Se descubrió dispuesta a cuidar de otro ser humano

Sep 22, 2021

A sus 31 años, Francis todavía no se sentía preparada para ser madre. Pero poco después de saberse encinta, viendo ropa de bebés junto a su esposo Jonathan, se ilusionó con la idea. Sin embargo, la doctora les había dicho que el embrión todavía no se había implantado; que había 50 por ciento de posibilidades de que el embarazo no avanzara.

Ilustraciones: Carmen García

 

Francis dormía, pero sus piernas estaban inquietas. Como si buscaran zafarse de algo. Una humedad viscosa las rodeaba. Sentía en los muslos un frío que se expandía. En sus sueños, ella huía de una tormenta que la amenazaba. Hasta que despertó de una sacudida. Era una madrugada de invierno chileno. Se vio encima de un charco escurridizo como gelatina. Sentía contracciones en su vientre.

Este era el día. El 14 de julio de 2021.

El día que tanto ansiaba para salir de una larga pausa en su vida.

Una pausa que no siempre había sido así de larga. Rewind. 

  

Antes de que llegara el invierno, junto a su esposo, ella había alimentado la llama de la ilusión mirando por internet ropa de bebés. Bragas, franelas, vestidos. Aún no sabía el sexo de su primogénito o primogénita, pero se entregaba a fantasear.

Ella, que había estado tan renuente a tener un bebé (corrijo, su renuncia no era a tener el bebé, era a tenerlo “tan pronto” a sus 31 años), comenzó a coquetear con esta idea a mediados de enero de 2021, cuando abandonó las pastillas anticonceptivas luego de cuatro años. El acuerdo con su marido era planificarlo para finales de año o para inicios del próximo. Lo de las pastillas era un paso para “desintoxicar” su cuerpo de tantos anticonceptivos e irlo preparando. Por lo tanto, convinieron que él usara preservativos. Pero las ganas jugaron en su contra y en un par de ocasiones dejaron de seguir sus planes.

Y si alguien seguía sus planes era Francis. 

Había abandonado Maracaibo para irse a Santiago de Chile a vivir con su novio, Jonathan, que había dejado la ciudad seis meses antes. En Venezuela, Francis se dedicaba al marketing digital. Si bien no le iba mal, sabía que la crisis del país era un techo que le impedía crecer económicamente y buscar nuevas oportunidades laborales. Durante cuatro años, ya había cambiado más de cinco veces de trabajo y tomado otros online.

En 2021 consiguió el apartamento con balcón y vista panorámica que tanto había soñado. Resolvió casarse en cuestión de minutos cuando en el registro civil le dijeron que debían optar entre unirse en matrimonio ese mismo día (en el que solo estaban pagando unos aranceles para que fuera a domicilio) o esperar hasta 2022, ya que las fechas a domicilios estaban suspendidas por la pandemia. A ella no le importó, aunque tuvo que conformarse con celebrarlo sin los invitados que quería y esperar que los anillos llegaran un par de días después.

Su vida era una calle recta hacia lo que se proponía, pero estaba por comprobar que no siempre iba a ser así, que había vueltas de esquina que le cambian a uno su rumbo.

Decidir sobre si quería o no embarazarse nunca le había resultado sencillo. Pensarlo la trasladaba a una zona gris minada de contradicciones: Mejor tengo el bebé ahora. ¿Y si espero más? Ya pasé los 30 años. Todavía no es edad. Más adulta podría haber riesgo. Perderé muchas semanas de trabajo. ¿Estoy dispuesta a renunciar a esta libertad sin hijos? Es el paso que sigue en mi matrimonio. Vamos a posponerlo. Que sea de una vez. No hay condón. Como vaya viniendo, vamos viendo.

Las náuseas y mareos no tardaron en llegar. Estaban a mediados de mayo. En plena pandemia, se habrían confundido con cualquier síntoma de la covid-19, pero luego a Francis le siguió la hipersalivación. Y había alimentos que no soportaba oler. 

Compró una prueba de embarazo de orina que mantuvo guardada durante tres días en una gaveta del baño. Al toparse con ella quería esquivarla. Hasta que un día su esposo se la puso en la mano y sin vacilación le dijo: “Es hora de que te la hagas”. Apenas se la hizo, se la pasó a él, pues no tenía valor para ver el resultado. Era positivo. Su cuerpo ya lo sabía. Su mente tardó unos segundos en asimilarlo mientras lloraba de incertidumbre, miedo o alegría. Solo veía a su marido plantado frente a ella con una serena emoción que nunca olvidaría. “Parece más preparado que yo”, se culpó. 

Incrédula, decidió comprar otra prueba dos días después, esta vez digital. Positivo una vez más. Persistió en su incredulidad. Necesitaba ahora la confirmación de un médico. El 3 de junio de 2021 fueron a buscarla.  

—Mamita, pasa por acá —la convidó la ecografista. Francis recibió con afecto el diminutivo de mamá, aunque después le resultó odioso.

