No quiere que se repita la misma historia

Luego del golpe de Augusto Pinochet a Salvador Allende, muchas familias migraron de Chile. Fue el caso de los Ponsot, los Balaguer y los Escobar, quienes pasaron un tiempo en Finlandia y luego se asentaron en Venezuela. Décadas después, algunos regresaron al punto de partida de ese viaje.

Fotografías: Álbum Familiar

 

Una mopa de coleto fue lo primero que se encontró Loly al abrir la maleta negra que su madre llevaba dos años armando para regresarse con ella a Chile.

Hurgó en esa maleta como quien profana un tesoro. Dos días antes, su mamá, Marina Balaguer, había fallecido de una septicemia, allá en Mérida, en el extremo de esa cordillera blanca que en algún punto une a Venezuela con Chile. Tenía 63 años. Era diciembre de 1998.

Loly, chilena de nacimiento y venezolana de crianza y por nacionalización, supone que su madre se llevaba el coleto para mostrar cómo son los traperos en Venezuela, pues seguro en el Chile de 1973, cuando a la familia le tocó salir a toda carrera huyendo de las fuerzas militares de Augusto Pinochet, eran diferentes.

Con la muerte de su madre, el plan de volver a su Chile natal quedó suspendido. Loly continuaría en Venezuela.

A medida que iban saliendo cosas inesperadas de la maleta, Loly se reía y se secaba las lágrimas que brotaban de esos dos puntos azules detrás de sus lentes fucsia medio transparentes. Otra cosa que descubrió revisando la maleta fue una colección de planchas de hierro antiguas que pesaba unos cinco kilos, casi la cuarta parte del peso permitido en el avión. Resulta que el papá de Loly, Ernesto Ponsot, quien hacía un par de años se había separado de Marina mudándose al cuarto del frente, llevaba meses buscando aquella reliquia para decorar su nueva habitación. Quizá nunca dejó de estar enamorada de él y quiso jugarle esa broma.

 

Marina Balaguer era española de nacimiento y chilena de crianza y por nacionalización. La Guerra Civil empujó a la familia a abandonar su país, cuando ella tenía apenas 4 años. El Winnipeg zarpó en verano, el 4 de agosto de 1939, del puerto de Pauillac, en Francia, a más de 1 mil kilómetros de su ciudad natal, hacia Chile. Era un barco para 100 pasajeros, pero gracias a las gestiones del poeta Pablo Neruda, quien había sido cónsul de Chile en España, su capacidad se multiplicó para albergar a más de 2 mil refugiados, entre ellos Marina, su hermano Tomás, y sus padres, Tomás Balaguer y Dolores Quílez. La hija más pequeña, Choni, nacería más tarde, en Chile.

El viejo Tomás Balaguer, quien para ese entonces no era tan viejo, era constructor civil. Y además era árbitro profesional de primera división de la Liga Española de Fútbol y en esa categoría le tocó arbitrar 31 partidos entre 1930 y 1936, y varios de la Copa del Rey.

Era un hombre simpático, de carácter fuerte y tan machista que no usaba desodorante por considerar que eso de andar perfumado era cosa de “putas cabrías”. Lo decía pronunciando las eses como zetas, porque a pesar de haber vivido la mitad de su vida fuera de España, nunca perdió su acento nativo.

El barco, cargado de dudas, sueños y esperanzas, atravesó el Atlántico, cruzó el Canal de Panamá y, bordeando la costa del Pacífico, llegó a destino un mes después.

Las hortensias le coqueteaban al sol, y los álamos se columpiaban en el viento primaveral entre uno que otro volantín empeñado en tocar el cielo, como año tras año ocurre en vísperas del 18 de septiembre, cuando Chile celebra sus fiestas patrias.

A veces, un acontecimiento de inmenso dolor se convierte en el asa donde se afirma la esperanza de otros. Entre los escombros que nueve meses antes había dejado el terremoto de Chillán, de 8,2 grados, don Tomás Balaguer encontró un futuro mejor. De los 50 mil habitantes, murieron 30 mil. Es el terremoto más letal de Chile y el tercero en el mundo. Don Tomás sería uno de los constructores que, a punta de ladrillo, hierro y sudor, levantarían de nuevo la ciudad.

