Venezolanos en Ucrania

Regresaron para refugiarse de la guerra

Mar 19, 2022

La madrugada del 24 de febrero, un estruendo sacó del sueño profundo a Kateryna Palanska, ucraniana de 30 años de edad. Se levantó, revisó las redes sociales y supo que una guerra había comenzado muy cerca de ella: tropas rusas invadían su país. Corrió a despertar a Josias de Lima, ingeniero venezolano de 37, con quien se casó en 2018. Resolvieron salir de Kyiv, la ciudad donde habían decidido echar raíces. 

FOTOGRAFÍAS: ÁLBUM FAMILIAR

Desde el retrovisor, veían la ciudad alejarse. Mientras avanzaban, podían sentir la fría madrugada de Kyiv. Hacía 2 grados. En la maleta de su vehículo modelo SUV, la familia llevaba un bolso y dos maletas con lo poco que pudieron guardar antes de salir de casa: ropa, zapatos, unos cuantos productos de higiene personal, documentos legales, computadoras y fotografías de tiempos mejores.

Josias de Lima, venezolano de 37 años de edad, y su esposa, Kateryna Palanska, ucraniana de 30, también llevaban con ellos a Linda, su pequeña perrita cacri a la que adoran. Conforme avanzaban, dejaban atrás la vida que habían construido juntos en Kyiv, donde se habían establecido desde 2018, cuando se casaron. Una ciudad que ya había comenzado a ser otra. Una ciudad que no volvería a ser la misma nunca más. 

Era el 24 de febrero de 2022. Antes de que salieran rumbo a un destino que parecía incierto, muy temprano, a eso de las 5:00 de la mañana, una ráfaga de explosiones despertó a Kateryna. Ella, como el resto de los ucranianos, había estado en alerta. Tres días antes, Putin había firmado el reconocimiento de Donetsk y Lugansk. Habían pasado ocho años desde que en 2014 los separatistas prorrusos tomaron los edificios gubernamentales y proclamaron a estas regiones ucranianas como “repúblicas populares” independientes. Era un conflicto complejo, de larga data, que tuvo un punto de quiebre: desde 2014, Donetsk y Lugansk, en la región del Donbás, en el este de Ucrania, se convirtieron en un campo de batalla. Allí, según estimaciones de las Naciones Unidas, han muerto más de 14 mil personas.

El reconocimiento de Putin complicaría más las cosas. ¿Podría estallar una guerra a gran escala? Parecía que no. Los conflictos bélicos parecían cosa superada en el siglo XX, después de dos guerras mundiales que cobraron millones de vidas. 

Kateryna y Josias temían que se avecinaba un conflicto mayor, sí, pero no como para asustarse. Estaban equivocados: aquella madrugada, luego de las explosiones que la despertaron, Kateryna revisó Twitter y vio que una guerra había empezado. Muy cerca de ella. Los estallidos que la sacaron del sueño profundo habían ocurrido a tan solo cuatro cuadras de su apartamento. Los medios de comunicación informaban que Putin había ordenado a sus tropas llevar a cabo una operación militar en Donbás.

“Las circunstancias exigen que tomemos medidas decisivas e inmediatas”, decía el presidente ruso en un discurso televisado, que era retransmitido en Ucrania y en todo el mundo. “Quien intente interferir con nosotros, y crear amenazas a nuestro país, a nuestro pueblo, debe saber que la respuesta de Rusia será inmediata y lo llevará a consecuencias como nunca ha experimentado en su historia”.

Kateryna, aterrada con lo que sentía que era una pesadilla, corrió a despertar a su esposo. 

Josias se graduó de ingeniero electrónico en la Universidad Simón Bolívar en 2009 y comenzó a trabajar en una proveedora de equipos médicos, con la que recorrió casi todos los hospitales de Venezuela. Allí no duró mucho tiempo porque poco después, en 2010, decidió aplicar a una beca para cursar un máster en telemedicina e ingeniería en Madrid, España, que le aprobaron. Entonces migró con el sueño de seguir creciendo como profesional. 

