El sur que te prometí

Dic 22, 2020

Salieron de Venezuela, el 26 de julio de 2017, rumbo a Uruguay. Ella iba embarazada de siete meses. Él, preocupado porque tenían poco dinero para ese largo viaje por carretera. En Montevideo se reencontrarían con su amigo Jan Queretz, quien dos días antes se había dirigido hacia ese mismo destino. Pero hay veces que los planes toman virajes inesperados y, entre tanto, la vida se abre paso. Con esta historia, finalista en la 3era edición del concurso Lo Mejor de Nos, nos despedimos hasta 2021.

Ilustraciones: Carlos Machado

 

—Esos, obviamente, no eran los planes. Nuestra intención era reunirnos contigo en Montevideo, como habíamos cuadrado. Luego iríamos al hospital y esperaríamos el nacimiento. Pero no pasó así —me dijo Rosario, protagonista de esta historia, a quien he tenido que cambiarle el nombre porque, recalcó: “Me da cosa, no sé. Esta historia es muy personal; es de Ignacio, mía, de la bebé. Si lo vas a contar, hazlo, pero no queremos salir en público. No quiero que nadie juzgue las decisiones que tomamos. Mejor cuéntalo como una historia más, de gente normal a la que le pasan cosas extraordinarias. Gente como nosotros”.

Conocí a Rosario en la universidad. Era 2014. En aquel momento teníamos el sueño de graduarnos de licenciados en filosofía, pero las grietas venezolanas de la crisis comenzaban a socavar la tierra de todos. Sabíamos que en cualquier momento el país se hundiría más y más en el pozo de su desgracia política. El miedo de no poder salir nos aceleraba el pulso.

Vivíamos un país en el que las horas carecían de horizontes.

Rosario, siempre optimista, continuó la carrera y terminó. Yo abandoné. Pero seguimos en contacto. A mediados de 2016, planeamos emigrar juntos a Uruguay. Habíamos escuchado sobre la magia de ese país pequeño y tranquilo del Cono Sur, y nos pareció que allá podríamos tener una oportunidad de salir adelante. Desde que lo decidimos, comenzamos a trabajar en la emigración, a combatir la burocracia con la esperanza de lo posible enarbolada en el pecho. Ignacio —su pareja, a quien conocí durante aquellos preparativos— y ella viajarían por su cuenta y yo por la mía.

—La verdad es que no teníamos mucha plata —dijo Ignacio—. La guardaba en un bolsillo con cierre para mantenerla segura. Antes de dormir, rezaba para no perderla. Se nos acababa muy rápido. Esa plata nos tenía que alcanzar hasta que consiguiera trabajo en Uruguay.

Calló un momento y cerró los ojos; después los abrió y miró a su alrededor, contemplando la sala de mi casa. Respiró hondo como si necesitara aliviar el dolor de las palabras. Entonces se repuso y continuó:

—Ahorrar se nos hizo imposible en Venezuela. Para ayudarnos a salir del país, algunos familiares nos prestaron 30, otros 40 dólares. De esa forma reunimos 300. Era todo lo que teníamos: apenas 300 dólares para dos personas y un bebé en camino. Hoy, le debemos a medio mundo. Nadie nos ha reclamado, pero queremos devolverles el esfuerzo que hicieron por nosotros. Porque, sobre todo en Venezuela, eso es la plata: esfuerzo.

—Queríamos que la bebé naciera en Uruguay —interrumpió Rosario—. Así podríamos acceder al servicio de salud pública, que es gratuito. Nos daba miedo que con lo complicada de la situación país, la bebé tuviera algún problema y no pudiéramos solventarlo. Imagínate. Yo, licenciada en filosofía; Ignacio, profesor de matemáticas del Pedagógico. No podíamos pagar una clínica. Además, en el control prenatal la doctora nos dijo que la bebé podría nacer antes de tiempo; incluso, hasta dos meses y medio antes. Por eso, nos prohibió viajar. El embarazo nos había complicado los planes. Pero, a pesar de la advertencia de la obstetra, nosotros decidimos arriesgarnos.

Yo salí de Venezuela el 24 de julio de 2017. Para ese momento, Rosario tenía casi siete meses de embarazo. El último mensaje que les envié al teléfono de Rosario, desde el avión, decía: “Nos vemos pronto en Montevideo. Mucha suerte”. Y añadí una carita feliz al final de la frase para suavizar la magnitud del camino que les esperaba, porque supuse que un viaje en autobús por Brasil y Uruguay no sería algo sencillo de atravesar con la dificultad de un embarazo.

