En medio de todo Yovanna es su esperanza

Fay Ellen Hernández se le murió un hijo por desnutrición y teme que ahora uno de sus nietos, que está bajo de peso, corra la misma suerte. Como los alimentos que recibe cada dos meses en una bolsa CLAP rinden para apenas cinco días, el resto del tiempo ella hace cuanto puede para que en casa nadie se acueste sin comer.

Fotografías: Laura Purroy

Apenas Fay Ellen Hernández atraviesa la puerta de su casa, sus tres nietos aplauden y gritan:

—¡Eeeeso, abuelaaaa!

La algarabía es porque la mujer trae un kilo de harina de maíz en sus manos. Les sonríe a los niños, y, como si el paquete fuera un trofeo, lo alza la altura de su cara, en un gesto de victoria. 

—Me la gané haciendo un mandado —dice.

Es casi la 1:00 de la tarde y nadie en la casa ha comido desde el día anterior; así que de inmediato Fay Ellen va a la cocina y se apura a preparar la masa para unas arepas.

La mujer pesa 42 kilos, mide 1 metro 55 centímetros y tiene 53 años, pero parece mayor. Detrás de la piel se le notan los huesos. La ropa le queda holgada, como si fuera de alguien de dos o tres tallas más. Tiene que sujetarse los pantalones con un cinturón para que no se le caigan.

Es un sábado de finales de octubre de 2020. A Fay se le ve agotada. Suda. Sus ojos, en medio de profundas ojeras, lucen apagados. Bajo el quemante sol de mediodía, acaba de caminar varios kilómetros hasta su casa. Ubicada en Ocumare del Tuy, es una construcción de dos plantas que ella y su esposo compraron hace 25 años y que, con el paso del tiempo, se ha ido deteriorando: las paredes y el techo acumulan efectos de las filtraciones y la humedad. Es aquí donde vive con su marido; sus tres nietos, de 1, 4 y 5 años de edad; y Yovanna, su hija menor, de 20.

Para amortiguar el hambre, que desde hace años se instaló en esta familia, ella hace lo que puede: limpiar casas ajenas, hacer mandados, pedir en la calle. No siempre fue así. Aunque la suya ha sido una vida austera, hubo una época en la que sus carencias no fueron tantas. Ella dice que recuerda tiempos mejores.

  

Cuando nació, en abril de 1967, los padres se alegraron porque era una hembrita. Pronto la niña de piel trigueña, cabello rizado y ojos negros se convirtió en la consentida de la casa. Sus padres vivían con ella y los otros cinco hijos que tenían, en San Fernando de Apure, en los Llanos venezolanos, en la casa de los abuelos. Fay creció rodeada de afecto. En los cumpleaños y en Navidad, nunca le faltaron regalos, tampoco ropa ni comida.

Cuando tenía 5 años, como parte de un programa de viviendas del gobierno, a la familia le asignaron una casa propia, en Ocumare del Tuy, en el estado Miranda. Desde entonces su vida ha transcurrido en esta ciudad a la que, a pesar del calor y la inseguridad, aprendió a querer. Aquí fue a la escuela y al liceo. Cuando culminó el 3er año de bachillerato, en lo que más adelante calificaría como un arranque de rebeldía, decidió abandonar los estudios.

—Querer ser adulta antes de tiempo te va a traer problemas —le advertía su mamá.

Pero Fay Ellen ignoró el consejo.

Durante dos años, no hizo más que ayudar a la madre en los quehaceres del hogar: aprendió a cocinar, a lavar la ropa y a planchar. No tenía impedimentos para hacerlo, pues en su casa nunca faltaban el agua ni la luz.

Al cumplir los 18 años, comenzó a trabajar como vendedora en comercios. El sueldo que ganaba le daba para cubrir sus gastos y no pasó mucho tiempo para que se independizara. A los 20 años se estrenó como madre. Tuvo, en total, cinco hijos: cuatro varones y una hembra. Como el padre de los tres últimos tenía un empleo que les permitía vivir con cierta holgura, dejó de trabajar. Lo hizo pensando en dedicarse a sus muchachos, sobre todo a Ivanovish, el mayor, quien sufría retraso en su desarrollo cognitivo.

Fue por esa época cuando lograron comprar esta vivienda de dos plantas en la que todavía viven. Aquí pasaron momentos felices; años y años que ahora le parecen de ficción.

En 2010, el dinero que llevaba el esposo a casa dejó de alcanzar. Ante la despensa cada vez más menguada, para redondear las cuentas, Fay Ellen volvió a la calle a trabajar. En un tarantín que montó en el centro de Ocumare del Tuy, comenzó a alquilar teléfonos para llamadas. Funcionó. Con el dinero que producía completaba para hacer el mercado. Pero en 2013, de nuevo la nevera se volvía a quedar más y más vacía, así que redujeron de tres a dos las comidas diarias. En el mejor de los casos, claro está, porque a veces, limitados por lo poco que podían comprar, hacían solo una.

Fue así que el hambre llegó a la casa para causar no pocos estragos.

Una de las preocupaciones de Fay Ellen era Ivanovish, su hijo mayor. Hambriento a toda hora, el muchacho le arrebataba la comida a la gente en la calle. Si alguien llevaba un pan en la mano, él se lo quitaba. En casa andaba inquieto. Peleaba por alimentos con sus hermanos. Entraba en crisis y a Fay le costaba mucho tranquilizarlo.

Entonces ella trabajaba cortando monte en uno de los costados de la entrada de Ocumare del Tuy, mientras otro de sus hijos atendía el puesto de alquiler de teléfonos. La alcaldía le pagaba como sueldo una bolsa de comida, que valoraba porque cada vez era más difícil conseguir qué comer. Los anaqueles en los mercados estaban vacíos. Y lo poco que se conseguía, no podía pagarlo.

