Escapar del apocalipsis

Feb 27, 2021

Cuando estalló el Caracazo, el 27 de febrero de 1989, Jorge Gómez Jiménez tenía 17 años y recién comenzaba su carrera de letras en la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas. Ese día se vio de pronto sin comida y atrapado en una ciudad revuelta que no era la suya. Tres décadas después, cuenta lo que vivió durante aquellas horas.

Ilustraciones: Walther Sorg

 

Tengo un dolorcito de cabeza, por lo que me recuesto del asiento y cierro los ojos. Siento que mis párpados están calientes y pienso: tengo fiebre. El trayecto hasta Antímano es largo pero el metro va, como siempre, medio vacío y veloz, sin detenerse entre estaciones más tiempo del que necesitan los pasajeros para entrar o salir.

Llego a la Católica a buena hora. Mi clase comienza a las 2:00. La fiebre y el dolor de cabeza siguen allí, con sus olas que van y vienen. No llego al salón: alguien me dice que no hay clases y decido regresar a casa. Escucho en los pasillos que al parecer el metro está cerrado. Qué absurdo —pienso—, el metro cierra a las 11:00 de la noche. Me voy de vuelta a la estación y, en efecto, está funcionando con normalidad.

Al rato estoy saliendo en la estación Parque Carabobo. Empiezo a subir hasta la avenida Urdaneta, aún con mi malestar pero con el alivio de que pronto estaré en mi cama. Después de pasar una, dos esquinas, veo piedras y restos de cauchos quemados sobre el pavimento y noto que los negocios están cerrados. Las calles están muy solas para ser la tarde de un lunes.

Subo al apartamento ligando que no me vea la señora, una gocha parlanchina que cree que todo debe ser explicado y descrito como la narración de una novela mala. Desde hace un año vivo aquí en una habitación con baño y ventana. Junto con los libros de los que me surto en la avenida Fuerzas Armadas, es todo lo que se necesita para una felicidad total. Me doy una ducha, me acuesto y me duermo.

Soy alto y flaco, uso lentes de contacto y el cabello me crece en una tomuza inmanejable. Soy enamoradizo y tímido, lo cual siempre es mala cosa. Tengo 17 años y desde hace menos de seis meses estudio letras en la Universidad Católica Andrés Bello. Leo y escribo como un condenado y la única realidad que tiene importancia para mí es la realidad maravillosa y multiforme de la literatura. Es por eso que antes de dormirme no me pongo a pensar mucho en el paisaje singular de esas calles solas, tan solas un lunes.

Es el lunes 27 de febrero de 1989.

Bienvenidos al apocalipsis.

 

Duermo más de 12 horas y a las 7:00 me despierta, en la radio, la voz angustiada de una mujer: hay una turba enfurecida que baja por la avenida tal y se dirige al hospital tal donde hay enfermos de gravedad, Dios mío, ayúdennos. ¿Una turba? ¿Una turba? ¿Qué está pasando?

Me incorporo de golpe. El locutor retoma un relato confuso que habla de saqueos y disturbios. La palabra saqueos retumba en mi cabeza como un monstruo mitológico sacado de mis libros. Barcos saqueados por piratas con barbas rojas o negras. Grandes ciudades saqueadas por bárbaros ávidos de riquezas. ¿Saqueos, de verdad? ¿En Caracas?

Sigue el locutor: “Es inminente la suspensión de las garantías constitucionales. Hay protestas por el aumento de la gasolina y otras medidas anunciadas hace menos de dos semanas por un gobierno que aún no cumple un mes en funciones”. La gente destroza vidrieras y santamarías en busca de comida. Pronto pasan a robar ropa, electrodomésticos, lo que haya. Además, no es solo Caracas, es casi todo el país. Es el amanecer de la anarquía, pero aún nadie lo sabe.

Me asomo a la ventana y veo a cuatro soldados armados caminando por mi calle. Ya no tengo fiebre ni me duele la cabeza, pero ahora estoy en la dimensión desconocida.

