La esperanza que la depresión me había arrancado

Dic 18, 2021

Fabiana Cantos estaba cumpliendo su sueño de ser periodista. Fue a lo que dedicó la mayor parte de su tiempo hasta que en 2019 decidió migrar a Ecuador, el país de origen de sus padres. Pensó que allá le sería fácil conseguir un nuevo empleo como comunicadora, pero estaba equivocada. Ese fue el punto de partida que la llevó a un largo camino de autoconocimiento. Esta historia resultó finalista de la 4ta edición del Premio Lo Mejor de Nos.

Fotografías: Álbum Familiar

 

—¿Qué síntomas tiene? —me preguntó el señor que atendió el teléfono del centro psicológico cuando llamé, en noviembre de 2020, para pedir una consulta. 

—Tristeza, desánimo… depresión, quizá —le dije, pausadamente, mientras las lágrimas se me escapaban como si cada palabra me presionara, como si cada palabra fuera una carga. Por primera vez le ponía nombre a lo que sentía: era depresión y tenía miedo de reconocerlo.

Los síntomas habían estado ahí por varios años, pero no los había visto. Mi bestia había sido sigilosa: podía estar acostada a mi lado o escondida en el armario esperando a que me distrajera para envolverme con pensamientos negativos, esos que por mucho tiempo me hicieron creer que yo no era suficiente. Desde mi adolescencia, y durante el inicio de mi adultez, me llené de tareas y responsabilidades para contrarrestar esa idea. La Organización Mundial de la Salud dice que la mitad de los trastornos mentales comienzan a los 14 años o antes, pero que en la mayoría de los casos no se detectan ni se tratan sino mucho después. 

Uno de esos casos era el mío.   

Mi nombre es Fabiana Cantos y tengo 25 años de edad. Nací en 1996, en Caracas, Venezuela. Estudié comunicación social en la Universidad Católica Andrés Bello. Terminé la carga académica en 2018, y ese mismo año empecé a dar clases en mi universidad. 

No recuerdo qué me impulsó a estudiar esa carrera, pero sí que cuando era niña, y me preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, yo respondía que periodista. Durante mi adolescencia leía con entusiasmo las páginas de El Nacional, sin poder imaginar que a los 21 años entraría a ese periódico a trabajar como pasante, ni que terminaría siendo una de las coordinadoras de su página web. 

Estaba cumpliendo un sueño.

Mi sueño.

El periodismo, poco a poco, se convirtió, para mí, en un espacio personal y sagrado.

Pero sin darme cuenta, tenía una carrera contra mí misma. Era demasiado autoexigente. “El tiempo no espera, Fabiana”, me repetía una y otra vez. En mi etapa como estudiante tampoco había sido flexible: no descansaba, siempre estaba en algún curso o en algún voluntariado. No me permitía pensar en otra cosa que no fuese mi desarrollo profesional.   

Evitaba mostrar cualquier señal de debilidad. Me aferré a mi independencia, me escudé con ella. El trabajo era mi analgésico. No me gustaba el tiempo libre. Quería que mis logros —esos que los otros veían tan claramente— hablaran por mí. Por varios periodos, dormí apenas cuatro horas diarias. Seis eran más que suficientes, y ocho me parecían un exceso.

—Mi trabajo es mi vida —decía con jactancia y orgullo.  

Ahora pienso en la insensatez de aquellas palabras, y en la seguridad con la que, poco después de haber comenzado la terapia, le dije a mi psicólogo:

—No quiero que mi vida sea mi trabajo. Quiero que mi vida sea mía.  

Mucho había pasado para que yo me atreviera a decir eso. 

Mis síntomas me colmaron cuando me fui a Ecuador, el país de origen de mi familia. Con mis tíos y mi mamá todavía muy jóvenes, mis abuelos habían migrado a Venezuela muchas décadas atrás, y se habían establecido en Caracas.

Llegué a Quito con 23 años, en septiembre de 2019. Ansiaba mantenerme, cosa que en mi país no era posible en ese momento por la grave crisis económica. Quería que el sueldo no se me desvaneciera en las manos, quería ahorrar, quería salir a la calle sin temor a que me robaran. No significaba que no me importara dejar mi hogar y todo lo que conlleva irse lejos; lo que no imaginaba cuando salí era que no conseguir un trabajo como periodista me iba a poner de cara a mis peores temores.  

Apenas llegué a Quito, envié mi hoja de vida a cuanto anuncio solicitara el perfil de un comunicador. Envié una. Envié 50. Envié tantas. Al principio, anotaba en un papel el nombre de las empresas a las que había aplicado. Luego, perdí la cuenta.

Debía esperar. Yo, que siempre tenía cada hora planificada, debía esperar. 

