El otro peso que Jorge lleva consigo

Oct 26, 2021

Al levantar 263 kilogramos, Tamara Salazar obtuvo medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Se convirtió así en la segunda ecuatoriana en subir a un podio olímpico. Su entrenador, Jorge Rivero, un venezolano oriundo de Yaracuy y residenciado en Guayaquil, sabía que podía lograrlo. Hacía mucho tiempo que, con esfuerzo, se había ganado su confianza.

Fotografías: Álbum Familiar

 

Un día, Jorge Rivero se dijo a sí mismo que no podía más. Él, que se había dedicado por 30 años a enseñar a atletas venezolanos a alzar pesas, y que había obtenido logros importantes, sentía que tenía sobre sí un peso demasiado grande que lo estaba hundiendo. Era el peso de una crisis económica cada vez más feroz. Entonces decidió irse lejos: una mañana de marzo de 2018 dejó Guama, su pueblo en el estado Yaracuy, al occidente de Venezuela, para aceptar el puesto de trabajo como entrenador en Ecuador que apenas días antes le habían ofrecido.  

Llegó a Guayaquil y se alojó en la sede del Comité Olímpico Ecuatoriano. Su misión era entrenar a cuatro atletas en levantamiento de pesas. Una de ellas Tamara Salazar, joven de 20 años, proveniente de una comunidad de agricultores de Pusir Grande, ubicada en el norte de Ecuador. Al verla, Jorge se dio cuenta de su potencial. Conoció el historial de éxitos que acumulaba desde los 13 años, y le entusiasmó trabajar con ella. 

Pero, al contrario, Tamara estaba renuente a que él la entrenara. Lo veía con recelo por ser venezolano. Y no quería separarse del técnico que hasta entonces la había acompañado. Ni siquiera lo consideraba a pesar de que sabía que Jorge había entrenado a grandes atletas como Isarel Rubio (bronce en Atenas 2004), Yaniuska Espinosa (una de las venezolanas más fuertes en halterofilia) y Amílcar Pernía (campeón mundial juvenil de la disciplina), y que los había llevado a Olimpiadas, Juegos Panamericanos y Suramericanos.

Aunque terminó por cumplir con las rutinas que le ponía Jorge, mostraba disposición y nunca faltaba a los entrenamientos, Tamara murmuraba en los pasillos: quería que reemplazaran a Jorge, tenía temor de estancarse, de echar por tierra el progreso que había logrado con su anterior profesor. Jorge se enteró de esos cuentos que iban de boca en boca. “Ya he conocido atletas rebeldes”, pensó, y decidió hablar con ella, acercarse y ganarse su confianza. 

Luego de más de tres meses de entrenamiento, pensaba que la renuencia de Tamara había quedado en el pasado. Pero un día le llegó una noticia inesperada: ella había solicitado formalmente a la federación un cambio de entrenador. Sin alegar nada, solo decía que era lo que necesitaba. Jorge sintió el golpe de lo que consideró un desaire. La institución, sin embargo, negó la petición: entrenador y atleta debían lograr congeniar y avanzar. No había alternativa. 

¿Qué podía hacer Jorge entonces? 

Optó por acallar los miedos de Tamara con resultados. 

Trató de pasar por alto los desencuentros y comenzó a dedicarle más tiempo y atención, lo cual ayudó a que, entre 2018 y 2019, pudiera subir 14 kilos de rendimiento. Una marca “excepcional”, cuando se compara con el promedio que logran aumentar otros pesistas que solo alcanzan entre 1 a 3 kilos por año. La recompensa a estos números vino en 2019, cuando la joven obtuvo el título de Campeona Sudamericana y el 3er puesto en los Juegos Panamericanos. 

Fue entonces cuando ambos empezaron a soñar con el milagro olímpico: la cita era en Tokio 2020.

Las primeras victorias iban allanando aquellas asperezas y generando en Jorge ese sentimiento de paternidad que otras veces había experimentado por sus alumnos. Un afecto que, en este caso, se alimentaba con el hecho de que los dos habían salido de un pueblo. Ella para seguir entrenando en Guayaquil. Él para huir de una crisis en Venezuela. 

