Niñez dejada atrás: esperanzas

Su papá se fue a Ecuador con la promesa de que, en poco tiempo, la llevará consigo. Hija de padres divorciados, Carla (7 años) cuenta los meses para que eso ocurra. Mayo, junio y julio son los que faltan.


Ilustración de portada: Rosana Faría

 

Muchos kilómetros más

Uno, dos, tres. Mayo, junio y julio. Cuenta y repite Carla. Son los meses que faltan para terminar su 1er grado. “¡Tres meses!”, exclama y enseña los dientes; dos se le cayeron hace poco.

—Mi papá dice que cuando termine el año escolar mi mamá y yo nos vamos para allá —dice mientras mueve la cabeza de un lado a otro y luce el unicornio que lleva en su cabello.

Para allá es Quito, Ecuador, el país en el que se encuentra desde hace ocho meses su papá, un diseñador gráfico de 35 años.

Carla ya comienza a pensar qué llevará en su viaje. No quiere dejar las muñecas, tampoco la cocinita. Del equipaje de juguetes solo ha descartado el hulahula.

En sus 7 años de vida, Carla se acostumbró que para ver a su papá solo eran necesarios 123,3 kilómetros, de Caracas a Maracay. Para llegar a Quito en avión tendrá que recorrer, en cambio, 1.629 kilómetros.

—Creo que es cerquita. Mi mamá dice que Ecuador está al lado de Perú.

La primera vez que se separó de su papá no lo supo. Tenía 6 meses de nacida cuando sus padres se divorciaron. La segunda vez fue en septiembre de 2017 y, al parecer, tampoco se dio cuenta.

—Creo que su papá no le dijo que se iba para que no sintiera una despedida muy literal —cuenta la mamá de Carla, una publicista de 37 años—. Le explicó que él estaría en Ecuador y que en un tiempito ella podría ir con él.

 

¿Cuándo nos vamos?

De “pórtate bien”, “haz caso a tu mamá” y “sigue comiendo” lo que más recuerda Carla es que pronto ella también estará en Quito.

—Yo le digo “hola, papi, ¿cómo estás?”. Y él me dice que está bien y me pregunta lo mismo. Después le digo que cuándo nos vamos a Ecuador. Entonces él dice que cuando termine yo el año escolar.

También se lo pregunta a su mamá. Sabe que ambos “están reuniendo platica” para que eso sea posible. Para ella no hay duda de que en su 2do grado tendrá nuevos amigos, unos ecuatorianos.

Pero Carla tendrá que sacar nuevas cuentas. Una más difícil que sumar 21 más 30. Para estas cifras ella recomienda usar palitos. Para su espera de 3 meses y 1.629 tendrá que multiplicar.

Insiste con las preguntas: “¿cuándo nos vamos?” o “¿cuándo vamos a empacar?”, Su madre no sabe qué responder.

—Le doy esperanzas, pero tampoco quiero desilusionarla. Aunque su papá dijo que sería cuando terminara el año escolar, lo veo muy difícil. Tengo mi familia allá y ambas tenemos la nacionalidad, pero no puedo contar con ellos en cuanto a recursos económicos. Mi papá me ofreció la casa, pero no solo es eso. Tengo que irme por lo menos con un trabajo y con algo de dinero. Creo que esto se va a alargar. Ahí tenemos que ver cómo manejamos eso con la niña. Ella está muy confiada en que nos vamos. Le haré entender que no es tan rápido irse a otro país.

Su padre quiere darle a Carla una mejor calidad de vida y educación; su madre quiere que estudie otro idioma y complacerla en que practique ballet, actividades que por el momento, en Caracas, no puede pagarle.

—Él le dio en Venezuela lo que pudo, dentro de sus posibilidades. Creo que se frustraba a veces por eso, quería darle más cosas y no podía. Entonces simplemente agarró y se fue.

En ocasiones la niña se entristece y le hace saber que ya no quiere estar en Venezuela, porque hay cosas que desea y no hay dinero para eso.

Carla quiere llegar a Quito.

Yo te pinto, tú me pintas

La niña busca entre sus cuadernos un dibujo que hizo en la escuela el 25 de septiembre de 2017. Están papá, mamá y ella. En cada pasada de hoja explica de qué se trató la clase. “Eres chiquito, creces, te reproduces y mueres. Es un ser vivo”. Termina el primer cuaderno y aún no consigue lo que busca. En el segundo cuaderno tampoco hay nada. Pero en el tercero ya da con la hoja donde aparece ella con el cabello amarillo, aunque realmente lo tiene negro. Se ríe. Lo mira una vez más y dice:

—Me gusta este dibujo porque yo extraño a mi papá y él me extraña a mí. Lo pinté sin salirme de la línea.

Los trazos, las hojas blancas y la pintura unían a Carla y a su papá. Aunque se frecuentaban una vez por mes, en las visitas siempre había color. La frase de inicio: “Yo te pinto a ti y tú me pintas a mí”. Le seguían las muñecas.

Carla se queda en silencio por un instante para hablar de Andrea, su compañera del colegio.

—Un día mi amiguita dijo que su papá se fue a Perú y mi papá se fue a Ecuador. Entonces mi amiga lloró y yo también. Porque ella extraña a su papá y yo extraño a mi papá —lo dice y trata de esconderse tras del dibujo.

La conducta de Carla no ha cambiado tras la ida de su papá, piensa su madre. Desde niña creció viéndolos en momentos diferentes y supo adaptarse. Pero, a la hora de jugar, sí debe sentir el vacío.

—Me siento mal porque yo no soy de jugar; en cambio, el papá, era como un niño con ella. En ese sentido ha sido un poquito difícil su partida.

Los abrazos de Carla para su papá podían terminar en juego de ahorcados. “Carrr-la”, trataba de pronunciar cuando tenía a su hija entre brazos.

—Mi papá era feliz cuando yo estaba con él —pronuncia entre dientes.

 

Verse en la distancia

Carla coloca sobre la mesa los colores violeta, amarrillo, rosado y azul. Piensa en voz alta que el primero será para el vestido de mamá, el segundo para el sol, el tercero su vestido y el cuarto las nubes y la ropa de papá.

Comienza dibujándolo a él. Hace unos primeros trazos y borra. Vuelve a dibujar el cuerpo. Coloca dos peloticas negras en medio de los ojos; apuntan hacia abajo. En esa dirección se dibuja a ella misma. El brazo del papá está extendido, la mano de Carla también. Pareciera querer alcanzarlo.

A la mamá le dibuja a una altura que sobrepasa a la del papá. Y le plasma una sonrisa que abarca gran parte de sus mejillas.

Carla cree saber por qué su papá la observa.

—Está viéndome a mí porque tal vez por ahí un perrito viene y él no se da cuenta. Tal vez yo le vaya a meter la mano sin que yo sepa que es malo y me vaya a morder.

Y recuerda.

—Una vez un perrito que era de una vecina me mordió en este dedo. Entonces mi papá no dejó que ningún perro se me acercara, a menos que yo tenga un perrito que yo conozca. Mi mamá dice que yo me quiero defender sola y mi papá no me deja.

Por el momento, se miran en fotos y, en ocasiones, por Skype. Hasta que Carla pueda llegar a Ecuador, y todo vuelva a ser como era antes.


Esta historia pertenece al microsite Niñez dejada atrás, desarrollado en alianza con el Centro Comunitario de Aprendizaje (Cecodap).

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Guariqueña. Mi sueño era ser cantante de ópera, pero soy periodista. Desde entonces en mi escritorio hay música: transcribo voces y hago contrapunto con ellas. Trabajo como reportera del diario El Nacional.

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