Aunque vivía en la casa de una prima de mi mamá, quien me recibió y me hacía sentir acompañada, yo me angustiaba. El dinero que me habían prestado para irme se iba acabando, de manera que empecé a buscar trabajo en cualquier lugar. 

Al cabo de dos meses, me aceptaron como vendedora en la franquicia de una tienda de moda. Sentí alivio. Pero fue solo un alivio económico, porque no sabía quién era Fabiana sin su profesión. Más de una vez no pude contener las lágrimas mientras doblaba las camisetas. Me veía en los espejos y no me reconocía. Sentía que había arruinado mi futuro. Que, luego de haberlo tenido todo tan claro, estaba perdida, sin propósito. Los pensamientos negativos me atormentaban incesantemente. Hora tras hora. 

 

Después de tres meses de prueba, en la tienda cambiaron mi contrato provisional por uno indefinido. A principios de 2020, me mudé de la casa de mi prima y empecé a compartir un apartamento con una amiga del trabajo. El 19 de marzo de ese año comenzó la cuarentena en Ecuador por la pandemia de covid-19. En la tienda redujeron el personal, pero no me despidieron. 

¿Por qué entonces no podía estar tranquila? 

Empecé a sentirme culpable. Creí que no había sido lo suficientemente fuerte como para quedarme en Venezuela y seguir con mi carrera. Hasta dudé de mis capacidades por no encontrar otro trabajo. Durante meses podía estar bien, quizá distraída, pero había noches en las que llegaba a mi cuarto y lloraba hasta quedarme dormida. Luego, me despertaba a seguir llorando. 

Tuve días en los que me era imposible levantarme de la cama. Estaba paralizada. Muchas, muchísimas veces quise hablar, agarrar el teléfono y contarle a alguien cómo me sentía, pero siempre me frenaba. ¿Qué iba a decir? Pensaba que ya era demasiada la tristeza como para, encima, sumarle a mi cabeza el cargo de preocupar a alguien con mis problemas: eran míos y tenía que resolverlos. 

Pero no sabía cómo.   

En el trabajo era muy fácil que me afectara si algún cliente tenía una actitud grosera conmigo. Me lo tomaba personal, y tenía que contener las ganas de llorar. Me agobiaba cuando cometía errores en el área de caja. “Ni siquiera puedo hacer una factura bien”, pensaba una y otra vez. Nunca los compañeros me hicieron sentir mal por mis equivocaciones: solo bastaron mis pensamientos.

Durante un tiempo no tuve apetito. Me obligaba a comer pequeñas raciones. El pantalón empezó a quedarme muy holgado. Una vez, me vi en el espejo y me quebré cuando noté que necesitaba sostenerme el pantalón con una correa para que no se me cayera. Esa no era yo. Volví a llorar. Sentí tanto miedo. Cómo era posible que me estuviera haciendo daño yo misma, me pregunté. 

—¡Fabi, qué delgada estás! —me decían algunos compañeros. 

Unos, como si fuera un halago; otros más bien sorprendidos. 

Yo no sabía qué decir.

Cuando fui a mi primera sesión terapéutica tenía mucha incertidumbre. Me preguntaba si era posible que alguien que no me conocía pudiera ayudarme. Recuerdo que apenas me senté frente al psicólogo no contuve las ganas de llorar y le dije que no estaba bien. 

Pensaba que lo que me ocurría tenía como única explicación el cambio de país. Estar lejos de los afectos y no ejercer mi profesión eran mis únicas respuestas. Fue con la terapia que pude entender que mi autoestima estaba anclada a una carrera universitaria. Tenía esa errónea certeza de que la palabra “periodista” era lo único que me definía. 

Durante el primer mes, mis sesiones fueron semanales. Los ejercicios que me puso el psicólogo me permitieron identificar cómo era la percepción que tenía sobre mí y comencé a entender lo mucho que me había descuidado por perseguir metas a contrarreloj. Además, empecé a anotar cada cosa que me hiciera sentir bien o mal y cómo reaccionaba. 

De acuerdo con lo que me ha explicado mi psicólogo, ha utilizado conmigo principalmente la terapia cognitivo conductual, que se basa en la modificación de patrones del pensamiento. Al cabo de los primeros meses, comencé a ver mejoras en mi apetito. El deseo de cocinar y probar cosas nuevas también volvió. Pero mentiría si dijera que todo fue progresivo y que mi bestia se marchó sin retorno. Durante mi recuperación hubo vaivenes, pero con la terapia pude identificar esos pensamientos negativos para que no me siguieran hundiendo.

