Quería recordar los pasos que había dado

Harold Añez y Yerwins Elías eran dos adolescentes beisbolistas que soñaban con ser grandeligas. Sus familias los apoyaban, pero no tenían forma de costearles el viaje a Colombia, donde habían sido admitidos por una academia que afinaría su preparación. Mientras encontraban los recursos para el viaje, siguieron con sus entrenamientos. Hasta que un día ese rumbo se torció.

Fotografías: Gerardo López

 

Una mañana de mediados de junio del 2018, Harold Añez y Yerwins Elías se saludaron a poco de enrumbarse al estadio donde harían sus prácticas habituales. Eran vecinos y amigos inseparables desde la infancia. Ya con 16 años cada uno, habían atravesado un largo proceso de formación como prospectos de béisbol. Habían pasado por varias academias en Venezuela, incluyendo la del grandeliga Freddy “El Toco” Galvis, en el cercano Punto Fijo. En ese mes, el calor del verano es muy fuerte en Coro, la capital del estado Falcón, donde vivían. El sol arrecia y hay mayor humedad en el ambiente. Esa mañana, sin embargo, el cielo estaba nublado y soplaba una brisa fresca, como presagiando la noticia que pronto recibirían los muchachos.

Después de años de constante entrenamiento, visitas de scouts, promesas e invitaciones, el padre de Harold, Alexander Añez, les informó que había recibido la llamada que estaban esperando. Un agente deportivo le dijo que habían sido admitidos en una academia en Colombia. Allí, por unos meses, perfeccionarían su técnica y luego tendrían posibilidades de partir a República Dominicana para luchar por la tan anhelada firma del contrato como prospectos.

El agente puso pocas condiciones. En el caso de Harold —pitcher de 1,80 metros de altura—, que aumentara sus lanzamientos de 80 a 85 millas por hora; y en el de Yerwins —cátcher—, que aumentara su velocidad y un poco su masa muscular. Estaba claro: debían seguir con sus entrenamientos y prepararse para esos meses en Colombia.

Y para convertirse en el orgullo de sus padres, del barrio y de toda una ciudad.

 

El béisbol representa en Venezuela una esperanza para miles de jóvenes que ven en este deporte la posibilidad de transformar su vida. La prensa, con frecuencia, publica noticias de jóvenes prospectos firmados por equipos estadounidenses, con contratos de cientos de miles de dólares. Es el sueño de familias enteras, sin importar su estrato social: que alguno de sus miembros se convierta en grandeliga.

Pero como sucede con muchos senderos de la vida, el del béisbol no es un camino sencillo de transitar. No solo se requiere talento: hace falta constancia, dedicación, disciplina, algo de suerte y apoyo económico para poder sostener el régimen de entrenamiento, que incluye dietas, vitaminas, indumentaria, entrenadores.

Harold y Yerwins lograron las condiciones atléticas, pero les hacía falta el dinero para viajar e instalarse en Colombia. La academia que los recibiría les ofrecía los cupos y la preparación como parte de una beca, pero ellos debían cubrir los gastos del viaje. Era un dinero que sus familias no tenían. Los padres de Harold trabajaban como obreros en la Universidad Francisco de Miranda, mientras que el papá de Yerwins era herrero, y la mamá, asistente administrativa en la gobernación del estado Falcón. Gente trabajadora, aunque con ingresos menguados en un país con una economía hiperinflacionaria.

Los meses pasaron y no encontraban los recursos para el viaje. Ninguna institución del Estado les ofrecía ayuda. En octubre, para apoyar a los muchachos, Williams Elías, el papá de Yerwins, quien tenía un taller de herrería venido a menos por la crisis económica, decidió emigrar a Colombia. Allá trabajaría en su oficio y enviaría algo de dinero para sostener a la familia y, claro, para costear el proyecto de su hijo.

Mientras, los adolescentes siguieron adelante con el béisbol. Lo asumieron con seriedad. Incluso, aunque eran buenos estudiantes, abandonaron tempranamente el liceo, en 3er año, para dedicarse solo a su entrenamiento.

Entre esas rutinas e intentos de reunir el dinero que necesitaban, pasaron seis meses desde aquella promisoria llamada del agente deportivo: llegó diciembre y los jóvenes no habían podido irse a Colombia. Harold era el único varón de los tres hijos de Alexander. Yerwins era hijo único. Sentían una responsabilidad adicional con sus padres, y un agradecimiento por todo el esfuerzo que estaban haciendo para apoyarlos.

Yerwins llegó a plantearle a su madre la posibilidad de dejar todo atrás e irse del país como su padre.

—No, no —le respondió ella—, sigue adelante con el béisbol.