A Loly se le aviva el azul de los ojos cuando habla de su abuelo, El Tata, como lo llamaban cuando ya las bolsas de los ojos le caían sobre las mejillas llenitas de arrugas y sus piernas arqueadas lo hacían caminar con un vaivén lateral arrastrando las pantuflas.

La consentía en todo: le hacía pan con ajo y, como buen español, también un delicioso gazpacho. De vez en cuando bailaban un pasodoble. Por ella le brillaban los ojos. No era para menos. Loly fue su única nieta, todos los demás eran varones.

 

En Chile, don Tomás y su familia pasaron largos años. La niña Marina se transformó en mujer y al terminar la enseñanza media, se enrumbó a Santiago a estudiar en la universidad. Primero pedagogía, después matemáticas y, una vez que tuvo el título en la mano, llegó a ser la jefa del Instituto de Estadística de la Universidad de Chile.

Allí fue donde conoció a Ernesto Ponsot.

En ese entonces, él hacía un postgrado. Pololearon seis meses, como se le dice en Chile al noviazgo, y sin pensarlo más, se casaron.

Uno a uno fueron llegando los hijos: primero Ernestito, el pelirrojo, quien se quedó como Tito; luego Tomasito, para siempre El Chico; y el 3 de noviembre de 1971, Marina Dolores, esa misma de los ojos celestes y la tez trigueña, la protagonista de esta historia, llamada en la intimidad familiar Loly.

El día que ella nació, Salvador Allende estaba cumpliendo un año como presidente de Chile. Marina y Ernesto militaban en el Partido Socialista, que junto al Partido Comunista y otros había llevado a Allende al Palacio de La Moneda.

Los cambios en el país no demoraron: Allende nacionalizó el cobre, congeló precios, aumentó los salarios; en fin, políticas que comenzaron a polarizar a la ciudadanía, a medida que aparecían gigantescas colas de gente buscando productos de la cesta básica.

Loly era muy chiquita y no se acuerda, pero no importa, algunas décadas después le tocaría vivir una historia similar.

El 11 de septiembre de 1973, Augusto Pinochet dio un golpe de Estado y Allende terminó muerto en La Moneda. Con el disparo, el destino de Loly y su familia dio un vuelco inesperado. Una cacería de brujas desató una ola de persecuciones, torturas, detenciones y fusilamientos. Los militares hacían desaparecer a los detenidos lanzándolos desde el aire, tirándolos por barrancos o enterrándolos en fosas comunes para que se los tragara la tierra para siempre.

Quizá ese hubiese sido el destino de los Ponsot si no se hubiesen movido rápido.

Los milicos no tardaron en buscarlos. Quedarse en Chile era inviable; irse, posible. Ernesto era el contralor general de El Teniente, la mina subterránea más larga del mundo, en manos del Estado chileno, razón suficiente para que el régimen lo buscara hasta debajo de las piedras. Fue detenido, golpeado y llevado al paredón para hacerle sentir el terror máximo en un simulacro de fusilamiento.

Con alguna influencia pudo salir y gracias a diplomáticos como Tapani Brotherus, entonces cónsul de Finlandia en Chile, lograron un refugio.

De allí, las ruletas de la vida se encargarían de su suerte.

Cientos de perseguidos salían del país como podían. Ellos lo hicieron en un avión, que luego de 30 horas y 6 escalas —en Buenos Aires, Río de Janeiro, Lisboa, Ámsterdam, Copenhague y Estocolmo— aterrizó en Helsinki, la capital de Finlandia. Este pedazo de la historia fue llevado al cine en una serie finlandesa de Netflix llamada Héroes invisibles.

