Ni un indicio que permita darle nombre a ese sentimiento10

Richard Pooll le prometió a su hermano Wilfredo que regresaría pronto de Tumeremo, el pueblo minero del sureste del estado Bolívar, en el sur de Venezuela, donde fundiría el oro que había extraído durante los últimos meses. Fue el 19 de noviembre de 2017. El último día que escuchó su voz.  

La mañana del domingo 19 de noviembre de 2017, Wilfredo Pooll llevó en su carro a su hermano Richard hasta la alcabala de La Romana, en Upata, la puerta de entrada a las minas del estado Bolívar, en el sur de Venezuela. En el trayecto, que les tomó cerca de una hora, conversaron sobre sus planes inmediatos. Habían decidido que, después de años de trabajo duro, montarían un bodegón en Puerto Ordaz —la ciudad que se levanta frente al caudaloso río Caroní, en el norte del estado— al que se dedicarían de ahora en adelante.

Ya habían visto un par de locales comerciales para alquilar. Solo faltaba que Richard, que en los últimos años se había dedicado a la minería, cerrara de una vez por todas esa etapa de su vida poniéndole fin a los negocios que mantenía con Carlos, su socio.

Richard, un hombre dicharachero de tez morena, alto y robusto, tenía entonces 41 años. Iba entusiasmado y de buen humor. Acababa de pasar una semana en Puerto Ordaz. Allí se abasteció de alimentos y, junto al hermano, se le ocurrió registrar una firma personal. Como Wilfredo trabajaba en Empresas Polar, tenía contactos para asegurarse el suministro de mercancía que venderían en el local.

—Cuídate mucho. Toma las previsiones que sean necesarias. No confíes en nadie y administra bien la comida que llevas —le aconsejó Wilfredo.

—Tranquilo, lo que traiga te lo entrego para comprar mercancía y hacer los documentos. Confío en ti —le respondió Richard.

Al llegar a Upata se dieron un fuerte abrazo.

Richard le prometió que regresaría a tiempo para el cumpleaños de la esposa de Wilfredo, unos 10 días después. Lo celebrarían con una parrilla.

De allí, tomó un carro hasta Tumeremo, un pueblo minero del municipio Sifontes, a dos horas por carretera de Upata. Iba hasta allá para fundir el oro que por meses logró extraer y acumular con su socio Carlos.

—Ya llegué a Tumeremo. Estoy con Carlos. Voy a comprar unos medicamentos y regreso al hotel —le dijo Richard a Wilfredo, desde el otro lado de la línea, ese mismo 19 de noviembre.

Fue una conversación corta, una de esas llamadas que se hacen para despreocupar a los familiares.

Y esas fueron las últimas palabras que le oyó Wilfredo a su hermano.

La última vez que escuchó su voz.

Cuando viajaba a esa localidad, Richard solía hospedarse en el Hotel Venezuela Center. Allí estaba la noche del 20 de noviembre cuando varios hombres armados entraron y, a la fuerza, apuntándolo, se lo llevaron. Los trabajadores del hotel no sabían quiénes eran, nunca los habían visto.

—Se lo llevaron unos tipos del hotel… Tranquilo que, si Richard no aparece, te voy a dar su parte. Estamos moviéndonos, cuentas conmigo —le dijo Carlos la mañana del 21 de noviembre, con una voz amable.

Fue tan receptivo que Wilfredo sintió que contaba con él.

Nadie conocía los detalles del rapto. Ni siquiera Carlos estaba al tanto de los pormenores de lo que había pasado.

O eso decía.

Solo se sabía que los captores habían montado a Richard en un carro y que, aparentemente, eran de un sindicato minero, como se conoce a las agrupaciones criminales que controlan la extracción de minerales con complicidad de funcionarios del Estado en el sur de Venezuela.

Richard, el mayor de 11 hermanos, se dedicó a la albañilería antes de incursionar en el negocio del oro. Sucumbió al encanto del oro, aunque sabía que trabajar en las minas lo ponía en riesgo de perder la vida en un derrumbe o a mano de grupos armados. Padre de una niña, repartía su tiempo fuera de la mina entre Puerto Ordaz, donde estaban su madre y sus hermanos, y Santa Elena de Uairén, la última localidad venezolana en la frontera con Brasil, donde vivía su pareja.