Llevaba dos años en España cuando conoció a Kateryna. Él estudiaba en la Universidad Politécnica de Madrid. Ella, ciencias políticas en la Universidad Complutense de Madrid, en el Campus de Somosaguas. Aunque nació en Ucrania, hablaba perfectamente español porque cuando tenía 3 años se mudó con su familia a Paraguay, donde vivió hasta los 11. 

En España, ambos estaban involucrados en la dirigencia estudiantil que fomentaba la participación de jóvenes en procesos electorales. Fue en esta época cuando se conocieron y se hicieron amigos. Se enamoraron. Se hicieron novios. Y, al cabo de un tiempo, en 2017, decidieron mudarse juntos. 

En 2018 se casaron. Ese año, se fueron a Ucrania, a donde a él lo mandó la compañía en la que trabajaba. La idea era estar ahí unos cuantos meses para luego irse a Beijing, China, donde él continuaría desempeñándose como arquitecto de datos de un vehículo eléctrico que estaba creando la compañía. 

En Kyiv se sintieron a gusto. Era una ciudad muy viva. Casi siempre ellos estaban trabajando, pero en sus ratos libres disfrutaban ir a conciertos, al teatro, a museos. Paseaban por los parques con Linda, su perrita. De tanto en tanto, salían con sus amigos a tomar unos tragos. A veces iban a bailar en locales latinos, donde la salsa, el merengue y la bachata sonaban toda la noche. 

Sin darse cuenta, comenzaron a echar raíces ahí. Encontraron oportunidades de trabajo y sintieron que podían estabilizarse en el país de Kateryna. Fue así que se olvidaron del plan de irse a China. Allí estaban, tranquilos, viviendo la vida que habían decidido llevar. Podría decirse que felices con una cotidianidad sin mayores contratiempos. Hasta que un estallido que sintieron muy cerca comenzó a estremecer su casa, sus calles y toda Europa. 

Aquella madrugada de febrero, Kateryna despertó a Josias. De inmediato, hicieron las maletas con lo primero que encontraron. Habían acordado que, en caso de que el conflicto escalara, se irían a la casa del padre de Kateryna, en Hrebinky, en el sur de la provincia de Kyiv. 

Hacia allá se fueron.

Hicieron una parada para echar combustible en una estación de servicio, la primera que encontraron con una cola de menos de 20 carros. Apenas tenían 6 autos por delante. Pero allí solo aceptaban efectivo. Los puntos de venta no servían. Y ellos no tenían muchos billetes. En las primeras horas de la guerra era difícil sacar dinero en efectivo de los bancos. El Banco Nacional de Ucrania había fijado ese mismo día un límite diario de retiro de 100 mil grivnas —unos 3 mil 300 dólares— y había suspendido la compra y venta de divisas. Josias y Kateryna vieron personas que solo tenían dólares rogándole a la cajera que se los aceptara. Ellos, sin embargo, pudieron llenar el tanque y un recipiente de 20 litros que llevaban en el carro.

La primera noche fuera de Kyiv no durmieron. Angustiados, estuvieron pendientes de las noticias, tratando de entender lo que ocurría. Todo era muy confuso. Conversaron con compañeros de trabajo, amigos y familiares. Josias atendía a los suyos, quienes lo llamaban preocupados desde Venezuela. Su madre, asustada, le rogaba que regresara a su país, donde le decía que estaría a salvo. 

Josias sabía que ella le hablaba esforzándose por contener las lágrimas.

Y así, presos de la incertidumbre, amanecieron el viernes 25 de febrero.

—No aguanto, el estrés no lo aguanto, ¿qué vamos a hacer? —le preguntó Kateryna a su esposo al anochecer.

No se sentían seguros, ni siquiera fuera de Kyiv. 

Los medios de comunicación y autoridades ucranianas reportaban ataques en varias partes de Ucrania, incluyendo Kyiv. Las estaciones de metro se habían convertido en búnkeres improvisados repletos de gente que no pudo salir hacia otras ciudades. 

