Sigo leyendo mientras se marchan

Por el trabajo de su padre, durante su infancia, Ricardo Ramírez Requena —poeta, librero y profesor— anduvo de viaje en viaje hasta que la familia se estableció en Caracas, dejando atrás esa vida de gitanos que llevaban. Fue entonces cuando entendió que estaba dejando de ser niño, y cuando descubrió que en el arte siempre podría volver a serlo.

Fotografías: Álbum Familiar

 

Cuando regresamos de Jamaica a Venezuela, no sabíamos que todo cambiaría para siempre. Habíamos vivido una vida semejante a la de los gitanos: entre Caracas, Ciudad Bolívar, Caripito, Maturín, Cumaná. Mis recuerdos de estos años, claro, dependen de los recuerdos de otros. Nuestra memoria, durante la infancia es, en mucho, la de los demás. Construimos nuestra memoria confiando en la de los otros. Los documentos ayudan: fotografías, cartas, videos. El resto, son flashbacks. Mi primer recuerdo es el de Pirata, un dálmata cruzado con gran danés (o algún otro perro de raza grande) que vivía en nuestra casa de Ciudad Bolívar. Mis padres dicen que es imposible que lo recuerde. El recuerdo de la infancia pasa por la memoria del miedo de los padres. Las veces que te caíste. Lo hiperquinético que eras. Nuestra primera memoria es, entonces, la memoria del peligro. La hacemos nuestra porque sobrevivimos.

Mi padre era militar, y los traslados eran frecuentes. Las condiciones del Oriente en Venezuela seguían llenas de penurias. La ausencia de agua era usual. Mi madre contaba con apoyos en Ciudad Bolívar, en Maturín (amigos, familiares cercanos y lejanos), pero no en Caripito, un pueblo del estado Monagas. Mi familia materna es del estado Sucre (Cumanacoa, Cumaná) y del estado Bolívar (Upata, Ciudad Bolívar) y en estas ciudades estábamos rodeados de familiares. En Maturín estaban muchos primos, a donde mis tíos (mi madre es la mayor; luego, viene mi tía Yenmira; después, cuatro varones) se iban a beber y cantar los fines de semana, al salir de Sidor, donde trabajaban.

Fue allí donde recibí mi primer apodo: Pichón de perico. Los apodos han marcado momentos de mi vida: luego fue el Bollito, porque era gordito, y fue también el Portugués, por mi fenotipo. Con el fin de la adolescencia, se acabaron. Con el fin de este tiempo, termina lo que queda de infancia y comienza el tiempo de ser adulto: cuando tomas un nombre. Ser adulto es decidir tu propio nombre, y eso incluye los apodos o no.

 

En 1982, a mi padre lo ascienden a Teniente Coronel y lo envían como agregado militar a Jamaica. Nunca fuimos, al parecer, más felices que en Jamaica. Estábamos todos juntos; mi abuela Olga nos visitó, así como mi tía Yenmira. Y viajamos a Florida; mis padres también fueron a México y Guatemala. Mi memoria de Jamaica es amplia, pues hubo muchos álbumes de fotos y un video con muchas filmaciones que atesoramos como oro.

Recuerdo una primera casa solitaria en donde vivíamos, en una colina que era peligrosa. Intentaron entrar unos ladrones y con el tiempo nos mudamos. Ahí comenzaron, en mí, ciertos miedos a la noche. Ahí, en la oscuridad, había algo. Estos miedos, este saber de algo rondando, recorrerían mi infancia y adolescencia. La segunda casa tenía un jardín amplio, árboles frutales, un columpio. En esa casa aprendí a correr, que podía sembrar semillas y crecerían frutas (lo hice con varias patillas) y descubrí la muerte: la de un pájaro que mi hermano mayor mató con un tiro de piedra y la de un cachorro de rottweiler que nos regalaron y que fue atropellado cuando se escapó e intentó cruzar la calle. Estas fueron mis primeras pérdidas. Ese sentir un absurdo, un algo que no se explica. Entender que hay tantas cosas que quedan fuera de tus manos. Y que no son tu culpa (aunque esto, con los años, se agravaría).

