Una carrera callejera le cambió la vida

Dic 01, 2021

Aunque ese día estaba herida porque se había caído en la pista, su entrenador le dijo: “Tú vas a ser una campeona”. Fue un decreto. Años después, en Tokyo 2020, Lisbeli Vera, oriunda de Santa María, una comunidad al sur del lago de Maracaibo, se convirtió en la única atleta venezolana en ganar tres medallas paralímpicas: dos de oro y una de plata. Cuando obtuvo la primera de ellas, recordó cómo comenzó su historia.

Fotografías: Álbum Familiar

 

Tokio, 31 de agosto de 2021. En el video de la competencia se escucha su nombre. “100 metros, femeninos, T47, Lisbeli Vera”.

En la toma se le ve de cuarta. 

Luego de tercera.

“¡Vamos, negra! ¡Vamos, negra! ¡Vamos, vamos, vamos, vamos, vamos!”, dice un espectador.

Ahora de segunda… 

¿De primera?

En la llegada hay confusión. Todos buscan la pantalla con los resultados, pero permanece en blanco.

 

—¿Viste esa carrera de los 100 metros en Tokio?, me pregunta. Así mismo me sentí ese día en Santa María. Fue lo que recordé en ese momento.

Aunque la carrera duró menos de 12 segundos, realmente comenzó muchos años atrás. En octubre de 2014, para ser más precisos. Ella tenía entonces 11 años. Cerca de la casa donde vivía con sus abuelos, en Santa María —una comunidad del municipio Sucre del estado Zulia, al sur del lago de Maracaibo— se celebraba cada año una competencia deportiva callejera, con múltiples disciplinas. Ese año Lisbeli decidió ir con sus amigos.

Apenas un año antes, en unos juegos escolares, ella había descubierto que le apasionaba el atletismo. Fue la primera vez que se probó en una pista. Se descubrió veloz. Ganó todas las pruebas en las que participó. Esa nueva habilidad la hizo soñar. Comprendió, a esa edad, que había encontrado su pasión, que eso era lo que quería hacer: correr. Y fue como un decreto.

Por eso, un año más tarde, asistió, con optimismo y más entrenamiento, a los juegos en Santa María. Sabía que los cazatalentos asistían siempre a ver a los participantes, y ella quería que la vieran. 

Sospechaba que ese evento podría cambiarle la vida. 

El ambiente en Santa María era de fiesta. Lisbeli salió a las 3:00 de la tarde de su casa en San José, un caserío también ubicado en el municipio Sucre, y se encontraba esperando, con serenidad, su turno para competir.

Llegó la hora.

Lejos de los suyos, Lisbeli llenaba los silencios de ese instante pensando que tenía que darlo todo, que debía aprovechar ese momento. Quería convertirse en deportista, que su nombre fuese reconocido, y se lo repetía una y otra vez.

Comenzó la carrera de relevos.

Aunque ansiosa, Lisbeli esperaba con paciencia su momento. Era la rematadora. Desde su lugar, vio cómo sus compañeros se pasaron el testigo, una, dos veces. Cuando llegó su turno, su equipo iba en 3er lugar. Justo en ese instante, pasó algo increíble para los asistentes: Lisbeli corrió veloz, muy veloz, y superó al equipo que estaba en el 2do lugar. Siguió, corrió con todas sus fuerzas, y superó a quienes estaban de primeros. Entonces remató la carrera que le dio el triunfo a su equipo. 

Lo que vino después fue una gran celebración: Lisbeli llegó a su casa feliz y con un trofeo enorme. 

—Fue muy emocionante, todos me abrazaron. Mi abuela y mi abuelo estaban emocionados. Ese momento fue para mí algo increíble. Nunca se me va a olvidar, porque fue un día después de mi cumpleaños.

Fue, también, el inicio de su carrera.

Además del trofeo, Lisbeli llegó a casa con buenas noticias. Tras la competencia, quien entonces era el secretario de deportes y director del Instituto Regional de Deportes del estado Zulia, Leonet Cabeza, junto con la coordinadora de la Oficina de Atención Integral al Atleta Zuliano, Betsimar Ramos, se acercaron a Lisbeli para ofrecerle ser parte de la selección local. La propuesta implicaba mudarse desde su pueblo hacia Maracaibo, a un poco más de 5 horas de casa por carretera.

Lisbeli les pidió que conversaran con sus abuelos, con quienes vivía, pero también con sus papás, deseando que todos dijeran que sí. 

Tras las conversaciones entre los entrenadores y su familia, Lisbeli se mudó a Maracaibo. Al principio, vivió con un tío; pero la distancia entre la pista y su nueva residencia, más las dificultades en el transporte público, la llevaron a mudarse, meses más tarde, a la casa de su entrenador, Isidoro Barthelemy. Cubano de nacimiento, Barthelemy ha entrenado velocistas venezolanos para los últimos tres Juegos Paralímpicos, y en las tres citas sus pupilos han conseguido medallas. Linda Pérez, también medallista de oro en Tokyo, también es su alumna.

Pero, aunque Lisbeli sabía que su entrenamiento estaba en las mejores manos, adaptarse no fue sencillo. Al comienzo, más que la pista, el mayor reto fue acostumbrarse a otras personas, otros amigos, otros compañeros, a estar en la ciudad. Extrañaba su pueblo, sus calles, el monte, sus amigos, y anheló muchas veces volver con sus abuelos.

