Ella sí quiere ser mamá

Sep 11, 2020

Sol y su familia migraron de Venezuela a Colombia tratando de encontrar una vida en la que cubrir las necesidades básicas no fuera un problema. Poco antes de la pandemia, ella quedó embarazada de un francés que estaba de paso por Cali. “¿Qué vas a hacer?”, le preguntó él al enterarse.

Ilustración: Robert Dugarte

 

El chamo se veía guapo y era pana. Para eso había descargado Tinder, ¿no? Sintió esas cosquillitas por el esófago, esos brincos sutiles que son imanes que nos atraen hacia otras personas, y le siguió escribiendo. Sol chateó con él todo el día. Y el siguiente. Ya metida en la aventura, decidió hundir el acelerador.

Ella, migrante venezolana residenciada en Palmira, un municipio colombiano del departamento del Valle del Cauca, había salido de su país para encontrar una vida en la cual no fuera un problema cubrir las necesidades básicas. Poco a poco lo lograba y, entonces, el espíritu de aventura tomó el testigo para recordarle que en la vida hay anhelos que van mucho más allá del alimento.

Era febrero de 2020. Después de dos días de intenso chat, se animó a conocer a Marcel, un francés de 24 años que estaba recorriendo Colombia con la mirada de un europeo clase media que devora el Caribe como quien va a una heladería nueva. Andaba en Cali, se iría pronto.

Para Sol, la experiencia era un pedacito de vida “normal”: entregarse al placer de saberse atractiva a los ojos de un apuesto extranjero, en un país que no es el suyo y en el que trata de acordarse de que está en su juventud. Pasaron el día y la noche juntos. Luego, Marcel siguió su viaje.

Y Sol continuó con la vida que tejía como profesora de danza en una academia en Cali, a hora y media de su casa en transporte público, y como activista en una ONG que ayuda a personas en situación de riesgo. Su mamá y su papá, que vivían con ella, no supieron de la existencia de Marcel.

A los pocos días, el francés, antes de regresar a Europa, cambió su agenda. Volvió a Cali en busca de un sabor que le había encantado. Pasaron un fin de semana juntos, con una textura de película de Hollywood. Marcel retornó a Francia el 9 de marzo.

Ella no tomaba pastillas anticonceptivas. Se decía a sí misma que su actividad sexual tenía más de estrella fugaz que de luna como para invertir en eso.

—¿Quieres que usemos condón? —había preguntado el francés.

Ella, ruborizada, bajó el tono de voz:

—Bueno, a mí… no me gusta, pero…

—¡Perfecto, a mí tampoco!

Luego de las relaciones sexuales, Sol se tomó una pastilla del día siguiente.

 

El positivo de la prueba de embarazo lo vio el jueves 2 de abril, casi un mes después. Así que no, no era un retraso por estrés, por miedo, por el caos que era ya la vida en cuarentena. Le pasó una foto a Marcel.

“Pero… qué significa eso?”, escribió el muchacho.

Ella se pellizcó lo más duro que pudo.

—¿¡Qué quieres hacer!? —preguntó él en una llamada.

—No, yo no lo voy a tener.

Sol escuchó un suspiro tan largo como los miles de kilómetros que los separaban. “Ojalá yo pudiera sentir ese alivio”, pensó.

Habló con una de sus alumnas, que es doctora. Mil veces se había puesto en esa situación hipotética. Mil y un veces —porque le gustaba reforzar sus decisiones— había dicho lo mismo: abortaría, llegado el caso.

El obstáculo eran sus padres, muy católicos como para no juzgarla. Así que el viernes 10 de abril, se fue sola para Cali. Dijo en casa que tenía que ir a la academia a cobrar, que si no iba y no firmaba unos papeles que quedaron pendientes, no le darían su dinero: ¿y acaso no necesitaban de ese ingreso sobre todo ahora en cuarentena?

  

En Colombia el aborto es legal bajo tres causales. Cuando el embarazo es producto de una violación, cuando se detecta una malformación en el feto que haría que el futuro bebé tenga una vida indigna, o cuando la continuidad del embarazo es un peligro para la salud física y mental de la madre.

Extranjera, con poco más de un año en Colombia y apenas 22 de vida, aún viviendo con un papá que se acababa de quedar sin empleo y una madre ama de casa. Y ahora embarazada luego de una noche de sexo casual, de un hombre al que acababa de conocer y que vivía en Europa, con una estabilidad de primer mundo, pero no como para mantener una familia. Razonó, desde el primer instante, que su historia encajaba en la tercera causa.

Su amiga médica la remitió a un psicólogo, que hizo la primera evaluación. La siguiente, ya en el hospital, corrió por cuenta del Seguro Social. Todos entendían su situación, sin poner peros: con el automatismo de quien sabe que en su país ya hay demasiada pobreza, demasiado conflicto social, demasiados hogares rotos.

Ese viernes le dieron unas pastillas, un tratamiento con el cual se interrumpiría el embarazo. La dosis era altísima.

—Mamá, me siento mal. Me llegó el periodo y me duele mucho. No hay transporte, todo está parado por la cuarentena —desde Cali, por teléfono, “explicó” por qué se iba a quedar en la academia de baile, sola.

Su jefa se encargó de mandarle comida por delivery el tiempo que estuvo allí esperando que las pastillas hicieran efecto. El domingo fue otra vez al hospital, donde la atendió la doctora que es su alumna. Cuando le hicieron la ecografía, resultó evidente por qué en todo el fin de semana no tuvo la hemorragia que hubiese probado la interrupción del embarazo: el embrión seguía en su vientre.

“Al parecer, soy inmune a esa pastilla”, le escribió a Marcel, que siempre, a la distancia, la acompañó y apoyó económicamente.