Al frente de nosotros, vivían unos vecinos que tenían muchas películas en betamax. Vi Superman I y II. En nuestra casa, comencé a aprender a andar en bicicleta, cosa que terminé unos años después en Los Próceres (mi hermano mayor sí aprendió rápido; él siempre aprendía todo lo útil y práctico). Recuerdo una otitis, visitas de amigos de mis padres, la dulzura de las personas que nos atendían en la casa, los primeros pasos de mi hermano Simón. Recuerdo el carnaval. El disfraz de payaso: un mismo traje, durante años. Uno comienza a vivir la infancia cuando vive ese momento de ser otro. Ser un payaso me llevó luego a querer ser otros a través de la literatura: en los libros que leía y en las historias que he querido y sigo queriendo escribir.

En la isla estudié 1er y 2do grado de primaria en el Priory School, con estudiantes de todo el mundo anglo, en especial canadienses, británicos, estadounidenses. En este colegio aprendí lo que era sentirse extraño por primera vez: que te hablaran y no entendieras nada. Aprender desde la infancia a ser un extranjero te cura de muchas cosas después en la vida.   

Mi hermano mayor y yo llorábamos sin parar. Nos habían enseñado pocas palabras en inglés: cómo saludar, cómo decir por favor, cómo despedirnos. Aparte de esto, una frase clave: quiero ir al baño. Siempre me ha resultado paradójico que esa fuera la primera frase que aprendí en otro idioma. Esa sobrevivencia. Con los años, la utilizaría mucho. Es una forma de fuga. Una forma de irse por el caño.

Muy pronto aprendimos inglés; primero en clases, a las que iban también mis padres; y luego, naturalmente, con nuestros compañeros de clases y las maestras, así como con la gente que trabajaba en nuestra casa: Miss Mach, Dawn, el señor Livingston y Delroy. Gente buena, gentil, que nos enseñó la singularidad anglosajona, ese temple distinto, ese Caribe diferente. Y que también nos reveló, con todos sus matices, elementos, características de la negritud en el Caribe.

Mi hermano Crhistian y yo asumimos el inglés muy pronto como lengua franca, y la usábamos para hablar entre nosotros. Simón, muy pequeño, tuvo al inglés como primera lengua, antes que el español (hoy es traductor y profesor de este idioma, además del italiano).

En Jamaica mi hermano mayor se hizo boy scout y yo practiqué taekwondo. También hice teatro, representando Robin Hood. Yo era John, el malo. Me aprendí bien mis breves líneas. Fui otro. Como con el carnaval, con el teatro podía muy bien ser otro. Era un entrenamiento para la vida.

La isla era diversa, hermosa, y llena de personas de diferentes lugares. El turismo y la bauxita eran importantes fuentes de ingresos. Por la influencia inglesa, canadiense y norteamericana, todo adelanto tecnológico llegaba primero a las islas anglosajonas del Caribe antes que a los países hispanoamericanos. En Jamaica vi las primeras antenas parabólicas y los carros más modernos (nuestro carro tenía una pequeña nevera, por ejemplo). Nunca vi estos adelantos luego en Venezuela, o llegaban muy tarde, lo que siempre me hacía despreciar a nuestro país de origen.

En Jamaica fuimos felices y no queríamos regresar.

Recuerdo cuando mi padre nos dijo que lo haríamos: salía de bañarme y él me ayudaba a secarme y me fui en llanto, y le pedí que nos quedáramos.

Me dijo que no podíamos, que debíamos volver.

 

Nuestro regreso a Venezuela ocurrió en agosto de 1984. Primero volvimos mis hermanos, mamá y yo. Papá lo hizo unas semanas después. Todo cambiaría para siempre: al fin, permaneceríamos fijos en un solo lugar: El Cafetal, en Caracas. Ya no seríamos gitanos. Nos tocaría hacernos un lugar.

