¿Qué hizo mi hijo para que se lo tragara la tierra?

Eudy de Jesús Gómez Basanta, de 31 años, desapareció la mañana del viernes 28 de abril de 2017 cuando salió al campo cabalgando sobre un caballo blanco que pretendía cambiar por otro. Desde entonces Damelis, su madre, no ha dejado de buscarlo. Tan solo lo escucha hablar en sueños.

Fotografías: Fabiola Ferrero

 

Damelis despierta con un sobresalto. Es de madrugada y afuera todavía está oscuro. Acaba de escuchar que su hijo le grita desesperado: 

—¡Ayuda, mamá! ¡Ayuda!

Ella, asustada, se levanta de entre las sábanas, corre a la puerta metálica de su casa y la abre. Descubre, en la penumbra, que no hay nadie. Que su hijo Eudy, desaparecido desde abril de 2017, no está. Que aún no llega.

Pesadillas como esas son frecuentes. 

Una noche de junio de 2019, Damelis dormía profundamente y lo vio: él le pidió a gritos que lo buscara bajo los árboles de un camino de tierra en una intrincada vía al sur del estado Bolívar. En el sueño, le indicaba que debía llegar hasta una intersección en donde encontraría unos palos pintados de rojo y blanco. Debajo de un carrizal estaría enterrado.

—Yo estoy muerto —le dijo—. Me picaron. Sácame de aquí. 

Esa vez también despertó abrumada. Trazó el mapa en una hoja blanca que guardaba en la mesita de noche. Cuando amaneció, tomó el plano y salió de la pequeña casa amarilla en la que vive desde hace un par de décadas. Llegó al camino de tierra. Trató de hallar allí alguna pista, esperó algún movimiento. Le habló al mapa, divagó sola, le pidió a Eudy que le indicara en dónde estaba. Pero no hubo respuesta y otra vez volvió a casa sin señales de su hijo.

En otro de esos frecuentes sueños lo vio en la puerta de la casa. Estaba cubierto de una arcilla amarilla de pies a cabeza, con la barba larga. Parecía otro.  

—Mamá, estaba en una mina, unos malandros me tenían, pero me escapé —le dijo. 

—¿Qué te han hecho, hijo? 

Y entonces se despertó gritando. 

Fue a la puerta y no había nadie. Se asomó al cuarto donde él dormía y no estaba. 

Eudy de Jesús Gómez Basanta desapareció la mañana del viernes 28 de abril de 2017. 

Era el segundo de los seis hijos que tuvo Damelis. En la familia lo llamaban cariñosamente Coco y sus amigos lo apodaban Chuleta. Tenía 31 años de edad y dos hijos. Una hembra, de 4 años, y un varón, de 2. Luego de tres años viviendo con su madre en el sector Perro Seco de Guasipati, se mudó a otro más lejano en el mismo pueblo, a la casa de una tía, porque estaba enamorado de una joven que vivía por allí. 

En Guasipati —localidad al sur del estado Bolívar y habitada por unas 21 mil personas— nació Eudy el 31 de octubre de 1985. Por décadas, la gente vivió de la actividad agrícola y ganadera, pero por su cercanía con yacimientos de oro, muchos de quienes se dedicaban a otros oficios se han convertido en mineros, un trabajo que genera muchos más ingresos. 

El día que lo vieron por última vez, Eudy fue a visitar a Damelis, pero ella no estaba. Uno de sus hermanos cumplía años y Eudy se comprometió a volver en la noche: celebrarían cenando arroz con pollo y bebiendo una botella de ron. El joven salió rumbo a un asentamiento campesino cercano llamado El Miamo, a cambiar su caballo blanco por otro. Al siguiente día, iba a colear —era su más reciente afición— y quizá necesitaba uno más adecuado. 

Atravesó el tramo de tierra que va desde la casa hasta la vía asfaltada. Pasó frente a un grupo de viviendas, en una de las cuales vivía su padre, y siguió campo adentro. Nadie escuchó nada. Nadie vio algo anormal. Pero a la media hora el caballo blanco volvió galopando solo.

En el camino estrecho no había rastros que dieran luces sobre qué había ocurrido con Eudy. Familiares y decenas de amigos, al ver al animal, comenzaron a entrar y salir del monte. ¿Se habrá caído? ¿Será que se golpeó con algo?, se preguntaban. 

Damelis ha sido cocinera, vendedora de productos por catálogo, minera de pico y pala y niñera. Ese día estaba en las entrañas de la mina “Las Cuatro Esquinas” en El Callao, una localidad minera vecina de Guasipati. Vendía tequeños, empanadas, panes, arepas y jugo. Intentaba reunir dinero para pagar la defensa legal de su hijo menor, Luis Miguel, a quien habían arrestado a sus 18 años porque lo encontraron con un bolso con armas que, dice ella, era de un amigo. Llevaba cuatro años en la cárcel de Vista Hermosa y ya quería que saliera en libertad. 

Entonces le llegó la noticia. 

—¿Qué haces aquí? —le preguntó una mujer—. A tu hijo lo mataron por la vía de El Miamo.

—¡¿Cómo?, ¿a cuál?! —respondió entre gritos.

—A Chuleta. Le metieron dos tiros, uno en la frente y otro en el estómago.

—¿Lo viste? —increpó Damelis, alterada. 

—Sí, le tomaron fotos y lo pusieron en el Facebook.