El siguiente paso era hacer una intervención quirúrgica que debía esperar hasta el día siguiente, ya que casi todo el personal estaba ocupado atendiendo pacientes con covid-19.

El lunes llegó al hospital a las 7:00 de la mañana. Le pidieron que lo hiciera a esa hora, por la gran demanda de pacientes. Había dos salas de espera. En una, vio a tres mujeres sentadas con sus vientres hinchados. En la otra, solo había una muchacha delgada de rasgos asiáticos. Se sentó en la segunda.

Antes del mediodía, preguntó dos veces cuándo la iban a atender. Estaba disponible la mitad del personal, porque el resto se ocupaba de la pandemia, que crecía en Colombia. Ambas veces le pidieron paciencia. De reojo, veía cómo cada vez iban llegando más mujeres embarazadas. Sus oídos se llenaron de quejas, de ay me duele, de los gemidos de una mujer con contracciones.

La alumna de la academia, quien la atendiera el día anterior, había recomendado su caso a un doctor que ahora estaba de guardia. A mediodía lo vio caminar por un pasillo.

—Hola, doctor. Yo soy el caso que le recomendó la doctora Mailyn.

El doctor trató de pasarla, pero no lo dejaron. Sol volvió a sentarse, cada vez rodeada de más embarazadas. Al menos cinco de ellas eran venezolanas. Ninguna parecía tener muchos recursos económicos.

Cuando sirvieron el almuerzo, cedió el suyo a una señora.

—¿Por qué estás aquí, mija? –le preguntó esta, luego de agradecerle.

—Porque no lo puedo tener.

La andanada de lamentos que soltó la señora, intercalados con exclamaciones religiosas, provocaron que Sol torciera los labios en silencio.

A las 2:00 de la tarde, la llamó su mamá.

Que estaba harta, dijo, que no creía el cuento de la “moridera” que supuestamente le había dado con el periodo, que cómo era posible que ahora dizque estuviera en el hospital, que tenía cuatro días sin verla, que qué carrizo estaba pasando.

Sol tragó grueso, respiró hondo:

—Mira, mamá…

El cuerpo se le ablandó mientras le contaba, los ojos se le llenaron de una capa escarchada de lágrimas. Sintió que le temblaban los cachetes, que le sudaba la oreja.

—Bueno, hija, ahorita debes tener mucho con qué lidiar. Hablamos después.

A las 4:00 de la tarde, le dieron entrada a quirófano.

Fue como si tuviese horas suspendida en el barullo del mar y le tiraran una soga de repente.

Una vez estuvo acomodada, lista para que le practicaran el aborto, quedó sola durante unos 15 minutos. Hizo algo que hasta entonces no había hecho. Llevó ambas manos a su vientre. La fina capa escarchada ahora sí terminó en un ligero camino de lágrimas:

Quiero que entiendas por qué hago esto, dijo.

Necesito que salgas, agregó.

Son demasiados días intentando esto.

Yo no quiero que estés aquí.

Marcel tampoco quiere.

Muchísimas gracias por mostrarme que puedo dar a luz. Pero en este momento de mi vida yo… yo no puedo.

Si sigues conmigo, no te voy a poder dar una buena vida.

Ni siquiera una vida decente.

Por favor, entiende.

 

El Tour de Francia es la competición de ciclismo más mediática. La edición de 2019, como de costumbre, terminó sus más de 20 días de competencia en la famosa avenida de los Campos Elíseos, ubicada en París, a poca distancia de donde, ese 6 de abril de 2020, Marcel se felicitaba a sí mismo: estaba cumpliendo 25 años. La distancia que lo separaba de Sol era más o menos equivalente a recorrer dos veces y media el Tour de Francia. Pero en esta carrera no parecía haber gloria mundial. Solo unos 8 mil 600 kilómetros de distancia entre una vida que no iba a ser y una que celebraba otro año más.

La doctora entró. Comenzó a trabajar.

De niña, Sol decía que quería tener una familia. Hijos, esposo, la pequeña casa en la pradera. Creció. Descubrió la pasión por la danza. Trabajó en varias ONG, en las que conoció niños en una situación de precariedad. Razonó que era injusto que, habiendo tantos pequeños en esa situación, la gente —ella— decidiera parir: que al mundo no le hacen falta más personas, sino que las que están tengan otras oportunidades.

Cuando le estaban administrando el antibiótico, a las 9:00 de la noche, luego de la intervención, una señora que iba a dar a luz, se puso a conversar con ella. Le contó que un año atrás había quedado embarazada y decidió abortar. Que, desde entonces, siempre le pedía a Dios que la perdonara. Sol quería poner en mute la vida, hundirse en los brazos de su madre.

Pasó dos días recuperándose en casa de una amiga en Cali. Luego volvió a la suya. Su mamá la recibió con un regaño: no por lo que hizo, sino por habérselo ocultado.

La cuarentena indefinida les daría espacio para amistarse.

La tristeza fue pasando, el dolor se apagó. Su decisión fue la correcta, pensó. Lo sabía en la tranquilidad del alma. Pero haber pasado por la experiencia más difícil de su vida la ayudó a darse cuenta de algo. No en ese instante, no en estas condiciones, y decididamente teniendo una pareja estable: “Yo sí quiero ser mamá”, se dijo.

Quizá algún día…

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Me formé leyendo en una cancha. El fútbol me enseña a vivir y la literatura a entender la vida. Nunca salgo sin un libro y, en pro de dormir en paz, prefiero no prestarlos. Militante de la cultura del esfuerzo. Entiendo el mundo a través de historias. Escribo para vivir.

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