Helen no deja de hacerse las mismas preguntas

Jun 20, 2018

En diciembre de 2017 fue eliminada la Alcaldía Metropolitana de Caracas. Helen Reiter trabajaba allí desde que se creó, en el año 2000. Un día, en medio de la incertidumbre acerca de su destino, su hija manifestó sentir un fuerte dolor intestinal. Desprovista de su seguro médico, a Helen le tocó ir de hospital en hospital buscando atención para su emergencia, pero no pudo evitar el fatal desenlace.

Fotografías: Karina Salas

 

Helen Reiter es de esas personas que piensan que todo tiene solución en esta vida. Excepto la muerte. En diciembre de 2017 pensó que lo peor que le pudo pasar fue que su hijo mayor se fuera del país en busca de un futuro mejor para él y su hijo.

Pero no fue así.

La mañana del 24 de diciembre de 2017, Helen Reiter no se disponía a hacer, como acostumbraba, las ajetreadas compras para preparar la cena de Nochebuena. En su mesa no habría ni ensalada de gallina, ni hallacas, ni pan de jamón, ni pernil. Su casa, en el sector Campo Elías de Manicomio, al oeste de Caracas, no estaba decorada con luces. Tanto el pesebre como el arbolito continuaban guardados en el closet. No sería una feliz Navidad.

Días antes, el 20 de diciembre, cuando Helen esperaba sus utilidades de fin de año, la Asamblea Nacional Constituyente eliminó de un plumazo la Alcaldía del Área Metropolitana de Caracas, donde ella trabajaba. Era una instancia creada para coordinar el funcionamiento de la capital: la ordenación urbanística, protección del ambiente, operatividad de semáforos, limpieza de las calles, mantenimiento de jardines y plazas, y la coordinación de la mancomunidad que involucraba a los cinco municipios de Caracas. Con la decisión, más de 6 mil trabajadores, entre los que se encontraba ella, quedaron sin empleo y sin una póliza de seguro que los respaldara.

Helen —de 55 años, tez morena y ojos grandes— estaba triste. Andaba, llorosa, de su habitación a la sala y de la sala a la habitación. Evitaba salir a la calle y, cuando tenía que hacerlo, esquivaba a sus vecinos entusiastas. Sin dinero en el bolsillo, sentía que los motivos para celebrar se habían esfumado. Y Reiber Reiter, entonces su único nieto, a quien tenía bajo su cuidado luego de que su hijo emigró en 2016 y era una fuente inagotable de energía y alegría en su casa, ya no la animaba.

Helen tenía tres hijos: Reiner, de 36 años; Oriana, de 22, y la pequeña Gabriela, de 17, quien justamente nació con la alcaldía, en el año 2000. De sus 55 años, había entregado 23 a la administración de Caracas. Primero en la Contraloría Municipal de Libertador durante tres años; luego, en la Gobernación del Distrito Federal y, finalmente, desde su creación, en la Alcaldía Metropolitana de Caracas. Formaba parte del Movimiento obrero sindical de trabajadores de la alcaldía del Distrito Metropolitano de Caracas, llegando a ser la secretaria general.

Y, con todo lo triste que resultó, el desmantelamiento de la institución a la que había entregado tantos años de servicio no sería lo peor que le depararía ese diciembre sin Navidad.

Su hija Gabriela creció en la alcaldía. Ella estudiaba en La Pastora y cuando salía temprano o no había clases se iba acompañar a su mamá al trabajo. Pareciera que allí aprendió el ímpetu que caracteriza a los sindicalistas, pues llegó a ser delegada en su liceo e hizo que expulsaran a una profesora que sostenía una actitud hostil ante los estudiantes y los apodaba según sus características físicas o rendimiento académico.

Pasados cuatro meses de la drástica decisión de la Constituyente no se había realizado ningún pronunciamiento oficial por parte de la junta liquidadora. Helen, como por inercia, seguía yendo tres veces por semana a su oficina que comenzó a parecerle un hueco. Aprovechaba y se reunía con sus compañeros para pensar qué hacer, cómo exigir que el acertijo se resolviera y que alguien les explicara qué ocurriría con ellos.

