Encontrar la cima lejos de Katmandú

Nov 03, 2021

Desde que a los 12 años subió a El Ávila junto a su padre, a Alberto Camardiel comenzaron a interesarle las montañas. Ya de adulto, luego de alcanzar distintas cumbres de más de 6 mil metros, se propuso llegar más lejos: en 2017, viajó al Himalaya con el objetivo de llegar a la cima del Everest, la montaña más alta del mundo. Esta es la historia de esa travesía.

Fotografías: Álbum Familiar


Lo místico de la montaña
es que es cruelmente sincera,
Kilian Jornet, esquiador y corredor
profesional de montaña 


Desde el helicóptero, Alberto Camardiel pudo ver los cerros Taboche y Lobuche,
esos que había subido días antes en su travesía para llegar al Monte Everest, la montaña más alta del mundo, a 8 mil 848 metros sobre el nivel del mar, ubicada en la cordillera del Himalaya, en Asia. Llevaba 40 días de expedición cuando tuvo que pedir un helicóptero de rescate. A bordo de la aeronave, encontró el cadáver de Ueli Steck, un conocido montañista, poseedor de distintos récords, quien había muerto tratando de ascender por la pared este del Nuptse. 

Lo que parecía una infección respiratoria le impedía a Alberto continuar. Tos seca y persistente, dificultad para respirar, dolor en las piernas. A ese malestar se sumaba la incertidumbre de no saber si regresaría al lugar que estaba dejando atrás.

Las montañas son lugares comunes en la historia de Alberto Camardiel.

En 1986, cuando tenía 12 años, subió por primera vez a El Ávila con su papá. A partir de entonces, siguió adentrándose en el cerro hasta conocer casi todas sus rutas. Iba con él o solo. Allí comenzó a poner a prueba su resistencia: subía con más o menos agua, con más o menos peso, con más o menos luz. Quizá fue allí que empezó a germinar el deseo de ir más allá. A otras montañas. Al Himalaya. Al Everest, ¿por qué no?

Alberto creció y se hizo periodista deportivo. Cubría la fuente de fútbol, pero no dejaba de interesarse por coberturas de otras áreas, como el montañismo: le hizo seguimiento al Proyecto Cumbre, cuyos integrantes hicieron historia, en mayo de 2001, al llegar a la cima del Everest.

En 2008, viajó por primera vez al Himalaya, junto a los también montañistas venezolanos Alfredo Utiero y Patricia Tacconi. Después, ascendió al Chimborazo, un volcán ubicado en Ecuador a más de 6 mil metros de altura. También logró subir y bajar en un día la “Montaña del diablo”, como los indígenas pemones llaman al Auyantepuy.

En 2015, Alberto volvió al Himalaya con Patricia Tacconi. Hicieron tres cumbres de 6 mil metros: dos lados del Lobuche e Island Peak. Fue luego de esa segunda visita que un conocido suyo, empleado de una de las agencias que organiza expediciones comerciales, le preguntó: “¿Por qué no vienes el próximo año y subes el Everest?”.

La pregunta siguió resonando en su cabeza durante un tiempo, como si aquel hombre hubiese despertado en él un deseo que parecía dormido. En 2016 no fue posible hacer el viaje, pero conoció a quien lo acompañaría en esa aventura: Giselle Cesin, otra montañista venezolana, que tenía la meta de subir la cima del Everest. Si lo lograba, sería la primera mujer venezolana en hacerlo.

Se conocieron y establecieron un plan para lograrlo. Necesitaban mucho dinero y un entrenamiento riguroso. Luego de tocar puertas, consiguieron los recursos a través de patrocinantes, y entrenaban bajo la guía de Scott Johnson y Steve House, especialistas en la preparación de atletas para este tipo de retos.

Alberto subía a El Ávila, donde había dado sus primeros pasos como montañista. Los fines de semana iba al cerro a las 5:15 de la mañana, cargando un morral con cosas para comer y 15 o 20 litros de agua. Dependiendo de la distancia, esos ascensos podían tomarle unas siete horas, hasta llegar a alguno de los picos. Arriba, hacía una breve pausa, comía, vaciaba la carga y desandaba sus pasos. De esa manera generaba mayor capacidad aeróbica y resistencia sin aumentar demasiado su masa muscular.

A diferencia de los deportes tradicionales, en el montañismo lo más importante no es llegar primero, mejorar una marca de tiempo o ganar un balón antes que otro competidor: se trata de una disciplina mucho más compleja, pues el cuerpo se somete a condiciones climáticas y de altitud que son adversas y retadoras.

Cuando Alberto no se adentraba en la montaña, trotaba en el Parque del Este, hacía repeticiones continuas de carreras en calles espinadas, o alzaba pesas en su casa.

El ascenso al Everest se convirtió casi en su único propósito en el ámbito deportivo ese 2017. Pero resultó ser un año difícil. En medio de protestas contra el régimen de Nicolás Maduro, reprimidas por fuerzas de seguridad, si lo lograban, su meta podía ser “una noticia distinta” para el país, tal como dijo Marcus Tobía, del Proyecto Cumbre, cuando alcanzó la cima del Everest. Dos venezolanos, Alberto y Giselle, intentando subir la montaña más alta del planeta. Dos venezolanos llegando alto, muy alto.

 

Alberto y Giselle llegaron a Katmandú, la capital de Nepal, rodeada de montañas del Himalaya, en mayo de 2017. Luego de 10 días aclimatándose, comenzaron el recorrido. Alberto se reencontró con amistades que había hecho en sus viajes anteriores. En el camino, se cruzaban con habitantes del lugar que les aconsejaban caminar despacio: a mayor altura, el oxígeno se reduce. El cuerpo entonces lo distribuye de forma selectiva a los órganos vitales, por lo que el organismo tiene mayores dificultades para funcionar.

