Anibal y Orianny también fueron mis maestros

Abr 10, 2021

Gracias a su amistad con los hermanitos Aníbal y Orianny, dos adolescentes con anemia drepanocítica, Milena Pérez entendió lo que quería decir esa frase que había escuchado desde pequeña en la iglesia: “Amar al prójimo como a uno mismo”. Aprendió cómo pequeñas acciones de solidaridad pueden cambiar vidas; no solo la de los demás, sino la de ella misma. Esta es la 2da entrega de #HaySegundasPartes.

Fotografías: Álbum Familiar

 

En 2017, cuando tenía 19 años, me convertí en maestra de la escuela bíblica dominical en la Obra Evangélica Luz del Mundo Internacional, una iglesia con 52 años de antigüedad a la que asisto desde niña con mi madre y mis hermanas. Allí escuchaba las experiencias de los pequeños que asistían a mis clases. Muchos de ellos iban sin comer, tenían problemas familiares, vivían situaciones complicadas. Y recuerdo haberles repetido frases que había escuchado durante toda mi vida, como aquella de “amar al prójimo como a uno mismo”. 

En noviembre de 2019 conocí a Aníbal, de 14 años, y a Orianny, de 16, dos hermanos que eran mis vecinos en El Viñedo, una comunidad de más de 37 mil habitantes ubicada en Barcelona, estado Anzoátegui, en el oriente de Venezuela. Los hermanos Moreno sufrían de anemia drepanocítica, una enfermedad hereditaria que altera la hemoglobina: hace que los glóbulos rojos pierdan fuerza, el sistema inmunológico se debilite y las personas se vuelvan más propensas a enfermarse. Quienes la padecen sienten frecuentemente dolores y cansancio, y dependen de tratamientos médicos prolongados.

Los había visto un par de veces en el templo, que les quedaba a una calle de su casa, pero no acudían con frecuencia porque caminar cualquier distancia les resultaba doloroso. Por la enfermedad, sus manos y pies se hinchaban, sufrían de mareos y aturdimiento, y podían caerse con facilidad. Para trasladarse contaban con una sola silla de ruedas, donde se sentaban los dos. Yaritza, su madre, apoyaba una tabla de madera sobre los posabrazos para ingeniarse un segundo puesto.

Me acerqué a ellos con la intención de conocer a profundidad su vida, quería que fueran los protagonistas de una historia que debía escribir para La Vida de Nos, como parte del Semillero de Narradores, un programa de formación para contar historias reales que venía recorriendo las universidades venezolanas. Yo participé cuando era estudiante del 10mo semestre de comunicación social en la Universidad Santa María, núcleo Oriente. 

Así, hice este video con sencillas ilustraciones:

El enfoque de mi relato fue el cambio que produjo en la vida de estos hermanitos el poder comenzar sus estudios en la escuela Ciudad del Niño. Sus vidas transcurrían entre pasillos de hospitales y añoraban que sus días tuvieran algo de color. El contacto con libros y crayones, unido a los nuevos amigos que hicieron en la escuela, los distrajo del agobio de las transfusiones de sangre que necesitaban.

 

Cada vez que podía los visitaba. Me encantaba sentarme a escuchar sus anécdotas de la escuela. Me mostraban sus cuadernos y me leían lo que escribían en clases. Orianny soñaba con convertirse en pintora, quería ser una gran artista que expusiera sus cuadros en una galería. Aníbal me contaba su deseo de ser un genio de la computación; había visto computadoras por primera vez en la biblioteca donde recibían clases y le llamaban mucho la atención. No paraban de hablar de las selfies que se hacían con la maestra y de lo agradable que era ella.

A pesar de su déficit cognitivo y su disfunción motora, producto de varios accidentes cerebrovasculares que habían sufrido, nos entendíamos con facilidad. Yo trataba de ayudarlos con las tareas, pero a veces solo querían dibujar; se distraían fácilmente. Orianny era la primera en dejar a un lado los cuadernos, apenas terminaba de escribir una línea de caligrafía. A Aníbal le encantaba practicar la escritura, pero más le entusiasmaba jugar. Usaban sus cuadernos para hacer competencias de “tres en raya”, el popular juego de equis versus círculos. 