Kateryna y Josias querían irse lejos de tanto horror. Pero tenían un dilema: no querían dejar a la familia de ella.

—¡Vámonos, váááámonos! —les insistieron.

La familia de Kateryna tiene una casa al oeste de Ucrania, en un pueblo abandonado en los Montes Cárpatos donde podían refugiarse, pero ellos no querían irse. Uno de los tíos se había alistado voluntariamente en los grupos de defensa territorial, al igual que miles de civiles voluntarios, algunos sin preparación militar, que respondieron a la petición del gobierno ucraniano de enfrentar el avance de las tropas rusas. La esposa de él, y sus hijos, no querían dejarlo. Los abuelos, por su parte, no querían dejar la casa en la que han vivido toda la vida.

—Váyanse, no se preocupen por nosotros, váyanse —les respondían.

Ellos no sabían qué hacer. Lo discutieron brevemente y resolvieron que lo mejor era irse rumbo a la frontera con Rumania, al sur de Ucrania. Guardaron su equipaje en el carro. “Gracias a Dios que lo compramos hace un año porque si no, no sé qué hubiera pasado con nosotros; ni siquiera hubiéramos podido salir de Kyiv”, pensó Josias. 

A eso de las 10:00 de la mañana del 25 de febrero se despidieron y se fueron a la ciudad de Chernivtsi, no muy lejos de las fronteras con Rumania y Moldavia.

La familia de Kateryna se quedó. Pero solo hasta el 10 de marzo, cuando decidieron finalmente resguardarse en la casa de la montaña: la guerra era fuerte, muy fuerte; quedarse era una sentencia de muerte. El tío, sin embargo, luego de acompañar y asegurarse de que su familia llegara a salvo, se regresó a seguir defendiendo Ucrania.

El tramo entre Hrebinky y Chernivtsi se puede recorrer entre 5 y 7 horas, pero Josias y Kateryna lo hicieron en 15. Para no arriesgarse, evitaron las carreteras principales, los pueblos grandes y las zonas militares, y transitaron por vías de tierra que ni siquiera aparecían en el mapa de Google. Muchos otros ucranianos, que también escapaban de la muerte, habían tomado esa ruta.

En Chernivtsi los esperaba una amiga de Kateryna, cuya madre les entregó las llaves de su apartamento para que pudieran descansar y recargar energías antes de atravesar la frontera. Leían en internet que las tropas rusas habían lanzado ofensivas contra edificios civiles en Kyiv. Shabia Mantoo, portavoz de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, calculaba que alrededor de 100 mil personas, como ellos, habían abandonado sus hogares.

Entraron al apartamento. Subieron con solo lo necesario y lo demás lo dejaron en el carro. Lo primero que hicieron fue darse una ducha. Luego se acostaron en la cama. Estaban agotados. Revisando el teléfono, atentos a todo lo que seguía sucediendo en el país, se les hizo la medianoche. 

Era el sábado 26 de febrero: Josias cumplía 37 años. Kateryna había planeado un día lleno de regalos que terminaría con una fiesta sorpresa con amigos en Kyiv. Pero la guerra desbarató ese plan. Ahora no había la celebración prevista. Agradecieron la vida. Estar juntos, poder intentar ponerse a salvo. En estas circunstancias, eso era más que suficiente. Su familia en Venezuela lo felicitó por mensajes en los que se colaba la preocupación por saberlo en riesgo.

Ese día, al despertar, echaron gasolina. Solo estaban suministrando 20 litros por vehículo, pero a ellos les quedaba medio tanque, así que esa cantidad les permitía tener un buen abastecimiento. Después trataron de descansar un poco más. Chernivtsi, que es una ciudad universitaria, parecía tranquila. Ya habían decidido quedarse una segunda noche allí cuando, de pronto, empezaron a percibir agitación en la calle. Se enteraron de que militares habían alertado que era muy probable que el ejército ruso empezara a bombardear la ciudad. Tropas ucranianas se estaban agrupando en una zona cercana.

