Solo mira y aprende lo que puedas

Ago 27, 2022

Desde muy pequeña aprendió el oficio con el que se ganaría la vida. En Mucuchíes, Margarita Mora Castillo confecciona ruanas, cobijas, tapices para muebles y guantes usando lana tintada con materiales orgánicos. Pero el deterioro de los ecosistemas sensibles de los que toma sus insumos, así como la crisis económica venezolana y la pandemia de covid-19, han impactado en su producción. 

FOTOGRAFÍAS: LILIANA RIVAS

Margarita Mora Castillo hilvana hebras de lana en un telar de madera que está apoyado contra una pared de bahareque de su casa. Concentra toda su atención en hacerlo. Se nota en la agilidad con que mueve sus manos. Es una mañana de abril de 2022. Afuera, recién ha parado de llover y la neblina se desliza suavemente a ras del suelo envolviendo todas las cosas en un velo opaco y blanquecino. En el fogón hierve agua. Cada tanto mueve la leña para mantener las brasas ardiendo.

Sobre la mesa tiene barba de palo, raíces y eucalipto, que usará para teñir la lana de ovejo. Luego, a pesar de sus dolencias —tiene varias hernias— y de los 90 años que lleva a cuestas, se apresura a terminar una ruana que espera vender pronto a algún turista. Durante los años más duros de la crisis venezolana, la gente fue dejando de venir a Mucuchíes, y con la llegada de la pandemia de covid-19 las cosas empeoraron: las últimas temporadas han estado muy flojas en la serranía merideña. 

“Ojalá que esta ruana sí la pueda vender”, piensa Margarita mientras termina de confeccionar la prenda. 

Su técnica de trabajo —que va desde la recolección de los materiales hasta el tejido y tintado de la lana— es, quizá, la más antigua del páramo. Cuando la aprendió, siendo todavía una niña, sus maestros le enseñaron todos los detalles sobre el arte de tintar la lana con la materia prima que brinda la naturaleza y la técnica que usaron sus ancestros antes de la Independencia. Incluso antes de la llegada de los españoles. 

Para trabajar en la producción de las ruanas, cobijas, tapices para muebles y guantes, Margarita escarmena con cuidado la lana; es decir, prepara cada una de las hebras. Después, toma materiales orgánicos de la naturaleza y con ellos tinta la lana. Por ejemplo, con el uvito —una pequeña baya silvestre— se obtiene un azul matizando a púrpura; con la cebolla y la semilla del aguacate, un marrón pálido; y con el eucalipto y la barba de palo, distintos tonos de verde.

Margarita espera que Daniel, su nieto de 15 años, llegue con el encargo que le mandó a buscar. Necesita barba de piedra, musgo y el pequeño insecto llamado cochinilla (que vive bajo las rocas y dentro de la corteza de los árboles) para lograr los tonos del bermellón oscuro, cercanos a un rojo profundo, típico en las ruanas merideñas. 

El muchacho por fin llega, agotado por la caminata, pero sin nada de lo que le pidió su abuela. Ella lo reprende, aunque en el fondo sabe que no es culpa de él. Entiende que no buscó mal y que tampoco perdió el tiempo vagando por los campos. 

El entorno natural donde se solían encontrar los insumos que ella necesita ha cambiado mucho. La actividad humana, el crecimiento urbano, la destrucción del páramo virgen para la siembra, así como la tala indiscriminada para el comercio de la leña han acabado poco a poco los frágiles ecosistemas que se habían mantenido intactos durante siglos. 

Ahora no hay nada.

A pesar de ello, su nieto aún se esfuerza por ayudar mientras aprende de ella. Al poco rato de haberlo regañado, Margarita lo mira con cariño y le entrega un pocillo de peltre lleno de guarapo caliente de panela con limón para que agarre un poco de calor. 

Cuando era una niña de 7 años, Margarita aprendía el arte del tejido y la tintura sentada cerca del fuego. Aquella tarde que nunca olvidaría, había caminado de un extremo a otro de la montaña para cumplir con el mandado que le había encomendado su madre: debía llevar varios rollos de lana a la casa de la señora Estefanía, una anciana que sabía pintar y tejer lana como lo habían hecho los indígenas.

Había cruzado riachuelos, pantanosas ciénagas y estrechos caminos sobre los pastizales para entregar el encargo. Como se había mojado con la lluvia de la tarde, esperaba secarse frente al fogón, junto a la lana que había traído. Doña Estefanía caminaba rengueando de un lado a otro mientras buscaba un puñado de raíces que, sin dilación, echó al agua.

Recitaba en voz alta, como si fuera un conjuro, los nombres de los materiales que iba agregando: “uvito, barba de palo, barba de piedra, eucalipto, pajarito, cebolleta…”. 

La niña preguntó qué era aquello. La anciana sonrió y le dijo:

—Solo mira y aprende lo que puedas. 

La niña abrió los ojos todo lo que pudo al ver cómo la lana cambiaba de color: ¡era magia! ¡Doña Estefanía tomaba los colores del mundo para ponerlos en sus ruanas!

Desde entonces, Margarita no se detuvo en su aprendizaje. Y con el transcurrir de los años, iba perfeccionando lo que había aprendido, e incorporaba lo que había escuchado y visto hacer a otros para irlo asimilando a su propio modo de hacer las cosas. 