Dos meses antes de que se lo llevaran, resultó herido en un derrumbe en una mina. Salió golpeado, caminando con dificultad; pero apenas mejoró, gracias a los cuidados que le proporcionaron en la casa de Wilfredo, en Puerto Ordaz, volvió a la mina. Otras veces, eran los malandros o los cuerpos de seguridad del Estado los que llegaban “echando fuego”. Esos eran motivos suficientes para disuadir a los familiares que querían aventurarse al mundo minero. Unos primos querían probar suerte y Richard les aconsejó que no lo hicieran. Les insistió que era muy peligroso, que tenían que dormir con un ojo abierto y otro cerrado, que a veces tenían que correr al río para escapar de las balas.

Alguna vez, años atrás, a Wilfredo también se le ocurrió ir, pero el hermano no se lo permitió.  

—No vas a aguantar ni unos días, Wil. Ese mundo no es para ti. Mejor quédate tranquilo —le advirtió.

Así lo cuidaba.

En esos días que raptaron a su hermano, Wilfredo pasaba horas tratando de conciliar el sueño. Nunca había tenido problemas para dormir, pero ahora la angustia no le daba tregua. Daba vueltas en la cama tratando de hallar acomodo en el colchón. A veces salía desesperado del cuarto y se sentaba en la mesa del comedor a pensar, o trataba de distraerse viendo televisión.

Los días seguían pasando y no llegaban noticias de Richard.

Se imaginaba que podían haberle ocurrido las peores atrocidades. Y no eran divagaciones de su mente, porque sus conjeturas se basaban, precisamente, en las cosas que Richard le había contado. A fin de cuentas, Wilfredo sabía que quienes comandaban las organizaciones criminales de las minas, no eran más que delincuentes capaces de hacer cualquier cosa por dinero. Angustiado con todas esas ideas dándole vueltas, comenzó a padecer terribles dolores de cabeza que lo paralizaban día y noche.

Wilfredo pidió permiso y vacaciones adelantadas en su trabajo para asumir la búsqueda de su hermano por sus propios medios.

Iba al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) a diario, a ver si había alguna nueva información sobre el caso de su hermano. Uno de esos días, un policía le contó que habían encontrado unos cadáveres desmembrados en el sur. Los habían dejado tirados en plena vía. Wilfredo podía ir al cementerio de Chirica, en Ciudad Guayana, a ver si alguno de aquellos cuerpos era el de Richard.

Y hasta allá fue acompañado por dos tíos.

Los cadáveres a los que se refería el funcionario estaban depositados en el área donde dejan los muertos que nadie retira. Era un cuarto ruinoso. Los restos, sin refrigeración, envueltos en bolsas negras o con el plástico que usan para techar los campamentos mineros, ya estaban descompuestos. Ese lugar desprolijo, ese olor nauseabundo le produjeron un impacto a Wilfredo: vomitó todo lo que tenía en el estómago. No podía estar más allí, no podía ver esos cuerpos.

Los funcionarios intentaron hallar en los difuntos las marcas que podrían identificar el cuerpo de Richard: un tatuaje en el pecho con el nombre de su hija y otro en la espalda con el de su pareja.

No dieron con ellas.

Ninguno era Richard.

Una tía y su madre de 56 años viajaron a Tumeremo a poner la denuncia. Era el lunes 27 de noviembre, fecha en que se cumplía una semana de la desaparición. El de la minería no era un mundo desconocido para la madre; tampoco el de la hostilidad y el maltrato de las autoridades. Hacía décadas que había trabajado en las minas del sur, pero unos militares destruyeron sus máquinas en un yacimiento llamado Playa Blanca, una de las zonas que posiblemente Richard había pisado.

En Tumeremo, los mismos policías del Cicpc que registraron la denuncia, les hicieron una recomendación:

—No pregunten mucho.

Lo dijeron con el tono de una advertencia.

Después del trámite, las mujeres decidieron regresar.

Poco a poco, Carlos, el socio de Richard, se fue desentendiendo de la búsqueda y de los acuerdos. Cuando Wilfredo le preguntó por el dinero, por la parte del oro de Richard tras meses de trabajo, la respuesta de Carlos fue tajante:

—Mi hermano, yo no hice negocios con usted.

Se había transformado en otro: ya no era aquel hombre amable y receptivo que lo llamó para contarle que se habían llevado a Richard.

Se quedó con la ropa, el bolso, la comida, con todo.

Wilfredo le había advertido a Richard que estuviera pendiente, que tuviese cuidado. Luego de más de un año de trabajo, suponía que el oro recolectado era una cantidad considerable y podría generarle problemas: ponerlo en riesgo. “Ese chamo es bueno”, le insistía Richard. Había conocido a Carlos en las minas, se habían cuidado en medio de las hostilidades de esos territorios sin ley.

