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No puedes ayudar si no estás a salvo

Dos médicos venezolanos, egresados de la Universidad de Oriente, se reencuentran en Buenos Aires, Argentina. Allá se hacen novios y, tiempo después, comienzan a vivir juntos. Con la llegada de la pandemia, sus dinámicas laborales se hacen extenuantes y se ven sometidos a altos niveles de estrés. 

ILUSTRACIONES: CARLOS LEOPOLDO MACHADO

Me desperté en la madrugada cuando escuché su llanto ahogado.

—¿Qué pasó? —le pregunté inmediatamente, levantándome de un envión. 

Que tu novia esté llorando en la madrugada no puede significar nada bueno. Alguien debió haber tenido algún accidente, o algún familiar debe haber fallecido… en definitiva, es señal de que algo malo está pasando.

—No me puedo levantar —me respondió Margi con voz entrecortada.

—¿Cómo así? ¿Qué pasó? —insistí tratando de espabilarme para entender la situación.

—No sé, no puedo, no quiero, me duele todo el cuerpo… estoy tan cansada. Sonó la alarma y… no puedo. No puedo ir a trabajar. 

Margi es mi novia, somos una pareja de médicos treintañeros venezolanos que migramos a la Argentina hace unos cinco años. Vivimos en San Cristóbal, un barrio pequeño de clase trabajadora en Buenos Aires. El apartamento que alquilamos es chiquito, pero funcional. A Margi le gustó desde la primera vez que lo vio, porque es moderno y muy luminoso; a mí, en cambio, no me gustaba del todo (por cosas como que la cocinita eléctrica tiene solamente dos hornillas), pero estaba cerca del metro y eso compensaba un poco la cosa.

Desde nuestro apartamento a su trabajo hay una hora de viaje, combinando metro y autobús, por lo que Margi debía salir de casa alrededor de las 5:50 de la mañana para poder llegar a las 7:00. 

Mi reloj marcaba las 6:30.

—Pero ya deberías haber salido —le dije.

—Coño, yo sé… ¿no te estoy diciendo que no me puedo levantar?

Margi me suele increpar con sarcasmo cada vez que digo cosas obvias.

—Pero, ¿qué hago? ¿Cómo te ayudo? No entiendo. 

Sin esperar su respuesta, recurrí a mi entrenamiento médico y examiné rápidamente su cuerpo que no parecía tener lesión alguna. El único obstáculo que le podía impedir el movimiento eran las dos cobijas gruesas que nos protegían de los 8 grados centígrados de las mañanas porteñas durante esos meses. No era la primera vez que ella se quejaba de tener que salir temprano a trabajar en invierno, pero sí la primera vez que se sentía imposibilitada para ir. Estábamos en agosto de 2021, y era una realidad que la pandemia nos había hecho trabajar el triple de lo normal. Siempre estaba consumida, sin energía, sumida en un cuadro totalmente alejado de su personalidad habitual.

Margi nació en 1990 en Maturín, en el oriente de Venezuela, y es la hija menor de su familia. Se podría decir que es consentida, y también muy segura de sí misma. Llegó a Buenos Aires en 2016, el mismo año de su graduación como médico, luego de investigar qué país le podía ofrecer trabajo medianamente rápido, y permitiera que su papá pudiese invertir lo poco que pudo rescatar de la debacle económica venezolana; el pequeño patrimonio que había hecho con tanto esfuerzo como trabajador petrolero. 

Ella había tenido la oportunidad de venir a Argentina por turismo y le gustó el clima, el acento y la elegancia con la que vestían en invierno, a pesar de que a ella nunca le ha gustado el frío.

Logró normalizar su situación migratoria rápidamente, tal como se había propuesto al escoger este país como destino, y consiguió trabajo dando atención médica domiciliaria a pacientes con enfermedades crónicas. Luego descubrió el negocio de las ambulancias privadas, y supo que era una excelente oportunidad de inversión para sus papás, que también migraron al poco tiempo.

Yo llegué a Buenos Aires un año después, a finales de 2017, luego de recibir toda la asesoría de Margi sobre cómo era el proceso. Nos habíamos conocido en la Universidad de Oriente, en Ciudad Bolívar, en el sur de Venezuela, donde ambos estudiamos medicina, teníamos amigos en común y compartimos algunas clases. Ya en Buenos Aires y tras varias salidas a restaurantes de comidas exóticas, le pedí que fuese mi novia y en 2019 nos mudamos juntos.

