Lo más difícil para ella era no poder estar ahí

Pablo padecía una hiperplasia prostática que le provocaba intensos dolores. En las farmacias no conseguía los analgésicos que podían aliviarlo. Debía ser operado, pero la familia no tenía cómo pagar la intervención. Por eso, su esposa Angélica se subió a un avión rumbo a Estados Unidos para trabajar y tratar de reunir el dinero que necesitaban.

Ilustraciones: Ivanna Balzán

 

Angélica González iba a bordo de un vuelo comercial que la llevaba de Maiquetía, en Venezuela, a Miami, en Estados Unidos. Tenía 48 años. Alta y rubia, sus ojos marrones y expresivos no lucían el brillo de siempre, sino que iban un poco enrojecidos. La despedida de Pablo, su esposo desde hace 20 años, y de sus tres hijos, le dejó un vacío enorme en el estómago, unas ganas incontenibles de llorar. No podía sacarse de la cabeza el rostro de Pablo vencido por el dolor de la enfermedad que padecía. Ese día de finales de febrero de 2018 trataba de controlarse con una especie de mantra que no dejaba de repetir: “Hago esto por mi familia. Hago esto por mi familia. Hago esto por mi familia”.

Antes del despegue, estuvo temblorosa, movida por aquella avalancha de nostalgia, miedo, frustración. Cuando el avión despegó tuvo la sensación de estar cambiando el rumbo de su vida. Se apoderó de ella una fortaleza que atribuyó a la fe: trabajaría sin descanso, convencida de que regresaría con lo necesario para ayudar a su familia. 

Atrás quedaban no solo los hijos y el esposo, sino también toda una vida de trabajo y esfuerzo.

 

Hasta dos años antes de migrar, trabajó en Edelca (que más adelante sería absorbida por Corpoelec) como analista de compras de bienes y servicios. En ese puesto se desempeñó por 19 años. Angélica es egresada de la Universidad Nacional Experimental de Guayana, donde se tituló como licenciada en administración de empresas. Antes de que Edelca fuese estatizada en julio de 2008, tenía un sueldo que le permitió comprar una casa en una de las mejores zonas residenciales de Ciudad Guayana. Fueron buenos tiempos: de beneficios económicos, de aumentos de sueldo, de bonos… Toda esa prosperidad le permitió acondicionar mejor su casa, comprar un carro y pagar la universidad de sus tres hijos.

La estatización de la empresa comenzó a transformar su vida: dejó de poder pagar muchas comodidades. Sintió impotencia. 

Y más cuando luego la familia tuvo que afrontar una situación muy difícil: en 2016 a Pablo, el esposo, le fue diagnosticada una hiperplasia prostática benigna, un agrandamiento de la próstata. Al principio no era muy grave: tenía períodos de mejoría, pero luego decaía considerablemente. En noviembre de 2017, el cuadro de Pablo se complicó y tuvieron que llevarlo a la clínica, donde le pusieron una sonda para aliviar el intenso dolor que sentía. 

El médico les dijo que había que operar a Pablo cuanto antes. Eso significaba que Angélica debía conseguir con carácter de urgencia los medicamentos y el dinero para los gastos de la intervención, que en ese momento eran 2 mil 500 dólares.

—El medicamento para la inflamación no se conseguía. Y, cuando por fin aparecía en alguna farmacia de las muchas que visitábamos a diario, era demasiado costoso. No podía pagarlo. Mi esposo estaba mal, en cama, sin poder caminar ni trabajar… Y no tenía cómo ayudarlo por más que trabajaba y hacía malabares para encontrar el tratamiento.

Angélica comenzó a pensar en alternativas, en qué se podía hacer. Unos familiares tenían la posibilidad de operar a Pablo a través de Pdvsa, pero debía esperar su turno en una lista de 400 personas y conseguir todo el material requerido para la intervención. Su esposo sufría todas las noches por el dolor, que ni siquiera lo dejaba caminar. Ella lo ayudaba a desplazarse. Cada vez perdía más peso y estaba más débil. No tenían el dinero para pagar la operación y tampoco encontraban los analgésicos para aliviarlo. 

Unos amigos de Angélica que habían emigrado a Estados Unidos comenzaron a alentarla para que, ya que tenía visa americana, se fuera a trabajar allá. Así podría reunir el dinero que necesitaban. Ella estaba llena de dudas, pero el dolor de su marido fue el detonante para que finalmente tomara la decisión: se iría.  

 

Al principio tuvo que recurrir a papeles falsos para trabajar. 