Wilfredo, sin embargo, sabía que Richard era confiado, demasiado quizá.

En medio de su desespero, Wilfredo contactó a los líderes de una banda de San Félix, en el norte de Bolívar, que tenían conexiones en las minas. Sentía que ellos podían ayudarlo. Habló con un hombre que respondía al mote de “Capitán”, un pran al que se le atribuía el control de algunas minas en el sur.

Pero no, no obtuvo ninguna ayuda: al contrario, a la primera llamada, le pidió el pago de una vacuna y lo amenazó.

—No quiero que estés comentando nada —le dijo—. Si vienes para acá, lo voy a saber; y si vas a la policía, lo voy a saber… Si vas a Tumeremo a poner la denuncia, te va a pasar lo mismo que a tu hermano. Por allá ni te acerques. Deja eso así.

Tenía muchas ganas de viajar a buscar a su hermano él mismo, pero no podía. Temía por su familia. Fue muchas veces al Cicpc. Aunque los funcionarios lo atendían muy amablemente, en el fondo sabía que no harían una búsqueda efectiva.

El tiempo ha pasado. Han transcurrido más de dos años de la desaparición de Richard. La familia no ha recibido ni una llamada de los cuerpos policiales para hacer preguntas o informar de algún hallazgo. Nada. Ni siquiera un indicio que permita darle nombre a ese sentimiento que quiebra a Wilfredo cada vez que habla de Richard.

Cree que todavía está vivo.

—No vivimos en duelo porque lo pensamos vivo. Lo estamos esperando aún.

Wilfredo sigue trabajando en Empresas Polar, aunque la pandemia de covid-19 lo mantiene en casa vendiendo alimentos y licores, y haciendo entregas a domicilio para subsistir.

En abril de 2020, la madre creyó ver a su hijo. Los recuerdos se le escapan. La enfermedad de Huntington que padece avanza, y el deterioro cognitivo que la caracteriza ataca su memoria, la atención y el reconocimiento visual. Quizá por eso hay detalles que se le resbalan. Ella dice que Richard se le apareció, que llevaba la ropa limpia y el pelo recién cortado, que alcanzó a decirle que estaba bien, que no se preocupara. Que se abrazaron, emocionados, y lloraron.

Fue un sueño, uno que quizá traducía el deseo profundo de volverlo a ver.

Un sueño borroso y difuso, como lucen ahora los planes del bodegón que pensaban abrir los hermanos y que apartaría definitivamente a Richard de la mina, de ese riesgo siempre latente de muerte. Ese negocio que montaría después del que era su último viaje a las minas del sur de Venezuela. 

Conserva la esperanza de que vuelva a llamar10

Helena Rodríguez comenzó a sospechar que a su hija Milena García le pasaba algo cuando dejó de recibir sus llamadas desde las minas del sur del estado Bolívar. Por eso decidió llamar a un periódico de Ciudad Guayana para reportarla como desaparecida.  

Después de una semana sin tener noticias de su hija, Helena Rodríguez comenzó a preocuparse. Cada vez se le hacía más difícil dormir. Se pasaba la noche contemplando el techo liso y blanco de su pequeño cuarto, apenas iluminado por las luces que se colaban desde afuera. En esas horas de insomnio, hacía muchas conjeturas sobre el paradero de su hija Milena: todas le aterraban. Se acostaba con el teléfono cerca, al alcance de la mano, por si llegaba un mensaje o la llamaba.

Recordaba las historias que había escuchado sobre las minas del sur del estado Bolívar. Historias como la del esposo de la vecina que se fue y no regresó. Se dice que allá lo picaron en pedazos. Sola entre las cuatro paredes de su habitación, pensaba en eso porque precisamente para esa zona se había ido Milena a comienzos de julio de 2019.

Desde noviembre de ese año no le escuchaba la voz.

Aquella última llamada se oía mal. Como siempre, Milena la había realizado desde un teléfono prestado. Le dijo a su madre que todo estaba bien, pero que iría a una nueva mina, más al sur, cerca de la frontera con Brasil, donde podría conseguir un mejor trabajo, porque donde estaba no le iba muy bien. Le dijo que antes iría a su casa en Cumaná, la capital del estado Sucre, en el oriente de Venezuela, a visitar a sus dos hijas, de 2 y 7 años.

Pero eso nunca ocurrió.