Esa mañana de invierno tuve que vestirme en cuestión de segundos, agarrar tapabocas, llaves, billetera, chaqueta, celular y salir corriendo al metro para tratar de llegar a tiempo para relevar al médico que estaba de guardia, quien a su vez necesitaba salir lo antes posible para llegar a tiempo a su otro trabajo. Es común en este sistema de salud que el personal se vea obligado a tener varios trabajos. Yo trabajo en una unidad de terapia intermedia, donde en ese momento 100 por ciento de los pacientes internados tenían covid-19, y muchos con cuadros clínicos graves y complejos que debíamos manejar nosotros por el abarrotamiento en la terapia intensiva.

Nuestro otro trabajo (digo “nuestro” porque ahí trabajamos los dos, en días separados) es en un centro de rehabilitación, donde mantenemos el control clínico de pacientes con secuelas de enfermedades graves, mientras realizan terapias rehabilitadoras motoras, cognitivas, deglutorias, fonoaudiológicas, y un largo etcétera.  

No me encantaba tener que ir a reemplazar a Margi en mi único día libre de la semana, pero si ella no iba ese día, el centro de rehabilitación quedaba sin médico, lo cual sería una catástrofe para los pacientes y causaría mucha molestia en los dueños del centro, que se caracterizan por tener poquita paciencia. El temor de perder esa guardia y alterar la economía de la casa nos obligaba a hacer cosas que no necesariamente nos gustaban.

Es fácil pensar que una pareja de médicos tiene la vida resuelta, que se puede dar varios lujos como carros nuevos, viajes por el mundo, aparatos tecnológicos, ropa… pero una pareja de médicos migrantes tiene la mente puesta en otras prioridades: pagar el alquiler, seguro médico, servicios y tarjetas de crédito a tiempo, poder permitirse alguna salida o alguna reunión con amigos y, sobre todo, que su familia que sigue en Venezuela esté bien, que no les falte comida, que no se enfermen, que se puedan ir a comer un helado de cuando en cuando, todo para solapar, así sea mínimamente, el hecho de no estar ahí con ellos. Ese era mi caso. Gran parte de la familia de Margi había migrado como ella, pero la mía permanecía toda en Venezuela.

Ese día hablé con Margi de manera entrecortada por WhatsApp: quería que estuviera bien, transmitirle palabras de aliento, que supiera que podía contar conmigo para ayudarle en lo que fuera, pero también quería que tuviese el tiempo suficiente para descansar y reponerse. Encontrar ese balance es difícil mientras estás trabajando en una institución de salud, donde tu presencia puede ser requerida en cualquier instante.

Con el pasar de las semanas, fueron apareciendo otros síntomas: migrañas intensas, insomnio, inapetencia, tics en los párpados, debilidad…

Consultamos a distintos colegas a ver qué opiniones nos daban, porque era claro que algo le estaba pasando a Margi, y no estábamos logrando diagnosticarla: yo no estaba logrando diagnosticarla. Hicimos infinitos estudios, descartamos covid-19, embarazo, alteraciones hormonales… hicimos tomografías de cerebro, resonancias magnéticas, angiografías… 

Y nada. 

Todo estaba “bien”. 

Todo se lo atribuían al estrés.

Era verdad que desde el inicio de la pandemia, en 2020, habíamos aumentado mucho la carga de trabajo. Pasamos de trabajar 56 horas semanales, a 80 o 90, a veces cubriendo 48 o 72 horas continuas. Sin ir a casa. Sin bañarnos. Cuando algún compañero se infectaba, había que cubrirlo hasta que se recuperara o encontraran reemplazo. De cuando en cuando, tocaba reclamar que nos habíamos quedado cortos de materiales de protección. Un par de meses nos retrasaron el pago por distintas razones, los pocos días libres que teníamos eran para lavar ropa y seguir atendiendo pacientes por teléfono, respondiendo dudas de familiares y amigos…

Y las muertes. Ver a tanta gente morir. A diario, en tus narices, gente que entraba caminando, te respondía todo el interrogatorio, y luego te enterabas de que había fallecido. Conocidos en Venezuela que enfermaban y morían. Migrantes venezolanos que enfermaban y morían. Todo pasaba muy rápido, y todo era muy intenso.

Mis dos abuelos fallecieron en la pandemia, ambos en Venezuela, directa o indirectamente afectados por la covid-19. Mi abuelo materno en agosto de 2020, y mi abuelo paterno en agosto de 2021. Ambos personajes muy singulares que han dejado una huella importante en quien soy hoy. Ese es el mayor temor de los migrantes, que algo malo le ocurra a la familia mientras están lejos.