 

Cuando sobreviene el apocalipsis lo primero que uno debe hacer es sacar cuentas: cuánto dinero tengo, cuántas provisiones. Por lo primero no me preocupo, porque aún me quedan algunos billetes; pero provisiones… Un paquete de pasta abierto hace tiempo, una margarina, medio sobre de sopa y poco más; como desayuno en la calle, almuerzo en la universidad y ceno cualquier pancito, no suelo comprar mucha comida.

Pienso entonces en dos cosas: en las provisiones y en mi mamá, que debe estar angustiada allá en Cagua, a 100 kilómetros de distancia en el estado Aragua. Aunque en el apartamento hay teléfono, allí solo recibo llamadas de vez en cuando; no es cuestión de abusar, estoy en casa ajena, así que me visto y salgo.

El teléfono público de la esquina no tiene tono. Pronto descubro que todos los de la zona están igual. Además, la búsqueda de provisiones también es inútil. No hay negocios abiertos. La avenida Urdaneta, que a esa hora suele ser un hervidero de carros, parece hoy un largo pasillo desolado. Por la plaza Candelaria hay dos o tres bodegas cuyos dueños, negados al hecho de que arriesgan sus patrimonios y sus vidas, atienden por una rejita. Pero la gente se arremolina tratando de surtirse y temo que en cualquier momento estalle un saqueo. Ni siquiera me acerco.

En Parque Carabobo hay cuatro personas en fila esperando para usar el teléfono público que está a la salida del metro. Ese sí funciona, me digo, y hago mi cola. Cada usuario tarda 10 minutos o más, pero nadie se queja. Hay un acuerdo silencioso: estamos todos en esto y comprendemos que hay que esperar. Cuando me toca, ya llevo casi una hora allí.

En el fin del mundo al teléfono le toma cuatro, cinco minutos activarse. Cuando oigo la voz de mi mamá, le suelto las ideas como llegan a mi cabeza: estoy bien, aquí donde yo estoy todo está tranquilo, miento mientras veo unos militares rodeando el Liceo Andrés Bello. Ella me confirma lo que ya sé porque lo he escuchado en la radio: la cosa no es solo en Caracas. “En Cagua hay negocios saqueados e incluso personas heridas y un niño muerto así que me haces el favor y te me devuelves al apartamento y no me sales más. Dios te bendiga”.

Me devuelvo, sí, pero tomo otra ruta en un último intento por hallar comida. Atravieso la avenida Urdaneta y enfilo hacia la Fuerzas Armadas. Allí sí me topo con un saqueo en vivo y en directo: gente que sale corriendo de un mercado con harina, sal, arroz, aceite, utensilios. Pasa una patrulla, pero nadie se inmuta y los policías prefieren seguir de largo. Sé que mi posición es vulnerable: estoy solo en una esquina a unos metros de una batahola.

Busco resguardo en el edificio donde vive Carlitos, justo al frente del saqueo. Carlos Castillo, El Chacal, es corrector de prensa como yo, compañero de trabajo de mis siete meses en El Nuevo País, el periódico que acaba de fundar un año atrás el loco Poleo. Mi primer empleo, justo antes de comenzar la universidad. Cuando oye mi voz en el intercomunicador, me regaña con actitud de papá postizo. “Carajito, qué haces en la calle, sube que te puede pasar alguna vaina”.

Carlitos vive allí con sus hijos, apenas unos años menores que yo. Después de regañarme a placer me deja contarle mi historia. Mi misión de comunicarme con mi mamá y comprar comida. Comida, coño, me dice, ¿quieres comer? Se sorprende de todo el tiempo que llevo en la calle sin verme involucrado en algún incidente. Se asoma a mirar el saqueo y retoma la regañiza. Pese a que vivo a dos cuadras, no me deja salir hasta que, hacia las 6:00, la cosa se calma. Entonces me acompaña hasta abajo, me ordena pegar una carrera y se queda allí, papá gallino, esperando que yo llegue a casa.