Y ya transcurría marzo de 2020.

Helena ha vivido 27 de sus 48 años en Porlamar, una pequeña ciudad de la Isla de Margarita, también en el oriente de Venezuela. Allí levantó a tres de sus hijos mientras a Milena, la menor de los cuatro que tuvo, la criaba una comadre en Cumaná. Graduada en educación especial, Helena ejerció su profesión hasta que lo que ganaba se volvió insuficiente, y decidió trabajar en lo que fuese: consiguió empleo en una tienda por departamentos como asistente de pasillo.

No conoce Bolívar, menos esas minas que se han hecho tan famosas en los últimos cinco años, cuando la crisis económica y política en Venezuela se agudizó, y muchos comenzaron a viajar hasta allá para sacar oro de la tierra y obtener buenos ingresos. Luego de la desaparición de su hija, Helena se ha empeñado en conocer detalles de lo que ocurre en esos territorios.

Buscó en internet y encontró noticias, ninguna buena: la mayoría eran relatos de masacres. Sabe que allí impera “la ley del oro”. Que desde Cumaná son siete horas de viaje en carretera solo hasta Puerto Ordaz, y que desde allí hay que seguir en la vía rumbo al sur. Que al llegar a Upata hay poca señal telefónica. Que, según dicen, a las mujeres en las minas las ponen a trabajar en lo que sea en favor de los hombres. Que cualquier infracción se paga con sexo. Que al que “se come la luz” lo matan, y que es mejor no hacer mucho ruido si no se quiere correr la misma suerte. Esto último se lo dijo un sobrino que presta servicio militar en un comando del sur y le aconsejó que no fuera porque podría ser peor para Milena.

Pero Helena no podía quedarse de brazos cruzados.

Conocer esos pormenores aumentó su angustia. Una angustia que, al comenzar la pandemia de covid-19, no aguantó más, porque se vio imposibilitada de movilizarse desde la isla hasta Bolívar. Sintió que ahora menos podría investigar por sus propios medios ni denunciar en la policía local. Por eso volvió a buscar en internet el portal de un periódico de Ciudad Guayana donde había leído algunas de esas noticias sobre desaparecidos y, con la intención de que alguien que hubiese visto a Milena se pusiera en contacto con ella, escribió a la cuenta de Twitter de ese medio:

“Quiero denunciar la desaparición de mi hija”.

La idea que tenía Milena de irse a las minas, como habían hecho algunos de sus vecinos en Cumaná, una ciudad empobrecida en la que no pocos pasan hambre, tomó forma a finales de junio de 2019. Ella llamó a su madre y le contó el plan. Le dijo que una amiga la había invitado, que así podía tener mejores ingresos.

—¿A qué te vas, Milena…? Se escuchan tantas cosas malas de allá; muchos van y no regresan…

—Tranquila, mamá, que yo me sé cuidar.

Helena encomendó su hija a Dios sin poder hacer mucho más.

Milena dejó a la niña mayor con la familia del papá, y a la menor con una vecina.

Tenía 28 años cuando se fue. Nunca antes había viajado al sur del país. En fotografías se le ve delgada, atlética, bronceada, con sandalias bajas, pantalones cortos y una sonrisa amplia en las playas de Cumaná. Se planchaba el pelo: lo usaba lacio, a la altura de los hombros, de color castaño oscuro, casi negro.

Cuesta mucho conciliar esa estampa con la de una vendedora de pescado. Que era su oficio. Debía levantarse todos los días cuando aún era de madrugada e ir hasta la Lonja Pesquera o a la Boca del Río a abastecerse de pescados. Después, todavía muy temprano, iba a venderlos en el mercado. La jornada de trabajo se extendía hasta más allá del mediodía, entre el calor sofocante, la algarabía de los compradores y los olores nauseabundos.

Esa fue su rutina de varios años, su forma de llevar el sustento a su casa. Pero en los últimos meses ese esfuerzo no se traducía en ganancias suficientes para pagar las cuentas. Y fue por esa crisis, que cada vez se hacía sentir más en su mesa, que se vio obligada a irse a las minas.

No era la única. Tanto en el estado Sucre como en Nueva Esparta, donde queda la Isla de Margarita, la ola migratoria hacia las minas del sur de Bolívar se ha intensificado en los últimos años. Sin fuentes de empleo fijo, y con el mercado del comercio informal copado, muchos se van a los municipios del sur, aún sin conocer el territorio, invitados por alguien que ya hizo el primer viaje.