Dos días después, el 26 de julio de 2017, Rosario e Ignacio salieron de Caracas con dirección a Santa Elena de Uairén. Pensé que los encontraría en Montevideo una semana y media después. Y aunque intenté contactarlos desde Uruguay no pude lograrlo. Nunca les llegaron mis mensajes. No contestaron mis correos. Para ese momento yo no usaba redes sociales, así que tampoco eran una opción. No tenía amigos en común con ellos, ni conocía a sus familiares así que nadie pudo ayudarme a contactarlos. Vivimos un gran desencuentro.

 

En Brasil, le tomaron la palabra al conductor del carro por puesto que los trasladó desde la frontera hasta la terminal de autobuses. Les indicó cómo llegar a Uruguay sin pagar tanto dinero.

—Nos dijo con exactitud qué decir en portugués, cuál camionetica tomar —dijo Rosario.

Mis amigos le hicieron caso. Anularon el plan de tomar el costoso autobús directo desde Pacaraima, el pueblo brasileño más cercano a la frontera con Venezuela, hasta Boa Vista. Y el siguiente hasta Manaos. Y el de Porto Velho hasta Curitiba. Y el que llegaría hasta Montevideo. Descartaron la comodidad de los asientos reclinables y tomaron autobuses destartalados e infinitamente más baratos, y transitaron kilómetros desorbitados entre pueblos de nombres impronunciables. Pernoctaron, cuando el cansancio los sobrepasaba, en pequeños moteles sucios a cambio de cinco o seis dólares la noche. En algunos tuvieron que pagar 10 dólares o más. Inclusive les cobraron por persona.

Solo comían pan. Llenaban botellas de agua en los baños de la carretera para beber en el camino y aplacar el hambre. Para rendir el dinero, no compraban ni comían nada más. Rosario, por su embarazo, necesitaba descansar todo lo posible. En una ocasión requirió pasar dos días en un motel. Sentía que el cansancio le rompía la espalda.  

—No podía ni tener los ojos abiertos. La fatiga era insostenible —dijo. Antes de que el motel les volviera a cobrar la segunda noche por persona, Ignacio decidió abandonar la habitación.

Durmió en la calle.

Ignacio miró a su esposa y, con la voz quebrada, dijo:

—Lo hice por mi familia. Me sentí un triunfador, no un fracasado. Ahorré ocho dólares. Con eso comimos al día siguiente.

Al amanecer, regresó al motel y encontró a Rosario dormida. “Nos tenemos que ir”, le dijo, y la besó en la frente.

—Era un gran riesgo viajar tanto. Ignacio me cuidó como nadie lo ha hecho nunca. Se sacrificó por mí y por su hija. Desde que lo conocí supe que iba a ser un buen papá.

Cuando lo dijo, pude ver en sus ojos el amor indestructible de una esposa hacia su compañero de vida.

—Las piernas me dolían, me costaba caminar, cada autobús que tomamos fue una experiencia difícil. Sentía que en cualquier momento tendrían que hospitalizarme. No podía dormir sentada una noche más. Extrañaba Venezuela, mis libros, la sonrisa de mi mamá, su pisca andina. Extrañaba todo, pero seguimos adelante. Lo hicimos por la bebé, para que al nacer tuviera la calidad de vida que cualquier persona de este mundo se merece.

Luego de una travesía de 22 días, llegaron el 18 de agosto de 2017 a la ciudad de Rivera, ubicada en la frontera entre Brasil y Uruguay. Tenían 132 dólares.

—Tiramos los bolsos al suelo y nos abrazamos, felices como nunca habíamos estado. No podíamos creer que después de tanto trayecto estábamos en Uruguay. Parecía mentira. Me acaricié la barriga y le dije a Andrea: “Aquí está el sur que te prometí. Bienvenida”.

—Yo sonreí —dijo Ignacio—. Esa es su canción favorita: para llevarte a vivir. ¿La conoces? Rosario ama esa canción. Espero que cuando crezca Andrea llegue a amarla también.

Reproduje la canción en mi teléfono. Rosario me sonrió y tarareó algunos segundos. Con la música de fondo continuaron contándome la historia de su viaje.

En Rivera hablaban español y sintieron la libertad del lenguaje. También les golpeó el costo de vida, más elevado que en Brasil. Gastaron 20 dólares en una pequeña habitación de hotel. Desde un teléfono prestado les avisaron a sus familiares en Venezuela todo lo que había sucedido. El teléfono de Rosario tenía más de cinco años y no funcionaba muy bien. A Ignacio le robaron el suyo en Caracas, y por la imposibilidad de reponerlo, ni siquiera tenía uno.

Para celebrar decidieron comprar queso y jugo. En la madrugada partirían hacia Montevideo, a 450 kilómetros de Rivera, para recibir a su hija en el Hospital Maciel de esa ciudad. Mientras esperaban el parto, Ignacio encontraría trabajo y con esfuerzo saldrían adelante. Ese era el plan.