—No hay nada todavía —le aclaró durante el examen. Probablemente tienes muy poco tiempo. Allí está el saco gestacional, pero no se ha formado el embrión, por tanto, no te puedo mostrar ningún latido —agregó.

La ginecóloga le explicó que apenas tenía tres semanas y que debían esperar otras tres semanas para repetir el ecograma intravaginal. “El embrión aún no se ha implantado. En este punto tienes 50 por ciento de posibilidades de que el embarazo se dé, y 50 de que no”, le advirtió. 

En los siguientes días su mente fue ocupada por la ilusión de ser madre mientras sus contradicciones iniciales se hacían aguas. Ver ropa de bebé y conversar con su esposo acerca del futuro que se les avecinaba se convirtió en parte de su cotidianidad. Como allí estaba esa otra mitad de la torta, ese otro 50 por ciento desalentador, para ellos había una línea roja: no hablar de nombres.

Transcurridas cuatro semanas, una más de las que la doctora le había sugerido, volvió a consulta. 

Como toda madre primeriza, estaba nerviosa. Con esos nervios esperaba ver la manchita del ecograma donde estaba su hijo o hija. Con esos nervios se acostó en la camilla para el examen. Con esos nervios comenzó a notar el cambio de color en el rostro de la ecografista.

—¿Tuviste un sangrado? —le preguntó.

Hubo un silencio. 

Ella lo recordaba, ¿y cómo no?, si hasta había llorado mientras se bañaba, suplicando que aquello no fuera un mal augurio. La sangre bajaba por sus piernas. Era poca. Se calmó pensando que, tal como había leído en Internet, podía ser parte del proceso en que el embrión se implanta en el saco gestacional. Lo mismo que le dijo la especialista cuando la consultó por Whatsapp horas después. Quiso contarle también a la ecografista de ese pasaje, pero la mujer no la dejó.

—Se te ve un hematoma —dijo—. Lo siento mucho, no hay ningún embrión implantado, no hay ningún latido. No hay bebé. Probablemente tengas un aborto retenido. 

¿A qué pared fueron a dar aquellas palabras? Francis se quedó suspendida apenas escuchó “se te ve un hematoma”. Se sintió como Sandra Bullock en la película Gravity: sin poder asirse a nada, ingrávida, vulnerable, con un vértigo que parecía tragársela. De pronto, fue jalada con una violencia brutal apenas la mujer le dijo “Lo siento mucho” y le puso una mano sobre la pierna, cual cable a tierra.

Su esposo entró y ella, en medio de su llanto, alcanzó a mover la cabeza y solo decir “No, no, no”. Y se abrazaron. Francis seguía repitiendo las mismas palabras de la ecografista en su mente. No hay latido. No hay latido. No hay vida.

Pasó con la ginecóloga, quien fue más reservada esta vez y le aclaró que no quería apresurarse a hablar de un aborto retenido, que había casos en los que el embrión se implantaba tarde, que mejor era esperar otra semana. “Uno no sabe los designios de Dios”, dijo. Francis lo descartó: “No me puedo volver a ilusionar”, pensó.

 

Lo más cercano que Francis había estado del aborto, y tampoco había sido tan cercano, pero de alguna manera había tocado su círculo familiar, se remontaba a sus 12 años cuando se enteró, escuchando las conversaciones de los adultos, que una prima había tenido un aborto inducido a los 17 y que había estado acompañada por otro familiar. En ese momento se escandalizó. Desde entonces, pensaba que ella no sería capaz de interrumpir su embarazo, antes preferiría dar al hijo en adopción.

Llegó a compartir su posición incluso con una amiga que varias veces temió estar embarazada. Su consejo era que no pensara en el aborto clandestino por lo riesgoso que era en Venezuela y que tuviera al bebé, que siempre había alguien dispuesto a cuidar de otro ser humano. Esta convicción se hizo más vivaz durante su propio embarazo. 

Siete días después del último eco era un hecho: presentaba un aborto retenido. 

El embarazo se detuvo cuando al embrión le tocaba entrar al saco gestacional. Se había quedado allí como en pausa. Las causas podían ser múltiples, la especialista solo les explicó dos posibles: había sido una alteración genética o quizá un descarte que el mismo cuerpo había hecho al saber que el proceso no iba a salir bien. Insistió más en la segunda posibilidad, y les dijo que en caso de que se presentara de nuevo, correspondía evaluar su genética.

Los exámenes que le hicieron ese día mostraban que el embrión había pasado de 22 milímetros a 19, un claro indicativo de que el cuerpo lo podía expulsar naturalmente, sin intervenir con un legrado, un procedimiento que maltrata el útero, y que, siendo primeriza, era mejor evitar.

Tienes de dos a tres semanas para que pase. Si no, pensamos en el legrado le insistió la doctora.

¿Cómo que le tocaba todavía llevar un aborto espontáneo en su cuerpo? ¿Cómo lo iba a expulsar? ¿Le dolería? Ya ella se había preparado para que le dijeran que no había logrado tener al bebé y, por consiguiente, que le harían un curetaje. Pero este capítulo aún no terminaba. Debía continuar con ese no-embarazo hasta por 21 días más. Para ella, era tanta información que solo alcanzaba a asentir. Ni siquiera hacía preguntas. Y eso que era muy preguntona.