Helena, en la isla, entendía que Milena se iba buscando mejorar las condiciones de vida de sus hijas, porque era madre soltera y ella sola debía sostener la casa. Irse a trabajar a las minas era una opción muy atractiva, y ya ella había escuchado de gente que supuestamente ganaba en lingoticos, una pieza de oro de 1,5 gramos (valorada en unos 100 dólares). Y que en un solo día de trabajo se puede ganar un gramo de oro. Aunque la cotización del gramo se rige por el mercado internacional, a veces los grupos de poder dentro de esos territorios imponen una tasa de cambio por debajo de ese precio: el que se niegue a aceptarla es castigado o expulsado de la tierra. Es un precio que, en las condiciones de Venezuela, muchos están dispuestos a pagar.

Helena recibía periódicamente llamadas de Milena.

No todos los días, pero en la semana se comunicaba varias veces desde un teléfono prestado de una compañera de trabajo. En las minas, la señal telefónica regular es casi inexistente. Solo las líneas de la empresa estatal Movilnet a veces reciben cobertura. Mineros y trabajadores de la zona suelen pagar algunos minutos de internet satelital para llamar a través de Whatsapp y así hablarles a sus familiares en otros estados del país.

En esas conversaciones, Milena le había contado a su madre cosas que la dejaban preocupada. Por ejemplo, que en la mina San Martín de Turumbán, en la frontera con el Esequibo, le habían retenido sus documentos personales. Y que, de vez en cuando, había enfrentamientos armados porque llegaban otros que querían tomar el control de esas tierras.

Aun así, con solo escucharle la voz, la madre aplacaba sus miedos.

—Cuídate mucho, hija. Mira que son terribles las cosas que se escuchan de esas minas.

Eso le dijo en aquella última conversación.

Helena no sabe a cuál mina fue su hija. Son decenas las que están operativas en los municipios Sifontes, El Callao, Padre Chien y Gran Sabana, en el sur de Bolívar. Ella solo le dijo que iría más cerca de Brasil. Sin mayores señas, pero con la certeza de que algo no andaba bien, logró denunciar dos veces en el periódico que contactó por Twitter. “Reportan desaparición de joven en las minas. Sigue búsqueda de desaparecida en El Callao”, publicaron en el diario.

Una amiga le recomendó a Helena que pusiera la denuncia, que debía hacerlo en la comandancia de la zona donde la muchacha desapareció. Cosa que era impensable por las limitaciones de sus recursos. Y ante la dificultad de hacer esa diligencia, en los registros oficiales Milena no figura como desaparecida.

Al principio creyó que, quizá por mero interés periodístico, algunos reporteros podrían trasladarse a las minas e investigar qué había pasado. Esas publicaciones en la prensa dieron fruto tan solo un mes después, o al menos eso piensa Helena. Porque se sintió escuchada. Atendida.

Por esos avisos fue que la conocí.

Vivo en Ciudad Guayana y, con un equipo de periodistas, monitoreo habitualmente las frecuentes denuncias de desaparecidos en las minas. Cuando nos topamos con la noticia de Milena y vimos un número de contacto, la llamé.

—Ella me llamó, pero yo sé que no está bien —me dijo—. Por eso para mí está desaparecida.

Su convicción nos sorprendió y no dejamos de mantener contacto con ella.

 

El 31 de mayo transcurría como un día más del confinamiento por la pandemia: era un domingo de tedio. Helena seguía sin lograr dormir bien, y cansada de tantas noches en vela, sentía que hacía las cosas un poco aletargada. Con esa pesadumbre perenne, ese día preparaba el almuerzo en la cocina mientras sus hijos veían televisión y esperaban la comida en sus cuartos. Tenía encendido el radio y se enteraba de los últimos ajustes al precio de la gasolina.

Entonces su teléfono repicó.

Era una llamada a través de Whatsapp desde un número desconocido. La sangre se le heló. Sintió un golpe en el pecho.

Era Milena.

—¡Es Milena, es Milena! —gritó a sus hijos— ¡Vengan! ¡Vengan a verla!

Pero la imagen que mostraba la pantalla no parecía la de su muchacha. Llevaba el cabello largo y crespo, no usaba maquillaje, y se le notaban unos moretones muy cerca del pómulo derecho. Tenía los ojos enrojecidos, hinchados. Lloraba y parecía que llevaba horas haciéndolo.

Helena, días después, me contó que en aquella llamada su hija no hablaba, sino que soltaba el llanto apenas le hacía cualquier pregunta.