De madrugada les costó caminar hasta la terminal de ómnibus de Rivera. Rosario se había despertado con un dolor tenue.

—No le dije nada a Ignacio. Me aguanté callada. Teníamos que seguir. Estábamos muy cerca para devolvernos. Ignacio me preguntó si algo me pasaba. Yo le dije que no. Insistió y nos sentamos en la sala de espera de la terminal. Entre su preocupación y mi dolor, compramos los tickets equivocados.

Subieron al autobús y se sentaron en la parte trasera. Dos personas más se acomodaron adentro. El conductor apagó las luces y arrancó. Eran las 2:10 de la madrugada. Llevaban alrededor de 15 minutos de carretera cuando Rosario sintió un dolor espeluznante y el recorrido de un chorro acuoso bajarle por las piernas. Despertó a Ignacio, quien cabeceaba sobre el asiento.

—Quise levantarme de inmediato y pedirle al autobusero que nos dejara bajar —dijo él —pero Rosario me detuvo. Había mirado por la ventana la oscuridad de la carretera. No había nadie. “Yo aguanto, pero pregúntale al señor cuánto falta para llegar al lugar más cercano”, me dijo.

Ignacio regresó con la respuesta.

Faltaba media hora para llegar a Paso Ataques, un pequeño pueblo cercano a Rivera. La ruta que había tomado el autobús llevaba al centro del país, a la ciudad de Tacuarembó, no a Montevideo. Pero en ese momento no lo sabían. Repararían en ello después, al curiosear el boleto.

—Sentía que iba a explotar. Ya habían comenzado las contracciones.  

Media hora después el autobús se detuvo.

Rosario estaba empapada en sudor. Vio una terminal precaria a través de la ventana. Se asustó mucho. Bajaron con lentitud. El frío arreciaba. Agosto es el mes más frío del Cono Sur. Ignacio la llevó del brazo en el medio de la oscuridad.

—Quisimos encontrar un hospital, pero estábamos en el medio de la nada. El camino era de tierra y en la parada de autobuses no había nadie. Parecía un pueblo fantasma. Pero no lo era. Créeme que no lo era —dijo Ignacio.

Y sonrió.

A lo lejos escucharon el estruendo de una música bailable. Siguieron el sonido y caminaron lo más rápido posible. El dolor, adentro de Rosario, se intensificaba. Más adelante descubrieron de dónde provenía la música: venía de una casa iluminada que tenía anuncios de cerveza y whisky.

—No aguanto más —le dije a Ignacio. Necesito acostarme. “Siéntate en el piso”, me contestó. Me senté y vi cómo se alejaba con dirección a esa casa.

La música retumbaba.

Ignacio tocó la puerta.

Una mujer abrió.

—“Pasá, querido”, me dijo un hombre. Después sabría que su nombre es Kiki. Me asomé hacia adentro y vi una barra, un montón de tipos y mujeres bailando. Me asusté. No le contesté nada. Después le dije: “Creo que me equivoqué, perdón”. Una de las mujeres escuchó mi acento y me preguntó de dónde era. “De Venezuela”, le dije. “Pasá”, me contestó, juntate con nosotras. Me puse serio. Le expliqué que estaba en un apuro y que mi esposa necesitaba ayuda con urgencia.

Rosario no aguantó más. El dolor la hizo gritar. Ignacio la escuchó y corrió a ayudarle. No pudo hacer mucho por ella. Allí estaban, solos, cuando de pronto notaron que disminuía el volumen de la música. Ignacio volteó y vio cómo una bandada de hombres salía por la puerta del local, uno detrás de otro.

—Sentía las puntadas del parto. Hiperventilaba. Andrea necesitaba salir y yo necesitaba una cama. Me acosté en el piso —dijo Rosario.

De pronto, escucharon unos pasos y vieron a una mujer aproximarse. Kiki e Ignacio la cargaron hasta el interior de la casa. Atravesaron un pasillo oscuro y llegaron a una habitación.

—Tranquila —me dijo Kiki— esta habitación es para dormir. Aquí no ha pasado nada. Me sentí aliviada.

Kiki pidió ayuda y entraron tres mujeres. Despejaron la cama del acolchado de plumas, prendieron la calefacción para que Rosario estuviera cómoda y la acostaron en la cama.

—Mientras Kiki llamaba al médico nos comentó que la semana anterior habían inaugurado una policlínica pública en Paso Ataques, la primera del pueblo.  

