Esas batas blancas

Oct 01, 2020

Cuando el 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia de covid-19, organizaciones civiles, gremios de trabajadores sanitarios, colegios y federaciones médicas auguraron un terrible escenario para Venezuela. Y no se trataba de una advertencia infundada: aquí ya había una emergencia antes de la pandemia.

Desde hacía al menos cinco años, el país estaba sumido en una crisis sanitaria que se había ido agudizando con el paso del tiempo. El Índice de Seguridad Sanitaria Global de 2019, que evalúa la capacidad sanitaria de los países, ubicó a Venezuela en el lejano puesto 176 de un total de 195 naciones. Y en un informe de ese año, la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, catalogó como “grave” la situación de la salud en Venezuela porque sus instalaciones hospitalarias no tenían capacidad de brindar atención debido a la falta de equipos, la escasez de insumos y medicamentos, las fallas de servicios básicos como el agua y la electricidad, y la migración masiva del personal médico y de enfermería.

María Daniela Escalante padeció esa crisis cuando aún cursaba la carrera de medicina y le tocó hacer prácticas hospitalarias en Maracaibo, la ciudad donde estudiaba. Apenas recibió su título, también migró, como han hecho más de 22 mil médicos en los últimos años, según la Federación Médica Venezolana. Ella se fue a España. Cerca del centro de Madrid logró un puesto como médica en una residencia para personas mayores, y allí estaba cuando llegó la pandemia. Sus pacientes comenzaron a enfermarse y tuvo que redoblar sus esfuerzos para evitar que murieran.

Las imágenes de Europa colapsada a causa del virus llegaban a Venezuela como presagio.

Cuando el 13 de marzo de 2020 el régimen de Nicolás Maduro anunció los primeros contagiados en el país, en muchos hospitales ni siquiera había suministro regular de agua, jabón, desinfectantes, guantes ni mascarillas, tal como reportó Human Rights Watch en un informe publicado un par de meses después. Allí, en primera línea, estaban médicos y enfermeras haciéndole frente a la pandemia y lidiando con esas carencias. Y no tardaron en enfermar.

La doctora Karina Navarro cubría guardias de emergencia en el Hospital Chiquinquirá de Maracaibo, la misma ciudad petrolera del occidente del país donde María Daniela se formó. El 12 de junio fue ingresada por una insuficiencia respiratoria en el Hospital Universitario de Maracaibo, uno de los centros habilitados para atender a personas con covid-19. Ahí no se daban abasto. Como no había camas ni asientos disponibles, colegas de la doctora Karina sacaron de la morgue una camilla de metal para que se recostara allí. En esa sala de espera sintió miedo al ver a personas morir. Para ella fue la primera de muchas noches de angustia.

Del otro lado del país, en el Hospital Universitario Doctor Luis Razetti, el más importante de la zona metropolitana del estado Anzoátegui, los médicos estaban cansados de llorar a sus colegas: en septiembre habían fallecido 10, de los cuales 5 eran parte del personal de ese centro asistencial. Los despedían con aplausos en la entrada del hospital. Los doctores Óscar Navas y Dulce María Gómez se organizaron junto a sus compañeros para pedirle ayuda a la gente: desde comida hasta guantes y tapabocas. Era un grito de auxilio.

Un grito estremecedor, como el que días antes habían dado en Caracas, a más de 300 kilómetros de allí, quienes consideraban al doctor Alexander Chang parte de sus familias. El Chino Chang, como le decían cariñosamente sus amigos, dirigía las guardias de fines de semana en la emergencia de Salud Chacao. En ese ambulatorio municipal del este de la ciudad lo recibieron el 12 de agosto con diarrea, vómitos y dificultad respiratoria. Puesto que en ese centro no tenían forma de atenderlo, sus compañeros habilitaron una ambulancia para llevarlo a un hospital. Debieron recorrer muchos: estaban colapsados, sin camas disponibles para él. Finalmente lo ingresaron en el Hospital José María Vargas, en el centro de Caracas, donde Chang cursaba un postgrado en radiodiagnóstico. A través de un grupo de WhatsApp sus amigos hicieron cuanto pudieron para ubicar los medicamentos que requería. No pudieron evitar que muriera.

Fue el profesional de la salud número 71 en perder la vida por causas relacionadas a la covid-19 en Venezuela. El más joven de todos: apenas tenía 35 años de edad. Esto según el conteo extraoficial que lleva la ONG Médicos Unidos por Venezuela, ya que en sus reportes diarios el régimen de Nicolás Maduro no discrimina los casos del personal sanitario.

Esta serie de cuatro relatos reconstruye esos momentos que pusieron a prueba a estos médicos y a sus compañeros. Son historias atravesadas por sus miedos, sus dilemas, sus luchas y la vocación de restablecer la salud de los demás a pesar de tener todo en contra. Son voces que hay que escuchar: aquí, en primerísimo primer plano, están ellos, los que llevan esas batas blancas:

 

Parte I

María Daniela Escalante: Lo más duro es llamar para dar malas noticias

Parte II

Karina Navarro: De esos momentos que marcan un antes y un después

Parte III

Óscar Navas y Dulce María Gómez: Una forma de exorcizar la muerte

Parte IV

Alexander Chang: Un miembro más de muchas familias

Dirección editorial: Albor Rodríguez y Héctor Torres

Coordinación general y edición: Erick Lezama

Edición visual: Martha Viaña Pulido

Textos: Reinaldo Cardoza, María Rodríguez, Milena Pérez y Raylí Luján

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Organización dedicada a fomentar la memoria y la identidad, a través del arte de contar historias que ayuden a comprender la Venezuela de hoy.

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