—Cuiden mucho a las niñas y estén pendientes de ellas —decía Milena—. Ponme a mis hermanos en frente, quiero verlos. Haz una captura a la pantalla. No me olviden —alcanzó a decirles en tono de despedida.  

—Pero, Mile, ¿te pasó algo?, ¿leíste el anuncio en prensa?, ¿dónde estás?, ¿te están amenazando…?

No había respuesta alguna.

—Milena solo lloraba inconsolable —cuenta Helena—, el audio era entrecortado. Se tapaba la cara y se ahogaba con el llanto, como si sintiera un dolor en el pecho. En la imagen pixelada se podía ver también a dos hombres. Yo creo que eran sus custodios. Sus rostros no eran definidos, parecían más bien sombras. Nadie más hablaba. La conexión se interrumpió y desde entonces no hemos tenido más comunicación con ella.

Helena cree que aquella breve llamada la hizo su hija para despedirse. Pero a la vez conserva la esperanza de que vuelva a llamar. Aún guarda aquella captura de pantalla con la imagen pixelada del rostro de su hija. Como si se tratara de una estampita la envió a un grupo de Whatsapp en el que la agregamos, un chat de familiares de desaparecidos. Y escribió:

—Tengamos fe, mana. Tengamos fe. Van a aparecer. 

El nombre de la protagonista de esta historia fue cambiado para proteger su identidad.

Son demasiadas las versiones y pocas las certezas10

Esther Jaramillo y su pareja, Andrés Rodríguez, eran comerciantes en las minas de oro de Tumeremo, un territorio del estado Bolívar, en el sur de Venezuela, controlado por bandas criminales y grupos vinculados con la guerrilla colombiana. Desde junio de 2019, nadie sabe de ellos.

—¡No lo piquen más, no lo piquen más, por favor! —grita Esther Jaramillo, desesperada. Unos delincuentes le tapan la boca con las manos, y entonces ella se queda con las palabras atascadas, presas, viendo cómo a Andrés, su pareja, lo descuartizan vivo con un machete en una mina de oro en Tumeremo, un pueblo en el sur del estado Bolívar.

Esa es la escena que se repite con frecuencia en la mente de María Jaramillo, hermana de Esther. María, aunque no la presenció, es capaz de recrear las imágenes a partir de lo que gente de Tumeremo le contó, por Facebook, meses después de la desaparición de su hermana y su cuñado en las minas de esa zona.  

—De tu hermana no se sabe nada, de pronto esté presa, de pronto esté muerta —le dijo uno de ellos.

Al relatar esa escena que una y otra vez vuelve a su mente, María se estremece, su voz se entrecorta, como si experimentara en su propio cuerpo lo que cree que sufrieron su hermana y su cuñado. Entonces llora. Como si en el mundo solo existieran ella y su dolor.

Esther Jaramillo y Andrés Rodríguez desaparecieron en junio de 2019. Ambos se dedicaban a comprar mercancía —alimentos, cigarrillos, vacas y gasolina— en el pueblo de Tumeremo para revenderla, minas adentro, en un sector conocido como Los Candados. Al lugar lo llaman así por la hilera de portones con candados por la que mineros y comerciantes deben pasar para llegar hasta donde quedan unas cinco minas, entre ellas las llamadas El Termito y Bochinche.

La pareja desapareció en un momento en que la banda del “Run”, la banda del “Talao” y grupos armados relacionados con la guerrilla colombiana se enfrentaban con frecuencia por el control del territorio. El último de esos encontronazos fue en junio de 2019 y dejó cuatro muertos, al parecer miembros de la banda de “Talao”. Cuando Esther llamaba a su hermana María a Colombia, adonde se había ido a vivir, no dejaba de ponerla al tanto de los últimos acontecimientos de ese conflicto.

Aunque las autoridades niegan la presencia de la guerrilla en territorio minero, los lugareños no solo dicen verlos con su uniforme e identificar el acento colombiano, sino que también aseguran que tienen el control de la mayoría de las minas de oro del municipio Sifontes del estado Bolívar, del cual forma parte Tumeremo.

Al fragor de esos enfrentamientos, Esther entró a las minas en junio de 2019, decidida a cobrar los 150 gramos de oro —valorados en más de 9 mil dólares— que le debían. Iba sola: su plan, según le dijo a María, era entrar, salir y después reunirse con ella en Colombia. Con ese dinero, soñaba comprarles allá una casa a sus hijos y abrir un nuevo negocio.

