El verdadero significado de “serendipia”

Al regresar de Estados Unidos, donde se especializó en distintas áreas científicas, el doctor Alberto Paniz Mondolfi fundó, en 2015, la Red Zika. La idea era estudiar este virus entonces desconocido en el continente, pero terminó convirtiéndose en la Incubadora Venezolana de la Ciencia. Allí hacen investigaciones y forman a estudiantes de medicina, veterinaria y biología, quienes a su vez instruyen a vecinos como científicos ciudadanos.

Fotografías: Álbum familiar

 

Un hallazgo afortunado y accidental, pero sobre todo que se produce cuando se está buscando una cosa distinta. Eso significa serendipia y es bueno saberlo porque el protagonista de esta historia, además de científico, expermientó una serendipia. Esa palabra se aproxima a otras como casualidad y, por qué no, destino, y de todo eso ha habido en la vida de Alberto Paniz Mondolfi.

Comencemos por el principio.

Despistado como siempre, Edgardo Mondolfi, su abuelo, buscaba algo en sus bolsillos. Estaba de viaje por Estados Unidos junto a su esposa Ruth Gudat Gavens. Ella era quien se encargaba de las finanzas, manejaba el carro y, además, lo conocía muy bien. Por eso, al verlo buscando en sus bolsillos e intentando quitarle las arrugas a un billete de un dólar, le preguntó:

—¿Qué necesitas, Edgardo?

—Es que voy a comprarle un libro a Alberto.

Alberto Paniz Mondolfi estudiaba medicina y era preparador de microbiología en la Escuela de Medicina de la Universidad Central de Venezuela, pero las infecciones virales no eran su fuerte. En aquel libro, titulado Cazadores de Virus, el abuelo vio cómo se desarrollaba el ébola en muchos de los lugares que habían visitado en África cuando él dirigía el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, con sede en Nairobi. Alberto tenía 5 años. Desde entonces y hasta la adolescencia, fueron muchos sus viajes entre Venezuela, Estados Unidos y Kenia.

Puede que Edgardo Mondolfi no lo supiera todavía, pero ese día que completó los tres dólares necesarios y compró Cazadores de virus, algo cambió en la vida del nieto. Su lectura le inoculó el interés por la investigación de enfermedades infecciosas, y no en los laboratorios solamente, sino en el campo, que conoció muy bien durante una infancia llena de aventuras que transcurrió entre expediciones a Amazonas, Bolívar y dentro de la misma Caracas, su ciudad. Esta se le antojaba selvática porque siempre exploraba el Ávila, que veía desde las ventanas del Liceo La Salle donde cursó bachillerato.

Con su padre, Nedo Paniz Nori, arquitecto, también hacía expediciones y, al regresar a casa, veían las diapositivas de lo que habían conocido.

—Mi papá desarmó el avión de Jimmy Ángel para repararlo… —recuerda hoy—. También fue uno de los primeros que llegó al Lago Leopoldo, frente al Cerro Autana, en el Amazonas.

Momentos de aburrimiento, imposible. Solo abrir la nevera de la casa de sus abuelos maternos era una fuente de emociones: allí podía encontrar la cabeza de un tigre que sería disecada y estudiada por su abuelo Edgardo, el conocido zoólogo que describió por primera vez el cachicamo sabanero con el cual Jacinto Convit haría sus investigaciones para la creación de la vacuna contra la lepra. En la cocina de esa misma casa vio medir y diseccionar huesos de animales o hervir acetato de polivinilo de distintos colores para inyectar arterias y venas. Todo lo recuerda. Cada expedición, cada experimento, cada ejercicio científico.

Y todo eso tendría sentido después.

Durante los siete años de la carrera de medicina, Alberto subía al Ávila casi a diario. Desde allí podía tener una perspectiva amplia de la ciudad que lo vio nacer, un paisaje caótico entre el verdor de sus montañas y el ladrillo incandescente de los barrios caraqueños. Desde allí entendía que, de diseminarse un virus, como los descritos en el libro que le regaló el abuelo, la tragedia sería mayúscula.