 

Tengo 17 años y es la primera vez que oigo tiros de verdad.

Con las garantías suspendidas, el toque de queda y la activación de un círculo del infierno que llaman el plan Ávila, se sueltan los demonios. Mi edificio está al final de una pendiente muy pronunciada. Un televisor enorme, lustroso, moderno, tecnología de punta con su culo gigante que lo hace ver como la cabina de un chuto, viene rodando y desarmándose calle abajo hasta la entrada de mi edificio. Detrás de él viene un hombre con las manos en la cabeza lamentándose por la torpeza de dejarlo caer, y otro que carga una caja pasa sin detenerse y le grita: “Recógelo, no seas pendejo, eso se arregla”.

Llevo todo el día sin comer. Por unas horas me refugio en los libros, pero el cuerpo pide combustible. Tomo una decisión ejecutiva: un festín de pasta con mayonesa. Pero ajá, después qué. Es la única comida dura que me queda. La vida es incertidumbre, me consuelo: total, uno o dos días sin comer no matan a nadie.

Vacío la pasta en el agua hirviendo. Espero unos minutos antes de revolverla y noto que del fondo empiezan a brotar unos puntos oscuros. El horror. ¿Desde hace cuánto tengo ese paquete abierto en la despensa? Entre los hilos amarillosos de pasta flotan los cadáveres hervidos de unas chiripas minúsculas, hasta entonces domiciliadas en el paquete.

No estoy en condiciones de botar la comida, así que saco con una cuchara tantos cadáveres como puedo. Sirvo todo en el plato y me resigno a sacar, a medida que voy comiendo, los cadáveres que quedan. Recuerdo aquella película con Flor Núñez donde un indiecito se come una tarántula y sé que no hay punto de comparación, pero con algo tengo que consolarme. Aquello sabe a tierra y cartón viejo y pienso: esta es una historia que, pasados 30 años, puedo contar con el mismo horror.

 

Ya en la noche, la señora me toca la puerta y me dice que tengo una llamada. “Parece que es un amigo suyo”, me advierte la señora. Reconozco la voz de inmediato, pero no lo puedo creer: es Ángel Paredes.

Diez días atrás, y después de mucho tiempo sin vernos, coincidimos en un bus de los que salen del Nuevo Circo hasta Cagua. Hablamos todo el trayecto y le doy el teléfono del apartamento. El apocalipsis lo coge desprevenido en su trabajo en Sabana Grande. Con el dinero que le queda se hospeda en uno de los mataderos de Plaza Venezuela y en la noche, cuando las líneas están más libres, logra comunicarse con los suyos en Cagua.

Arman un plan para rescatarlo. Son 100 kilómetros de ida y 100 kilómetros de vuelta en los que puede ocurrir cualquier cosa. Vienen su hermano y su cuñada, así que queda un puesto en el carro.

—¿Quieres la cola?, la cosa es que es mañana —me dice—, llégate a las 7:00 a la estación de Plaza Venezuela, por la salida que da hacia la Universidad Central.

—Claro, gracias, qué grande eres, hermano—, respondo a borbotones. No sé ni cómo agradecer semejante gesto. Me devuelvo a la habitación y agarro el gusano, un bolso enorme, larguísimo, que tengo desde que vivo en Caracas a finales de 1987, y lo lleno con ropa y libros.

 

Desde Parque Carabobo son solo tres estaciones: Bellas Artes, Colegio de Ingenieros y Plaza Venezuela. El tramo más largo es el último, toma un minuto y 40 segundos. El viaje no debe llevarse más de 10 minutos. Desde donde vivo hasta Parque Carabobo son sólo cinco minutos a paso firme. Es decir, que para llegar a tiempo basta con salir de casa a un cuarto para las 7:00.