Los Ponsot vivieron este capítulo de su vida con otras familias: los Balaguer, los Escobar, los Vera y los Leppe, cada una con dos o tres niños de la mano, que disfrutaban del viaje como si fuesen a Disney World. Las fotografías de su abordaje y descenso del avión fueron publicadas en las portadas de algunos diarios chilenos y finlandeses.

Esos recortes ya amarillos de tantos años, historias y luchas, han ido rodando de maleta en maleta y forman parte de uno de los grandes tesoros de Loly, que siempre los publica en sus estados de WhatsApp, empeñada en mantener vivo el legado familiar.

 

Salieron de Chile con 30 grados. Llegaron a Helsinki también con 30 grados, pero bajo cero.

Las mujeres, en pleno duelo por haber sido arrancadas de su patria, fueron recibidas con flores y los niños con un osito gris de peluche casi de su tamaño.

Loly aún conserva el suyo.

Allí vivieron 20 meses. Y a pesar de la fraternal acogida por parte de los fineses y el agradecimiento eterno de las familias, la adaptación se hizo difícil. A excepción de un par de meses del año, el clima es invariablemente frío. Cuando el sol se asoma, los bosques de pinos —donde abundan las callampas, los frutos rojos y las ardillas— atajan los rayos. El idioma finés les era ajeno y difícil, aunque algunos lograron dominarlo. El léxico de Loly, a sus 2 años, incluía algunas frases básicas para la supervivencia —“Hola, ¿cómo estás?”— y algunas palabrotas que es mejor no repetir, por si acaso aparece un lector finés frente a estas líneas.

Don Tomás fue a uno de los que se les dificultó el idioma. Tenía 74 años. Pero de todos modos salía a hacer las compras y buscaba la manera de hacerse entender. Un día se dirigió solo con mímicas a la cajera del supermercado. Tomó un trozo de queso con su mano derecha, mientras que la izquierda la puso frente a su pecho como si fuese un rallador, al tiempo que iba moviendo el queso hacia arriba y hacia abajo. La empleada, jurando que le había entendido, fue y le buscó un rallo. Él no se dio por vencido y, entonces, ya un poco más enérgico, repitió el acto, solo que esta vez giró su mano con rapidez para “atajar” el queso que “iba cayendo” molido. Eso era lo que quería. Llegó a casa con su queso rallado y con el cuento.

 

Decidieron volver a migrar.

Si los dos exilios previos de la sucesión familiar habían sido apurados y a punta de fusiles, esta vez la cosa era distinta. Ernesto tenía trabajo, vivían modestamente pero bien, tenían garantizada la salud, la educación y la seguridad. Sin embargo, sentían la urgencia de acercarse a eso de lo que habían tenido que desprenderse. Entrar a Chile era imposible: hasta Loly y los demás niños emigrantes lo tenían prohibido por ley, una ley creada en dictadura. Y Pinochet seguía en el poder.

Era 1975. Venezuela, con su sol intrépido y generoso, aunado al boom petrolero, era un país atractivo. Transcurría el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, quien abrió las puertas del país a los migrantes.

Los Ponsot, los Balaguer y los Escobar se fueron juntos en el mismo destino. Los Leppe y los Vera se quedaron a echar raíces en Finlandia.

Ernesto Ponsot, Marina Balaguer y su prole se asentaron en Mérida, en Los Andes venezolanos. Loly creció viendo todos los días desde su ventana el último pico de la cordillera andina, esa que empieza Chile adentro. En las vacaciones, se juntaban con los Escobar, que se habían ido a ciudades distantes. La vida los había unido y para ellos eran su familia de verdad.

Once años después, cuando Loly tenía 14, don Tomás regresó a Chile, sin retorno, como queriendo ir a juntarse con su amada Dolores, de quien había enviudado años antes de partir a Finlandia.

 

A partir de 1994, cuando Loly tenía 23 años, una seguidilla de hechos intensos siguieron marcando su vida: se casó, se divorció, se graduó de arquitecto (en 1998) y a los cinco días, después de esa enorme alegría, el peor golpe de su vida: la muerte de su madre.

Aquella tarde decembrina, Loly terminó de desarmar la maleta de su mamá y dejó dormitando la idea de irse a Chile.