Al mediodía del 1ro de diciembre, Harold y Yerwins salieron de sus casas en el barrio Cástulo Mármol Ferrer, a escasos 100 metros de la Avenida Roosvelt de la ciudad de Coro. Llevaban sus viandas de comida y una tarjeta de débito con 500 bolívares, propiedad de Alexander, para pagar la piscina donde se ejercitarían para seguir fortaleciendo sus brazos. Se irían caminando como lo hacían con frecuencia, porque no tenían billetes para pagar el pasaje o porque así se ahorraban algo de dinero. Aquella era una jornada de entrenamiento más. A las 6:00 debían estar de vuelta.

Sí, a las 6:00 debían estar de vuelta.

Pero llegó esa hora y no habían regresado. Se hicieron las 7:00 y las 8:00 y ni señas de los muchachos. Pasadas las 9:00, Alexander se preocupó. Harold, su hijo, no le respondía el teléfono. Y era extraño, porque él siempre se comunicaba.

Algo en su interior le decía que las cosas no estaban bien.

Con ese pálpito y porque era muy cerca de su casa, salió hacia la sede del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc). Quería descartar que, por alguna razón, pudiera estar detenido, como ocurría frecuentemente con jóvenes de ese sector.

Al llegar, preguntó por ellos.

—Aquí no se encuentran —le respondieron.

Fue a la policía de Falcón, unos 100 metros más allá del Cicpc, y luego al hospital general. La respuesta fue la misma.

Yenni, la mama de Yerwins, hizo lo mismo por su lado. Su hijo tampoco respondía a los mensajes que le enviaba. Nada. Nadie sabía nada de los jóvenes.

Alexander y Yenni volvieron sin saber nada. Esa noche no pudieron dormir en las casas de las familias Añez y Elías.

Fue a las 3:00 de la madrugada cuando una vecina que sabía de la búsqueda que habían emprendido recibió un mensaje de texto. “Al hospital general llegaron unos chamos tiroteados y al parecer son de Cástulo Mármol”. Corrió. Lo leyó y Alexander, al escuchar esas palabras, sintió terror.

De inmediato, sin pensarlo mucho, se fue a la morgue del centro de salud.

Llegó temblando. Como pudo cruzó la puerta e ingresó.

Sus ojos no podían creer lo que veían: tirado en una camilla, con dos tiros en el pecho, estaba su muchacho.

Se abalanzó sobre su cuerpo llorando, gritando. ¿Qué había sucedido? ¿Cómo eso era posible? En medio de la confusión, exigía saber del paradero del mejor amigo de su hijo.

—¡Busquen a Yerwins, que lo deben tener tirado como un perro! —decía repetidamente.

Y, en efecto, a pocos metros de la camilla donde se encontraba su hijo, y bajo el cuerpo de otra persona, estaba su cadáver.

Al cabo de un rato, Yenni también llegó al lugar preguntando por su hijo.

—Pase adelante y recoja a su malandro —le dijeron apenas se asomó en el vano de la puerta.

El padre de Yerwins se enteró de lo ocurrido en un autobús camino a Ecuador, adonde había decidido marcharse desde Colombia a probar mejor suerte. Por la noticia, se devolvió y tomó el largo camino por tierra desde la frontera colombo-ecuatoriana hasta Coro con la sensación de estar viviendo una pesadilla.

 

La versión del Cicpc era que los jóvenes, en compañía de otro llamado Randy, estaban robando una frutería en el este de la ciudad, cuando los policías los sorprendieron y se produjo entre ellos un enfrentamiento. Era lo que también repetía el comandante de Seguridad Ciudadana del estado Falcón, Oswaldo Rodríguez, un conocido policía al que todos se refieren con un apodo: “El León”.

La fama de “El León” no era buena. Había estado preso. El 10 de marzo de 2003, siendo jefe de la policía del estado Falcón, un hombre llamado José Antonio Vargas entró a la comandancia general a llevarle comida a una persona que estaba recluida allí, y nunca más se supo de su paradero. “El León” fue electo como alcalde de Coro para el período 2008-2013, pero no pudo culminar su mandato porque en 2011 fue condenado a 20 años de cárcel por la desaparición de Vargas. Terminó cumpliendo solo 3 de ellos.

Ahora, nadie daba crédito a la explicación que tanto el Cicpc como “El León” no paraban de repetir. Ante la conmoción popular por lo ocurrido con Harold y Yerwins, la policía alegó que había testigos que los vieron abordando un vehículo Aveo color vinotinto, junto a dos hombres más en la avenida Roosevelt. Que existían videos de seguridad donde se observaban bajando del vehículo en la frutería y  que habían sido reconocidos post mortem por las víctimas del atraco.