Hizo la rural en Amazonas y, antes, su inquietud por la investigación lo hizo pertenecer al Instituto de Biomedicina mientras cursaba el pregrado. Allí, durante cuatro años, pasó inadvertido para el jefe mayor, Jacinto Convit. Hasta que un día, el científico con fama de huraño y mal encarado, firmaba los cheques de la nómina cuando leyó los apellidos de Alberto.

—¿Y este Mondolfi, qué es del viejo Edgardo? —preguntó a sus secretarias, quienes de inmediato llamaron al joven a la oficina.

Convit —parco pero amable— lo recibió y lo hizo desechar las historias previas que había escuchado sobre su personalidad. Desde ese momento se convirtió en uno de sus mentores. Fue quien lo aconsejó que se especializara fuera de Venezuela, pero que luego regresara a poner en práctica esos conocimientos en el país.

Estados Unidos fue el destino que escogió para cursar las especializaciones en anatomía patológica, anatomía clínica, dermatología y microbiología. Y mientras eso ocurría, el gran dilema de si volver a Venezuela o no tomaba cuerpo.

Pudo no ser, porque Gustavo Paniz, su hermano, fue detenido durante una protesta antigubernamental en 2014. La situación en Venezuela no era prometedora. Él quería “rescatar” a su hermano y llevarlo a Estados Unidos. Pero, finalmente, aquello no pasó de ser una angustia momentánea. Como su abuela Ruth, una fotógrafa que llegó a los 17 años desde Rochester, Estados Unidos, Alberto no quiso quedarse en Norteamérica.

—Aquí cada minuto hay una noticia nueva. Aquí no hay tiempo para aburrirse — decía la abuela en un español con marcado acento extranjero, cada vez que se sentaba a “comerse” los periódicos venezolanos.

No poder despedirse de ella antes de que muriera, y tampoco de sus amados tíos Mondolfi, fue otra de las razones por las cuales prefirió regresar a Venezuela al terminar sus estudios. El sistema de visas, que no le permitía entrar y salir cuando deseara, lo incomodaba. Creció como un hombre libre, entre la selva y el concreto, y así quería continuar.

Regresó, pero no a Caracas, sino al estado Lara, donde lo esperaba el verdadero significado de la palabra serendipia.

Ya se sabrá por qué.

Lara y Portuguesa son una mina de oro para la investigación de enfermedades tropicales. Es una región donde se solapan las más importantes: leishmaniasis, mal de chagas, bilharzia y distintas micosis sistémicas y cutáneas. Alberto Paniz Mondolfi lo había conversado con Jacinto Convit: de hacer una sede del Instituto de Biomedicina fuera de Caracas, debía ser en Lara. Se hizo, de hecho, un centro de investigaciones en Sanare, hoy parcialmente abandonado.

Pero, además, la familia de su esposa vivía en Barquisimeto.

—Creo que Convit pensó 20 años más adelante: me puso a trabajar en el laboratorio con una bióloga bellísima, Alexandra Pérez, quien creció en Lara y hoy es mi esposa.

No había nada más que pensar. Regresaría de Estados Unidos y se instalaría a cazar virus en esta ciudad del occidente de Venezuela.

Así fue cómo, en el año 2015, creó lo que luego sería la Incubadora Venezolana de la Ciencia.

Ese año estaba en efervescencia la epidemia por el Zika, un virus ajeno al continente americano y que, sin embargo, cobraba víctimas en varios países como Venezuela. Eso lo hacía más interesante desde el punto de vista científico. Alberto vio allí una oportunidad y, junto a su amiga Gabriela Blohm —doctora residenciada en Estados Unidos— y el acompañamiento de otros médicos y docentes de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, conformó un grupo de acción para el estudio clínico y epidemiológico de esta infección viral.

La llamaron Red Zika y el objetivo era, específicamente, llevar registro del virus y sus consecuencias para la salud. Lo lograron gracias al financiamiento de la surafricana Juliet Pulliam, quien donó los excedentes de una investigación de su laboratorio sobre el ébola. El equipo venezolano pudo hacer toma de muestras, exámenes y análisis en el Instituto de Patógenos Emergentes, en Estados Unidos, de la mano con John Glenn Morris, director de ese instituto adscrito a la Universidad de Florida, y de John Lednicky, uno de los más importantes virólogos de Estados Unidos.