Mientras avanzaban, iba cambiando el paisaje. Los senderos eran cada vez más solitarios, llenos de nieve. Cada vez con más viento. Mucho viento. La travesía comenzaba a producir efectos en algunos miembros del equipo. Damián Benegas, uno de los organizadores de la expedición, contrajo un virus que le provocó una neumonía y lo obligó a abandonar el campamento base.

El viaje continuó para los otros. La primera cima que Alberto intentaría desde ahí era Lobuche, una que ya conocía. A los pocos días de que Damián tuviera que abandonar el campamento, otro compañero del grupo enfermó. Los demás siguieron. Atravesaron la “Cascada del hielo”, un tramo de unos 730 metros en el que hay bloques de hielo que pueden desprenderse y que para atravesarlos se necesita del tendido de escaleras.

Cuando llegaron al campamento base del Everest, en Puja, a 5 mil 340 metros de altura sobre el nivel del mar, todo era nieve y frío. Luego de ese, les esperaban otros cuatro campamentos hasta llegar a la cumbre del Everest. Fue en el primero de ellos que Alberto comenzó a experimentar dificultad para respirar, tos seca y dolor en las piernas. Tomó antibióticos, pero esos medicamentos parecían no funcionar.

Fue entonces cuando, luego de 40 días, tuvo que abandonar el campamento.

Donde muchos ven solo paisajes, los montañistas pueden ver rutas por explorar y ascender. En ellas están los límites físicos y geográficos que quieren descubrir. Alberto medía sus pasos, evaluaba sus sensaciones corporales y su mente. Ante la inmensidad de la montaña, esa voz interna que puede llegar a gritar “¡Adelante!” o “¡Hay que hacer cima!”, termina vencida por el cansancio que produce la ruta. Alberto se aferraba al pensamiento de que estaba viviendo su sueño: solo eso le bastaba.

 

El helicóptero los llevó hasta Katmandú, donde había comenzado su viaje. Ingresó en el hospital Ciwec. Luego de evaluarlo, el doctor que lo atendió le dijo que pasara la noche allí y que al día siguiente podía irse. Antes de abandonar el hospital, habló con el médico que lo había atendido.

—¿Podré volver a subir? —le preguntó.

—Yo te recomiendo que no. Pero es tu decisión —respondió el doctor.

Su cuerpo resentía el desgaste de los días en la montaña. Estaba demacrado. Le costaba caminar y su respiración se aceleraba al hacer el mínimo esfuerzo. Tosía, se deshidrataba muy rápido. Sin embargo, estaba ahí, tan cerca del Everest, tan cerca de alcanzar sus expectativas. Podía volver a su casa, junto a su esposa y su hija, o regresar al campamento base para continuar el ascenso con Giselle, quien lo esperaba, para conquistar la cima del Everest.

Alberto pasó un día más en Katmandú y al siguiente regresó al campamento.

 

Durante las mañanas, seguía subiendo hacia la cima, y hacía paradas en los campamentos instalados en la ruta. Con cada paso que daba Alberto, la montaña parecía cerrarle el camino. En El Pumori (a la que muchos montañistas llaman “La hija del Everest”, porque está a solo 8 kilómetros de distancia de la cima del mundo), aún sentía los síntomas de la infección respiratoria que no terminaba de ceder. A solo 8 kilómetros de llegar, luego de meses de preparación, de viajes en avión, de ascensos y descensos, Alberto no estaba bien: dormía mal, cada vez le costaba más mantener el paso y se dio cuenta de algo que lo inquietó mucho: estaba dejando de extrañar a su esposa e hija. Sus recuerdos se iban borrando con cada paso. Se hacían cada vez más difusos. La fuerza del viento parecía desprenderlos de su mente. 

Comenzó a preguntarse: ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?

Alberto recordó entonces algo que siempre ha creído: la montaña es un lugar de aprendizajes donde siempre se logra descubrir algo sobre sí mismo. Fue comprendiendo que la meta no era alcanzar una altura específica. Ya no se trataba de asumir riesgos. La montaña imponía sus propias reglas y él solo podía adaptarse a esas circunstancias: no tenía sentido rebelarse contra ella. Fue entonces cuando encontró una respuesta a esa pregunta que tantas veces le dio vueltas en la cabeza.

Le contó su decisión a la esposa, con quien se comunicaba de vez en cuando por WhatsApp.

—¿Qué irá a decir la gente? —le respondió ella.

—¡Qué importa…! —alcanzó a decirle.

“Este es el final para mí”, le dijo Alberto a Giselle sin darle mayor explicación. No quería que nadie juzgara su decisión. Después comenzó a arreglar su equipaje y a recoger las herramientas que había usado en el viaje. Cuando tuvo todo listo, llamó al helicóptero de rescate para que fueran a buscarlo al campamento base. Se fue y allí dejó a Giselle, quien días después también descendió sin poder llegar a la cumbre.

Mientras bajaba en el helicóptero hacia Katmandú por segunda vez, puede que Alberto descubriera que su cumbre no estaba en lo más alto de Everest, sino en cosas más modestas pero no menos importantes, como el abrazo de su esposa y de su hija.

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Soy periodista y fotógrafo. Comencé leyendo diarios deportivos, quise escribir en ellos y terminé siendo parte de proyectos con un sentido similar al que ofrece el deporte: explorar la condición humana a través de las historias de la gente.

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