Como soy previsivo, ya a las 6:20 estamos en la calle el gusano y yo. Un camión militar atraviesa la Urdaneta. Me entra un poco de nervios, pero el armatoste sigue en dirección oeste sin detenerse. Hago casi todo el camino en absoluta soledad, pero conforme me acerco al metro empieza a aparecer gente. Trabajadores, secretarias, personas que tienen que salir a ganarse el pan aun durante el fin del mundo. Entro a la estación Parque Carabobo a las 6:26.

El andén está desbordado con un río de personas. No hay forma de encontrar una ubicación favorable en ese bululú. Pregunto qué ocurre; nadie lo sabe con claridad pero el metro está retrasado. “Pero si el metro jamás se retrasa”, respondo y mis interlocutores coinciden conmigo en que es loquísimo, esta es la gran solución para Caracas, el único servicio que sirve en este país y fíjate.

Cuando al fin llega el tren, entra tanta gente como puede. No tengo tal suerte. Los pasajeros que ya están adentro nos miran aliviados; nosotros los miramos con envidia y disgusto. Ya faltan cinco minutos para las 7:00 y el bicho no arranca. No llego más nunca, me digo. ¿Qué hacer? Seguir para adelante, pues. Lo peor que puede ocurrir es que Ángel y su familia se vayan sin mí. En ese caso me regreso a casa. 

Total, la vida es incertidumbre.

En el siguiente tren sí entro. Ya son las 7:00 largas, pero al menos sé que mi estación de destino está a menos de 10 minutos. Me agazapo ante la puerta del vagón por la que saldré al llegar a Plaza Venezuela y miro a mi alrededor. Ninguno de los que estamos allí ha visto alguna vez el metro lleno a reventar, como un autobús cualquiera. Es increíble, inconcebible.

El tren llega a Bellas Artes, abre sus puertas y se queda allí respirando cansado. Pasa el tiempo y nada que arranca. Sigue llegando gente y ya no se siente el aire acondicionado, que por lo general le congela la respiración a cualquiera. Al rato, el metro vuelve a la vida y pronto estamos en Colegio de Ingenieros. La estación está casi desierta, como siempre. Una mujer se dispone a salir por la puerta en la que estoy y se le enreda un tacón en las tiras del gusano, que reposa en el suelo a mis pies. Poco le falta a la mujer para caerse. Me lanza una frondosa y clara mentada de madre que no admite mis avergonzadas disculpas.

Ya en Plaza Venezuela corro en dirección a las salidas de la universidad. Faltan 10 minutos para las 8:00 y, por supuesto, no hay rastro de Ángel. Estoy cansado y sudado y el viento fresco de esta hora se siente como cuchillas en mis sienes. “Y ahora qué hago”, me pregunto. Claro, regresar a casa, pero conviene esperar un buen rato a ver si baja la multitud absurda que está en los andenes del metro. Entonces oigo mi nombre.

Es Ángel, leal hasta la muerte.

Cuando deciden irse sin mí, él le pide a su hermano un par de minutos y regresa a la estación a ver si por casualidad me encuentra. El carro está a una cuadra y va regañándome por todo el camino. Yo no le pongo mucho empeño en explicar mi tardanza, pues eso del retraso del metro es una historia inverosímil. Me subo al carro en medio de las presentaciones y enfrentando, con tanta dignidad como me es posible, las malas caras del hermano y la cuñada.

Después de algunos rodeos para esquivar vías colapsadas o trancadas, logramos salir de Caracas. Aunque Ángel y sus parientes no paran de hablar de sus cosas, yo paso casi todo el viaje en silencio. La Autopista Regional del Centro se abre ante nuestros ojos con la soledad fría de un mal augurio, pero creo que nadie más en el carro lo nota. Tengo 17 años y escapo, ileso, de mi primer apocalipsis.

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Nací en Cagua, Aragua, en mayo de 1971. Soy escritor y edito desde 1996 la revista literaria Letralia. He ejercido en la literatura y el periodismo desde que tengo uso de razón. Mi libro más reciente es la colección de cuentos Uno o dos de tus gestos.

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