Nuestra casa está en la calle Géminis de Santa Paula, en El Cafetal. Urbanización conocida como “la adecada”, se levantó en el gobierno de Raúl Leoni (la avenida principal lleva su nombre, así como la biblioteca pública). Cuando volví a Venezuela, la insatisfacción política era cotidiana. Había una violencia contenida, una ira reprimida. Se veía en las patotas de punketos de Caurimare, y en otras bandas que se concentraban en Plaza Las Américas. Jóvenes hijos de clase media, insatisfechos con el mundo y con el país que comenzaban su fracaso desde el Viernes Negro de 1983. A mí me impactó la diferencia cultural con el mundo anglosajón en Jamaica. En el venezolano predominaban la viveza, el “ser pilas”, el insulto, la burla constante. Debías ser rápido; la introspección no era bien recibida. Pensé que no sobreviviría en un entorno así.

Sin embargo lo hice.

Primero, estudiamos en el Aula Nueva, cerca de casa. Recuerdo mi aprendizaje de las tablas de multiplicar, la belleza de las muchachas, la importancia del ejercicio físico, en especial la gimnasia, y mis primeras clases de historia. Amaba dibujar, tenía amigos vecinos de la zona, y hacia 4to grado, escribí mi primera narración. Mamá y papá estaban orgullosísimos; papá incluso le sacó copias y le llevó una a mi abuela Olga. Era una composición que debíamos entregar un lunes. Me fui a donde Manuel, cerca de casa, jugamos básket y hacia el final de la tarde, nos sentamos a escribir. Nunca olvidaré las palabras de Manuel: “Es mejor escribir de noche porque a uno le llega la inspiración”. No supe de dónde sacó esa frase. Pero ahí comencé a vivir la experiencia de escribir. Y el efecto “mágico” que podía tener en los otros y en mí. Ese silencio interior, a donde podía irme cuando las cosas no estaban muy bien.

Y pronto dejarían de estar bien.

Durante los primeros años luego de nuestro regreso, hicimos un memorable viaje a Mérida. Recuerdo subir al Pico Espejo en teleférico; ir al Pico el Águila, el hotel donde nos quedamos, la belleza de esa ciudad. Fuimos también a Ciudad Bolívar y Cumaná, como siempre, y descubrí el mar de primos que tenía: ellos eran mi familia. Me ayudaron a volver a Venezuela, a poder terminar de regresar. Fuimos en familia a la Gran Sabana y a dormir en carpa en Quetepe, una playa en el estado Sucre. 

Mis tíos se convirtieron en otros padres y me guiaron. Mi tío Daniel, quien vivía en La Urbina, en Caracas, fue nuestro apoyo mayor: nos llevaba a parques, al Ávila, a la Colonia Tovar, a comprar árboles naturales de Navidad. Mi tío Arturo y Glen estaban en Ciudad Bolívar, y junto con mi tía Yenmira, vivían en el mismo conjunto residencial, en Río Aro. El estacionamiento de Río Aro era nuestro patio de juego: comíamos helado, montábamos bicicleta y jugábamos pelota de goma. Dormíamos repartidos entre tres apartamentos, en donde todo se compartía y nada faltaba. En Cumaná estaba mi tío Noel, y a su casa íbamos para ir siempre a la playa. Cocinaba para nosotros. Con él, con los años, descubrí historias, el mercado de Cumaná, lecciones importantes de vida. Y por último, estaban mis tías abuelas, hermanas de mi abuela Luisa, la madre de mamá: la tía María, en las Charas, un inmenso vivero en donde nos perdíamos y tumbábamos tamarindo; la tía Bautista; y ante todo, la tía Negra (Ermeneguilda, la única india entre un grupo de hermanas rubias de ojos azules), quien nos hacía arroz con coco; y la tía Petra, quien nos acompañaba mucho en Caracas, nos sacaba los dientes de leche, y nos contaba de sus años de vida en California y Nueva Orleans.