 

Dos dólares y medio mensuales era lo que le pagaba la Selección Nacional de Halterofilia a Jorge en 2018. Con ese sueldo no podía cubrir la alimentación de su familia y comprar medicamentos para su hipertensión. Se sentía agobiado, trabajando a los 60 años, sin vislumbrar un retiro estable y tranquilo y, además, sobrellevando la frustración que le producía ver cómo se habían deteriorado las instalaciones deportivas en el país y cómo, debido a la escasez y la hiperinflación, muchos atletas estaban por debajo del peso que necesitaban para algunas divisiones.

Cuando inició en este deporte, la realidad era otra. Fue en 1981. Acababa de abandonar su pasión por el fútbol, lo que le trajo desavenencias con su padre:

—¿Qué aspiras con eso del levantamiento de pesas? —le preguntó cierto día—. Tú eres un completo ignorante en eso, y aparte estás graduándote como licenciado en fútbol. Para mí, te estás volviendo loco —le dijo.

En ese momento, empezó como ayudante de la selección de halterofilia de Yaracuy de forma temporal por tres meses. Así comenzó la carrera en la que nunca ha dejado de cosechar éxitos. Años más tarde, su desempeño le valió ser catalogado como uno de los dirigentes técnicos más destacados por tres años consecutivos (1989, 1990 y 1991) dentro de la disciplina. En 1992, ingresó al conjunto nacional para estar al lado de figuras que representaron al país en las Olimpiadas de Sidney 2000, Atenas 2004, Pekín 2008 y Londres 2012. En 2014, dos décadas después, pasó a la plantilla técnica del primer equipo femenino de la disciplina en el país, algunas de cuyas atletas llegaron a los Juegos Olímpicos de Río 2016. 

Todo apuntaba a que jamás cambiaría de trabajo. O al menos así fue hasta el 1ro de marzo de 2018, cuando una respuesta cambió su destino.

Ese día se presentó ante varios directivos del Ministerio del Deporte con una solicitud clara: que le pagaran un sueldo de 150 dólares por mes. Hasta tenía la disposición de aceptar 100 si se los ofrecían.

—¿Cómo cree que se le va a pagar ese dinero? Eso es mucho —le dijo uno de los funcionarios. 

—Pero ustedes tienen que ver mi carrera, mi trayectoria, los éxitos, fracasos, cómo están las pesas —les reclamó. 

—No. 

Salió desconsolado.

Pero tenía una opción bajo la manga. Antes de esa reunión había recibido la llamada del presidente de la Federación Ecuatoriana de Levantamiento de Pesas, Luis Zambrano, en la que le hizo una oferta. Aunque era tentativa, dejar su selección, su tierra, su esposa, su hijo y sus hermanos lo enfrentaban a un dilema. 

Su hermano Alfredo, sabiendo lo dubitativo que andaba, le dijo algo que lo hizo decidirse.

—Tienes que irte; si tú no te vas, nos vamos a morir de hambre todos.

En Ecuador necesitaban su presencia, así que tres días después partió con todos los gastos pagos por parte de la federación de ese país. El 4 de marzo, ya desde Guayaquil, llamó a sus exjefes y les dijo que ni ese día ni los siguientes iría a trabajar. “Busquen un entrenador que atienda a las muchachas porque estoy fuera del país”, les notificó. 

Las largas jornadas de entrenamiento con Tamara le ayudaban a paliar la añoranza que sentía.

Con la joven adoptó un ritmo de preparación muy planificado apuntando las marcas diarias y guiándose por un ranking internacional en el que podía ver que, de acuerdo con sus registros y los resultados en competencias, su pupila estaba entre las cuatro mejores del mundo. Por lo tanto, para Jorge la aspiración era que en Tokio ella obtuviera, como mínimo, la medalla de bronce.

Pero entonces se atravesó la pandemia y suspendieron la cita olímpica. La repautaron para 2021. Y en marzo, a meses del evento, Jorge enfermó de covid-19.

Comenzó a necesitar oxígeno las 24 horas.

En Guayaquil estaba ocupado el 100 por ciento de las camas de las unidades de cuidados intensivos en hospitales. Por ello, aunque requería vigilancia médica porque su saturación de oxígeno era baja, debieron internarlo en la misma sede del comité olímpico y no en un centro de salud. Un médico particular lo atendía de tanto en tanto. Y mientras pensaba en muchas ideas catastróficas, allí estaba Tamara, aquella chica esquiva del principio, observándolo desde lejos, pendiente de su evolución. 

—Profesor, recupérese rápido, tenemos que ir a Tokio —le decía, pensando en que aún le restaban algunos campeonatos para confirmar su pase a esas Olimpiadas.