 

El día 22 de abril, Helen se levantó temprano como todos los domingos y se dispuso a dejar todo listo para el día lunes volver a ir al que había sido su lugar de trabajo. Su hija Gabriela le dijo que no se sentía bien. Tenía mareos, vómitos y se veía pálida. Su vecina, jubilada del Ipasme, les sugirió ir hacia allá y que, al llegar, dijeran que Gabriela era su sobrina debido a que Helen ya no contaba con un seguro médico para cubrir el ingreso en una clínica.

Helen y su esposo llevaron a Gabriela al Ipasme en un taxi. Los atendió una doctora y les comentó que no tenían insumos para atenderla, así que los refirieron al Hospital Vargas, adonde los trasladaron en ambulancia.

Una vez allí, la respuesta fue la misma: debían ir al Hospital Clínico Universitario, donde volvieron a escuchar lo que ya se temían. Entonces los remitieron al Hospital Dr. Domingo Luciani, conocido popularmente como El Llanito.

El reloj marcaba las 7:15 de la noche cuando por fin llegaron a El Llanito. Allí la respuesta fue la que habían estado esperando durante todo el día. Iban a atender a Gabriela pero debían esperar. La emergencia estaba ocupada por unos heridos de bala que acababan de llegar. Helen pensó: “Si hemos esperado tantas horas, un poco más que esperemos, estará bien”.

Gabriela ingresó a emergencias a las 10:15. Los médicos requerían hacer unos exámenes, pero el hospital no disponía de reactivos y les indicaron que los únicos lugares donde los tenían y que trabajaban a esas horas en Caracas eran el Centro Médico de Caracas y el Hospital de Clínicas Caracas. El papá de Gabriela se dirigió rápidamente hacia allá y Helen quedó sola en El Llanito con su hija. Llamó a su hermana para que fuese a acompañarla.

A las 10:50 un doctor se acercó a Helen y le dijo:

—A su hija le acaba de dar un infarto, están en proceso de reanimación cardiopulmonar.

Pocos minutos después, le dieron la noticia. Su hija había fallecido a causa de un paro intestinal que fue lo que le produjo el infarto.

—¿Cómo es posible? —preguntó Helen al doctor—. Si ella se gradúa de bachiller en junio, comenzará sus estudios en contaduría, como lo habíamos planeado.

Consternada, como si hubiese despertado en otro mundo, en otra vida, Helen sintió como si en ese momento una puñalada le atravesaba el corazón.

Su hija no estaría más con ella. Y la impotencia la colmó. “Si hubiese tenido una póliza de seguro”, se repetía una y otra vez.

Entró como pudo al consultorio. Sus piernas no le respondían. El doctor comenzó a redactar el acta y Helen se dio cuenta de que él también estaba llorando. Le confió que ese día no había podido hacer nada por sus pacientes y que su profesión, bajo esas condiciones en las que estaban trabajando, había perdido todo sentido.

Helen llamó a su esposo.

—Amor, no hagas los exámenes. Devuélvete.

Él, con extrañeza, le preguntó:

—¿Cómo es eso? Si ya voy llegando…

—La niña no aguantó —le dijo Helen y colgó el teléfono.

No pudieron enterrar a su hija. Con ayuda de sus compañeros de trabajo y de su hijo que está en el exterior solo lograron reunir el dinero para la incineración.

Helen quisiera lanzar las cenizas de Gabriela en el mar o depositarlas en un nicho en el cementerio, pero el dinero no alcanza. Su esposo es jubilado y ella no sabe qué hará la junta liquidadora de la alcaldía.

Cae en cuenta y su voz tiene un dejo de nostalgia.

—¿Cómo algo que no tiene validez, como la Asamblea Nacional Constituyente, puede acabar así con la vida de tantas personas? ¿Cómo me pudo cambiar tanto la vida a mí, cómo pudo llevarse así a mi hija?

Mientras pasan los días, no deja de hacerse, una y otra vez, esas mismas preguntas.


Esta historia fue desarrollada en el marco del 1er taller de Escritura Narrativa para defensores y activistas en DDHH, organizado por Provea en alianza con La vida de nos.

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Barquisimetana. Abogada, egresada de la UCV. Soy de pocas palabras; me gusta escuchar a los demás, saber qué piensan, qué sienten y cómo ven el mundo, así me ayudan a entender la vida y cambiarla.

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