¿Nos tomas fotos porque damos lástima?

Aunque el fotógrafo Iván Ocando Urdaneta nació y creció en Maracaibo, a sus 28 años ha sentido que desconoce su ciudad. Las penurias se la han desdibujado. A diario recorre sus calles y, en medio de la cotidianidad, hace fotografías para documentar lo que se encuentra: gente haciendo colas, gente buscando agua en esquinas, plazas, colegios, en el bote de alguna tubería oxidada. Los captura como una forma de acompañarlos.

Fotografías: Iván Ocando Urdaneta

 

Me entrego a Maracaibo, mi ciudad. Aquí nací hace 28 años, aquí he  vivido siempre. Recorro estas calles mías, hurgo en sus rincones, me detengo en sus detalles. Y a veces siento que la desconozco. Me siento extraño en ella. ¿Fue aquí donde crecí? ¿Es esta la segunda ciudad más importante de Venezuela? ¿La pujante, la del progreso, la del petróleo? Le hago fotos a mi tierra. A su gente. Cuando voy al trabajo y cuando regreso a casa. De día, cuando el sol quema; y de noche, cuando la oscuridad se extiende como un manto lúgubre. Cerca de mi hogar y lejos de él. En cada imagen que capturo advierto un pedazo de esta debacle en la que se convirtió Maracaibo. El país todo.

Las colas no terminan, solo muta la motivación: el lunes es por la pensión, el martes por el combo de comida, el miércoles por el almuerzo que regalan en la iglesia de la esquina.

Y ahora es por el agua.

La gente camina buscando saciar la sed en esquinas, plazas, colegios, en el bote de alguna tubería oxidada. Unos pocos litros se convierten en un maná en una urbe calurosa.

Los capturo como una forma de acompañarlos.

Me veo reflejado en los personajes que retrato. Como algunos de ellos, he debido caminar 15 cuadras bajo el sol ardiente de Maracaibo con tres botellones a cuestas. Reinventamos la forma en que el agua recorre las venas de nuestra ciudad. Los coches y sillas de ruedas traen la esperanza de una manera distinta: hacen el papel del Cireneo, ese noble personaje que ayuda a Jesús de Nazareth a llevar la pesada cruz en su camino al calvario. Nos desahoga un poco la carga.

“Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña”, dicen.  Si el agua no llega a nuestros hogares, nosotros llegaremos hasta ella, pienso.

En los retratos que hago también veo una estampa nítida de la resignación. Rostros duros, profundos y cansados que parecieran decirme “esto es lo que me tocó vivir”. Vuelvo a pensar que nosotros no deberíamos estar pasando por esto.

Las conversaciones cotidianas se han transformado. Ya no son sobre el capítulo de anoche de la telenovela, ni versan sobre los juegos de la Vinotinto. Todo ha sido arropado por una inquietud: cómo cubrir a diario las necesidades básicas. Cómo encontrar agua. Las recetas que compartimos ahora son de supervivencia.

La vida y el alma se nos diluyen.

“¿Nos tomas fotos porque damos lástima, verdad?”, me pregunta una señora. Me estremezco. Es una interrogante lapidaria. Le digo que no.  Y no logro articular más palabras.

Y vuelvo a hacer fotos, en silencio.


Esta historia fue producida dentro del programa La vida de nos Itinerante, que se desarrolla a partir de talleres de narración de historias reales para periodistas, activistas de Derechos Humanos y fotógrafos de 16 estados de Venezuela.

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Una angelita negra y la fotografía marcaron un antes y un después en mi vida. Adicto a las sensaciones y simbologías ocultas en la cotidianidad que metaforizan la existencia. Constructor de un imaginario basado en el inconsciente. No todas las historias son contadas con palabras.

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