María y Esther nacieron en Barranquilla, frente al Caribe colombiano, y crecieron en una familia de cinco hermanos. Pocas veces en la vida estuvieron separadas. Eran muy unidas, quizá porque apenas se llevaban un año de diferencia. Cuando desapareció, Esther tenía 36 años y María 37. En 2002, huyendo del hambre y el desempleo, migraron, indocumentadas, a Venezuela, adonde confiaban que podían encontrar lo que su país no podía ofrecerles.

Se establecieron en una invasión llamada 4 de abril, en Maracaibo, la capital del estado Zulia, al otro lado de Colombia. Al comienzo, se dedicaron a la limpieza en casas de familia y, luego de mucho esfuerzo, montaron una venta de gorras y CDs, que más tarde tuvieron que cerrar porque los delincuentes del barrio usaban el puesto como guarida por las noches.

Por eso, María volvió a limpiar casas.

Y Esther, convertida en una madre soltera de tres hijos, se fue a las minas del estado Bolívar, en el sur del país, seducida por los cuentos que escuchaba: muchos decían que allá, sacando oro, se podía ganar bien. Muy bien.

Era 2008.

En el camino conoció a Andrés Rodríguez. Ambos se iniciaron como mineros de pico y pala y también de batea, a cielo abierto, hasta que consiguieron capital suficiente para dedicarse al comercio en el sector Los Candados. Y más adelante, comenzaron una relación de pareja.

Años más tarde, por la desesperación de no tener cómo alimentar a sus dos hijos, en medio de una feroz crisis económica que se agravó en Venezuela, María le siguió los pasos a Esther y arrastró con ella a Vicky, la menor de las hermanas. Se fueron hasta allá, como tantos otros venezolanos hacían, sabiendo que en las minas no solo se podían obtener jugosos ingresos, sino que también se corría mucho peligro. Transcurría 2016 y ese año, meses antes, se había producido la llamada “masacre de Tumeremo” que dejó a 28 mineros desaparecidos y marcó un hito en el conflicto que se vive en esa zona, donde bandas delictivas y cuerpos de seguridad del Estado se pelean por el control del territorio.

Allí estuvieron las hermanas, juntas, viviendo ese peligro, por cuatro años.

Y les iba bien. Esther se había convertido en una comerciante reconocida en Tumeremo: tenía siete motos, un camión y una camioneta. En febrero de 2019, después de haber trabajado con su hermana en las minas todo ese tiempo, María regresó a Maracaibo. Lo hizo para recuperarse del paludismo, enfermedad de la que se había contagiado unas 24 veces. La última vez casi muere. Orinar sangre fue señal suficiente para decidirse a regresar a casa y curarse. Y tras ella, poco tiempo después, Vicky también dejó las minas.

Pero Maracaibo, esa calurosa ciudad petrolera que en otro tiempo fue la estampa del progreso, estaba en ruinas: por las tuberías no llegaba agua corriente, los frecuentes cortes eléctricos duraban horas, el transporte público no funcionaba. Entonces María pensó que lo mejor era volver a Colombia, a su tierra. Se fue en abril de 2019, con sus hijos y sus sobrinos, los hijos de Esther. Como en las minas no hay señal telefónica, antes de partir, María llamó a una conocida del pueblo de Tumeremo y le pidió que cuando viera a Esther le contara que ella se había ido a Colombia, que estaba bien.

Unos días después, el 26 de mayo de 2019, Esther recibió el mensaje y llamó a María. Le dijo que acababa de llegar de la mina, que planeaba entrar nuevamente a cobrar los 150 gramos de oro que le debían. Y que luego, saldría de allí para reunirse con la familia en Colombia.

Esa fue la última vez que María escuchó la voz de su hermana.

A partir de aquí, todo comienza a ser confuso.

En junio Esther llamó a su suegra, la madre de Andrés, y habló con ella.

Y desde entonces ni Esther ni Andrés volvieron a llamar.

En noviembre de 2019, a la familia de Andrés comenzaron a llegarle los rumores de una tragedia. María supo que algo andaba mal cuando vio en Facebook que sus conocidos publicaban fotos de Esther y su marido con un lazo negro. Entonces se desesperó.

Pedro, el hermano menor de Andrés, en medio de la angustia, quiso buscar los cuerpos y se fue a Tumeremo, pero al llegar, la gente del pueblo —amigos de la pareja la mayoría de ellos— le dijeron que no preguntara nada: que mejor se alejara.