Eso desbalancea. Estremece.

Pero todo este estrés era parte del contrato. Desde el momento en que haces el juramento hipocrático, sabes que vas a vivir una vida estresante, de sacrificio, dedicada a servir a la sociedad con cariño y entrega, así que atribuir los síntomas de Margi al estrés era hasta cierto punto vergonzoso. La hacía sentir frágil, vulnerable, y eso le daba rabia porque no se identificaba como una persona frágil o vulnerable, pero no tenía tiempo para lamentarse porque siempre debía volver al trabajo, que a su vez la volvía a someter a malestares físicos insoportables: era un círculo vicioso.

Se fundió, como los carros cuando los sigues forzando sin hacerles mantenimiento. Así le explicó la psiquiatra a Margi cuando le consultó por videollamada. El síndrome de burnout ocurre en situaciones laborales de estrés constante. Sus síntomas principales son el agotamiento emocional, el distanciamiento de la propia personalidad y actitudes, la percepción de no realización personal. Le explicó el número de estresores a los que estaba expuesta, que no había percibido por estar en la vorágine de la pandemia, una situación atípica. La última vez que profesionales de la salud tuvieron que trabajar a este ritmo a escala mundial fue hace más de 100 años, con la gripe española. Le dijo que no estaba sola, que este diagnóstico es bastante frecuente en el personal de salud, que afecta a cerca de 25 por ciento del mismo, y en contexto de pandemia algunas revistas habían reportado hasta un 50 por ciento. Y que había que atenderlo rápido y eficientemente porque en el 12 por ciento de las personas diagnosticadas había ideación suicida.

A Margi la tranquilizó tener un diagnóstico certero.

Aunque claramente sentía temor por lo que le había dicho la psiquiatra, peor era seguir sin entender qué le estaba pasando a su cuerpo.

El tratamiento incluía, claro está, disminuir la carga laboral. Se dice fácil, pero, ¿cómo reducir la carga laboral si dependes de tu trabajo para vivir, y para ayudar a tu familia? Si no trabajas, no cobras. Sencillo, sin vueltas. No hay salvavidas, no hay bonos, no hay nada que te permita ir a curarte de una enfermedad. Si te enfermas, tienes que encontrar las maneras de costear el tratamiento, la recuperación, rehabilitación, y el tiempo que estés sin producir. Solo tienes a los amigos que están cerca que se van haciendo familia, y a la familia que, aunque lejos, siempre está presente.

Afortunadamente, y con bastante ayuda, logramos organizarnos de una manera en la cual Margi pudo cumplir con su tratamiento. Un proceso largo y difícil de poner las cosas en perspectiva, de reestructurar el orden de las prioridades, de redefinir el término “vocación” y de reencontrarse con ella misma; proceso que mantiene hasta el día de hoy, y que diariamente es puesto a prueba por las obligaciones económicas que supone vivir en uno de los países con la inflación más alta de la región.

No es posible predecir las cosas malas que nos van a pasar, pero tampoco podemos pasar por cosas malas sin obtener ningún aprendizaje. Desde que Margi enfermó, hemos entendido que no puedes ayudar si no estás a salvo, que para el sistema de salud eres solo una pieza más, pero para tu familia eres fundamental; que el dinero sí mide el valor de tu trabajo, pero que no debería ser la motivación principal para trabajar.

Y seguimos aprendiendo a diario.

A Margi aún no le llega ningún mensaje del jefe preguntando si está bien, pero se acuesta todas las noches con la bendición de sus papás, que ahora viven en México, mensajes de sus amigos regados por el mundo, y un abrazo mío. Eso no paga las facturas, pero le permite dormir tranquila en las noches y despertarse para ir a trabajar, aunque prefiera permanecer bajo las cobijas para protegerse del frío de esta ciudad que no es nuestra, pero es donde nos puso la vida.

el aula e-nosEsta historia fue producida en el curso Medicina narrativa: los cuerpos también cuentan historias, dictado a profesionales de la salud en nuestra plataforma formativa El Aula e-nos.

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Nací en la Isla de Margarita en 1990, quería ser beisbolista pero me hice médico en 2016. Migré a Buenos Aires en 2017, y desde entonces lucho contra el frío y vivo con el deseo diario de unas arepitas con pescado frito.

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