Aunque mi mamá y yo nos escribimos todos los días por WhatsApp, durante varios meses no fui capaz de hacer una videollamada con ella y mis abuelos. No podía. Sentía que no iba a contener mi llanto y que les iba a pedir que me disculparan, porque creía que les había fallado. Pero esto fue un proceso, puesto que mi mamá no sabía lo que me ocurría. No quería que se fuera a la cama preocupada por mi causa. Luego de que cumplí un mes yendo a terapia, sí pude decirle que había empezado a ir al psicólogo y que eso me estaba ayudando. 

 

No fue sencillo escudriñar en el pasado. 

A medida que pasaba el tiempo, pude contar en la terapia cosas que nunca había dicho sobre mi infancia, porque no creí que fueran importantes. Aunque mi mamá no escatimó en sus demostraciones de amor, crecí creyéndome invisible, que no importaban las buenas calificaciones o los reconocimientos para recibir la atención de mi padre. 

Nunca me gustó hablar sobre lo que me dolía. Nunca hablé sobre cómo me afectó la ausencia de mi padre. Pensé que el silencio era el mejor remedio y que esa era la mejor forma de olvidar, pero el dolor seguía.

Cuando era niña, incluso creía que había hecho algo malo y que podía ser mi culpa su desatención. Es cierto, conocí a mi papá, pero nuestra relación siempre fue tormentosa. Mis recuerdos relacionados con él son las discusiones que tenía con mi mamá por temas económicos.

Me he dado cuenta de lo mucho que me entristecía enfermarme de pequeña: sentía una aflicción que iba más allá de cualquier malestar físico. Cuando hablé con mi psicólogo sobre eso, en mi mente solo estaba nítida la imagen de mi mamá sentada en la cama frente a mí, tomándome la temperatura. Recuerdo la preocupación que veía en su rostro por mis fiebres y escalofríos. Recuerdo que llamaba por teléfono a mi padre, pero él nunca contestaba por las noches. Quizá por eso me sentía un problema. 

—¿Qué implica que te enfermes, Fabiana? —me preguntó el psicólogo. 

—Depender de alguien —fue mi primera respuesta. Como si ante mis ojos recibir atención fuese algo cuestionable. 

Cambiar patrones de conducta no es simple. Cuando faltaban unos días para que terminara 2020, le decía a mi psicólogo mis metas a corto, mediano y largo plazo. Todas me parecían sensatas y acordes con la realidad. Nuevamente, volvía a hablar la joven planificada y enfocada en su carrera. Mis metas se centraban en el trabajo, en el máster en el que pienso desde que estoy en la universidad, en las deudas, en ahorrar… hasta que me preguntó:

 —¿Y qué quiere hacer Fabiana? ¿Acaso no quiere irse a una montaña o de viaje?

Guardé silencio. 

Hablar libremente sobre mis emociones ha sido un paso importante. Y con ello, he podido apreciar los resultados de la psicoterapia. Afortunadamente no soy la única. Ahora sé que, según la Asociación Americana de Psicología, alrededor del 75 por ciento de las personas que hacen psicoterapia mejoran. 

Mis terapias siguen. Soy consciente de que mi psicólogo no va a solucionar mis problemas porque soy yo quien debe tomar las decisiones. Sé que no hay mayor tarea que la de conocerse a uno mismo con sus luces y sus sombras. Sé que todavía tengo cosas por trabajar en mí, pero me doy palmadas en el hombro porque acepté tratarlas y recibir ayuda. Comprendí que tenía que mirar a mi bestia a los ojos para que dejara de seguirme. Ahora siento tranquilidad, puedo dormir sin tormentos, no hay culpa que me atosigue. 

Sentir apetito y por fin decir “tengo hambre” también se han convertido en mi propia reafirmación de que estoy y estaré bien. Ahora disfruto ver los picos nevados que rodean Quito, tanto como disfrutaba al comtemplar las nubes sobre El Ávila. Mis ojos siguen descubriendo en esta ciudad un nuevo hogar. Me asombro al darme cuenta de que puedo conocer el amor sin miedo. He vuelto a tener esperanza por el futuro, la esperanza que la depresión me había arrancado. 

Seguí mandando mi hoja de vida a cuanto anuncio solicitara el perfil de un comunicador. Y en agosto de 2021, me aceptaron en una agencia de marketing. He podido darme cuenta de que, en ocasiones, los sueños cambian de forma. Pero mis sueños me siguen enseñando nuevas formas de comunicar y no hay cosa que agradezca más. 

Me enorgullece esa Fabiana que un día empacó sus cosas, salió de su casa para hacerse completamente responsable de sus gastos y ahora también se hace cargo de su salud mental. Una profesión no me define y una enfermedad menos. Soy mucho más que eso.  

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Soy periodista por convicción. Me formé en la Universidad Católica Andrés Bello. No hay cosa que me guste más que hacer preguntas, escuchar respuestas y contar historias.

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