Todo sugiere que los muchachos sí estaban involucrados. Lo que nadie se explica es, teniendo un futuro tan promisorio en el horizonte, qué los pudo haber llevado a hacerlo.El hecho es que, apenas iniciaron las investigaciones, se determinó que un miembro del Cicpc, llamado Enyerber Torres Mendoza, quien también poseía antecedentes penales, era el autor intelectual del atraco. De acuerdo a testigos, él llevó a los jóvenes y a Randy Rojas a materializar el robo. Y sería este mismo funcionario, una vez que se vio descubierto, uno de los primeros en llegar y enfrentarlos.

Enyerber Torres está preso, acusado de robo agravado, agavillamiento y uso de adolescentes para delinquir, mientras que los demás funcionarios que actuaron en el procedimiento están en libertad.

Los familiares de Harold y Yerwins no consiguen explicación al hecho de que los dos hayan muerto de la misma manera: ambos con dos disparos en el pecho. Los pantalones que llevaban puestos estaban muy sucios a la altura de las rodillas. Por eso piensan que fueron ajusticiados.

Que los mataron a sangre fría.

Con carpetas llenas de recortes de periódico y de informes policiales, siguen haciéndose las mismas preguntas: ¿Cómo unos jóvenes, sin antecedentes penales, que jamás habían usado un arma, podían estar involucrados en un atraco? ¿Cómo? Tampoco se explican cómo, si fue un enfrentamiento policial, en un local que se encontraba cerrado con los delincuentes adentro y los funcionarios afuera, estos acertaron con tal precisión a dispararles en el pecho, sin ningún otro raspón.

Ellos saben que no es la primera vez que sucede. El Diario Nuevo Día lleva sus propias estadísticas y, de acuerdo a esas cifras, el año 2018 cerró con 103 muertes en “enfrentamientos con la policía”. Solo en abril de 2019 documentaron 14 fallecidos por resistencia a la autoridad en Falcón.

Y como saben que su historia se repite, una y otra vez, con otros nombres, se han reunido con Cofavic y otros grupos defensores de derechos humanos. Su único propósito de vida es limpiar el nombre de sus hijos. Insisten, aunque algunos funcionarios les han “recomendado” que dejen las cosas como están, que no se metan con “El León” porque “ya saben cómo es él”.

Luego de cinco meses, los padres de los adolescentes recuerdan sus funerales, donde vecinos, amigos y mucha gente de la ciudad los acompañó y fueron solidarios con ellos. También recuerdan que, mientras velaban a sus hijos, fueron humillados por el cuestionado policía. Dicen que “El León” ordenó difundir por redes sociales fotografías falsas de un velorio donde había armas sobre las urnas, quizá buscando justificar ante la opinión publica el asesinato de los deportistas.

Pero ellos lo repetirán las veces que sea necesario: en esas urnas solo había bates, pelotas y uniformes.

En los días posteriores al funeral, en un encuentro de los equipos Caracas y Magallanes en Valencia, “El Pelón” Luis Dorante, nativo de Coro y manager del Magallanes, ordenó guardar un minuto de silencio en honor a los muchachos.

Yenni llora apenas comienza a hablar de su hijo.

—No me daba qué hacer. Pasaba el día jugando, entrenando, viendo videos de beisbolistas.

Wiliams trata de calmarla.

En un altar, ubicado en la sala de su casa, recuerdan a su hijo con las fotos que empezaron a tomarle desde que jugaba en las categorías infantiles de Criollitos de Venezuela. Hay, también, una imagen de Jesucristo, pues nunca han perdido la fe. Y hay trofeos, bates, pelotas y una gorra con el nombre de Falcón, el estado que en diversas ocasiones representó.

En la habitación de Harold, prácticamente intacto, están los trofeos y las medallas que ganó como mejor pitcher en diversos torneos. Sus pesas de entrenamiento, un manual de prácticas de los Diamond Backs de Arizona y los afiches de su ídolo, el grandeliga dominicano Emilio Marte. Detrás de la puerta, está colgada una foto que le regaló el pelotero falconiano Maglio Ordoñez.

Y abajo, en un cajón, como si se tratara de un tesoro escondido, están en fila unos cuatro pares de zapatos deportivos viejos que Harold había decidido no botar. Le decía a su papá que había que guardarlos, porque al llegar a las Grandes Ligas debía recordar los pasos que había dado y todo el camino para llegar allí.

 


Esta historia fue producida dentro del programa La vida de nos Itinerante, que se desarrolla a partir de talleres de narración de historias reales para periodistas, activistas de Derechos Humanos y fotógrafos de 16 estados de Venezuela.

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Profesor universitario, defensor de Derechos Humanos y activista social. Creo en la libertad, solidaridad y educación como fórmula para salir adelante. "No proclameis la libertad de volar, dad alas, no la de pensar, dad pensamiento." Unamuno

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