Guerra. 

El espectáculo se realizó en julio, en el auditorio del Centro Cultural Corp Group (ahora BOD), para 400 personas. Se llamó Ellas cantan solas. Volumen I. Ely Guerra vino sola con su guitarra. 

Esa noche se fue la luz. Algo inédito para entonces, aún no eran frecuentes los apagones en Caracas. Ana María y el equipo de producción tuvieron que buscar una planta eléctrica en El Junquito y eso retrasó el concierto una hora. Al final, Ely Guerra los ayudó a pagar este gasto, pues la productora no obtuvo ganancias de ese evento. 

Mayor salto de fe, imposible.

Un lustro después, en febrero de 2012, fue el turno de la banda de rock caraqueña La Vida Bohème. Ana María produjo un show más que artístico en la Plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes, en el este de Caracas. Esa noche, a mitad del concierto, los músicos lanzaron pintura al público, a ellos mismos, como parte del performance. El equipo de producción había cubierto con plástico la zona, pero no fue suficiente. Todo terminó lleno de pintura: la plaza, la gente, la acera. Aquella explosión de colores casi llegó hasta el Tolón Fashion Mall, diagonal al lugar del concierto. Al finalizar, hubo que limpiar todo, pues Ana María había establecido como regla dejar el espacio incluso en mejores condiciones de las que lo encontraron.

Y aunque esa había sido una experiencia en la que todo resultó bien, en varias ocasiones no fue igual. Como en la edición 15 del Festival Nuevas Bandas. Había un acuerdo que establecía que la Alcaldía de Chacao apoyaría a la Fundación con una ambulancia. Pero al tratarse de una unidad municipal, no iba a poder estar en el lugar toda la noche. Y justo cuando la ambulancia estaba lejos, un asistente al concierto se desmayó por deshidratación. El proveedor que tenía Ana María reaccionó de manera muy dura, gritándole. Ella se encerró unos minutos en la oficina para llorar. Al salir, más tranquila, finalizó la jornada y aprendió una importante lección: una ambulancia y también una planta eléctrica son fundamentales.

Así, Ana María ha ido afinando el manejo de las situaciones que la han llevado al límite. Incluidos los episodios de machismo y misoginia, de los que no es ajena una joven mujer productora en el país. En varias ocasiones ha tenido que soportar que la vean como un ser inferior. Un día, cuando comenzaba una reunión para un proyecto, el cliente se negó a hablar con ella. Tampoco la veía a la cara cuando ella hablaba sobre los requerimientos. El hombre se dirigió únicamente a su socio. También, en otro evento, el dueño de una empresa grande en el país le daba la espalda al hablar. Porque era mujer, intuyó ella. 

Pero, con el tiempo, Ana María ha aprendido a escoger las batallas que va a librar. No presta atención y prefiere no trabajar en proyectos bajo esas condiciones. 

Hay dos eventos populares en el país que destacan en el currículo de Ana María Díaz. El primero es uno de los eventos musicales televisados más grandes de Caracas: los Premios Pepsi Music, que produce desde la 4ta edición. El segundo y más reciente: el Cusica Fest. Ambos desafíos los enfrenta con una máxima que la ha acompañado desde sus inicios: todos los eventos salen. La cosa es cómo salen. Por eso la parte de preproducción es fundamental.

La edición de los Premios Pepsi Music, que se realiza anualmente en septiembre, la comienza a planificar en febrero. Se reúne con su equipo, trazan la ruta en la pizarra. Con el Cusica Fest le sucede algo parecido, aunque le toma menos tiempo preproducir, puesto que el cartel de artistas ya lo ha armado el productor principal de Cusica Studios. 

Luego de verificar la disponibilidad de los artistas, le toca negociar la ubicación, revisar ordenanzas municipales, ajustar tiempos de montaje y desmontaje. Sincronizar a cada elemento de la cadena humana de acción, pues todos cuentan: desde la persona que pone los brazaletes en la entrada, el que mantiene limpio el baño, el ingeniero de sonido, el técnico, los que venden comida y bebidas, el personal de seguridad… 

Y todo termina en una noche. El día del evento, Ana María siente que todo pasa muy rápido. Y que esos cinco o seis meses de preparación se desvanecen en un pestañeo. 

Con los años, el esfuerzo de Ana María le ha permitido unirse a un grupo de mujeres que se dedican a la producción en Venezuela y que son referentes para nuevas generaciones. Llegar allí, estar al lado de productoras como Valentina Sánchez, Laura Marcano, Soraya Rojas, o la mismísima María Gómez, la primera gran productora en el país, se ha convertido en un logro.

Y gracias a esto es que ella también ha hecho todo para que otras se sumen. El equipo responsable de los Premios Pepsi Music que lidera Ana María está compuesto en su mayoría por mujeres. Su meta es seguir labrando el camino para nuevas generaciones, de la misma forma que otras lo hicieron con ella, porque son muchas las jóvenes que la contactan buscando consejos para crear sus propios espacios de acción. 

Le apasiona enseñar a otros a hacer lo que les gusta; reivindicar el oficio, sus salarios y condiciones; formar más mujeres en una dinámica de ética y mística. Que cada una tenga su espacio para crecer: las que son buenas en el trabajo de oficina, o preproducción, y a quienes se les da mejor el trabajo de campo. 

Ahora, cuando mira hacia atrás, ve 25 años de carrera que han tenido de todo, que le han exigido que sea de todo, pero que también la han premiado con el placer de vivir de lo que le gusta y eso no tiene precio.

Y si da la vuelta y mira hacia el futuro, lo que sigue no sería tan distinto. Podría abrir una floristería donde también sirvan café y que de fondo suenen bandas de ska, o un tema de algún músico que pudo darse a conocer en uno de sus conciertos, que le haga decirse a sí misma —como en aquel concierto en el Poliedro— que esa maquinaria invisible que ella ayudó a construir, y a la que le dedicó toda su vida, vale cualquier esfuerzo.

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Me llaman Mima, soy periodista egresada de la Universidad Católica Andrés Bello. La cultura ha sido mi espacio natural a la hora de escribir, aunque de vez en cuando me presto al mundo corporativo. En mis textos hablo del otro; ocasionalmente, sobre mí

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