Con mi familia recorrí el país entero: celebrábamos las fiestas navideñas y las vacaciones. Mi familia era el país. Me dieron un lugar hacia dónde mirar.

 

Uno despide la infancia por etapas, por oleadas.

Se va dejando de ser niño como si uno se fuera quitando la ropa, una pieza a la vez. En algunos, es muy rápido. Con otros es más lento. Yo siento que fui dejando atrás la infancia como quien se desviste con sueño, con la mirada perdida en alguna parte. Una resignación que se descubre luego: cuando te ves desnudo y ante un descampado que no perdona.

Al llegar a mis 10 años, mi hermano Crhistian y yo fuimos a prepararnos para nuestra Primera Comunión. La Iglesia Nuestra Señora de la Caridad del Cobre queda cerca de la casa y ahí recibíamos la catequesis. Nos íbamos caminando. Pero un día unos muchachos más grandes nos persiguieron para robarnos. Mi hermano corrió, pero fue alcanzado y se puso a llorar. Yo corrí hacia él. Algo pasó, que se fueron y no nos hicieron nada. Nosotros seguimos corriendo hacia la Iglesia, llegando sin aliento.

Ese día algo se quebró. Salimos de nuestro mundo más inocente y vimos el peligro. Supimos que no estábamos tan seguros. Que nada era seguro ya.

Poco después, mis padres se separaron. Nos cambiaron de colegio: al Alfaro Zamora, mejor conocido como “La Escuelita”. Todo ocurrió muy rápidamente y nada fue como era antes.

Mi padre se mudó a Cúa, en el estado Miranda. Allá veíamos películas, montábamos en bicicleta, y leí como nunca antes. Descubrí su biblioteca: García Márquez, Vargas Llosa, Faulkner, Neruda, y otros. Íbamos a un club cercano. Hacíamos hamburguesas. Papá se mudó a los Valles del Tuy creyendo fervorosamente en la llegada del ferrocarril que se anunciaba con entusiasmo. Venezuela, a pesar del Viernes Negro, era todavía un país lleno de entusiasmo: creíamos que estábamos destinados al desarrollo, que era solo cuestión de tiempo.

Papá se mudó a San Cristóbal en 1995. Se cansó de esperar ese desarrollo que nunca llegaría.

 

El fin de mi infancia inaugura el comienzo consciente de mi educación estética: la música, la literatura y el arte han sido centrales en mi vida. Me ayudaron a sobrevivir. A encontrar un lugar en donde estar y ser. Y un espacio al que pertenecer. Los libros me dieron el sosiego y la paz en lo gris de los días, en la tristeza y melancolía que puede significar entender que ya nada será para siempre. En la conciencia del final de las cosas. Leer salva. Es salvavidas, bote en medio del mar. La educación estética es importante: pensar, aprender a sentir, y descubrir lo abstracto de las cosas. Te enseña a soñar: te ayuda a construir un mundo propio. Crecer, dejar atrás la infancia, fue para mí descubrir dos cosas: que la infancia como realidad es un tiempo irrecuperable; y que el arte es el único lugar en donde la podré encontrar otra vez.

Tengo presente una imagen que me recuerda esto: haciendo la cola en la panadería cerca de mi casa había varios guardias nacionales ordenando y coordinando la entrada al establecimiento. Mientras esperaba, yo estaba leyendo. Eran los días posteriores al 27 de febrero de 1989. Esa imagen ha durado en mi vida desde entonces. He sido y soy un hombre que va leyendo mientras los militares se van.

Sigo esperando. Sigo leyendo mientras se marchan.

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Soy profesor y escritor venezolano. Tengo tres publicaciones: Maneras de irse (Ígneo, 2014), Constancia de la lluvia (Fundación para la Cultura Urbana, 2015) y Otros bosques (El taller blanco editores, 2020).

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