Cada vez que pasaba por su casa me decían una misma frase: 

 —¡Milena, hazme un dibujo!

—Yo quiero que me pintes como una princesa, con un vestido rosado y sandalias de tacones —me pedía Orianny.

—A mí píntame con un traje de gala, con zapatos brillantes y corbata —añadía Aníbal.

No podía visitarlos sin llevarles los dibujos que me habían pedido.

Como su casa quedaba justo al frente de la de mi familia, algunas veces los escuchaba gritar. Cuando estaban hambrientos se molestaban y peleaban. Había días en los que sus padres dejaban de comer para poder alimentarlos. Cuando los visitaba, procuraba siempre llevarles galletas o frutas del huerto de mi familia. Las que más les gustaban eran las pumalacas, esas dulces frutas de carne blanca con piel roja o rosada.

Yaritza, su madre, me contaba lo difícil que era mantener su salud estable. Mensualmente debían ingresar al Hospital de Niños Rafael Tobías Guevara Rojas, anexo al Hospital Universitario Doctor Luis Razetti, para que les hicieran transfusiones de sangre. A esto se había unido en los últimos años la escasez de antibióticos y anticonvulsivos, que complicaba su situación, sin contar la hiperinflación que mermaba los ingresos familiares. Aníbal, su padre, que tenía conocimientos de soldadura, electricidad y albañilería, se pasaba el día “matando tigres” para poder cubrir los gastos que ocasionaba atender la salud de sus hijos.

En mayo de 2020, Aníbal sufrió una convulsión mientras estaba en su casa. Orianny gritaba desesperada pidiendo auxilio para su hermano. Los vecinos salieron de sus casas a buscar ayuda, pero los vehículos particulares más cercanos estaban paralizados por falta de gasolina. El transporte público se había reducido al mínimo debido a la pandemia de la covid-19. No hubo manera de llevarlo al hospital. Su madre logró estabilizarlo con técnicas que había aprendido a lo largo de años atendiéndolo y consiguió que una doctora de la comunidad lo viera.

—Por momentos pensé que se me moría —me dijo Yaritza recordando ese episodio.

Los vecinos iniciaron una colecta para comprar vitaminas y anticonvulsivos. Yo decidí organizar otra, entre mis amigos, para apoyarlos con algunos alimentos. Yaritza me había comentado que llevaban días comiendo pasta de chorizo, una carne molida aliñada hecha con restos de carne de res, pollo y pellejos, que se ha popularizado en los últimos tiempos porque es barata y fácil de preparar. Esta le producía dolor estomacal y vómitos, pero era lo único que podían comprar. Yo veía a Aníbal cada vez más pálido, más débil y con más dolores. 

En agosto, mi madre, mis hermanas y yo debimos mudarnos del sector, porque nuestra casa se inundó a causa de las fuertes lluvias de ese mes. Las inundaciones son frecuentes en El Viñedo, pues la urbanización se fundó a partir de invasiones en un sitio no apto para vivir porque ahí está el cauce del río Aragua.  

Todo el patio de nuestra casa estaba lleno de agua, y teníamos que caminar descalzas entre charcos para evitar dañar los zapatos al entrar y salir. Las camas, nuestros muebles y artefactos se mojaban y no teníamos dónde ponerlos a secar dentro de la misma casa. Mi habitación parecía un colador por la cantidad de agujeros que tenía el techo. Perdimos además varios de nuestros sembradíos en esa anegación.

A raíz de esto dejé de frecuentar a los muchachos. Sin embargo, procuraba visitarlos cada vez que volvía a ese sector. Muchas veces los encontraba sentados en la acera, descalzos. Era común verlos sin zapatos, porque tenían un solo par y lo guardaban para las salidas.

—¿Dónde compraron esos zapatos de carne? —les decía, y ellos se reían a carcajadas. 

 

Hasta que llegó el 8 de noviembre de 2020.