—Estoy haciendo todo lo que me dicen los médicos. Tranquila.

Fue a él a quien acudió al regresar de los Juegos Panamericanos de República Dominicana, con la amargura de un 4to lugar y no de un 3ro, por un mal movimiento en el envión. Jorge, viéndola decaída, le repetía, con sus pocas energías: “Tranquila, tranquila”. 

—Tenemos que enfocarnos en ganar medalla en Japón. En eso tenemos que pensar. 

Sabía que podía lograrlo. Nadie mejor que él conocía lo duro que entrenaba Tamara. Aun con lesiones. Aun agotada. Aun con desánimo. Meses más tarde, consiguió el Campeonato Sudamericano, el Iberoamericano y el Open de Colombia, y con ellos, su entrada definitiva a las Olimpiadas.

Luego de 30 días de convalecencia, Jorge recibió el alta médica. Había pasado de 92 kilos a 74. Ni él se reconocía. Tuvo que acostumbrarse a terapias con un espirómetro (instrumento usado para medir las capacidades del pulmón) y jugar videojuegos de memoria para contrarrestar los constantes olvidos que le sobrevenían. Para él esta era la secuela más preocupante, porque su memoria guardaba nombres, puntajes, técnicas, competencias.

“Tengo que estar con Tamara en Tokio”, cavilaba durante todo el día. Poco a poco fue reponiéndose e integrándose a la rutina. El 12 de junio de 2021 voló a España junto a Tamara para continuar la última fase de preparación en un centro de alto rendimiento en León, al noroeste de ese país. Allí estuvieron seis semanas, y el 19 de julio partieron a Japón.

Jorge, que ya había estado en Juegos Olímpicos, no dejaba de admirar la organización de estas competencias. Ahora en Tokio, le impresionaba lo cronometrado de los horarios para entrenar, lo acondicionado de cada área y, sobre todo, el celo con que cuidaban los protocolos de bioseguridad. Todos los días les tomaban muestras a las 7:00 de la mañana. 

Esta ciudad fue el escenario de dos de sus más grandes alegrías. 

La primera de ellas fue reencontrarse con Yusleidy Figueroa y Naryury Pérez, sus exalumnas de la selección venezolana, quienes se alzaron con diplomas olímpicos. La segunda apareció como una chispa que se expandió en segundos apenas Tamara se subió a la tarima para competir el 2 de agosto. Sabía que ella tenía una lesión en la pierna, pero también que podía hacer un buen papel. 

En ese instante, los pensamientos de Jorge se convirtieron en pólvora.

En medio de la expectativa, trataba de evaluar los movimientos de su pesista y los de sus contrincantes, en especial los de la china Zhouyu Wang, quien era la favorita a llevarse la medalla de oro. “Tamara, tú puedes”, se repetía. Entonces, ocurrió el milagro olímpico: levantando 263 kilos la joven ecuatoriana obtuvo medalla de plata. Se convirtió así en la segunda ecuatoriana que subía a un podio olímpico. 

Cuando ambos se vieron, se dieron un abrazo en el que estaba contenida toda la admiración mutua y la celebración de tantos años, meses y horas de dedicación. Jorge tenía en su mente a su familia y a Alfredo. “Hermano, gracias por todo tu apoyo en mi carrera, por motivarme a salir”, pensó.   

Precisamente, por haber logrado superar los roces con la joven y conseguir esa coronación, entendió que emigrar había valido la pena. No faltaba alguna noche en la que soñara con reencontrarse con los suyos y a veces, le asomaba esa posibilidad a Tamara. 

—Hasta este año duro contigo —le decía Jorge de repente. 

—No, profe, ¿cómo se va a ir…! Nosotros tenemos que seguir trabajando —le respondía ella entre asombrada y asustada.

—Sí, pero acuérdate de que ya tengo mi edad, debo pensar en mi familia y la jubilación.

Ella se molestaba y no respondía más. Él, en cambio, quedaba con la sensación agridulce de que acababa de decir una mentira que, anhelaba, fuese verdad. Volver a sus calles de Guama y disfrutar de la compañía de su familia. Entonces, por momentos, la nostalgia se le volvía otro peso que le sustraía las energías.

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“Pienso con los dedos armado con 27 letras”. Licenciado en comunicación social egresado de la Universidad del Zulia. Mi trabajo va orientado a escribir, describir y contar las historias que día a día bullen de una realidad a veces inverosímil.

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