Era como si la guerra los persiguiera. Como si la muerte los rondara. 

Rápidamente, fueron al apartamento, recogieron sus cosas y las metieron en el carro. Dejaron las llaves con los vecinos, quienes, angustiados, estaban planificando resguardarse en el búnker del edificio. Ya listos, se montaron en el vehículo, lo encendieron y se dirigieron hacia Rumania.

En la vía, hicieron otra parada en una estación de servicio, donde pudieron terminar de llenar el tanque.

A 10 kilómetros de la frontera, Josias y Kateryna se toparon con una cola larga, muy larga. Donde estaban, solo había un canal. Pasaba el tiempo y estaban en el mismo sitio. Apagaron el vehículo. Hacían lo posible para ahorrar al máximo el combustible. Solo encendían el carro para prender la calefacción (hacía demasiado frío) y cuando se calentaba un poco, lo apagaban de nuevo.

Comenzaron a ver tráfico en el sentido contrario. Eso los confundió, les pareció extraño. Entonces salieron y preguntaron.

—¿Qué sucede? —le consultó Josias a una de las personas que se regresaban.

—Más adelante la cola de un canal se convierte en cuatro, y ya hay gente que lleva dos días ahí.

Se miraron las caras: se quedaban ahí a esperar que en algún momento la cola se moviera o se devolvían a buscar otra manera de salir del país. 

Decidieron lo segundo: se unieron a la fila de carros que se devolvían. Kateryna buscó en su teléfono otros puntos fronterizos por los que podrían salir. Consiguió uno no muy conocido y poco transitado, en los límites con Moldavia, y se dirigieron hacia allá. Para eso, tenían que volver a pasar por Chernivtsi.

Cuando estaban a 2 kilómetros de la frontera con Moldavia, encontraron otra cola de vehículos. Pasaron medio día allí hasta lograr cruzar al otro país. Ya casi no les quedaba gasolina, por lo que volvieron a detenerse en una bomba apenas entraron a Moldavia. Luego atravesaron por un pueblo que los conectó con Rumania. 

Ya era la mañana del domingo 27 de febrero.

En la ciudad rumana de Bistrița buscaron un lugar que aceptara mascotas. El dueño, como un gesto de solidaridad, no les cobró. Allí estuvieron una noche para descansar. 

Desde entonces, el viaje fue más tranquilo. El lunes arribaron a Budapest, Hungría, donde se hospedaron en un hotel; el martes a Trento, Italia, a la casa de una amiga; el miércoles a Montpellier, Francia, donde pasaron la noche en un hostal; y, finalmente, el jueves 3 de marzo, luego de una semana de viaje, a Torrevieja, España, su destino, donde Josias es ciudadano legal y ambos tienen familia.

En el país en el que se conocieron ahora se refugian de la guerra. 

Llevan varios días en España. ¿Cuántos? No saben, les cuesta precisarlo. No tienen noción del tiempo. Dicen que para ellos ese 24 de febrero no ha terminado. Que ha sido un largo e interminable día, cuyas horas se suman, se suman y se siguen sumando.  

Mientras, las fuerzas rusas intensifican sus ataques.

El 13 de marzo bombardearon un edificio de viviendas en el barrio de Obolon de Kyiv, donde al menos dos personas murieron. Josias y Kateryna no tienen idea del estado de su apartamento. No saben si su hogar sigue en pie. Tienen la esperanza, así como las más de 2 millones 500 mil personas que la ONU contabiliza que han huido de Ucrania hasta el segundo fin de semana de marzo, de recuperar, más pronto que tarde, al menos una pizca de esa vida que dejaron atrás y que la guerra va derribando con el pasar de los días.

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Nací el 27 de abril de 1995. Desde pequeño, me gusta leer, imaginar y crear historias. Esto me condujo al periodismo, carrera que estudié en la Universidad Católica Andrés Bello. Me gradué en 2018. He trabajado en El Nacional, TalCual, El Tiempo, Crónica Uno, Connectas, Armando Info y EFE.

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