Un día de 2018, cuando iba de regreso, una vecina le dijo:

—¡Apúrate, que hay una emergencia en tu casa!

Fay Ellen aceleró el paso. A lo lejos vio a otros vecinos agolpados en la entrada. No la esperaba una emergencia, como le había advertido la vecina, sino una tragedia: el cuerpo inerte de Ivanovish estaba sobre la cama. Había muerto.

Lo abrazó como lo había hecho 32 años antes, cuando lo trajo al mundo.

En la autopsia el forense apuntó que la causa del fallecimiento había sido desnutrición.

Un año más tarde, todavía con el duelo por la ausencia de Ivanovish, a Fay volvió a tocarla la desgracia. Sintió otro dolor profundo. Funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas mataron a Yorseth, el tercero de sus hijos. Según la versión policial, el joven había participado en un robo.

A partir de ese momento, Fay Ellen se hizo cargo de los dos hijos de Yorseth.

Un tiempo después llegó el tercero de los nietos, hijo de otro hijo que está prestando servicio militar en un cuartel.

Desde entonces, entendió que debía reinventarse para aumentar sus ingresos, porque el negocio de alquiler de teléfonos había perdido sentido, y ya no seguiría cortando monte por una bolsa de comida. No quería que los pequeños pasaran hambre, así que comenzó a hacerles compras a los vecinos —mandados, como suele decir— para que a cambio le dieran algo de comer. También empezó a limpiar casas. Por un día de trabajo, le pagan 500 mil bolívares. Es menos de un dólar. Hay días en que no tiene dinero para comprar comida y sale a la calle a pedir. Le regalan un arroz, una pasta o una harina, y con eso resuelve. Y si la provisión no alcanza, Fay Ellen deja de comer para que los nietos tengan por lo menos un bocado antes de irse a la cama.

Cada dos meses recibe una bolsa de comida a través del Comité Local de Abastecimiento y Producción, con arroz, pasta y harina de maíz, pero apenas le alcanza para cinco días.

Su estómago ha soportado hasta cuatro días sin alimentos.

—Solo quien ha sentido los rugidos de su estómago, sin tener esperanzas de saciarlo, sabe de lo que estoy hablando —dice ahora mientras sigue dándole forma a las arepas para los nietos.

Su voz se escucha apagada, a punto de quebrarse.

—No recuerdo desde cuándo no me alimento tres veces al día, tampoco desde cuándo no como carne.

Dice que su plato preferido es chuletas de cochino con ensalada de brócoli y plátano. Que, en estos momentos, con tantas cosas que atender, prepararlo es un lujo.

Hace un año, en medio de uno de los muchos apagones, la nevera se quemó. Por eso no tienen agua fría para beber. La cocina tampoco sirve. En julio le prestaron una que funciona a medias; pero no fue sino hasta hace días cuando la pudo usar porque no tenían gas: durante tres meses cocinó en un fogón de leña. Al esposo, que tiene 70 años, el humo le produjo asma y a sus nietos les irritaba la garganta y los ojos.

Lo que más teme es que su nieto, de 1 año, sufra las mismas consecuencias que su hijo Ivanovish. No es una preocupación infundada. El pequeño pesa 6 kilos, 3 por debajo del promedio que corresponde a su edad. Los informes médicos dicen que está desnutrido. Por falta de dinero, Fay Ellen no ha podido llevarlo a un centro de nutrición en Santa Teresa, una ciudad ubicada a 20 kilómetros de Ocumare del Tuy. Por la misma razón, ella no ha ido al médico; aunque debería hacerlo, porque en los últimos tres meses se ha desmayado dos veces y perdió la visión por su ojo izquierdo a causa de una catarata.

Todos estos problemas la agobian. A veces siente como si su vida estuviese destinada a permanecer estancada. Le cuesta conciliar el sueño por las noches.

—Ni siquiera tengo un televisor para entretenerme y despejarme un poco. Hace dos años se me quemó. Y ¿cómo me compro uno, si todo hay que pagarlo en dólares? Yo extraño ver mis novelas, pero para mí solo quedaron en el recuerdo de cuando Venezuela era otra.

En medio de todo, hay alguien que le da esperanzas: Yovanna, la hija menor. Cuando habla de ella, a Fay le cambia la expresión. Yovanna es su orgullo. La muchacha estudia 5to semestre de enfermería en la Cruz Roja Venezolana. La madre siente que será una profesional exitosa. Que para ella las cosas serán muy distintas. Por eso le pide mucho a Dios.

Ya las arepas están listas. Fay Ellen las sirve en platos plásticos de colores, y les unta un poco de margarina. Después llama uno a uno a los niños, y ellos se acercan contentos. Regresan a la sala y se sientan en sillas, muy cerca de donde estaban jugando, porque en la casa no tienen mesa de comedor.

Fay Ellen los mira alejarse, y sonríe levemente, si no de alegría, al menos de satisfacción.

—Por lo menos hoy ya no se acuestan con el estómago vacío —dice, como si la vida le diese una tregua. Otra más. 

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Esta historia forma parte de La Ruta del Hambre, un proyecto editorial desarrollado por nuestra red de narradores, en el 3er año del programa formativo La Vida de Nos Itinerante.

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Soy graduada de licenciada en comunicación social en la Universidad Central de Venezuela. Directora de la agencia de noticias MIP-TUY, corresponsal del Diario La Voz y del portal web El Pitazo. #SemilleroDeNarradores

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