Las contracciones se intensificaron al máximo. “No pujes”, gritaban las mujeres. El médico, Facundo Oliveira, llegó a los cinco minutos. Revisó a Rosario y le indicó que la bebé tenía el cordón umbilical enredado alrededor del cuello. Es decir, estaban ante una emergencia. Además, era un parto prematuro, lo que complicaba más la situación. Tendrían que apurarse porque la vida de la bebé estaba en peligro. De igual forma no daba tiempo de que trasladaran a Rosario hasta la policlínica para terminar el parto.

Eran las 3:10 minutos de la madrugada cuando, con la ayuda de Kiki, de las mujeres y del doctor Oliveira, Rosario dio a luz a su hija.

Al salir, Andrea no lloró. Su cuerpecito tenía una coloración azul.

Noté que Rosario apretaba a Andrea. Se le aguaron los ojos. La sujetaba en sus brazos con la ternura insuperable de una madre.

—Se llevaron a Andrea en una ambulancia hasta la policlínica. Nos quedamos solos, en esa habitación, en silencio. Todo había sido tan atropellado… Kiki y las mujeres me limpiaron. La separación fue terrible. Necesitaba estar con Andrea y no podía moverme. No sabía si lograría verla viva. Kiki llamó a un amigo para que nos diera la cola hasta la policlínica. Cuando llegó el carro, Ignacio me dio un beso en la frente y se fue. No te puedo explicar el dolor que sentí al quedarme.

Cuando Ignacio llegó a la policlínica, Andrea estaba intubada.

El doctor Oliveira y otros dos médicos de guardia lograron salvarla. Aun así, estaba en riesgo. Andrea era prematura. Tendrían que trasladarla a la unidad de cuidados intensivos neonatales, en Rivera, esa misma madrugada. Rosario no vio a la bebé hasta cuatro días después, cuando pudo trasladarse hasta allá, gracias a la colaboración de Kiki.

—Fue el día más feliz de mi vida cuando por fin pude acariciarla. Pesó 1 kilo 254 gramos.     

A pesar de la felicidad, la vida continuó su laberinto.

No tenían dónde vivir. Kiki les ofreció trabajo en la casa. Rosario se ocupó de limpiar el salón y la barra; Ignacio trabajó de vigilante. Entre lo que les pagaban a los dos recibían 15 mil pesos mensuales. Eran 350 dólares, un sueldo mínimo para ese momento. Les servía para pagar una habitación en Rivera, comer y trasladarse hasta Paso Ataques para trabajar.

De día, visitaban a Andrea en el hospital. De noche, trabajaban en el pueblo. Así estuvieron alrededor de seis meses. Según les comentó el doctor a cargo, a Andrea le costaba mucho respirar por sí misma y ganar peso. Fue un proceso lento de descompensaciones constantes. Mientras Andrea crecía y salía de peligro, mis amigos hicieron el esfuerzo de ahorrar.

Y cuando todo mejoró pensaron en Montevideo.

  

Me encontré con ellos en enero de 2018, en la plaza del Entrevero, ubicada en el centro de Montevideo. Esta es una ciudad pequeña, de pocos habitantes. Es común que uno siempre vea a las mismas personas en la calle. Las coincidencias son constantes, y pueden ser felices, como esta.

Aquel día caminaba hacia el trabajo. Ellos, paseaban. Cuando nos reconocimos las palabras se nos trabaron en la lengua. No pudimos sino abrazamos con ternura y sonreír de alegría.

—¡No puedo creerlo! —dije.

—Nosotros tampoco —contestaron ellos.

Andrea dormía en su coche. Era chiquita y frágil, hermosa. Parecía recién nacida. En ese momento quisimos contarnos todo: sentarnos en la plaza, y hablar, hablar, hablar hasta tarde. Pero yo tenía que ir a trabajar y estaba apurado. Así que los invité a mi casa esa noche para conversar largo y tendido. Hicimos una cena sencilla y me relataron su historia. Esta historia.

Andrea tiene los ojos más lindos que he visto. Son negros, profundos. Me gustaría ver en ellos el reflejo del Ávila y la luz de un atardecer caraqueño. Paso Ataques es el pueblo donde nació, pero Caracas es su verdadera ciudad.

Sé que mis amigos son felices en Montevideo. Trabajan. Se han esforzado. Son independientes. No se rinden. Con seguridad leerán esta historia y sonreirán porque saben que digo la verdad.

Viven. Y eso es lo más importante.

Han conocido la vida.

Y quien conoce la vida solo puede amarla y sonreír, como ellos.  

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Nací en Caracas en 1991 y actualmente vivo en Uruguay. Soy novelista y poeta. Llevo la columna “Literatura Viva” en The Wynwood Times. He escrito la novela Nuestra tierra tan pobre y el poemario Vértigos labios, ambos inéditos.

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