Comenzó con empleos que le exigían mucho físicamente, muy diferentes a las tareas administrativas que hacía en Corpoelec. Como mucama de un hotel, le tocaba limpiar con trapeadores y plumeros. Limpiaba cuartos sin descanso. El segundo día allí, solo miró el reloj una vez: cuando sintió un mareo. Pensó que se desvanecería. Eran las 2:00 de la tarde y no había tomado ni un vaso de agua. 

Al principio le tomaba dos horas limpiar una habitación, ¡y tenía que hacerlo en treinta minutos! Así que no le daba tiempo de nada más. Mientras limpiaba pensaba que no podía quedarse allí, tenía que conseguir algo mejor.

Angélica estuvo en ese hotel dos meses. 

Entonces una de las personas con las que compartía su cuarto alquilado le habló de Chicago, en esa ciudad en el estado de Illinois había más oportunidades de trabajo. Angélica resolvió ir hasta allá. Alquiló una habitación. Ahora no tenía que compartir su espacio con cuatro personas. Después consiguió un puesto en una empacadora de alimentos. En esa empresa el ambiente le pareció mucho más agradable. Se quedó por un tiempo.

Luego de un mes ya se sentía estable en Chicago. Había una tranquilidad aparente en su vida. Enviaba dinero a su familia. Todo marchaba de acuerdo con su plan. 

Hasta que en junio de 2018 su esposo tuvo una recaída.

Pablo tenía la próstata demasiado inflamada. Tuvo que ir a un hospital público. 

―Mi papá gritaba de dolor, desesperado. Estaba pálido. Y uno siente una impotencia tremenda porque no hay nada, estás en un hospital que no cuenta con los insumos mínimos para prestar el servicio —recuerda Daniel, el hijo menor del matrimonio, quien vivía con Pablo. 

Pablo pasó dos meses utilizando una sonda. Estaba en cama, no podía caminar y requería más medicinas. Por eso Angélica tuvo que encontrar otro trabajo: ahora hacía dos jornadas laborales que sumaban 16 horas al día. Esa era la forma de cubrir sus gastos allá y poder mandar dinero a Venezuela. Y de ahorrar. Su meta seguían siendo los 2 mil 500 dólares que costaba la operación. 

Para ella, lo más difícil era lidiar con el pensamiento de que su esposo estaba enfermo y ella no podía estar en Venezuela, junto a su familia. El remordimiento de no acompañarlos físicamente la atormentaba. 

Sus hijos tampoco la tenían fácil: aunque Angélica les enviaba el dinero, las medicinas no se conseguían en Venezuela. Las mandaron a buscar a Colombia, intentaron traerlas desde Estados Unidos… La crisis los agobiaba tanto como a su madre y debían mostrarse fuertes ante su padre, que vivía días de intenso dolor. 

En medio de todo aquel desgaste emocional, los días pasaron y Angélica logró reunir el dinero. Pero el procedimiento se retrasaba mientras los hijos buscaban los insumos médicos, que escaseaban en el país. Al final lograron obtenerlos.  

Angélica regresó a Venezuela en julio de 2018 para acompañar al esposo. Tenía muchas ganas de abrazar a sus hijos. Aún se le salen las lágrimas al recordar aquel momento.

―Cuando llegué, me encontré a Pablo postrado en una cama, con sondas a su alrededor, ojeroso, demacrado. Había perdido mucho peso. Verlo fue como recibir un golpe que me aniquiló. Me recosté a su lado y lloramos. Lloramos juntos por horas sin decir nada porque nos reuníamos luego de muchos meses. Lloraba porque me sentía desolada al verlo así, pero al mismo tiempo yo había regresado y traía conmigo la posibilidad de operarlo.

El 14 de agosto de 2018 se llevó a cabo la intervención. El procedimiento fue un éxito. Y su familia pudo descansar luego de aquellos meses sufriendo de angustia.

Angélica volvió a los Estados Unidos. Tiene sus papeles legales en regla. Su esposo sigue en Venezuela, pero ya no lo acompaña Daniel, que se fue a Chicago con la madre. Los dos trabajan para mantener un departamento y reunir unos ahorros. Sus planes son llevarse a Pablo en poco tiempo. Anhelan reunir a su familia en ese nuevo destino que se ha convertido en su hogar. 

 

Los nombres de los personajes han sido modificados para proteger sus identidades. 


Esta historia fue producida dentro del programa La Vida de Nos Itinerante Universitaria, que se desarrolla a partir de talleres de narración de historias reales para estudiantes y profesores de 16 escuelas de Comunicación Social, en 7 estados de Venezuela.

 

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Estudio Comunicación Social en la UCAB Guayana. Estoy en el sexto semestre. Tengo 20 años y escribo una columna literaria en Correo del Caroní. #SemilleroDeNarradores

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