Ese día fui a buscar agua a mi antiguo hogar y encontré a mis vecinos compungidos. Pasé por el frente de la casa de los hermanos Moreno y vi a un grupo de mujeres que hablaban. 

—Él siempre se sentaba en la acera con Orianny —dijo una de ellas. 

Seguí caminando y vi que había más personas reunidas. Mi corazón empezó a latir más rápido. Algo grave había pasado. Trataba de abrir el portón de mi casa, pero mis manos temblaban, no conseguía la llave. Cuando por fin pude entrar, dejé las botellas que traía y me acerqué a la señora que vivía al lado para preguntarle qué había pasado.

Aníbal falleció, tuvo un paro respiratorio cuando estaba en el hospital —me dijo.

Mi mente se negaba a comprender, comencé a reprocharme no haber estado con él esos últimos días, a recordar cada visita. Pensé que le debía un dibujo. 

Más tarde ese día, fui a su casa para estar con la familia. Orianny no paraba de llorar y de llamar a su hermano. Su hermana mayor, con nueve meses de embarazo, se encontraba muy nerviosa, todos trataban de calmarla. Yaritza no decía nada, tenía la mirada perdida. Y de pronto vimos cómo se acercaba el padre de Aníbal; junto con algunos vecinos llevaba el ataúd de su hijo. 

En ese instante el llanto de todos se escuchó más fuerte, sus hermanas empezaron a quedarse roncas de tanto gritar, abrazaban la urna, no querían dejarla pasar. Sentí que no podía sostenerme en pie, me agarré fuerte de una de las columnas del porche donde acostumbrábamos sentarnos y cerré los ojos. Seguía escuchando los gritos desesperados.

 

Sigo viviendo en El Viñedo y he pasado varias veces por ese sector. Ver llorar a su familia es duro, muchas veces no sé qué decir para consolarlos. 

A finales de noviembre, un niño de 5 meses de la comunidad enfermó del estómago y debió ser recluido en el Hospital Rafael Tobías Guevara Rojas de Barcelona, el mismo a donde llevaban a los hermanos Moreno. Los miembros de la iglesia organizaron una colecta. Contaba con poco para contribuir y me había comprometido a comprar algunas cosas para la casa, pero preferí dar un aporte. 

Recientemente estuve en la sala de emergencias del Hospital Universitario Doctor Luis Razetti de Barcelona con un familiar y me vi rodeada de gente necesitada a la espera de tratamientos que no estaban disponibles. Me recosté de la pared, sostuve la camilla donde estaba mi tía en estado vegetativo, cerré los ojos y oré por todos: por la señora que se quejaba intensamente de un dolor en una silla, por el anciano que estaba medio dormido mientras una botella de suero colgaba del soporte de un televisor, por la muchacha que se estremecía en una camilla sin colchón; por las más de 30 personas que se encontraban a mi alrededor.

De unas semanas para acá, los domingos me levanto más temprano que de costumbre y preparo 20 empanadas o 20 arepas, además de una jarra de jugo. Llevo los alimentos al grupo de niños de la iglesia. Ya no soy su maestra, pero me gusta compartir con ellos.

Se escucha un bullicio de voces en aquel porche donde se imparten las clases dominicales. Sin embargo, cuando repartimos la comida, el silencio se adueña del espacio. Todos están concentrados en masticar. Una vez que han terminado, dan las gracias y sus voces vuelven a oírse.

Pienso en cómo cambió mi vida desde que conocí a Aníbal y Orianny, y me siento agradecida. Ellos me enseñaron que con sinceros gestos de solidaridad, por muy pequeños que sean, se puede marcar la diferencia, en los otros y en uno mismo.

 

 

Esta historia forma parte de Hay segundas partes, un proyecto editorial desarrollado por nuestra red de narradores, en el 3er año del programa formativo La Vida de Nos Itinerante.

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Licenciada en comunicación social egresada de la Universidad Santa María, núcleo Oriente. Trabajo en el periódico El Tiempo. Soy anzoatiguense, soñadora y actriz de teatro. Desde niña me gustó la fotografía, pero como no tuve una cámara preferí plasmar lo visual en dibujos. #SemilleroDeNarradores

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