A esta pausa en su vida, se le agregaba la incertidumbre de no saber cuándo sería el día que expulsaría el embrión y los restos uterinos que se habían formado para albergar vida. Igual su cuerpo siguió presentando los síntomas del embarazo. La fatiga. Los mareos. Unas ganas intensas de llorar a toda hora, que ella desconocía si se debían al desbalance hormonal o a esa nostalgia entamborada en su pecho.

Contarle a su familia en Venezuela, principalmente a su mamá y a su único hermano, no fue sencillo. Sobre todo porque ni siquiera les había dicho que estaba embarazada. Tanto Francis como Jonathan habían resuelto no revelarle nada a nadie, ni a sus familias, ni a sus amigos, ni en sus trabajos, hasta que se supiera el desenlace de aquel 50/50.

Cuando lo hizo público, Francis tenía expectativas sobre lo que diría una tía de Yaracuy. Entre todos los comentarios que le llegaban de “ay, qué triste”, “cuando Dios quiera”, sentía que aquella madre la iba a entender mejor porque de joven había pasado por tres pérdidas espontáneas. En una conversación muy breve, le dijo que conocía esa sensación tan dura y el miedo que generaba, pero que confiara que eso iba a pasar y ella podría continuar. Para Francis, llegaron las palabras de la persona correcta. 

Los siguientes días comenzó a sentirse más intranquila. Primero, porque no terminaba de pasar lo que tenía que pasar: experimentaba con más frecuencia una sensación de “bajones menstruales”, pero iba al baño y se daba cuenta de que eran falsas alarmas, en realidad no había manchado. Segundo, porque comenzaron a llegarles a sus oídos las preguntas, a modo de cuestionamiento, que su suegra y su cuñada se hacían. ¿Por qué no le habían hecho el legrado? ¿Eso no la ponía en riesgo? ¿No sentirá algún malestar?

Francis, más angustiada que al principio, optó por esperar, y si ya pasaba la segunda semana y no ocurría, buscaría otra opinión médica.

Fue entonces cuando llegó el día.

Era la madrugada del jueves 14 de julio, después de tres días de intenso dolor de vientre. Francis dormía, pero sus piernas estaban inquietas. Buscaban zafarse de algo. Era la humedad viscosa de la sangre que se expandía. Se vio encima de un charco escurridizo que le había atravesado toda su ropa con un rojo de alarma. Las ligeras contracciones y el punzante dolor de vientre la hicieron levantarse para ir de inmediato al baño.

Ahí comenzó su “proceso de parto”. 

Sentada en la poceta, buscaba aferrarse a algo para pujar y sacar todo lo que tenía dentro. El dolor escalaba por cada centímetro de su cuerpo. Ella no tuvo más remedio que doblarse en posición fetal buscando alivio, pero tampoco le funcionaba, se quejaba, pujaba, se aferraba a sus piernas. Parecía que su propia vida se le iba entre tanto sangrado. 

¿Esto está yendo bien?

¿Tengo que ir al hospital?

¿Me voy a desmayar? 

Su esposo se asomó y su silencio, luego de preguntar qué podía hacer, resultó incómodo e infructuoso. Así que se marchó.

La punzada que recorría el vientre, los ovarios y la cadera, hacía que el resto de su cuerpo se paralizara. Hasta que salió una pelota, blanda, roja y del tamaño de un limón. Tras ella, más restos uterinos. Su cuerpo se iba limpiando. En cuestión de minutos, el “parto” terminó y el dolor intenso se fue.

Levantó la cabeza y supo que el botón play se presionaba de nuevo.

 

Casi un mes después, cambió de médico por sentir que su primera ginecóloga no le había prestado un acompañamiento tan cercano; encontró a un ginecobstetra, especializado en fertilidad, que le aseguró que no tenía nada de qué recuperarse, que su útero estaba bien y que si así lo quería podría quedar embarazada cuanto antes. 

—Esto que te pasó, le sucede a 10 por ciento de las mujeres la primera vez que quedan embarazadas, así que tranquila. Estamos listos para buscar un bebé —le dijo con una sonrisa amplia.

Francis apenas le regresó el gesto. Necesitaba darse tiempo.

Esa tarde, en casa, mirando por ese balcón con vista panorámica que ella siempre había querido tener, una lágrima bajó por su mejilla. Era un signo de agradecimiento. Agradecimiento por haberse dado cuenta de que no era tan egoísta como pensó con el tema del embarazo. Y pensó que cuando le tocara sería capaz de convertirse en una de esas personas dispuestas a cuidar de otro ser humano.

 

 

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“Pienso con los dedos armado con 27 letras”. Licenciado en comunicación social egresado de la Universidad del Zulia. Mi trabajo va orientado a escribir, describir y contar las historias que día a día bullen de una realidad a veces inverosímil.

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