Recorrió media Venezuela buscando trabajo como arquitecta. En El Tigre creó una exitosa empresa prestadora de servicios en la industria petrolera. Quizá la empresa fue una excusa del destino para llevarla a esa lluviosa ciudad del estado Anzoátegui a concebir al ser más maravilloso de su vida, el que hizo más celestes sus ojos, el receptáculo de su amor, el impulso para librar nuevas batallas: Eduardo, a quien le puso sus dos apellidos, Ponsot Balaguer.

La empresa quebró —la destrucción del país ya estaba en marcha— y Loly volvió otra vez a empacar maletas, ahora hacia Valencia, en el estado Carabobo, donde se abrió campo en el área de la ergonomía, diseñando puestos y procesos de trabajo para proteger la salud de los trabajadores.

Sin embargo, la vida se le hacía cada vez más dura y, con la experiencia de sus antecesores, avizoró que aquella crisis apenas estaba empezando. Fue entonces cuando la idea del viaje a Chile empezó a despertar de un letargo de 16 años, luego de que falleció su madre.

Ese día llegó. La historia volvía a repetirse: el 1ro de octubre de 2014, a sus 42 años, Loly regresó a su país natal, ya no con su madre, sino con su hijo de 9 años.

Llegó con el propósito de cursar una maestría en ergonomía y lo hizo, pero lamenta que su padre, a quien le importaba tanto lo académico, no pudo ser testigo de su logro: ahora él descansa para siempre junto a Marina en Mérida.

Después de muchos cabezazos tratando de incursionar en esa área en Chile, terminó desistiendo de la idea. Ahora, como una jugarreta de la vida, se reencontró con Ximena Escobar, aquella niña con quien jugaba con los ositos grises de peluche en Finlandia, hoy periodista. Un año después que ella, Ximena optó también por la vía del retorno a Chile, en donde se instaló y abrió un almacén. Allí, detrás del mostrador, trabajan las dos y a ratos reviven su historia común. Ese es el origen de estas líneas.

Entre un recuerdo y otro, Loly atiende a los clientes, esforzándose para no confundir el nombre de muchas cosas que varían en ambos países. Cuando vivía en Venezuela, se le salía un acento chileno, que la mantenía unida a sus raíces. Ahora, en Chile, es más venezolana que nunca. Añora a la gente, la empatía, la sonrisa y el saludo automático. Le encantaría volver, pero saca una cuenta rápida de su edad y lo que según sus pronósticos tardará Venezuela en recuperarse, y siente que no le alcanzan los años. Aunque, en realidad, lo que la mantiene donde está es Eduardo. Él, la antítesis física de Loly, un moreno alto, delgado, de ojos café, labios carnosos y pelo recio, ya está perdiendo el acento venezolano y ella no quiere que se repita otra vez la misma historia.

Es hora de guardar las maletas para algún día irse de vacaciones. Sin embargo, haciendo uso de sus genes españoles, por si las circunstancias tocan, ya se dispuso a tramitar su pasaporte español.

 

 

Esta historia fue desarrollada durante el taller “Tras los rastros de una historia”, impartido a través de nuestra plataforma El Aula e-nos a 15 periodistas venezolanos migrantes, en el 3er año del programa formativo La Vida de Nos Itinerante.

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Periodista‌ ‌de‌ ‌esas‌ ‌que‌ ‌editan‌ ‌hasta‌ ‌las‌ ‌etiquetas.‌ ‌¿Para‌ ‌qué‌ ‌es‌ ‌la‌ ‌vida‌ ‌si‌ ‌no‌ ‌para‌ contar‌ ‌historias?‌ ‌Por‌ ‌eso‌ ‌fundé‌ ‌el‌ ‌periódico‌ ‌Dicho‌ ‌y‌ ‌Hecho,‌ ‌que‌ ‌duró‌ ‌16‌ ‌años‌. Pero‌ ‌aquí‌ ‌sigo,‌ ‌echando‌ ‌cuentos.‌

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