Los pacientes llegaban a ellos, que entonces se reunían en el Hospital Central Universitario Antonio María Pineda de Barquisimeto, porque no obtenían respuestas para saber qué verdaderamente los aquejaba. Los médicos también comenzaron a verlos como una opción que podía ayudar a arrojar luces sobre esa infección que traía de cabeza a la sociedad científica y académica: por primera vez aquel virus atacaba no solo en Venezuela sino en todo el continente.

Haciendo esto, comenzaron a recorrer zonas rurales del estado olvidadas por la ciencia, y detectaron endemias y epidemias por otros virus desatendidos.

Es entonces cuando la serendipia tuvo lugar.

En la ciencia, y en la vida, se dan descubrimientos casuales que determinan el presente y el futuro. Alberto tenía la intención de estudiar los virus tropicales en Lara, pero no se imaginaba que la Red Zika se ampliaría hasta ser un grupo de investigación a gran escala, obligado a mirar todo tipo de infecciones virales y su relación con el medio ambiente y los animales.

Fue así cómo la Red Zika se transforma en la Incubadora Venezolana de la Ciencia, que ahora funciona en el municipio Palavecino del estado Lara, donde un semillero de estudiantes convocados por médicos se convirtió en un conjunto de redes, una por cada enfermedad.

El pediatra Carlos Pacheco fue el primero en traer a una de sus estudiantes y, desde entonces, comenzaron la formación de los jóvenes, ahora 20, con inquietudes por la investigación científica. En principio solo fueron estudiantes de medicina, pero luego se integraron alumnos de veterinaria y biología.

Además de aprender a cazar virus, estos jóvenes también enseñan sus conocimientos en las comunidades para, a su vez, formar científicos ciudadanos. Esas mismas comunidades rurales que conocieron por petición de los primeros pacientes que evaluaron al inicio de la Red Zika. Con ello comprobaron que la participación del ciudadano, más allá de ser un registrador de datos, robustece la investigación.

Alberto Paniz Mondolfi y su equipo llevan la ciencia desde los laboratorios a las comunidades y, en ese trayecto, estudian, analizan y llevan estadísticas de los virus locales e importados. Cuando en la Dirección Regional de Salud del estado Lara tenían reportes de 10 casos de Zika, por solo poner un ejemplo, la red contaba 750 en ese mismo período.

Los resultados de sus investigaciones han sido publicados en las prestigiosas revistas científicas The Lancet Infectious Diseases y Travel Medicine and Infectious Disease, entre otras. Y aunque no han logrado financiamiento local ni nacional, la incubadora continúa con proyectos como la creación de Epiveritas, una especie de boletín epidemiológico con el que pretenden contribuir con el estudio de los virus que pululan en la región.

El siguiente proyecto en mente se llama “Desparasitando a Venezuela”. Está basado en los estudios científicos que demuestran que desparasitar a la población corrige el estado nutricional y los niveles de hemoglobina del individuo, incide en el aumento de la inserción escolar y laboral, e incrementa entre un 40% y 50% el rendimiento económico de las regiones.

Para Alberto, la ciencia se trata de hacer algo trascendental, perdurable y replicable en el tiempo. Y así como la abuela Ruth no regresó a Rochester, porque lo consideraba un pueblo aburrido, también Alberto, por serendipia, se quedó en esta Venezuela que se mueve a mil revoluciones por minuto, con el propósito de continuar la aventura familiar, cazando virus tropicales.

 


Esta historia fue producida dentro del programa La vida de nos Itinerante, que se desarrolla a partir de talleres de narración de historias reales para periodistas, activistas de Derechos Humanos y fotógrafos de 16 estados de Venezuela.

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Egresada de la I Promoción de Comunicadores Sociales de la Universidad Fermín Toro. Salté del medio impreso al digital, donde aprendo cada día a contar historias con diferentes e innovadoras formas de narración.

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