El primer día que fue a la pista, llegó antes que Barthelemy. Mientras lo esperaba, no pudo aguantar el impulso de atender al llamado de esa pista solitaria, cuya sola vista la llenaba de adrenalina. Y en el ímpetu de la desenfrenada carrera, en un traspié, cayó al suelo, rompiéndose las rodillas.

Cuando llegó Barthelemy, pese a la impresión de verla lastimada, le dijo: “Tú vas a ser una campeona porque te voy a formar como una campeona. Tienes un porte de atleta que no te lo quita nadie”. Y eso bastó para que Lisbeli —quien de niña había sufrido bullying por haber nacido sin parte de su brazo izquierdo— viera esta caída como un obstáculo pequeño.

Desde ese momento, decidió que en cada entrenamiento, en cada carrera, dejaría el corazón en la pista, así, luego, tuviesen que llevarla cargada a casa.

Y, aunque volvió una semana después, a partir de ese momento comenzó a tomar confianza. 

 

—Lisbeli, ¿por qué no habláis?

—Lisbeli no habla, es la más callaíta.

Al comienzo, Lisbeli, recién llegada de San José, era tímida e introvertida.

No le gustaba hablar con nadie, porque no conocía a nadie. Se sentía temerosa.

De niña, algunos compañeros de clase se burlaban de ella por la ausencia de parte de su brazo. Esta condición congénita es la razón por la que Lisbeli compite con paratletas, específicamente en la categoría T47, que es para los deportistas que tienen un movimiento limitado de un brazo, de un grado bajo a un grado moderado, o la ausencia de extremidades.

Pero aunque procuraba estar sola, poco a poco sus compañeros de equipo se ganaron su confianza.

Comenzó a entrenar, entonces, con atletas sin ninguna discapacidad. Entrenar con el equipo convencional, sobre todo con el equipo masculino, supuso un gran reto desde el comienzo. Pero también una ventaja. Su entrenador le exigía mucho y le decía que tenía que llegar a la meta con ellos. Ella sentía que esto le hacía exigirse más, y le gustaba. Si podía correr contra ellos, podría correr contra quien fuese, se decía.

Así, con constancia y pasión, comenzó la gloria para Lisbeli. Era 2017 cuando asistió a su primera competencia como parte de la selección nacional. Tenía 16 años. Fue con el equipo a los Juegos Juveniles Parapanamericanos de Sao Paulo, Brasil. Debutó con una medalla de oro y otra de plata en pruebas de velocidad.

Dos años más tarde, obtuvo el título Parapanamericano en los 400 metros T47, y dos medallas de plata en los 100 metros y 200 metros, en Lima 2019. Ese mismo año, sumó dos bronces en el Campeonato Mundial Dubai 2019. Fue ahí donde consiguió su cupo a los Juegos Paralímpicos.

—Ni yo misma me lo podía creer. Ese día estaba enferma, tenía gripe y fiebre. Dije: “Estoy enferma, pero voy a salir a correr y que sea lo que Dios quiera”.

 

Tokio, 31 de agosto de 2021. Los gritos cesan, y tanto el público como las atletas esperan los resultados.

Aquella niña que sintió nostalgia de haber tenido que abandonar su pueblo y la vida tranquila en casa de sus abuelos, esa que se rompió las rodillas la primera vez que estuvo sola en una pista de entrenamiento, salta un poco. Ríe. Es de esas risas satisfechas del que lo dio todo, como siempre, y ya en ello hay una victoria.

Brittni Mason, su contendiente estadounidense, espera también, pero más preocupada. 

Pasa medio minuto, 1 minuto, 1minuto con 10 segundos.

Finalmente la pantalla se enciende: da como ganadora a Lisbeli, con 11.97 segundos.

¡Oro para Venezuela!

Y en los recuerdos de Lisbeli, ese momento inolvidable, cuando remontó aquella carrera callejera que la llevó al comienzo de su laureada carrera.

 

Lisbeli se despidió de los Juegos Paralímpicos de Tokyo 2020 con dos medallas de oro y una de plata. Tras conseguir su primer oro paralímpico en los 100 metros, sumó una presea plateada en los 400 metros (apenas a un segundo de diferencia de la ganadora del oro). Luego, en los 200 metros T47, logró un tiempo de 24.52 segundos, la mejor marca mundial del año, a cuatro centésimas del récord mundial y paralímpico. Se convirtió, además, en la única atleta venezolana de élite que ha logrado un triplete de medallas en unos Juegos Olímpicos.

Sabe que cada logro es hijo del esfuerzo de haber tenido que enfrentar muchos obstáculos a lo largo de su vida: su mudanza, estar lejos de casa y de su familia, el bullying. Pero también tiene de su fortaleza.

—Fue una etapa que superé con el apoyo de mi familia y que me hizo más fuerte.

Ahora, sin descansar ni esperar que termine 2021, se prepara para los Parapanamericanos de Santiago de Chile 2023, con la perseverancia que la ha caracterizado desde su niñez y adolescencia: entrenando dos veces al día de lunes a sábado.

—Siempre le digo a la gente que salga a luchar por sus sueños pese a las dificultades. La gente se burlaba de mí por mi discapacidad —dice como quien ha descubierto las verdades que surgen después de haberlo dado todo—, y ahora soy quien soy y estoy donde estoy gracias a mi discapacidad.

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Jugaba a ser reportera desde que aprendí a leer. Luego, coqueteé en mi imaginación con cinco profesiones más. Pero la vida me quería periodista. Lo supe a los 12 años. Nací el día que empecé a cubrir deporte menor y las comunidades me enamoraron. Ahora aprendo a contar sus historias.

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