Unos años más tarde, en 1962, ya Margarita tenía 30 años. Estaba recién casada y aprendía de su suegro, quien sabía trabajar la lana y tenía experiencia en la crianza de las ovejas. Su vida se repartía entre la atención de sus primeros hijos y el trabajo en los cultivos de la familia. En sus ratos libres, se dedicaba a enhebrar la lana para las cobijas y ruanas que usaban en su casa. Como quería seguir aprendiendo, cada vez que podía, iba hasta el pueblo o a las aldeas vecinas. Quería saber quién más se dedicaba al tejido y tintura tradicional. Varias de las personas que encontró habían aprendido el arte a finales del siglo XIX, con los habitantes indígenas de la zona. En ese entonces, apenas remodelaban las viejas carreteras construidas por Juan Vicente Gómez, y el maestro y artista Juan Félix Sánchez ni siquiera pensaba construir su famosa Capilla de Piedra. Pero ya Margarita había producido varias piezas para su familia y algunos de sus vecinos en la comunidad. 

Antes de la década de 1970, mientras Margarita preparaba las hebras de la lana en su casa, llegó una visita inesperada. Cuando salió a la entrada a recibirla vio que era un hombre blanco, alto, con acento italiano. Le dijo que era comerciante y que se llamaba Dennis. Contó que había visto unas piezas suyas cerca del observatorio astronómico Llano El Hato y venía a hacerle algunos encargos: quería una docena de cobijas y tapices con la única condición de que estos debían tener dibujos. 

Aunque Margarita vio la oportunidad de hacer un buen negocio, se sintió intimidada, porque si bien su técnica para tintar las ruanas era ancestral, no se había atrevido a hacerles ninguna clase de dibujos decorativos. Recordaba haberlos visto alguna vez de niña y también escuchó de ellos en alguna narración oral. Se lo dijo al hombre, pero a este le respondió que no se preocupara, que trabajara en las telas plasmando lo que su memoria le dictara. Dejó algo de dinero y acordaron una fecha en la que él regresaría por su encargo. 

Margarita comenzó a experimentar hasta que encontró la manera de hacer algunos motivos y combinaciones de color: formas geométricas y líneas, trazos que se asemejaban a montañas. 

Cuando el italiano volvió, quedó encantado con el pedido. 

Mucho tiempo después, Margarita supo que algunas de esas piezas terminaron en una galería en Caracas. No recuerda quién se lo dijo, pero está segura de que se corrió la voz sobre su trabajo desde la visita del italiano. Además, la llegada de la democracia a Venezuela, había atraído interés extranjero hacia las culturas indígenas y autóctonas y por eso llegaron nuevos clientes. Algunos rusos compraron sus ruanas para sobrellevar los helados inviernos de su país. Los israelíes querían mantas que cubriesen desde el cuello a los tobillos para cuidar a sus rebaños. Y los asiáticos se interesaban en sus piezas para llevarlas a lugares remotos y revenderlas. 

Comenzó a tener ganancias; con las ventas podía sustentar a sus hijos. 

Margarita estaba contenta. No solo porque generaba buenos ingresos, sino porque sus ruanas, su lana tintada con los colores de la naturaleza, que había heredado de una tradición mucho más antigua, ahora estaban en varias partes del mundo. Con cada trabajo que hacía imaginaba que volvía a la montaña. En el proceso agradecía a la tierra por darle lo necesario para trazar esos dibujos que luego acompañarían a muchas personas hasta sus casas.

Fundó un taller de artes y oficios junto a dos amigas suyas, Dora y Chepita. De ahí en adelante, ellas la ayudaron con todos sus encargos. Después, se instalaron en la antigua hacienda Moconoque, en Mucuchíes, una casona herencia del escritor y periodista merideño Tulio Febres Cordero. Él y su familia llevaban años colaborando con la comunidad y el préstamo de ese espacio fue otra manera de hacerlo. 

Los años pasaron. 

Margarita tuvo varios hijos, que no se interesaron demasiado en su oficio porque estaban más pendientes de la agricultura y los campos. 

Con la llegada de la crisis de la última década, Margarita se fue quedando sola. Sus hijos migraron buscando mejores condiciones de vida. Bajo su cargo quedó su nieto Daniel.

El taller de artes y oficios cerró sus puertas en 2021. Debido al confinamiento por la pandemia de covid-19 y porque ya los turistas no llegaban, el pueblo de Mucuchíes se empobreció aún más. Además, Dora y Chepita murieron contagiadas por el virus. Ni siquiera pudo despedirse de ellas. 

Por eso, Margarita se siente como la última de un linaje a punto de desaparecer.

Sentada sobre el telar le indica a su nieto lo que debe hacer. Le dice que, poco a poco, desenrede la lana para luego montarla en el telar. Confeccionarán una cobija. Margarita comienza a hacer los dibujos en forma de cuchilla y rombos en medio de cuadros. Muestra su destreza al muchacho: no usa patrones ni bocetos. Solo se vale del recuerdo de eso que sentía cuando los hizo por primera vez.

Margarita tiene la esperanza de que el joven asimile la importancia de su oficio y no se resigne a hacer otra cosa por necesidad y comodidad.

—¿Qué haremos ahora? —le pregunta Daniel.

—Solo mira y aprende lo que puedas —le contesta Margarita. 

Espera que sea capaz de ver la magia del agua sobre el fuego, como lo hizo ella en esa remota tarde cuando tenía 7 años.

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Un día me enamoré de la ciencia y descubrí que la magia estaba en entender que somos parte de ella, luego, me apasioné por contar historias de nuestra rumba Caribe, con un lente y las letras. Soy periodista y le guiño a la naturaleza.

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