Damelis dejó todo lo que estaba haciendo y se fue a Guasipati. Llegó a la casa. Sus hijas intentaban calmarla. Que no era así como le habían dicho. Que Eudy estaba cazando y desapareció. Que no había fotos. Que solo el caballo blanco fue testigo de lo que pasó.

Pensaban que podía aparecer y dejaron correr los días. Pero cuatro días después, ya cansada de la espera, Damelis fue a formalizar la denuncia en la subdelegación del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) de Tumeremo, a unos 56 kilómetros de distancia de Guasipati. Eran las 12:00 del mediodía del 2 de mayo de 2017. Allí repitió lo que sabía:

—Eudy de Jesús salió de su casa a cambiar un caballo por otro; 30 minutos después de haber salido de la casa, el caballo donde se fue regresó solo, sin la silla de montar y hasta el momento no sabemos nada. 

—No es el primero ni el último. Tiene que tener paciencia —le respondieron. 

—¡¿Qué paciencia?! Ponte en mi lugar, soy una madre desesperada. 

Eudy vivió en Maracay con un tío paterno, desde la infancia hasta los 26 años. Allá se graduó de bachiller y luego volvió a Guasipati a trabajar como mecánico y se alistó en el Ejército. No continúo en la carrera militar, pero solía trabajar como voluntario en operativos de seguridad y tránsito, y apoyaba a los militares cuando requerían de alguna reparación. 

Damelis respira con dificultad cuando lo recuerda. Se le quiebra la voz. Se lleva las manos a la cabeza y llora. Cuenta que Eudy había recibido amenazas por parte de una banda de Guasipati integrada por tres hermanos de 15, 14 y 13 años, vinculada al robo de ganado y minas. Damelis nunca supo el porqué de esas amenazas, pero le preocupaba porque sabía que esos adolescentes mataban gente, los descuartizaban y los enterraban. 

Desde que desapareció, le han dicho muchas cosas a las que ella a veces no sabe ni qué responder.

—Me dicen: “A tu hijo te lo mataron, de repente andaba en vainas malas, de repente andaba con un compinche”. Y yo pienso: la mamá siempre es la última en enterarse, pero nunca vi a mi hijo en cosas malas, sino con los amigos en la plaza, con los animales, con una iguana, una lapa, eso era lo que le gustaba.

Como las autoridades no han buscado a su hijo, Damelis ha vuelto a los yacimientos de oro con la esperanza de encontrarlo allí. Sabe que algunas bandas secuestran a muchachos y se los llevan a trabajar. Entró a Las Vainitas, Cicapra, Florinda, Las Cuatro Esquinas, Planta Perú, El Alambre. Ha mostrado su foto doblada, ha preguntado en secreto. Pero nadie lo ha visto.

Ha ido a las morgues: tuvo que ver más de 40 cadáveres entre mayo y diciembre de 2017. Ninguno era su hijo.

—La última vez, salí loca, vomitando. 

Luego se deprimió. Dejó de comer y bajó de peso. 

Sus hijos decidieron llevarla a Ciudad Bolívar quizá para tratar de alejarla de esa tristeza que la mantenía sumida en un llanto que no paraba. 

—Cuando a uno le matan a un hijo y uno lo encuentra y lo entierra, ya sabes que está allí, pero yo no sé nada. ¿Dónde me lo dejaron? ¿Dónde está? ¿Qué hizo mi hijo tan grande para que se lo tragara la tierra? Me mandan a estar tranquila, pero ¿cómo? Cuando voy a hacer una arepa me acuerdo de él, cuando voy a hacer un arroz con pollo me acuerdo de él. Siempre le pido a Dios que me muestre dónde está porque la única víctima soy yo y eso a veces lleva a la madre a la tumba. 

Damelis se ha refugiado en la iglesia católica. Allí ha orado, se ha conectado con Dios y ha conocido otras madres que viven su misma angustia. La de Héctor José Molina, desaparecido el 27 de junio de 2016 cuando iba a la mina El Santuario. Y la de Jhonatan Josué Correa, un trabajador de la estatal aurífera Minerven, que desapareció el 5 de julio de 2016. 

De ellos tampoco han conseguido rastros.

A principios de 2019, ella volvió a Guasipati. Está sola en casa. Sus hijos Ender y Luis Manuel están en la mina La Mierdita, en Guasipati. Y sus hijas viven muy cerca. Ella ya ha perdido las esperanzas. 

—Ya es demasiado tarde. Ya han pasado dos años. Yo digo que está muerto.

A ratos, siente que alguien se sienta al lado de ella en la cama. Ese alguien le dice que no llore, que siga adelante, que ella puede. Y se duerme pidiéndole a Dios que le revele dónde está su hijo. 

El caballo blanco, el único testigo, también desapareció. “Se lo llevaron los malandros”, sospecha.

Y amanece, pero otra vez con la misma tormenta de los últimos dos años.

 

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El fotógrafo Wilmer González solía acompañar a periodistas a las minas de oro, que conocía muy bien, en los estados Delta Amacuro y Bolívar. A eso salió de su casa el 16 de febrero de 2018 y no ha vuelto. A Lucy, su esposa, le han dicho que está muerto, pero ella sigue refiriéndose a él en presente.


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Esta historia forma parte de la serie Fosas del silencio: Los desaparecidos en la búsqueda de El Dorado, un trabajo de Codehciu en alianza con La Vida de Nos.

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Soy periodista en la región amazónica, al sur de Venezuela. Cuento historias en un estado fronterizo con la mayor anarquía minera. Trabajo en el Correo del Caroní y colaboro con medios internacionales.

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