Los antiguos compañeros de mina de María le han dicho, por Facebook, que su hermana y su cuñado fueron acusados de ser infiltrados de otra banda.

Otros le dijeron a Pedro, cuando estuvo en Tumeremo, que Esther no pagó una deuda de unos bidones de gasolina y por eso la habían desaparecido.

Otros, que Esther se fue a las minas de Los Candados a buscar su oro, y grupos armados la retuvieron y mandaron a buscar a Andrés.

O que a Esther y a su hermano los mantuvieron trabajando como esclavos en una mina durante 15 días y que después de ese tiempo fueron ejecutados junto a otras 10 personas: que a Andrés lo descuartizaron vivo con un machete mientras Esther miraba y gritaba desesperada; y que luego a ella la decapitaron.

Son demasiadas versiones.

Pocas las certezas.

—Yo solo le pido a Dios que me dé una señal de dónde está mi hermana. Y si está muerta, que al menos me entreguen su cuerpo para darle cristiana sepultura. Es horrible que te digan que está muerta y no haya un cuerpo para uno convencerse. No se sabe si está viva, si está muerta, no se sabe nada. ¡Nada…! ¡Me entra una desesperación tremenda y quisiera salir corriendo…!

María pronuncia cada frase y hace una pausa, como si pensara muy bien cada una de sus palabras. Trata de hablar con claridad, pero en algún momento de la conversación el llanto aparece y entorpece su pronunciación.

―La tengo en el pensamiento todos los días, pienso mucho en cómo la mataron.

En febrero de 2020, María puso la denuncia por la desaparición, en Barranquilla. Le relató al cuerpo de investigación de la oficina de migración todo lo que ella sabía, pero han pasado los meses y no le han dado respuesta. Lo más seguro, dice, es que no han activado el protocolo de búsqueda de Colombia y tampoco el de Venezuela.

Esa vez le dijeron que aquel era un proceso largo. Que las autoridades colombianas primero debían establecer contacto con las de Venezuela, para poder comenzar la búsqueda. María sintió que los funcionarios cuestionaron la denuncia a destiempo, y ella les respondió que había esperado tanto porque pensaba que su hermana estaba viva.

Muchas veces, estuvo tentada a volver a Tumeremo y poner la denuncia en el Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc). Pero no lo hizo porque teme las represalias que puedan tomar en su contra, en especial porque sus hijos y sus sobrinos dependen de ella. Y teme porque sabe que físicamente se parece mucho a su hermana desaparecida. Y también porque siente que por ser una migrante indocumentada allí no le brindarían la protección legal que necesitaría.

En 2016, el primer año que estuvieron juntas en las minas, María y Esther llegaron a El Termito. Vivieron unos meses convulsos porque se rumoraba que “El tren de Guayana”, una férrea banda que opera en Bolívar, estaba en Tumeremo. En uno de esos días, María se desesperó tanto que le pidió a su hermana que salieran corriendo hacia el monte. Pero Esther, con mucha más experiencia en ese territorio, le dijo que ni se le ocurriera hacerlo, que era peor; y que, dado el caso, cuando viera llegar a la gente de “El tren de Guayana”, se tirara al piso y no se atreviera a mirarlos.

Era tanta la tensión por aquellos días que decidieron irse a Guyana, al otro lado del municipio Sifontes, por un tiempo: allí estuvieron un mes.

Ahora María conserva la esperanza de que los rumores de la muerte de su hermana no sean ciertos, porque cuando aquella vez ellas regresaron de Guyana, el rumor que se corrió en Tumeremo era que a ambas las habían picado y echado en una fosa común.

María trabaja sembrando y recogiendo flores en una finca en Bogotá, a más de mil kilómetros de su casa en Barranquilla, donde dejó a sus hijos y sobrinos al cuidado de su madre. La tierra húmeda en las botas de hule, el aire fresco y la vegetación de la finca bogotana le recuerdan el tiempo que estuvo con Esther minas adentro, recorriendo las veredas de difícil acceso en moto, llenas de barro, y cantando despreocupadas.

María tiene a su hermana muy presente, también al país en el que tuvo nuevas oportunidades, a pesar de que sus recuerdos se hayan manchado de sangre. Sin ninguna certeza de su paradero, la única opción que tiene es la de aferrarse con fuerza a ese recuerdo de Esther, mientras en su mente retumba la voz que hace tiempo escuchó: “De tu hermana no se sabe nada, de pronto esté presa, de pronto esté muerta”.